Entre la gracia y la naturaleza sólo puede haber armonía. Fue bajo el influjo y las bendiciones de la Iglesia que el Lumen Christi penetró en los aspectos temporales de la vida y la sociedad temporal floreció enteramente. La gracia actuó en los pueblos, armonizándolos e irguiendo en ellos el sagrado edificio de la Cristiandad.
Plinio Corrêa de Oliveira

Conversión de Clodoveo Iglesia de la Abadía de Saint-Ouen, Ruán
Un buen método para tratar a respecto del pulchrum y de lo sublime de la Cristiandad es comenzar por describir lo que sentimos respecto a ella, para que después podamos distinguir lo que sentimos cuando nos referimos a la Iglesia.
La Cristiandad medieval europea
A fin de expresar bien lo que siento cuando hablo de Cristiandad, hago referencia a la doble acción que ella causa en mi espíritu. La primera se refiere a una situación que en concreto existió; la segunda, a algo de doctrinario implícito, que está medio embebido en las impresiones de aquel orden de cosas. Es un determinado lumen máximo, en estado de comienzo de florecer, diferente del período que va desde el imperio post-constantiniano hasta la época de los bárbaros o del imperio oficialmente católico. La Cristiandad, a mi ver, nació con la conversión de Clodoveo, con el estilo románico, alcanzando su esplendor en el gótico. Cristiandad propiamente en su estado de salud es la Edad Media y comienza a morir cuando surgen las Revoluciones.

Ahora bien, Cristiandad, como ella existió, es la europea, marcada por una determinada forma de ser del alma propia a los pueblos que la gracia llevó al auge de sí mismos. Esos pueblos tenían delante de sí un territorio, incluyendo las islas, que eran agrestes. En función de un estado de espíritu empapado de catolicismo, fueron ora seleccionando, agrupando y modelando lo que les era afín, ora persiguiendo implacablemente lo que les era contrario, pero definiéndose más por la oposición a lo contrario. De toda la fauna que había, prevalecieron los animales que corresponden a su gusto, por ejemplo, la perdiz, el faisán, el ruiseñor, para hablar de las aves. Ellos fueron creando una literatura y un arte que tomaban esas cosas y las presentaban como deberían ser vistas, o sea, conforme a su gusto. Quien analiza, por ejemplo, una perdiz, no la puede ver sino por el prisma de lo europeo, cuya mirada selectiva aparta los aspectos que no son los de la perdiz de la leyenda estilizada. En la Edad Media, el animal aparecía limpio, recto, como fondo de cuadro de la vida humana, pero nunca como un ser más perfecto que el hombre. Es en los tiempos modernos que comienza a aparecer el animal en porcelana de Sèvres o en bordados; él ya no es una unilateralidad sana, sino que es una quimera. Al lado del buen soldado figura el carnerito encantador con cintita azul, que no es el carnero de la realidad, tal como el medieval lo ponía. Al pasar los animales para la porcelana de Sèvres ya hubo una decadencia.

En la heráldica es intencionalmente mostrado el símbolo del animal y no él en sí. A medida que el europeo fue relegando la gallina al gallinero, por ejemplo, fue aprendiendo a lavarse, dejando de lado lo que tenía de connatural con el animal; el hombre se fue elevando, realizando así algo de parecido con el Paraíso Terrestre en la Tierra no paradisíaca; es el rescate del lugar deshabitado, el cual va tomando aires de lugar donde se habita. Es algo artificial, porque no es el Paraíso Terrestre, pero es legítimo.
La Iglesia: armonizadora de la Europa cristiana
Hubo en Europa una progresiva cacería a todo cuanto era prosaico. No fue llevada hasta el fin, pero fue tan obstinada cuanto la Reconquista contra los moros. El fruto de eso fue el modelaje de un mundo construido de acuerdo con la mentalidad de ciertos pueblos formados a la luz de la Iglesia, la cual hacía dentro de la raza, lo que esta hizo en el mundo; es una regla de tres magnífica. La Iglesia fue haciendo aparecer el “príncipe heredero”, el “niño de oro” de dentro del romano sibarita decadente o de los godos y ostrogodos –elementos constitutivos de la Edad Media– y fue lanzando fuera de ellos los aspectos reprobables. La ascensión como tipo humano del descendiente del germano o del latino constituyó una ascensión positiva, en la cual todos los aspectos reprobables fueron desapareciendo en vista de un modelaje efectuado por la gracia, sobrenaturalmente. Entre la gracia y la naturaleza no hay contradicción, solo puede haber una armonía. Las leyes que existen en un orden son, mutatis mutandis, las mismas leyes para otro orden, transpuestas para realidades diferentes: una natural, la otra sobrenatural. La gracia actúa en la naturaleza como una mano dentro de un guante. De sí, ella realiza ese selectivo, pero lo hace despacio. Por ejemplo, un santo que enseñase la práctica de la pureza; contemplando su mirada, sus discípulos pasarían a lavarse mejor sin que él lo recomendara, por afinidad y por ser algo connatural a la pureza.

Se sabe que Don Orione siempre se confesaba antes de estar con San Pío X. Yo no tendría ni la mínima sorpresa si él tomara un baño completo también. No quiero decir que necesariamente haya sido así, pero sería un desdoblar lógico de la misma consecuencia. La misma razón por la cual él quería tener el alma pura lo llevaría a bañarse para estar puro. En la Cristiandad, era la gracia que modelaba al hombre, el cual, animado por ella, modelaba la naturaleza y hacía el selectivo. La Iglesia iba haciendo un mestizaje entre germanos, latinos, descendientes de moros, húngaros –porque Hungría perteneció a la Cristiandad de hecho–, y de estatura entera. Tal síntesis constituyó la figura global del europeo en su realidad psicológica y cultural más importante, y hasta temperamental, porque la Iglesia iba creando un temperamento más importante que las particularidades locales. Es como quien mira un vitral y ve como toda la policromía, de cierto modo, vale más que cada pedazo de vidrio. Así era la Europa cristiana en su totalidad. Los defectos de las varias razas no tenían ciudadanía, porque ellas se unían por las cualidades, formando el europeo total.
Del ideal sacral al heroísmo angelical
Dentro de ese cuadro, un aspecto importante es el del heroísmo. En mi modo de entender, el heroísmo propiamente dicho nació en la Edad Media. Sin duda existieron heroísmos destacadísimos en pueblos anteriores. Pero, en la Edad Media, por la acción de la Iglesia, el Lumen Christi penetró en los aspectos temporales de la vida mucho más que en el tiempo del Imperio Romano. La sociedad medieval fue modelada una forma de heroísmo que no había tenido ocasión de realizarse antes. Toda la epopeya, la belleza del heroísmo, sólo fueron enteramente explicitados con la idea católica del héroe al servicio de un ideal sacral. El heroísmo al servicio de Nuestro Señor Jesucristo es diferente del ideal de servir al Imperio Romano o de otro cualquiera. El heroísmo de Alejandro Magno, por ejemplo, nada tenía en común con el de Clodoveo. Ambos mataron y se expusieron a la muerte, pero el objetivo era diferente.

Catedral de Notre-Dame de París
El verdadero heroísmo no consiste solo en atacar, en matar, en morir; supera todo eso, porque quiere impregnar la acción de atacar, matar y morir de un sentimiento trascendente, el cual es enormemente superior al hombre y que da a las espadas y a las lanzas sus verdaderos brillos. Cuando pienso en un caballero medieval y lo comparo a un legionario romano, este último me parece muy pesado, sin alma… Quizás pueda estar ataviado con un armamento bonito, pero en él, la principal nota es el sonido del golpeteo de los pies; una legión romana andando no es sino el golpeteo de los pies. Si imagino a los cruzados avanzando… ya no es el galopar de los caballos la nota distintiva, sino el pulsar de los corazones, de las mentalidades, de las almas.

Entrada de los cruzados en Constantinopla – Castillo de Chantilly
Eso fue lo que la Europa medieval representó. Por más admiradores que seamos del coraje, si nos ofrecieran: “Aquí está la vida de Aníbal, léanla…”, la hojearíamos un poco con la punta de los dedos y la dejaríamos. Ahora bien, si nos presentasen la historia de un caballero medieval, aunque fuera la de Ricardo Corazón de León1, nos interesaríamos, porque la Iglesia colocó de lado sus aspectos censurables, omitiéndolos en la canción de gesta, para que no tuviesen ciudadanía en el propio hombre, de manera que quedaran contenidos en los sótanos del alma cuando él atacaba. Lo que aparece es un heroísmo angelical que nos entusiasma: es la sensación de que somos angelizados en él y que tenemos el coraje y el aggredi2 del ángel.
Contrarios armónicos en el vitral de la Cristiandad
Entonces, ¿qué es la Cristiandad? Es cuando el esplendor del orden humano llega al auge de la distinción y de la repulsa a todo cuanto le es contrario, y de la perfección de todo lo que le es legítimo, hecho bajo el soplo de la gracia. Hay una especie de fosforescencia de la gracia, un difuso sobrenatural que es la sociedad humana llevada al primor de sí misma, porque toca en su arquetipo, que es la Santa Iglesia, la sociedad espiritual. Es solo entonces que la sociedad temporal adquiere toda su belleza. ¿Cómo es esa belleza? Hay algo de indescriptible, pero apunto para la presencia de los contrarios armónicos, como, por ejemplo, la dulzura y el aggredi. En ninguna época se llevó la dulzura tan lejos y nunca se llevó el aggredi tan a su auge. Nadie llevó tan lejos cuanto el medieval la intelectualización unida al contacto con la realidad viva, natural, como ella es, positiva. Podemos imaginar un Santo Tomás de Aquino parando en una hospedería de “aldea de mazapán”, pidiendo que le trajeran un pan para comer. Entra un campesino analfabeto que le sirve un pan enorme; le parece pintoresco el servidor y éste, a su vez, es tan tendiente para las cosas de Santo Tomás, que se queda bouche béante3 mirando al Santo. Santo Tomás le dirige una palabra, y hay un beso de dos extremos armónicos, eufóricos de encontrarse. Esto había mucho en la Edad Media.

Santa Teresa de Ávila – Museo del Convento de las Madres Carmelitas de la Anunciación, España
Otro extremo armónico era arte y raciocinio, razón y arte encontrándose de modo magnífico; o aún la autoridad y la libertad. Nunca se fue tan libre para el bien, nunca hubo tanta persecución para el mal. Ahora bien, la libertad es sólo para el bien, y la persecución del mal es una forma de libertad. Para tocar sólo en esos aspectos, los contrarios armónicos emitían una luz puesta dentro del vitral de la mezcla de raza blanca europea, latino-germánica, que se entrecruzaba así de modo concreto y no en las nubes. Todas las modalidades de tipos físicos europeos, en el fondo muy cercanos entre sí, sonn un símbolo de Dios. Desde la mirada azul de un nórdico hasta una mirada negra y llena de misterio de un español, de un portugués, de un italiano del sur. Se puede analizar los ojos de Santa Teresa de Ávila de una pintura y se comprende perfectamente bien, realzando esto magníficamente.
El pulchrum de la Iglesia transluciendo en la Cristiandad
La Iglesia fue hecha para los hombres. Ahora bien, estos realizan la plenitud de su pulchrum en conjuntos, o sea, en sociedades y naciones; así, la Iglesia o confiere su pulchrum a las costumbres y a las culturas de las sociedades y naciones, o Ella vive como un fantasma, privada de su propio cuerpo.

Procesión del Corpus Christi en Sevilla – Museo del Prado
Entonces, ¿Cuál es la relación entre el pulchrum de la Cristiandad y el de la Iglesia? Es la relación de la virtud existente en el alma en cuanto transluciendo en el cuerpo. La Iglesia, haciendo penetrar la gracia en el campo temporal, produce en él una forma de belleza, un esplendor de gracia, que la simple belleza eclesiástica de sí no manifiesta. Es una misma escuela de belleza. Si tomamos, por ejemplo, por un lado, la procesión del Imperio Austro- Húngaro, Corpus Christi, Toisón de Oro; por otro lado, un desfile militar empapado del espíritu católico, yo tengo dos manifestaciones del mismo espíritu. Si comparamos todas las cristiandades que puedan existir en el mundo, veremos las mil refulgencias de la naturaleza afines con mil refulgencias de la gracia, y así veremos más nítidos aspectos de la Iglesia que antes no aparecían. Porque lo temporal, animado por el espíritu de la Iglesia, no expresa únicamente el espíritu de ella, sino, que, en cuanto símbolo de Dios, manifiesta el pulchrum propio a la naturaleza, más cerca de la materia y más lejos del espíritu; no la materia considerada enemiga del espíritu, sino en cuanto su hermana menor. v
(Extraído de conferencia del 14/4/1978)
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1) Rey de Inglaterra (*1157 – +1199).
2) Del latín: ataque. 3) Del francés: boquiabierto.







