“Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”

Publicado el 05/12/2022

La Santísima Virgen quiso hablar en el comienzo de un siglo que se caracterizaría por el silencio de los que deberían gritar o, peor aún, por el engaño de aquellos que, conociendo la verdad, harían lo posible por oscurecerla

Monseñor João Clá Dias

En ninguna otra aparición Nuestra Señora se mostró con tanta claridad en cuanto Reina de los Profetas como en Fátima, en el año 1917. Ella vino en persona para recordarnos verdades olvidadas, como la existencia del infierno, y para amenazar a los hombres con castigos terribles que padecerían si no recondujesen sus vidas por los caminos de la justicia. Sin embargo, concluyó su mensaje con la promesa que alienta a todos aquellos que esperan la intervención divina: «¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!».

En un mundo hundido en el relativismo moral más degradante, donde las almas, que han perdido la noción del bien y del mal, ignoran el temor de Dios y se precipitan desenfrenadamente en los placeres, la advertencia materna de Fátima se presenta como una lanza impetuosa que enfrenta la abyecta corriente dominante y divide a los hombres en dos bloques irreconciliables.

La Santísima Virgen quiso hablar en el comienzo de un siglo que se caracterizaría por el silencio de los que deberían gritar o, peor aún, por el engaño de aquellos que, conociendo la verdad, harían lo posible por oscurecerla, porque sus obras eran malas (cf. Job 3, 19). El mensaje de Cova de Iria, tantas veces deformado, se revela puntiagudo e incómodo, y debe ser entendido a la luz del vaticinio del profeta Miqueas:

«Esto dice el Señor contra los profetas que extravían a mi pueblo: “¿Tienen algo entre los dientes?, gritan paz; a quien no les pone algo en la boca, les declaran la guerra”. Por eso, en vez de visión tendrán noche, en vez de presagio, oscuridad; se pondrá el sol para los profetas, se les oscurecerá el día. Se avergonzarán los videntes, los adivinos quedarán en ridículo, se taparán la cara todos ellos, pues Dios no les responde. Pero yo estoy lleno de fuerza —por el espíritu de Dios—, de derecho y coraje, para anunciar a Jacob su culpa, a Israel su pecado» (3, 5-8).

Lucía, Francisco y Jacinta, pastorcitos de Fátima

Otro aspecto relevante de las apariciones de Fátima es, sin duda, la acción sobrenatural de la Madre de Dios sobre los pastorcitos. Ellos la describen como una Señora más brillante que el sol, hermosa y encantadora. Cuando la Virgen abría las manos, unos rayos de luz inefable y clarísima penetraban en los niños, haciéndoles antegozar la visión beatífica.

Ésta es la vía de santificación inaugurada en Cova de Iria: transformados por una acción privilegiada de la gracia, los auténticos devotos y esclavos de Nuestra Señora serán introducidos en sus misteriosos secretos de santidad, luz y gloria. Ellos lucharán a fin de ver cumplida la voluntad del Altísimo, según anunció María: «Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón». 1

Con todo, por causa de esta firme resolución de hacer más conocida y amada a Nuestra Señora, serán muy combatidos: «El demonio pondrá, como Vos lo habéis predicho, grandes asechanzas al calcañar de esta mujer misteriosa, esto es, a esta pequeña Compañía de sus hijos». 2 Pero nada los intimidará.

Rebosantes de fe, deben tener la certeza de que «el poder de María sobre todos los diablos brillará particularmente en los últimos tiempos. […] [Sus humildes esclavos] serán ricos de las gracias de Dios, que María les distribuirá abundantemente, grandes y exaltados en santidad delante de Dios, superiores a toda criatura por su celo inflamado y tan fuertemente apoyados en el socorro divino, que, con la humildad de su talón, en unión de María, aplastarán la cabeza del diablo y harán triunfar a Jesucristo». 3

Ad Te levavi oculos meos’

El Autor no podría concluir estas líneas sin recordar algunas palabras de un hijo devotísimo de la Reina de los Profetas, con quien pudo tratar muy de cerca, gracias a Dios, durante cuarenta años: Plinio Corrêa de Oliveira.

Dotado de un agudo discernimiento de los espíritus y de un riquísimo don de sabiduría, él contemplaba el porvenir con una clarividencia impresionante e indomable espíritu de fe:

«Inciertos, como todo el mundo, sobre el día de mañana, elevamos nuestros ojos en actitud de oración hasta el excelso trono de María, Reina del Universo. Y al mismo tiempo afloran a nuestros labios, adaptadas a Ella, las palabras del salmista dirigidas al Señor: «A Ti levanto mis ojos, a Ti que habitas en el Cielo. Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en nuestra Madre y Señora, esperando su misericordia» (cf. Sal 122, 1-2).

«Sí, volvamos nuestros ojos hacia la Señora de Fátima, pidiéndole cuanto antes la contrición que nos obtenga los grandes perdones, la fuerza para que trabemos los grandes combates, y la abnegación para que seamos desprendidos en las grandes victorias que traerán consigo la implantación de su Reino. Victorias éstas que deseamos de todo corazón, aunque para llegar hasta ellas la Iglesia y el género humano tengan que pasar por los castigos apocalípticos —mas cuán justicieros, regeneradores y misericordiosos—por Ella previstos en 1917 en Cova da Iria» 4.

Tomado de la obra “María Santísima. El Paraíso de Dios revelado a los hombres; Tomo III, Capítulo II; pp. 112-115

Notas
1) HERMANA LUCÍA. Memorias I. Cuarta Memoria. c. II, n.º 4. 10.ª ed. Fátima: Secretariado dos Pastorinhos, 2008, p. 175.
2) SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Oración abrasada, n.º 13.
3) SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n.º 54.
4) CORRÊA DE OLIVEIRA, Revolución y Contra-Revolución, op. cit, p. 177.

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