A partir de la descripción de un cuadro, el Dr. Plinio enseña a hacer un elevado y metódico ejercicio de trascendencia, encontrando en los seres creados reflejos de las virtudes y cualidades increadas de Dios.
Plinio Corrêa de Oliveira

Vamos a analizar una fotografía bastante expresiva. Usé la palabra “expresiva” a propósito, porque expresivo es aquello que tiene expresión y, por lo tanto, expresa algo. Aquí estamos al pie de la dificultad: ¿Qué expresa esa escena? Esta es la primera pregunta para que realicemos el ejercicio de trascendencia de la creatura al Creador. Para responder a esta cuestión, tenemos una descripción. Debemos describir la cosa para darnos cuenta de aquello que expresa. El método es, antes que nada, la búsqueda de una expresión. Esa búsqueda comienza por una descripción.
Describiendo un cuadro
La descripción, como yo la veo, presenta el cuadro en tres elementos: uno que se destaca enormemente es un árbol que se yergue esbelto, con una agradable flexibilidad; su tronco no es duro como el de una palmera imperial, sino que es elegante, gracioso, porque sube a la manera de una espiral de humo. No obstante, sube rectilíneamente, siempre en torno de un eje invisible que está allí presente.
Pero lo que la palmera imperial tiene de muy bonito, como una espada al viento, este árbol tiene por ser un poco como una espiral que sube; en lo alto sostiene una copa grande, que da la impresión de la espiral del humo de un cigarro, por ejemplo, que, después de ser levantada en línea recta, se explaya. Y hay una proporción muy bonita entre la copa y la altura del tronco que la sostiene. De tal manera el tronco levanta la copa bien alta que no deja la impresión de estar sufriendo para sostenerla, sino que da la impresión de una obra de arte, una especie de obra maestra de equilibrio al conseguir mantener la copa tan alto, sin quebrarse, ni el tronco ni todo aquel ramaje.
La enramada, por otro lado, se distribuye de un modo agradable y leve. En las puntas de las ramas apenas hay porciones de follaje, de manera que son leves. Constituyen una figura interesante, con tres elementos centrales: la copa bien en lo alto y dos porciones de follaje laterales, formando una especie de simetría agradable. Los antiguos decían que lo impar era amigo de las musas. En este árbol vemos algo de poético en el número “tres”. Las tres porciones de ramas que constituyen un uno dan una cierta unidad al ramaje.
Todo eso se levanta solo sobre un paisaje muy bajo. En cuanto a los otros elementos, vemos una vegetación muy baja. Lo que sube un poco más es una vegetación desordenada e irrelevante, que la mirada tiende a olvidar, esa masa oscura de la cual se desprende ese gran árbol.
Firmamento bello que tiende a lo borrascoso
Merece un comentario especial el cielo que está por detrás. Hay muchas nubes, pero el Sol incide sobre ellas de modo que no sirven tanto para velarlo como para revelarlo, porque ellas reflejan el Sol sobre la tierra. Y, por lo menos para mi mirada, ciertas nubes dan la impresión de una seda magnífica que refleja al sol en medio de las oscuridades que aún aumentan el brillo de esta parte donde incide. Más hacia arriba hay, no obstante, nubes pesadas. La impresión de conjunto es de un firmamento bello, pero que tiende con una cierta indecisión a lo borrascoso. Es decir, un cielo así, fácilmente puede caminar para la tormenta que se va a desencadenar sobre este árbol. Se diría que él enfrenta, casi provoca, la borrasca que caerá.
Ese cielo con las nubes así dispuestas crea en la vista la ilusión agradable de que el árbol llega hasta las nubes, y que es un árbol amigo, familiar de las nubes, de tan alto que es, lo que aumenta la impresión de su esbeltez, y constituye para esta un lindo fondo de cuadro.
El árbol es la nota dominante, el eje del cuadro. En función de él el fotógrafo concibió el panorama. Es en función del árbol que debemos analizar tanto la vegetación oscura que le sirve de pedestal, como el cielo.
Descrito el cuadro, debemos preguntarnos qué es lo que expresa. Dentro de poco diré lo que expresa, porque será la otra parte del método.

La descripción metódica conduce a una expresión
Yo hice una descripción. ¿Cuál fue el método adoptado? Yo desmembré el cuadro en sus varios elementos. Analicé el elemento principal, que es el árbol, después analicé los dos otros elementos; enseguida hice una relación entre los tres elementos, para mostrar cómo, de hecho –volviendo a la tesis inicial–, el árbol es el elemento principal. Fue, por lo tanto, una descripción analítica. No fue una mera descripción, sino que fue un análisis de la estructura interna del cuadro y de sus predicados, tomada en las relaciones con sus partes.
Esa es la descripción de ese panorama como yo lo sentí. Por lo tanto, es una descripción enteramente metódica. Yo mostré como se hacen los varios puntos de la descripción. Esa descripción metódica conduce a una expresión. ¿Bajo qué forma psicológica esa expresión aflora en mi espíritu? Bajo la forma de una exclamación interior. Yo diría del conjunto del cuadro: “¡Oh elegancia altiva y leve!”.
El árbol es elegante, es altivo, pero hay algo que está contenido en el concepto de elegancia y que yo quiero resaltar: ella es leve. Su elegancia consiste en la altanería con levedad. Esta es la exclamación interior, esta es la expresión que el árbol sugiere al alma.
La palabra elegancia nunca obtuvo una definición enteramente satisfactoria. Pero, en su sentido propio, en su sentido adecuado, ella incluye las ideas de una superioridad que más se debe al espíritu que a la materia, se debe más a la cualidad que a la cantidad y, por causa de eso mismo, es una superioridad leve, elegante, aristocrática, que atrae.
Ese árbol no es más bonito que muchos árboles que se encuentran por ahí. Yo no dije ninguna vez que es muy bonito, porque lo bonito está excluido de allí. Tiene la verdadera y módica belleza de una porción de cosas que nos rodean y cuya belleza percibimos solamente en su limitación cuando se analiza bien. Ahí hay mil cosas bonitas, dependiendo mucho del análisis, y no son grados de bellezas relevantes. Es una belleza auténtica, sin embargo, no relevante.
Sobre todo, eso no es una búsqueda de la belleza: es la búsqueda de la expresión. Una persona puede ser fea, pero tener una expresión bonita. Por ejemplo, la fisonomía de los profetas de Aleijadinho: casi todos son feos, pero tienen lindas expresiones. Un objeto puede también tener una bonita expresión siendo feo o común. Yo no hice aquí una búsqueda de la belleza en ningún momento. Yo hice la búsqueda de una expresión. Desde el comienzo concordamos en que el árbol es expresivo y yo intenté ver lo que expresa.
La elegancia no existe sin algún encanto. No se confunde con el encanto, pero sin algún encanto no funciona. Y en mi modo de entender, ese árbol tiene algún encanto módico.
También no hay elegancia sin alguna superioridad, pues ese es uno de sus elementos. Comparada con una palmera imperial, por ejemplo, lo que ese árbol tiene, un poquito aquí –un poquito hasta peligrosamente– y que la palmera no tiene y que es un discreto encanto no muy saludable, es que es medio lánguido.
Una persona que suspendiera el brazo como está el ramaje de ese árbol, haría un gesto lánguido. No es como el de la palmera imperial, que es de un soldado sosteniendo una espada para presentar armas.
La exclamación interior lleva a la trascendencia
Entonces, de la primera parte del método, o sea la descripción, pasamos a la segunda parte del método, que es una exclamación interior.
¿Qué es ese árbol? Es elegante, con esa elegancia como yo la definí.
¿Qué es esa exclamación interior? Es la proyección dentro de mí de la impresión causada por él árbol. Es decir, la expresión del árbol es esta, él expresa esto.
¿Cuál es la trascendencia? Si este árbol tiene esa forma de elegancia altanera y leve, si él comunica esa expresión, entonces debemos entender, considerar, que altivez es una cualidad, y levedad es otra cualidad, y que altivez y levedad como cualidades que son, cada una se expresa a su modo. La levedad es una cualidad más propia a la materia y la altivez es una cualidad más propia al espíritu. Cada una de esas cualidades existe a su modo en Dios. Porque si todas las cosas fueron creadas a imagen y semejanza de Dios, aquí hay cualidades que son semejantes a Dios.
Altanería de Dios
¿Qué es Dios en función de eso? ¿En qué sentido se puede decir que Dios es altivo?
No sé si existe en castellano la palabra “altivo” exactamente en el sentido que existe en portugués. Es una altura que se compara, que toma conocimiento de que es más alta, que siente y hace sentir que es más alta, pero con garbo, con distinción. Ese es el sentido de la palabra altivo.
Dios es infinitamente superior a todas las cosas. Y cuando nos imaginamos a Dios, terminada la Creación, complaciéndose en ella, y procuramos imaginar el cuadro de conjunto de Dios y la Creación, Él está infinitamente encima de la Creación, con una elevación inconmensurable, de la cual son imágenes creadas todas las cosas que se proyectan muy encima de todas las otras.
Y este árbol, por lo tanto, es una semejanza creada de la altivez increada de Dios. Incluso porque la altivez de Dios no es la misma que la de una sargentona, sino que es la altivez espiritual del Rey Divino, y, por lo tanto, con este predicado del cual yo estoy hablando, aunque la fuerza también esté presente en ella.
Cuanto más noble y elevado, tanto más leve
Levedad. ¿Dios es leve? Nosotros notamos, en el orden de la Creación, de la pura Creación, una cosa curiosa. Cuanto más elevadas y quintaesenciadas son las cosas, más ellas dan al hombre una impresión de levedad. Por ejemplo, ¿Cuál es la autoridad más leve: la del Rey o la del director de tránsito? El director de tren, con su bastón, es una autoridad más pesada que la del rey, que se cierne casi como una espuma sobre el reino. Él casi inspira más el reino de que propiamente lo gobierna a duros golpes.
Tomemos la autoridad, por ejemplo, de un director de colegio y del vigilante del colegio, que pone a los niños en la fila y los castiga. El director del colegio solo pasa y mira; a veces hasta finge que no ve, pero ese fingimiento castiga. Los castigos del director de colegio son levísimos, mucho más eficaces que el castigo embrutecido del vigilante.
Cada uno de esos castigos tiene su razón de ser en el mundo del castigo. Pero, cuanto más se sube, tanto más leve es aquella reprensión como la autoridad que la ejerce. La superioridad de la inteligencia sobre la materia –por lo tanto, del hombre inteligente sobre quien no lo es– es una superioridad mucho más leve que la del hombre fuerte sobre quien no lo es.
Llega un campeón de boxeo y le dice a otro: “O tú haces tal cosa o yo te doy un puñetazo.” Ahora bien, un hombre inteligente le dice a otro que no lo es: “Yo te voy a persuadir y, si no lo consigo, eso traerá muchos inconvenientes.”
¿Cuál de los dos ejerció una autoridad más leve? Evidentemente aquel que ejerció una autoridad de un modo más noble, más elevado; en el caso concreto es la del hombre intelectual. Así por delante. Debajo de cierto punto de vista, cuando más las cosas son nobles y quintaesenciadas tanto más ellas son leves.

Levedad de la autoridad de Dios
La levedad, por lo tanto, es propia de aquello que es altísimo. Y así nos imaginamos a Dios cerniéndose en el Cielo con una levedad de puro espíritu increado, de la cual ni siquiera podemos tener una idea. Y por eso la iconografía católica, cuando presenta de vez en cuando al Padre Eterno cerniéndose sobre las nubes, nunca lo hace a la manera de un gigante. Yo no conozco una reproducción del Padre Eterno a la manera de un gigante; no conozco una representación de Nuestro Señor Jesucristo que dé la idea de estar ejerciendo una fuerza atlética contra cualquier cosa. Pero sobre todo con el Padre Eterno es característico. Es un anciano que se cierne en medio de las nubes, las cuales son su único soporte, y que parece no pesar sobre ellas, que parece que lo cargan sin esfuerzo. Todo es leve. Imaginemos la impresión que tendríamos al ver un Padre Eterno enorme, aplastando al hombre con su simple presencia y sobre un mazo de nubes agrietadas debajo de su peso. Alguien dirá: “No, eso no es el Padre Eterno. ¡Esa representación está mal hecha, manden que la destruyan!”
Él debe tener, inclusive en su Majestad infinita, una cierta levedad propia a aquello que es excelso. Esa levedad, esa superioridad, esa elegancia son, por lo tanto, imágenes, semejanzas creadas de Dios Nuestro Señor que tiene eso de un modo absoluto.
Trascender de los reflejos creados al Creador
¿Eso quiere decir que Dios se parece a un árbol? De ningún modo. Quién conoce un reloj, tiene una cierta idea de cómo es el relojero, pero no se puede decir que él tenga cara de reloj. Es una cosa completamente diferente.
Hay una transposición, y ahí está la trascendencia que nos lleva hasta Dios. ¿Cómo se hace la transposición? Yo fabriqué la expresión elegante, altiva y leve. De esta exclamación yo pasé a la siguiente consideración: la altivez, la levedad, la elegancia increadas; altivez, levedad y elegancia absolutas, en relación a las cuales todas las formas de elegancia, de altanería y de levedad existentes en la Tierra no son sino reflejos creados y, ya desde ahí, están para lo increado como el reloj para el relojero.
(Extraídos de conferencia del 27/12/1974)







