El cielo ¿cómo alcanzarlo?

Publicado el 05/09/2022

En la tierra nos vemos atraídos por infinidad de cosas, muchas de ellas, tristemente, ilegítimas y que ofenden a Dios. Esta atracción que sentimos hace que perdamos de vista lo más importante: nuestra vida eterna. Dios nos llama a vivir con Él la eternidad entera en el Cielo. Pero ¿cómo llegar a él? Monseñor João, fundador de los Caballeros de la Virgen, nos da sabios y bellos consejos para que podamos desear llegar a la eternidad bienaventurada y cómo lograrlo.

Monseñor João Clá Dias, EP.

¿Cómo ascender al cielo? Dios quiere que practiquemos la virtud, Dios quiere que hagamos esfuerzos, Dios quiere que nos esforcemos. Pero encontramos al diablo contra nosotros, encontramos el mundo, encontramos la carne, encontramos nuestras pasiones… ¡Cuántos obstáculos!

Además de nuestra oración, nuestro Rosario, además de los Sacramentos, necesitamos pensar en el Cielo.

Pensar en el Cielo para nosotros es fundamental. Debemos, en nuestra vida diaria, estar con nuestros pensamientos vueltos a las cosas del Cielo.

Es el Cielo el que nos dará fuerza, fuerza para practicar la virtud, fuerza para pensar en este premio que recibiremos después de esta buena lucha que se ejerce aquí en Tierra.

Recordemos algunos casos que sucedieron en el pasado, como, por ejemplo, nos cuenta la Escritura en el Libro de los Macabeos: la madre de los siete Macabeos, de los siete niños, uno de ellos pequeño. Uno a uno siendo asesinados por el rey Antíoco, un rey monstruoso, queriendo exigir que los judíos rompieran con sus costumbres y sus tradiciones religiosas, y les impuso que, al abandonar su religiosidad, tuvieran un premio.

Esta madre, al ver la muerte de sus hijos consecutivamente, cualquiera diría que se desmayaría y aconsejaría a los niños que se rindieran. ¡Nada de eso! Uno a uno, ella les aconseja que no se rinda.

¿Qué consejo le dio? “¡Hijo mío, piensa en el cielo!”. Llega el momento del último hijo. Este último, que era pequeño, frente a Antíoco, recibe todo tipo de promesas, pero no cede. Y Antíoco, desesperado, llama a su madre y le dice: “Mira si puedes convencer a tu hijo de que se rinda”. Ella se inclina sobre él y en su propio idioma, en su propio dialecto, le advierte al oído: “Hijo mío, no sé qué pasó cuando estabas en mi vientre, la verdad es que fui yo quien, durante tres años, te cuidó. Ahora, hijo mío, te lo ruego: ¡olvídate de estas promesas y piensa en el Cielo!”. Y entregó al último de sus hijos en manos de ese monstruo, Antíoco, quien lo mató de una manera verdaderamente digna de los secuestros y crímenes que se cometen hoy. ¡Una muerte horrible! Ella lo apoyó porque pensaba en el Cielo.

Ejemplo para nosotros. Porque nosotros hoy vivimos en un mundo completamente aislado, atravesado, plagado de crimen, de pecado, de horror, de indecencia, de desvergüenza, de modas inmorales, y este mundo nos pide abrazar el camino de “Antíoco”, el camino del infierno.

¿Cómo debemos perseverar en este mundo? Nosotros perseveraremos en este mundo si volvemos nuestra atención al Cielo.

El cielo puede parecernos muy lejano. Cuando salimos y miramos las estrellas por la noche o las nubes, o hacemos un viaje en avión, sentimos el cielo físicamente lejos de nosotros. Y no es cierto, el Cielo está muy cerca de nosotros. No hay fracción de segundo entre la oración y el envío de la misma; después de la oración, ésta ya está en el Cielo, porque él está cerca de nosotros.

En el Catecismo aprendemos que Dios está en todas partes; por tanto, Dios está aquí, Dios está allí en la plaza, Dios está en cada rincón, nosotros estamos dentro de Dios, como dice San Pedro, y es verdad: nos movemos dentro de Dios. ¿Por qué no vemos a Dios? Santo Tomás dice que nuestra vista es insuficiente, nuestra vista no puede ver a Dios. Para ver a Dios cara a cara es necesario tomar prestada la propia luz divina.

Pero el cielo, ¿qué es? El cielo, por encima de todas las cosas, es ver a Dios como se ve a Sí mismo, es decir, ver a Dios cara a cara. Entonces, ya estamos dentro del Cielo sin darnos cuenta. Lo que hace falta es que pensemos constantemente en el Cielo, para que tengamos la fuerza para vivir.

¿Cómo será nuestra vida en el cielo? Al pensar en la eternidad, las penurias del tiempo se suavizan, es un alivio para los sufrimientos. Es un ablandamiento de nuestros dolores pensar en la eternidad. Pensemos en cómo será nuestra vida en el cielo.

El cielo es inimaginable. Santo Tomás de Aquino plantea el problema: ¿Dios podría crear todas las cosas más perfectas que como las creó? Él dice que sí: todo lo que Dios creó, lo pudo haber creado más perfecto, excepto tres criaturas: Jesús Hombre, que no podría ser más perfecto; la Santísima Virgen María, Madre de Dios, imposible que fuera más perfecta; y la visión beatífica, el Cielo, no podría haber sido más perfecta, es insuperable. Entonces, todo lo que tenemos en la tierra de bueno, extraordinario, admirable no es nada, no es absolutamente nada comparado con el Cielo. ¡Absolutamente nada!

Tendremos en nuestra alma una infusión de la luz misma de Dios. Él es invisible al ojo humano, es invisible al Ángel en su naturaleza, y Santo Tomás afirma de manera muy categórica que no vemos a Dios porque es sumamente visible. Él es tan visible que nuestros ojos no pueden alcanzarlo, pero Él está aquí. ¿Está Dios en este país? Sí, está. ¿Está Dios en Australia? Sí, está. ¿Está Dios en la Luna? Sí, está. ¿Dios está aquí?

En el Catecismo, cuando estudiamos, decimos que sí, ¿no es cierto? Dios está aquí. Sin embargo, no vemos a Dios, y ¿por qué no vemos a Dios? Debido a que Dios es altamente visible y nuestra vista no lo alcanza, tenemos vista de murciélago en relación con Dios. No lo vemos. Pero cuando pasemos a la eternidad, Dios nos dará una parte de Su luz, una parte de Su inteligencia, una parte de Su voluntad, Él nos infundirá la luz de la gloria, el lumen gloriæ, y es a la luz de Dios que lo veremos. Contemplaremos a Dios como es y como Él se contempla a Sí mismo. Y nuestra alma será traspasada por la luz de Dios

¿Y qué pasará con nuestros cuerpos? Imaginen el Día del Juicio: antes que comience el Juicio, viene un Ángel y toca una trompeta. Cuando se toque la trompeta, todos los cuerpos se juntan, los Ángeles recogen las cenizas de todos los cuerpos y las almas retoman sus cuerpos… En el extremo opuesto, sin embargo, el que ha sido fiel y el que viene del Cielo con su alma para unirse con su cuerpo, esa alma no abandonará en ningún momento la visión beatífica. Si desciende y retoma el cuerpo, éste tendrá las características del espíritu. Este cuerpo será impasible, incorruptible. Los cuerpos de los del infierno también serán incorruptibles, nunca se corromperán, arderán en las brasas todo el tiempo, sin gastarse.

El cuerpo del que viene del Cielo y es tomado por un alma que está en la visión beatífica, ese cuerpo es impasible, no sufre absolutamente nada, no tiene ningún sufrimiento. Es incapaz de sufrir, no tiene hambre, no tiene sed, no se cansa, nadie puede infligirle ningún tormento. No tiene calor. Puede atravesar las llamas y no siente ardor. No siente frío. Puede atravesar las nieves más terribles sin sentir frío. Es impasible, es un cuerpo que corresponde plenamente a la visión beatífica en la que se encuentra el alma.

Este cuerpo es sutil, obedecerá por completo todas las órdenes del alma. Ahora tenemos un cuerpo que exige comer, nos pide dormir, nos exige descansar, nos exige tanto, nos exige tomar la medicina de las nueve, la medicina en punto a las diez, a las once… Este cuerpo nos esclaviza ahora. En el momento de la Resurrección será al revés: es el alma la que dominará por completo este cuerpo, será enteramente sutil, obedecerá enteramente. Y tendrá una claridad, una luz extraordinaria, una luz que no dañará los ojos de los demás, y obedecerá tanto nuestra orden que nos podremos vestir según nuestra imaginación, como dice Santo Tomás —el problema de las costureras desaparecerá por completo—. Podremos comparecer ante los demás con el vestido que queramos, la ropa que queramos, los colores que queramos y nada de esas telas compradas no sé dónde. “Telas” celestiales, algo extraordinario. Conforme a mis anhelos, conforme a mi visión de Dios.

Estaré con mi cuerpo glorioso en extraordinaria movilidad. Cuando tenga mi cuerpo glorioso me moveré a la velocidad de mi imaginación e iré a todos los rincones, y atravesaré todas y cada una de las paredes sin ningún problema. Entonces, los que estamos aquí viviremos todos juntos en la eternidad con esta alegría de poder disfrutar de la visión beatífica, la visión de Dios y de vivir juntos. Encontraremos a todos nuestros amigos en el cielo, a todos los miembros de nuestra familia, a los santos, en un abrazo eterno que nunca se acabará.

Encontraremos nada menos que a Nuestra Señora Reina y Madre, Reina de los Ángeles, nuestra Reina, nuestra Madre. Podemos volar hacia Ella y abrazarla, en un abrazo que no terminará, si queremos. No imaginemos que, dada la multitud de humanidad que se salva en el Cielo, allí nos quedaremos en un lugar lejos de Nuestro Señor, lejos de Nuestra Señora… Es indecible, la proximidad será total, será la cercanía que queramos, no importa cuántas personas haya en el Cielo. ¡Viviremos con los Ángeles!… Vamos a tener más que eso, ¿por qué? Porque vamos a ver a Dios cara a cara y viviremos con él de forma permanente.

Reunión de cierre del II Congreso Internacional de Cooperadores de los Heraldos del Evangelio, Hotel Gran Meliá, Sao Paulo, Brasil, 23 de marzo de 2003

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Los Caballeros de la Virgen

“Caballeros de la Virgen” es una Fundación de inspiración católica que tiene como objetivo promover y difundir la devoción a la Santísima Virgen María y de colaborar con la “La Nueva Evangelización” , la cual consiste en atraer los numerosos católicos no practicantes a una mayor comunión eclesial, la frecuencia de los sacramentos, la vida de piedad y a vivir la caridad cristiana en todos sus aspectos. Como la Iglesia Católica siempre lo ha enseñado, el principal medio utilizado es la vida de oración y la piedad, en particular la Devoción a Jesús en la Eucaristía y a su madre, la Santísima Virgen María, mediadora de las gracias divinas. Sus miembros llevan una intensa vida de oración individual y comunitaria y en ella se forman sus jóvenes aspirantes.

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