Dos reinados opuestos que se deciden en el corazón dela sociedad

Publicado el 11/28/2025

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El mundo contemporáneo marcha hacia un desajuste moral sin límite, que le arranca la fe y el deseo de las cosas sobrenaturales. Este caos es una consecuencia de la supresión de la realeza de Jesucristo, la piedra angular sin la cual nada se construye. 

Plinio Corrêa de Oliveira

Altar Mayor de la Iglesia de Santo Domingo, Cuenca, Ecuador

Con respecto a la fiesta de Cristo Rey, tenemos que considerar el siguiente texto:

Hoy, la Iglesia quiere hacernos reflexionar sobre las consecuencias de esta llamada universal a la fe de Jesucristo. Las naciones fueron en conjunto convertidas al Señor, que les trajo, con los conocimientos sobrenaturales, los beneficios de una civilización que el mundo antiguo siempre había ignorado. Pero, desgraciadamente, hace dos siglos, un error extremadamente pernicioso devasta todas las naciones y particularmente la nuestra. Ese error es el laicismo. Este error consiste en la negación de los derechos de Dios y de nuestro Señor Jesucristo sobre toda la sociedad humana, tanto en la vida privada y familiar cuanto en la vida social y política. Los apóstoles de esta herejía retomaron para sí el grito de los judíos deicidas: “no queremos que Él reine sobre nosotros”.

Ante esta peste de nuestros tiempos, los Papas no dejaron de alzar su voz. Pero, creciendo siempre el flagelo, Pío XI quiso aprovechar el año jubilar para recordar solemnemente al mundo, por medio de la encíclica Quas Primas del 11 de diciembre de 1925, el pleno y entero poder de Jesucristo, Hijo de Dios, Rey inmortal de los siglos, sobre todos los hombres y pueblos de todos los tiempos. Además, para que esta enseñanza tan necesaria no fuera realmente olvidada, instituyó, en honor de su realeza universal, una fiesta litúrgica que fue a la vez un memorial solemne y una reparación de esa apostasía de las naciones, que, en nombre del laicismo contemporáneo, tiende a manifestarse en la doctrina y en los hechos. En fin, el soberano pontífice prescribió, ese mismo año y esa misma solemnidad, la renovación de la consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús.  

Triple realeza de Cristo

Es necesario recordar algunos aspectos sobre la realeza de Nuestro Señor Jesucristo que no siempre son afirmados con la necesaria evidencia. Si Él es Rey, lo es por tres títulos diferentes, cada uno de los cuales marca su realeza con una cualidad especial.

En primer lugar, Nuestro Señor Jesucristo es Rey por ser el Unigénito de Dios y tiene el pleno y absoluto dominio sobre toda la creación; en segundo lugar, porque, por la Encarnación, es el Hombre-Dios y jefe natural de toda la humanidad, todos le deben obediencia; en tercer lugar, Él es Rey por ser nuestro Salvador. Muriendo en la Cruz, nos ha conquistado la salvación eterna; y por el hecho de habernos comprado la vida sobrenatural, de habernos redimido con su Pasión, tiene sobre nosotros un derecho pleno y es, de hecho, nuestro Rey. Lo que es propio de la realeza es que cualquier orden solo puede existir en la dependencia del rey legítimo. Cuando éste es apartado, todo no es sino desorden, sobre todo cuando se trata del Rey por naturaleza, Jesucristo. Los mejores éxitos no son más que ilusión; las peores cosas que vengan a suceder son incluso una pequeña muestra del mal profundo al que se puede llegar.

Eso es porque lo normal es que el reino dependa de su rey y no se puede encontrar paz, tranquilidad, honestidad, progreso, no se puede encontrar el verdadero camino, sino en unión con su rey. Un reino privado de su rey es como un cuerpo privado de su cabeza. Por lo tanto, el mundo privado de la realeza de nuestro Señor Jesucristo no tiene nada realmente bueno.  

Papa Pío XI

Un símbolo de la sociedad actual en el fenómeno del rosal cortado

Entiendo que se pueda considerar muchas cosas buenas que existen en el mundo contemporáneo. Se puede hablar respecto a los sistemas de plomería, de la aviación, del telégrafo, de la televisión; maravillas o pseudo maravillas, grandes o pequeñas, de la modernidad.

La verdad es la siguiente: después de que la Revolución estalló y los pueblos se alejaron de Nuestro Señor, se pueden encontrar hasta cosas buenas, que tienen en sí mismas utilidad para el hombre. Sin embargo, como se desarrollan en un mundo separado de su Divino Rey, nada es realmente bueno y solo concurren para acelerar la decadencia.

El mundo actual es vulnerable porque ha sido herido en lo que tiene de más profundo, su propia raíz; está cortado, separado con relación a Aquel que es la fuente de toda vida, que es el Camino, la Verdad y la Vida, Nuestro Señor Jesucristo.

En la naturaleza encontramos una explicación: después que cortamos un rosal, durante unos dos o tres días las flores aún florecen, debido a la savia existente antes del corte. La planta está muerta y, a pesar de que haya en ella algunos fenómenos esporádicos de post-vida después de la muerte, el rosal seguirá su marcha hacia la muerte.

Sería un tonto y haría un comentario sin sentido quien, viéndola cortada, dijera: “¡Ah! Cortar la raíz no tiene importancia, porque vea, el rosal aún florece”. En realidad, se sabe que, en la planta, una vez cortada la raíz, todo camina hacia la muerte.

Esto es exactamente lo que sucede en el mundo contemporáneo.  

Quitada la Piedra Angular, la decadencia se hace inevitable

Nosotros, que tenemos la conciencia exacta de la fiesta de Cristo Rey y lo que significa su realeza, debemos evitar cualquier forma de optimismo bobo con respecto al mundo contemporáneo. Él marcha hacia su ruina en virtud de un libertinaje moral sin límite, que le arranca la fe, el deseo de las cosas sobrenaturales, que frena en él el amor al sacrificio, a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, que orienta el dinamismo de todas sus apetencias hacia el mal.

Es algo tan profundo que no sólo en el mundo de hoy los malos son pésimos, sino que los buenos aman débilmente el bien, como una especie de repercusión de esa atracción general hacia el mal, la cual arrastra a algunos de manera efectiva, y en otros neutraliza la apetencia hacia el bien. De tal manera que casi nadie en la Tierra tiende con seriedad a la virtud, a la imitación de Nuestro Señor Jesucristo y de las virtudes de Nuestra Señora.

He aquí el fruto de esa gran apostasía llamada Revolución, porque el mundo, aislado de su Rey, no puede producir sino infamia, vergüenza y degradación. Este caos hacia el cuál vamos avanzando, es una consecuencia de la supresión de la realeza de Jesucristo, que es la piedra angular sin la cual nada se construye. Es por eso que, ante nosotros, en el camino del mundo contemporáneo, no existe sino la perspectiva de la ruina, de la muerte y nada más.  

Confesión – Iglesia de Santa Segolene, Metz, Francia

No hay autenticidad en la virtud sin vida interior

El mismo principio se aplica a la vida interior de los individuos. Donde Nuestro Señor Jesucristo no está presente por una vida espiritual llevada con seriedad, por el deseo serio de la santificación, no nos engañemos, las virtudes que pueden ser practicadas no son auténticas, es un simulacro y nada más. No quiero decir que sean virtudes fingidas, pero son como este fin de brotar en el rosal cortado.

Hay una “post-virtud” que hace que uno u otro hijo de las tinieblas consiga ser aún un buen padre, un profesional más o menos correcto, un amigo que da asistencia a otro en la hora del apuro. Son residuos del cristianismo que están ahí dentro, pero que subsisten en el estado de resto.

Porque la Iglesia nos enseña que la virtud es una sola: la del hombre que está en estado de gracia. Pero cuando alguien comete un pecado mortal, todas las virtudes que él tenía –no solo aquella contra la cual pecó– dejan de merecer el nombre de virtud; son restos mortales de una virtud que existió, pero que ya no lo es. Y aquella alma está toda reseca por el pecado, marcada para ser entregada al demonio si muere de un momento a otro, si de ella no se compadece Nuestra Señora, que es la Medianera universal de todas las gracias, para que le obtenga la conversión.

Afirmar que hay una virtud seria, estable y consistente en la persona que vive en el hábito del pecado y se encuentra en pecado mortal, es negar la realeza de Jesucristo. Porque Él es el Rey de las almas, y si Él no está en un alma, en ella todo es tiniebla y todo es desorden, aunque por un lamentable favoritismo queramos imaginar que no lo sea.  

Debemos renunciar a esta visión: “Tal pariente mío, tal profesor, tal amigo está en estado de pecado mortal, pero tal virtud la tiene seriamente”.

Yo digo: comience por no llamar a esto virtud; después, acuérdese: si en cada hombre es débil la virtud, tanto más lo será en los pecadores con restos de virtudes. Alguien me dirá: “¿Pero Ud. no tiene pena del pecador?” ¡Enorme! Y la razón por la que la tengo es la miseria en la que se encuentra y que estoy describiendo. Si pensara que está en un buen estado, no habría razón para sentir lástima. Es porque su estado es miserabilísimo, es tristísimo, que debemos compadecernos de él, rezar por su conversión. Pero mientras él está en estado de pecado…  

Esclavos de Jesucristo o siervos de satanás…  

Esto, es indispensable tenerlo en consideración en esta época en la que se olvida cada vez más ese principio enunciado por nuestro Señor en el Evangelio: “Sea vuestro sí, sí, y vuestro no, no”, (Mt 5,37). Si es bueno, es bueno; si es malo, es malo. Vamos a dividir los campos, abrir las trincheras y mostrar bien lo que está de un lado y lo que está del otro, recordándonos que un verdadero abismo separa lo que es del Reino de Cristo de aquello que no lo es.

¿Y qué no es del Reino de Cristo? San Luis Grignion de Montfort lo explica bien en el Tratado de la Verdadera Devoción. Él muestra que, después del pecado original, la condición natural del hombre es ser esclavo. O aceptamos ser esclavos de Nuestra Señora, de Nuestro Señor Jesucristo, reconociendo el señorío y su realeza, o seremos esclavos del demonio. Por lo tanto, pasamos de modo obligatorio de una esclavitud a otra.

No llamaremos caos y desorden lo que no es el Reino de Cristo. Daremos un nombre más concreto y que va más lejos: lo que no es el Reino de Cristo es el reino de satanás.   

El Dr. Plinio em 1966

Una nación laica, como lo son tantas en América Latina, como lo es nuestro pobre Brasil, que declara: “No soy oficialmente un Estado católico, no tengo religión de Estado, soy indiferente a todas las religiones”; esa nación abolió en sí misma la realeza de Cristo, declaró que Él no es su Rey. Pero, ¿eso es todo? No hay otra solución, si Cristo salió, el trono fue ocupado por satanás, porque no puede dejar de ser ocupado por uno de los dos. Y el laicismo, contra el que hablaba Pío XI, es el reinado de satanás. Es, por lo tanto, el reinado de la irreligión, de la indiferencia ante Dios, de la impiedad, lo que no es sino el reinado de satanás.

Nuestro Señor Jesucristo – Iglesia de Santa María, Cracovia

Y no habrá un teólogo o persona capaz de razonar que derribe la lógica y la seguridad de ese razonamiento.

Quintaesencia del Reinado de Cristo, el Reino de María

Entonces, ¿Qué debemos pedir? Necesitamos tener nuestros ojos puestos día y noche en estos hechos y desear el advenimiento del Reino de María. Como un justo de la Antigua Ley deseaba la venida del Mesías, debemos pedir con todo nuestro corazón que venga esta quintaesencia del Reino de Cristo, que es el Reino de María. Y lo que el Reino de Cristo tiene de más característico, de más ardiente, de más Él mismo, es el Reino de María. Es por eso que debemos decir: Ut adveniat regnum Christi, adveniat regnum Mariæ –¡para que venga el reino de Cristo, que venga el reino de María! Esto es lo que de todo corazón debemos desear.

¡Y en homenaje a Cristo Rey, cuya fiesta conmemoraremos, sugiero ofrecer nuestra Comunión y nuestro Rosario a Nuestra Señora, para que Ella obtenga, desde ya, la venida de su Reinado!  

(Extraído de conferencia del 29/10/1966)

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