Desconfianza, vigilancia, pugnacidad

Publicado el 01/23/2025

Plinio Corrêa de Oliveira

Antaño, las almas católicas realizaban hazañas heroicas. Sin embargo, poco a poco, el contrarrevolucionario ha adquirido una confianza atontada, fruto de una piedad edulcorada, sin fibra ni fuerza. Vigilar es estar atento, al acecho, a la espera, en un estado de movilización continua, empezando por luchar contra sí mismo. El Reino de María será el reino de la vigilancia, o será tan fugaz como un sueño.

Cortejo fúnebre de un soldado requeté

He aquí un extracto del libro “Escuchando el alma de España”, del jesuita P. Federico Muckermann. Se trata de un archivo extraído de cartas datadas entre 1936 y 1937.

El libro de oraciones ante unos ojos que ya no podían ver

Los soldados y falangistas de Salamanca portan la imagen del Sagrado Corazón en sus banderas. Los falangistas de Sevilla comenzaron adhiriendo una pequeña imagen del Corazón de Jesús a sus uniformes. Ahora, todos los oficiales y soldados del ejército llevan el escudo del Sagrado Corazón, incluido el general Queipo de Llano. Nuestro camión blindado lleva una gran efigie del Sagrado Corazón en la parte delantera y la población nos llama simplemente “las tropas del Sagrado Corazón”.

Toda la sociedad está siendo purificada, acrisolada y sublimada. De todas partes se refieren hechos como el siguiente: En Valladolid, los quioscos que vendían literatura pornográfica fueron quemados hasta los cimientos. Las asociaciones juveniles están enviando a sus miembros a las librerías para que compren libros inmorales y hostiles a la religión. Estos jóvenes van a reformar completamente la vida universitaria…

Soldados requetés

A bordo del barco “Canarias”, cantaban por la noche; el comandante volvió a introducir esta antigua costumbre española. Uds. bien conocen la canción: “Tú que mandas en los vientos y en el mar, di a los vientos y a las tempestades que se calmen. Ten piedad de nosotros, Señor, piedad; Señor, piedad”.

Fal Conde escribió un libro de oraciones para el requeté1. Durante los combates en Navarra, seis voluntarios fueron destinados al servicio de patrulla. Confesaron, se marcharon y nunca volvieron. Cuando nuestras tropas tomaron la posición enemiga unos días más tarde, encontraron los cadáveres de los seis ya completamente ennegrecidos. Uno de los valientes no había muerto inmediatamente, porque su cuerpo yacía de lado, con la cabeza apoyada en la mano derecha; con la izquierda sostenía abierto el libro de oraciones del requeté ante unos ojos que ya no veían. En la página abierta, estaba la oración por los moribundos.

La persecución religiosa en España provocó una cristalización general

Todos estos hechos son muy hermosos. Creo que el más impresionante es el del joven carlista, requeté de Navarra, que murió mientras rezaba la oración de los agonizantes.

Era una patrulla la que salió a inspeccionar y todos sus miembros murieron. El joven fue alcanzado, cayó, se sintió gravemente herido y se dio cuenta de que estaba agonizando. Entonces se apoyó en un brazo y comenzó a leer la oración de los agonizantes. Allí Nuestro Señor recogió su alma y, ciertamente, la llevó al Cielo.

Esa actitud del combatiente herido con el libro abierto ante sus ojos, que ya no puede ver, en la página de la oración de los moribundos nos hace sentir, por una parte, los últimos alientos de la vida y, por otra, el primer soplo frío de la muerte. Y comprender muy bien el tránsito de la vida a la muerte, el holocausto de las almas que se inmolan y con eso conquistan el Cielo. Todo esto es impresionante.

La escena merecería ser representada por un gran poeta, pintor o escultor. La historia de España está tan llena de hechos como éste, que es casi imposible seleccionar uno. Sería necesario hacer un sorteo, de tal manera España es un país en el que el heroísmo es algo habitual.

También encontramos en estos datos otras manifestaciones de piedad de las tropas que lucharon contra el comunismo en 1936. La persona que trata de ello habla de una renovación del fervor en toda España y suministra algunos indicios alentadores.

España era un país un tanto secularizado. La Revolución había pasado sobre ella. Se había proclamado una república, que pronto se convirtió en socialista. Las huellas del paganismo moderno se habían acentuado mucho en diversos aspectos de la vida española. Pero, con la persecución religiosa se produjo una cristalización general. Algunos aspectos deben llamar nuestra atención para un análisis particular.

Un cambio drástico promovido por el descanso tras la victoria

En aquella época, la oposición entre católicos y comunismo era clara. Las tropas anticomunistas marchaban a la batalla con el Sagrado Corazón de Jesús pintado hasta en el tanque. Y todo el mundo pensó que esto era normal. Siendo el comunismo promovido por el demonio, el anticomunismo tenía que ser, necesariamente de Dios. Y todas las personas juzgaban que ese era el símbolo, la bandera propia del anticomunismo, cuya razón de ser consistía en la defensa de los derechos de la Iglesia Católica.

Espanta y duele verificar el cambio de los espíritus que se ha producido desde aquellos heroicos episodios hasta hoy, cuando España parece, como toda Europa, haber perdido su fibra, el fervor anticomunista, e incluso se está implicando en la diplomacia soviética, a la que hace algún tiempo se habría negado por la fuerza de las armas.

La Guerra Civil fue en 1936, es decir, hace poco más de treinta y cinco años. En ese lapso de tiempo, ¡qué rotaciones! Los anticomunistas, que arriesgaban su vida en la lucha religiosa y no dudaron en dar su sangre por la España católica, fueron paulatinamente puestos de lado, despreciados y boicoteados, mientras que otros de mentalidad opuesta, ocupaban los puestos dirigentes de la nación.

Gonzalo Queipo de Llano y Serra

¿Cómo fue posible este cambio? Por el efeto de aquella situación que tantas veces advertimos como peligrosa: el descanso, la relajación después de la victoria, la somnolencia ante el peligro. Se introdujo en España una atmósfera de bienestar, de neutralismo, de indiferencia ideológica, en la cual se adormecieron muchos de los mejores españoles. Pero, en el campo ideológico, el sueño es la imagen de la muerte. Y después de ésta, comienza la putrefacción que engendró las molicies, las connivencias y las complicidades con el avance de la Revolución en suelo español, la cual fue una de las peores responsables de la universal corriente del progresismo.

Hoy en día, los anticomunistas están mal vistos en casi todos los ambientes católicos. Y los procomunistas están bien vistos en esos mismos medios. Cada uno de los primeros miembros de nuestro Movimiento casi puede decir: Extraneus factus sum fratribus meis et peregrinus filiis matris meæ – Me convertí en un extraño para mis hermanos y en un extraño para los hijos de mi madre (Sal 68, 9). Es el gemido de la fidelidad.

No basta con rezar, hay que vigilar

¿Qué vemos en este panorama? Un enorme reencender del fervor religioso, una gran gracia para España, que ha desaparecido por completo. ¿Y por qué? ¿Se debió a la falta de oración?

“Ejecución” del Sagrado Corazón de Jesús por milicianos comunistas en el Cerro de los Ángeles en agosto de 1936

Yo no diría tal cosa. España solía ser un país en el que se rezaba mucho. Siempre necesitamos rezar un poco más. Pero los que hablan de oración toman de un modo unilateral el consejo de Nuestro Señor: “Vigilad y orad” (Mt 26:41). Rezan, pero no vigilan. Desarrollan un espíritu de oración, pero no el espíritu de vigilancia.

Es decir, faltó esa desconfianza hacia los malos, la preocupación por comprender sus artimañas, por desenmascarar el juego, por dirigir una contraofensiva, lo que haría que todo eso pudiese haber sido percibido y evitado.

Pero la mayoría de los españoles no actuaron así. Tenían un tesoro que no guardaron en un joyero, sino que lo arrojaron en medio de la calle para que cualquier ladrón se lo llevara. El tesoro de España eran sus cualidades morales y la ausencia de joyero fue la falta de vigilancia… Este magnífico auge de heroísmo desapareció y, en treinta y cinco años, quedó reducido a casi nada.

Podemos ver en el ejemplo de España uno de los defectos más sensibles de la “herejía blanca” Lo contrario debe ser una de las características del contrarrevolucionario.

Desconfianza, vigilancia… 

El contrarrevolucionario es desconfiado, vigilante, pugnaz. La desconfianza es aquí la posesión habitual de la persuasión de que vivimos en un valle de lágrimas, en el que el hombre se encuentra en un estado de prueba debido al pecado original y lleva dentro el pecado de la Revolución. Está rodeado de peligros dentro y fuera de él, contra los que debe estar siempre alerta. Esta es la noción fundamental.

Es decir, en vida espiritual –jamás me cansaré de decirlo– cada uno de nosotros debe de tener en relación consigo mismo la desconfianza que un hombre tiene con una fiera, o con una serpiente. Una fiera y una serpiente están dentro de cada uno de nosotros. Si yo me relajo, por poco que sea, en mi vigilancia, hago concesiones y alimento mis defectos; entonces no tendré fuerzas para superarlos y mi vida espiritual se desmoronará.

Tengo que ser muy vigilante, mantener la mirada constantemente vuelta hacia dentro de mí mismo, viendo lo que estoy sintiendo, lo que ocurre en mi interior, para cortar el mal que constantemente renace. La imagen del hombre bueno no es la representación tonta e ingenua del individuo en cuyo interior no renace la tendencia al mal. Es la imagen del hombre serio, que sabe que la tendencia renace y está en continua lucha contra sí mismo.

Todo hombre tiene tendencias malignas que, si lo consiente, le llevarán a la infamia. Esta es la noción que cada uno de nosotros debe tener de sí mismo. En consecuencia, debido a la desconfianza que cada uno de nosotros tiene que tener de sí mismo, nace el deber de la vigilancia, puesto que quien es desconfiado, vigila.

Vigilar es estar atento, al acecho, a la espera, en un estado de movilización continua. El hombre vigilante se dice a sí mismo: si sé que en mí bulle una fuente continua de los peores defectos, debo vigilarme y, si no lo hago, caeré. El fruto lógico de la desconfianza –la desconfianza es aquí un corolario de la creencia en el dogma del pecado original– es la vigilancia hacia dentro de uno mismo.

…y pugnacidad

La vigilancia no es suficiente; hay que ser pugnaz. El hombre pugnaz

es aquel que está preparado de forma estable para iniciar un combate en cualquier momento. Aunque sea la batalla más difícil, no duda en entrar en ella. Si es necesario, lucha.

Pero no es como el cretino que lucha sin motivo. Nuestra pugnacidad implica que, en todo momento, estemos dispuestos a decir “no” a nosotros mismos. Y la primera persona a la que tengo que saber decir “no” se llama Plinio Corrêa de Oliveira. No sirve de nada decir “no” a los demás y ser enérgico y combativo con los demás; eso es fácil. El problema es ser combativo conmigo mismo y decirme “no”. Y eso en cada caso en que deba decirme “no”, y tan pronto como surja el momento.

Por eso el hombre pugnaz combate sus defectos en cuanto aparecen. En el momento en que la vigilancia le muestra el nacimiento de una sola mala tendencia, el hombre pugnaz la sofoca, la rechaza, la corta. Y si no lo hace, perece, porque la mala tendencia crece y le debilita. Las malas tendencias deben combatirse en su origen, en su primera inclinación, en su primer momento. No puede ser de otra manera.

De lo anteriormente dicho, tenemos la trilogía de la vigilancia aplicada a la vida interior. Desgraciadamente, lo que caracterizó a los círculos católicos en los últimos veinte o treinta años antes del auge progresista fue la falta de estas cualidades. Las personas tenían virtud, pero no la vigilancia. No se hablaba de vigilancia en ningún sentido de la palabra. La piedad era dulzona, sin fibra, sin varonilidad. La piedad necesita tener la verdadera varonilidad, cuyo punto de partida es la varonilidad contra sí mismo. 

Amistad en la medida en que se es vigilante

¿Y en relación con mi prójimo? El prójimo es un hombre como yo. Todo el mal que percibo en mí mismo existe en todos los demás. No soy ni mejor ni peor que los demás. Esto no es una falsa humildad ni una burda expresión de orgullo. Es la experiencia de sesenta y tres años de existencia. Todos somos pésimos y no valemos nada. En consecuencia: si convivo asiduamente con alguien en quien reconozco las mejores cualidades, pero veo que no es vigilante, ¿Qué confianza puedo tener en él?

Eso no quiere decir que no lo aprecie. Puedo apreciarlo, pero mi aprecio es desconfiado. Si me preguntan: “¿Es bueno?”. A menudo deseo de responder: “Es óptimo… por ahora”. No sé cuánto durará, porque no veo en él vigilancia.

Ahora bien, si yo, sin vigilancia, no resistiría, ¿por qué iba a hacerlo él? De ahí un trato afectuoso y respetuoso, ¡pero con un ojo abierto! No sé qué pasará mañana. A veces uno confía porque tiene que hacerlo, porque no puede manejar las cosas sin hacer un acto de confianza en tal o cual persona. Pero cuántas veces un acto de confianza es melancólico, triste, pensando: “¿Hasta cuándo estará esto justificado? ¿Desde qué punto de vista? ¿Y en qué medida? No lo sé, porque no veo vigilancia”. Todo lo que no sea eso, no es serio. ¡Esa es la verdad y lo demás son tonterías!

Comprendo que un recién llegado me diga: “Bueno, Dr. Plinio, llevo mucho tiempo en la TFP, tres años ya, ¿y no tiene tanta confianza en mí como yo en usted?”

Me gustaría decirle: “Querido amigo, aunque pasaran treinta años, si no le veo vigilante, no tendré confianza”.

La confianza abobada de un contrarrevolucionario

Lo que desgraciadamente es así con los amigos, entra por los ojos que se aplica con los enemigos. El enemigo peligroso no es el que despierta en mí la virtud de la vigilancia, el individuo lleno de saña que me insulta y discute conmigo. Es mi próximo.

Mi enemigo puede ser mi prójimo cuando se trata de un compañero o algún pariente que me sonríe y me agrada, no porque realmente desee mi verdadero bien, sino porque quiere ganarse mi simpatía para después poder infundir en mi alma, de forma más o menos disimulada, las máximas neopaganas de la Revolución.

Porque todo aquel que me dé un mal consejo o ejerce sobre mí una mala influencia, es un emisario de satanás hacia mí. Cuando San Pedro dijo una cosa que no debía, Nuestro Señor le respondió de la siguiente manera: “¡Apártate de mí, satanás!” (Mt 16, 23).

Pregunto: ¿Cuántos satanás tenemos a nuestro alrededor, en los que depositamos la confianza abobada que el contrarrevolucionario, tan a menudo impulsado por los residuos de la “herejía blanca”, es propenso a depositar en este, en aquel, en aquellos otros? Es obvio que esto ocurre con frecuencia.

Nuestro Señor diciendo a San Pedro: “Aléjate de mí, Satanás” – Iglesia de San Pedro, Burdeos, Francia

A veces pasan cosas como ésta: llega a la sede de la TFP y le pide un favor a alguien, que no atiende a nuestro pedido. Va a un lugar ajeno a nuestro Movimiento y le pide ese favor a alguien, y se lo hacen. Entonces emerge surge el egoísmo y la bobera: “En la TFP, donde debería encontrar a mis verdaderos hermanos, no consigo ayuda; obtengo auxilio en los que son del mundo. Ahora bien, mi verdadero hermano es el que me ayuda. Luego, mi hermano está fuera de la TFP y no dentro”.

¡Mentira! ¡No puedo llamar hermano a alguien cuya mentalidad me intoxica, trae la muerte a mi alma y me aleja de la Santísima Virgen! Debería llamarle hermano imperfecto, aquejado de la triste enfermedad de la semi-fidelidad, aquel pobre hombre que pertenece a la TFP y que no me hace mal, pero no me hace el bien que debería. Diré que es un hermano con defectos.

No voy a decir que es mi hermano quien me aleja de la Santísima Virgen, de mi Madre. Eso es egoísmo, es poner mi interés en el centro de todo.

Espléndidos frutos destruidos por falta de vigilancia 

¡Cuántas veces cree eso el tonto católico! ¿Cuál es el resultado? Durante muchos años nuestra gran dificultad fue persuadir a los católicos de que podía haber una infiltración de herejía dentro de la Iglesia.

Esto fue lo que abrió las puertas del medio católico a esta infiltración. Lo mismo ocurrió en España. Espléndidos frutos de heroísmo fueron destruidos a causa de esta falta de vigilancia. Una gran nación católica, que poseía la luz primordial3 para ser vigilante entre todas las naciones, que dio Santos inquisidores canonizados, y que pudo llegar a la destrucción completa de sí misma a causa de la falta de vigilancia.

¿De dónde procede esta falta de vigilancia? De la piedad atontada, tan frecuente en ciertos ambientes católicos.

El defecto capital que se opone a la vigilancia es la pereza. El perezoso no es vigilante porque vigilar es un esfuerzo; no es pugnaz porque el mayor de los esfuerzos es luchar. Luchar es más difícil que trabajar. Es más fácil un mes de trabajo que un día de lucha. Sobre todo, cuando es una lucha contra nosotros mismos.

Por tanto, debemos pedir a la Santísima Virgen que erradique de nuestra alma el pecado que, a tantos de nosotros induce a la bobera, a mediocridades y a una especie de disonancia crónica conmigo. La persona está de acuerdo con lo que afirmo de boca para fuera, pero a la hora de hacer, realiza una acción diferente. ¿Por qué? Porque falta esta virtud de la vigilancia. La persona está entregada al vicio capital de la pereza.

Por tanto, necesitamos rezar a María Santísima para que nos cure del vicio capital de la pereza.

Reino de María, el reino de la vigilancia

Los malos están siempre vigilantes y están informados, punto por punto, minucia por minucia, sobre los que son buenos y lo que hacen.

El Reino de María, o será el reino de la vigilancia o será efímero como un sueño. Porque cuanto más elevada es la virtud, tanto más fuerte lo será si es vigilante. Y tanto más débil si no fuese vigilante.

Un ejemplo: imagine a un hombre que lleva una vida de tremenda mortificación, como San Francisco de Asís. Duerme apoyando la cabeza en una roca y hace muchas otras mortificaciones de este tipo. Si es muy vigilante y no hace ninguna excepción a este régimen, acostumbrará todo su ser a esta austeridad. Si se relaja un poco, su apetito por todo aquello de lo que se ha separado salta como un león. Él, que es más fuerte que los demás para no hacer pequeñas concesiones, se convierte en el más débil tras hacer una pequeña concesión. Así será el Reino de María.

El Dr. Plinio durante una conferencia en 1972

El mal siempre estará renaciendo. La conjuración anticristiana seguirá existiendo y si los buenos no estuviesen con los ojos puestos siempre en esa conjuración, ella vencerá. Los malos estarán en sus guaridas, no tanto buscando a otros malos, sino con la finalidad de ver quién es el no vigilante para perseguirlo y perderlo. Es la víctima, la parte blanda del muro sagrado.

(Extracto de conferencia del
25/3/1972)

1) Los Requetés fueron la milicia carlista durante la Guerra Civil española. Principalmente navarros, llevaban boinas rojas y eran profundamente religiosos, pues veían la guerra como una Cruzada.


2) Expresión metafórica creada por el Dr. Plinio para designar la mentalidad sentimental que se manifiesta en la piedad, la cultura, el arte, etc. Las personas afectadas por esta mentalidad se vuelven débiles, mediocres, no propensas a la fortaleza ni a nada que signifique esplendor.


3) La Luz Primordial es el aspecto de Dios que cada alma debe reflejar y
contemplar, en función del cual necesita organizar toda su existencia, su vocación personal.

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Los Caballeros de la Virgen

“Caballeros de la Virgen” es una Fundación de inspiración católica que tiene como objetivo promover y difundir la devoción a la Santísima Virgen María y colaborar con la “La Nueva Evangelización” , la cual consiste en atraer los numerosos católicos no practicantes a una mayor comunión eclesial, la frecuencia de los sacramentos, la vida de piedad y a vivir la caridad cristiana en todos sus aspectos. Como la Iglesia Católica siempre lo ha enseñado, el principal medio utilizado es la vida de oración y la piedad, en particular la Devoción a Jesús en la Eucaristía y a su madre, la Santísima Virgen María, mediadora de las gracias divinas. Sus miembros llevan una intensa vida de oración individual y comunitaria y en ella se forman sus jóvenes aspirantes.

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