El atractivo de lo incógnito y el Cielo Empíreo

Publicado el 02/16/2026

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Un misterio encantador se nos revela a través de los sueños de San Juan Bosco. El Cielo Empíreo se parece un poco a esta tierra, pero allí todo parece ser de otra naturaleza. Esto nos hace ver esta tierra con ojos mucho más “maravillables”, porque entendemos el fundamento que las cosas tienen en Dios y pasamos a buscar el significado espiritual de lo que nos rodea.

Plinio Corrêa de Oliveira

Comienzo la lectura del sueño de San Juan Bosco.

Aspecto terrenal, pero de naturaleza diferente

San Juan Bosco vio el pórtico del Cielo Empíreo:

“De repente, parecía encontrarme en la cima de una colina, en los bordes de una inmensa llanura, cuyos límites se perdían de vista en la inmensidad. Era azul cerúleo, como el mar en calma; aunque la materia que vi era agua, parecía un cristal suave y brillante. Bajo mis pies, detrás de mí y a los lados, vi una región como una costa al borde del océano.”

La descripción es muy hermosa, especialmente vista desde dentro de los ojos de un santo. Pero empieza planteando un problema muy interesante, cuando imaginamos lo material. Si la interpretación es cierta, nos da una idea de esta Tierra completamente nueva y, sin duda, antimoderna en la medida en que puede ser; llega a los límites de la antimodernidad.

Yo solo planteo el problema, pero no voy a resolverlo: tales descripciones tienen el aspecto de cosas terrenales, pero no tienen la naturaleza de la Tierra. Lo que parece mar no es mar ni es agua; él da a entender que es materia de otra naturaleza. Y esa costa no es una costa verdadera, porque donde no hay agua, no hay costa. Hay un encuentro de diferentes materias, similar a una playa, pero no es una playa.

“Avenidas anchas y gigantescas dividían la llanura en vastos jardines de belleza indescriptible…”

¿Hasta qué punto no era agua y hasta qué punto no era cristal? Es azul, pero tenía jardines en la parte superior. Si el compilador copió bien, y creo que sí, la cosa parece real.

Un enigma por resolver…

“… todos como que repartidos en pequeños bosques, prados y parterres de flores de diferentes formas y colores.”

El problema vuelve a aparecer. Sabemos que no hay plantas en el Cielo Empíreo. ¿Cómo son, entonces, los prados de flores? ¿Y por qué se hacen parterres con ellas? ¿Cuál es la razón de esto? Parece que este jardín fue plantado por alguien. No es la naturaleza tal y como ella brota. ¿Dios ordenó que esas cosas se organizaran a la manera de un jardín? Entendemos que los hombres hagan jardines, porque dentro del monte las cosas no adquieren toda su belleza. El monte tiene su belleza específica, pero, por ejemplo, un campo no puede tener la belleza de un jardín con una colección de rosas; el hombre necesita plantarlas. El jardín tiene una razón de ser para nosotros, está relacionado con la naturaleza de las cosas. Sin embargo, en el sueño, el jardín no parece estar en relación con la naturaleza de las cosas. No se ve nada que justifique un jardín en el cielo. ¿Y cómo entender un jardín que quede sobre un agua que no es agua? Ahora, debe haber un pulchrum dentro de eso para ser Paraíso. ¿Cuál?

“Ninguna de nuestras plantas puede darnos idea de aquellas, aunque tengan cierto parecido. Las hierbas, las flores, los árboles y los frutos eran muy vistosos y de hermosísimo aspecto. Las hojas eran de oro. Los troncos y ramas de diamantes, el resto corresponde a esta riqueza.”

Así como el mar era de un agua que no es agua y de cristal azul que no es cristal, también las flores, los frutos y las hojas tenían una consistencia no vegetal, porque la criatura vegetal no entra en el Cielo. Eran de la materia de allá, pero con las formas que se explican según las necesidades de la materia de esta Tierra.

Aquí hay un acertijo. Que un árbol tenga hojas es lo más natural del mundo. La hoja es necesaria para el árbol, no es un puro adorno, como los de un árbol de Navidad. También es propio del árbol dar el fruto. En el Cielo Empíreo, esos seres semejantes a los minerales –dudo en dar ese calificativo– tienen las formas de los seres aquí, pero no son los de aquí. ¿Cuál es la razón de esas formulaciones?

La pregunta va más allá, es un análisis. ¿Por qué la materia de allá tiene semejanza con la nuestra? Alguien dirá: “Para que el hombre se sienta bien allá.” ¿Así que Dios hizo una especie de tienda de juguetes para que el hombre esté en el cielo? Eso no es serio. Esa no es la razón. Dentro de poco lanzaré una hipótesis que tiene exactamente la atracción de lo desconocido. Debemos ser lobos de mar ortodoxos en las hipótesis, siempre con un espíritu obediente a Roma.

Intento dar, en la descripción, más la belleza de lo desconocido que la del árbol dorado con brillantes. Porque un árbol de oro con brillantes, un fabricante de joyas falsas lo hace y cualquiera lo toma como verdadero. El problema es discernir el significado espiritual y buscarlo más allá de la descripción puramente material.

“Es imposible contar las diferentes especies…”

Por lo tanto, existen diferentes especies de estas “plantas”.

“Y cada especie y cada flor brillaba con una luz especial.”

Cada uno de estos seres lanza focos luminosos no solo según su naturaleza, sino también según su individualidad, como en la Tierra las rosas son hermosas, pero cada especie de rosa tiene su propio tipo de belleza; también lo es la prodigiosa variedad de esta creación celestial, este pequeño universo celestial. Cada una con su propia luz, que simboliza una perfección de Dios.

Es para hablamos de Dios, de Nuestra Señora, de los Ángeles y de los Santos.

“En medio de ese jardín y a lo largo de toda la llanura, conté innumerables edificios de un orden, belleza, armonía, magnificencia y proporción tan extraordinarias, que para la construcción de uno de ellos no bastaban todos los tesoros de la Tierra.”

San Juan Bosco vio una magnífica llanura, un jardín de una ciudad con innumerables palacios. Es una ciudad. Incluso puede ser una plaza pública de una ciudad. Ahora, sabemos que nadie vive en casas en el Cielo. ¿Qué significado tienen esas casas, esas fachadas? ¿Por qué es así? ¿Cuál es el misterio encantador, pero un tanto desconcertante, en el que caminamos?

Un bello problema: la relación de la naturaleza celestial con las formas geométricas

“Me decía a mí mismo: si mis muchachos tuvieran solo una de estas casas, ¡cómo les gustaría, lo felices que serían y lo felices que vivirían dentro de ella! Y pensaba en eso cuando solo podía ver estos palacios desde fuera. ¿Cómo serían por dentro?”

Estos palacios, que no son palacios, tienen un interior. No son meras fachadas, porque en el Cielo no puede haber engaño. Y si tienen la apariencia de poseer un interior, es porque lo poseen. ¿Para qué sirve el interior de estos edificios? ¿Habrá algún arte decorativo allí? ¿Habrá espejos? ¿Habrá cuadros pintados por ángeles? ¿Habrá alfombras de alguna Persia inimaginable, o serán creados directamente por Dios?

La respuesta no es muy fácil de dar, porque estoy obligado a responder en términos puramente geométricos.

Tomemos las figuras geométricas: un cuadrado, un rombo, un círculo. Pensándolo bien, la naturaleza humana no vive sin tener cosas que representen formas geométricas para ella. Nuestro intelecto y nuestros sentidos están hechos de tal manera, que necesitamos tener contacto y vivir dentro de un universo definible en formas geométricas. Fuera de esto, seríamos más o menos como alguien que avanza en vuelo ciego dentro de una nube. Es como viajar en avión. Uno tiene la impresión, completamente sin gracia, de que uno está paseando dentro de una botella de leche. Nube, nube, nube, no se ve el paisaje, ni la ciudad, es un elemento gaseoso y húmedo que se condensa en gotitas sucias en el ala del avión, que después el viento se lleva y que se desintegran dentro de la masa húmeda de la que se separaron por el golpe del ala del avión. ¿Qué es eso? Lo miro con tedio y digo: “¡Oh, aburrimiento! Si tan solo se dibujaran figuras geométricas allí, si eso tuviera el aspecto de un caleidoscopio, donde las formas pasan delante del hombre, como para encantarle…” Soy el menos geométrico de los hombres, ¡pero como la naturaleza humana tiene avidez por la geometría!

Y aquí surge un bello problema: ¿Cuál es la relación de esa naturaleza con la geometría? Y aún surge otro problema: ¿esas formas geométricas no representan simbólicamente propiedades de Dios, de las cuales el alma humana es tan sedienta, y que sin considerarlas el hombre no puede vivir?

Entonces, ¿las cosas no son redondas, cuadradas o romboides, principalmente por su naturaleza, sino porque nos dan una idea de Dios? Y Dios las creó con esa naturaleza, primero, para darnos una idea de Sí mismo, y segundo, para satisfacer sus necesidades naturales. Pero la razón de ser de todas estas formas es mucho menos la naturaleza de las cosas que Dios mismo.

El Génesis dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gen 1,26) y “Dios miró toda su obra y vio que era muy buena” (Gen 1,31). La razón profunda por la que las cosas tienen las formas que tienen no es su naturaleza, sino porque Dios quiso que tuvieran esas formas para que Él las contemplara. Y eso es porque tienen cierta semejanza con Él. Un parecido inefable, que no puede expresarse con palabras humanas.

San Lorenzo del Escorial

Las semejanzas de Dios en el Cielo y la Tierra

¿Quién sabe, entonces, si todo el Cielo Empíreo es una inmensa repetición, en forma magnífica, de puras formas, puros colores, puros sonidos, puros deleites que tienen su fundamento en Dios y que nos permiten verlo mejor? Mirando las cosas de esta Tierra, tampoco debemos conformarnos con la explicación científica, sino pensar: ¿por qué la naranja tiene una forma vaga de esfera? No es por las razones que explican la naturaleza de la naranja, sino porque Dios quiso que existieran seres esféricos y que hubiera esferas color naranja, con sabor a naranja, para parecerse mejor a Él. Es más o menos como un juego de espejos.

El zumo de naranja está dentro de ella y se explica más en función de Dios que él mismo. ¿Cómo es que Dios, siendo infinitamente superior a la naranja, se refleja de alguna manera en ella? Porque hay una similitud ahí. ¿Cómo es esa semejanza? Es muy difícil hacerse una idea. Pero vale la pena aguzar el espíritu pensando en ello y como que buscando degustarlo previamente.

De estas consideraciones surge el verdadero placer de la vida, pues nos hace ver esta Tierra con ojos mucho más maravillados, porque entendemos el fundamento que estas cosas tienen en Dios.

Algunas clases de ciencia natural casi amputan esto, dando una explicación puramente botánica de la forma de una naranja; no ofrecen una formación mediante la cual se da el complemento filosófico, metafísico e incluso, eventualmente, con algún fundamento en la revelación sobre la naturaleza de la naranja. Así que uno queda con la idea de que el mundo es así, simplemente porque es así.

Ahora es así para ser semejante a Dios, que en lo más alto del cielo es así.

Y tenemos otra noción de todo lo que nos rodea. Cuando vemos a un hombre construir casas —Felipe II construyendo el Escorial, o levantarse en París la Catedral de Notre-Dame— pensamos en todo lo que dio la razón de ser a aquello; pero estos hombres, actuando rectamente según su sentido artístico, hacían cosas que reflejaban a Dios. Era una nueva imagen de Dios la que venía naciendo.

Por eso entendemos que todo este Cielo Empíreo se parece mucho más a Dios que el mundo nuestro. Y en esto hay una belleza que no podemos imaginar cómo es, pero de la que podemos tener una idea a través de esta reflexión.

Así que las cosas se explican más por Dios que por la Tierra.

Armonía celestial y una orquesta de cien mil instrumentos

La naranja no es un ejemplo bien escogido. Otro ejemplo mejor es la música, porque es mucho más espiritual que una cosa que se come. Los comestibles no continuarán en el Cielo, porque el hombre no tendrá hambre. Pero la música continuará, como veremos en breve. La música de la Tierra es un reflejo de la música del Cielo, la cual es un reflejo de la música de los ángeles, la cual es, a su vez, reflejo de la armonía interna e insondable de las Tres Personas de la Santísima Trinidad.

Quien estudiase armonía musical, por ejemplo, debería pensar cómo todo cuanto está apareciendo allí es, de algún modo, un reflejo de las Tres Personas de la Santísima Trinidad, de su vida interna o de la gloria extrínseca de esas Tres Personas Divinas. Ahí aparecería para los músicos la verdadera inspiración.

Hicimos así una especie de digresión sobre los misterios del Cielo Empíreo, vimos el hábitat; veremos ahora los que viven allí. El sueño va a comenzar a llenarse de gente en ese ambiente maravilloso. ¿Cómo son esas personas y qué tipo de felicidad gozan allá?

“Mientras contemplaba extasiado las estupendas maravillas que adornaban aquel jardín, me llegó a los oídos una música dulcísima, de tan grata armonía, que no os puedo dar una idea adecuada de cómo era. Eran cien mil instrumentos que producían cada uno un sonido diferente del otro.”

La música debía ser armónica con las impresiones que el jardín produjo. San Juan Bosco, a medida que prestaba atención, distinguía y caracterizaba los instrumentos, pero no son nuestros miserables violines y pianos. Todo eso es nada, en comparación con esa orquesta. Y aquí viene algo de lo cual gusto mucho:

“A esos se unían los coros de cantores.”

Catedral de Notre Dame de París

El instrumento más bello que existe es la voz humana. Por causa del pecado original no se nota eso. Al oír un arpa, juzgamos que es más bella que cualquier cantor. Pero en el Cielo la voz humana de los coros gloriosos es más bella que todos los instrumentos. Y ese cántico maravilloso es un mero fondo de cuadro para el cántico de los bienaventurados. Ahí comprendemos bien cuál es el papel de la música instrumental con canto.

Gozo de la simpatía y de la plena comprensión mutua

“Entonces, había una multitud de gente que se encontraba en aquel jardín y se regocijaba, alegre y contenta.” Don Bosco veía una multitud, proporcionada con su capacidad de prestar atención en cada uno; andaban sin comprimirse, tan en armonía los unos con los otros, que cuando se veían, se agradaban, llenos de gozo.

Ese gozo de la simpatía mutua y de la plena comprensión no existe en esta Tierra. Es justamente como se debe ver la Tierra. Uno de nuestros grandes errores en la fase de la adolescencia es procurar gente consonante con nosotros según ese modelo ideal. Sin embargo, ¡se recibe cada puntapié de salir chillando! La razón es porque el trato como lo describe San Juan Bosco solo se encuentra en el Cielo. ¡En la Tierra tenemos que tolerar a cada grosero y cada imperfección increíbles! Esa es la vida. En el Cielo la convivencia es otra. “Algunos cantaban, otros tocaban. Cada nota producía el efecto de mil instrumentos reunidos.”

¡Imaginar un instrumento que haga el efecto de mil…!

Hago aquí un paréntesis todo personal: uno de los encantos que tengo por el órgano. Al tocar cada nota, él me da la impresión de que hay una serie de instrumentos que tocan al mismo tiempo. Por eso me parece, a perder de vista, superior a cualquier otro instrumento. Me acuerdo que, cuando comencé a prestar atención en él, yo pensaba: “¿Las personas no se dan cuenta de que eso es un concierto de conciertos? Hablan de do, re, mi. En el órgano hay eso, pero, sobre todo, existe más. En el piano existe un ‘la’, pero en el órgano existe un universo de ‘las’, acentuado aún más por aquellos registros, que dan una idea global del universo de los sonidos”. Es la perfección de las perfecciones en materia de armonía.

“Se oían los varios grados de la escala armónica, desde los más bajos hasta los más altos que se pueda imaginar. Pero todo con acordes perfectos. ¡Ah, para describir esa armonía no bastan comparaciones humanas! Se veía, por el rostro de aquellos felices habitantes de los jardines, que los cantores no solo experimentaban un placer extraordinario en cantar…”  

El Dr. Plinio en 1979

Lo que hace el canto particularmente deleitable: cuando la persona canta perfecto y se notan en ella las armonías perfectas del alma perfecta, en la alegría perfecta.

“…sino que, al mismo tiempo, sentían un gozo inmenso al oír cantar a los demás.

” Eso es un sentido de armonía poco común. Que a un cantor le guste oír a otros cantores, en vez de hacerlo solo, no es común… Que a un músico le guste oír a otros tocar tan bien o mejor que él en la orquesta, donde apenas él tiene un clarinete… En el Cielo es diferente: “Este, ¡cómo canta bien! Y aquél, ¡cómo es estupendo! ¡Canta aún mejor!” Es un universo sin envidia.

“Entre uno de ellos más cantaba, más se encendía en él el deseo de cantar, y cuanto más escuchaba, más deseaba escuchar.”

Es la convivencia y la armonía perfectas del alma descrita de un modo que impresiona la imaginación. Aquí está contenido un verdadero tratadito de Filosofía o de Moral.

Cántico sobrenatural lleno de pensamiento

“Este era uno de los cantos: Salus, honor, gloria Deo Patri omnipotenti, Auctor sæculi, qui erat, qui est et qui venturus est, judicare vivos et mortuos, in sæcula sæculorum.”

Podemos imaginar un poco las inflexiones. “Saludo, honor, gloria a Dios Padre omnipotente, Autor de todos los siglos, que era, que es y que será, y que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos por los siglos de los siglos.”

Ahora bien, cada una de esas palabras contiene un pensamiento; y cada uno de esos pensamientos es susceptible de ser musicalizado. Por que no hay ningún pensamiento que no sea susceptible de ser musicalizado. El asunto es tener talento y saber musicalizar.

Podemos imaginar ese “salus” conteniendo la nobleza de todas las reverencias, la humildad de todas las genuflexiones y el élan de alma de todas las oraciones que en los ritos orientales católicos se hacen de pie.

“Honor”, hablando del honor a Dios, ¡qué repercusiones tiene! La palabra honor, en las lenguas que yo conozco, como en francés “honneur”, es siempre muy bonita. Inclusive en las lenguas de origen no latino, como el alemán, “Ehre” –con h, porque sin la h la palabra no valdría nada–, es solemne, superior, honorífica. ¡Cómo es bonito honneur! ¡Y cómo es bonito “honor”! Algo del pulchrum de la idea del honor se musicaliza en la propia palabra.

Y a mí me da la siguiente impresión: que en el lenguaje que se perdió en la Torre de Babel, que todavía venía del Paraíso, las palabras musicalizaban los conceptos. Y eso desapareció para nuestro castigo y dio en esa Babel en que vivimos. Pero eso cantado, debería ser así: “salus”, una profunda reverencia; “honor”, un temor reverencial y un respeto; “gloria”, una explosión delante de la manifestación de Dios. Tres etapas de la representación de la música.

Ahora, no sé cómo pronunciar esa palabra “Deo”, porque la palabra Dios es todo: es inefable, es perfecta. ¿Quién podrá musicarla? Tal vez los labios de la Santísima Virgen, e incluso así, a la manera de una criatura. Sin embargo, podemos tener una idea. Se oye un poco de ese sonido en el Evangelio cuando Nuestro Señor reza: “Padre mío”. Ahí trasparece algo de la vida trinitaria. Pero es algo, no conseguimos alcanzarla.

Enseguida cantan: “Patri omnipotenti”: Dios Padre, en cuanto engendra al Hijo y procede de Ellos el Espíritu Santo, pero también porque no hay ningún pensamiento que no sea susceptible de ser musicalizado. El asunto es tener talento y saber musicalizar. Podemos imaginar ese “salus” conteniendo la nobleza de todas las reverencias, la humildad de todas las genuflexiones y el élan de alma de todas las oraciones que en los ritos orientales católicos se hacen de pie. “Honor”, hablando del honor a Dios, ¡qué repercusiones tiene! La palabra honor, en las lenguas que yo conozco, como en francés “honneur”, es siempre muy bonita. Inclusive en las lenguas de origen no latino, como el alemán, “Ehre” –con h, porque sin la h la palabra no valdría nada–, es solemne, superior, honorífica. ¡Cómo es bonito honneur! ¡Y cómo es bonito “honor”! Algo del pulchrum de la idea del honor se musicaliza en la propia palabra. Y a mí me da la siguiente impresión: que en el lenguaje que se perdió en la Torre de Babel, que todavía venía del Paraíso, las palabras musicalizaban los conceptos. Y eso desapareció para nuestro castigo y dio en esa Babel en que vivimos. Pero eso cantado, debería ser así: “salus”, una profunda reverencia; “honor”, un temor reverencial y un respeto; “gloria”, una explosión delante de la manifestación de Dios. Tres etapas de la representación de la música. Ahora, no sé cómo pronunciar esa palabra “Deo”, porque la palabra Dios es todo: es inefable, es perfecta. ¿Quién podrá musicarla? Tal vez los labios de la Santísima Virgen, e incluso así, a la manera de una criatura. Sin embargo, podemos tener una idea. Se oye un poco de ese sonido en el Evangelio cuando Nuestro Señor reza: “Padre mío”. Ahí trasparece algo de la vida trinitaria.

Órgano de la Basílica de Saint Denis, París

Pero es algo, no conseguimos alcanzarla. Enseguida cantan: “Patri omnipotenti”: Dios Padre, en cuanto engendra al Hijo y procede de Ellos el Espíritu Santo, pero también porque es Padre de todos nosotros. Después de pronunciar la palabra inefable “Dios”, pronunciar la palabra “Padre” demuestra la intimidad, la junción, el afecto. Omnipotente es una exclamación que yo imaginaría casi militar de la gloria de Dios.

Después yo imaginaría una cadencia: “Auctor sæculi”; el tiempo fue creado por Él. Eso deja ver una eternidad misteriosa hacia atrás y otra hacia adelante. “Auctor”, Aquel que hizo. ¿Hizo qué? Los siglos, ¡procesión grandiosa de las centurias andando por la Historia! Eso debe ser musicable.

Para indicar el tamaño de esos siglos, el cántico continúa: “qui erat, qui est et qui venturus est” – que fue, que es y que será. Abarca todo y, en el fin, una mezcla de gloria y de castigo: vendrá para juzgar a los vivos y a los muertos. Se cierran los siglos con llave de oro. Acaba el tiempo y el destino es eterno. Los bienaventurados del sueño ya están juzgados. Esperan en el Cielo apenas sus propios cuerpos. ¡Eso es una belleza!

Y termina “in sæcula sæculorum”, la melodía se desvanece de repente y se diluye en una música diferente.

(Extraído de conferencia del 8/9/1979)

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