
La santidad no debe ser entendida según ciertos modelos convencionales y vacío como correspondiendo a una persona de carácter blando, sin empuje ni fuerza. El verdadero santo debe ser un hombre de una fibra inmensa.
Don Chautard fue uno de los hombres más santos de su tiempo y poseía una fuerza de personalidad extraordinaria. Él tuvo un contacto con Georges Clemenceau, en ese tiempo Primer-ministro de Francia, anticlerical, uno de los jefes del ateísmo oficial francés y llamado “El Tigre”, debido a su ferocidad.
Clemenceau quedó tan admirado con el estilo y la fuerza de alma de Don Chautard que, al final de la discusión, acalorada de ambas partes, le dijo: “Es la primera vez que admiro un monje. Por favor, Don Chautard, inscríbame en la lista de sus amigos, pues me honro de serlo.
”El Tigre” encontró un hombre de Dios, sereno, tranquilo y fuerte, y tomó aires de gatito…
(Extraído de conferencias de 18/5/1989 y 3/5/1995







