El esplendor de la renuncia paradar fuerza a la palabra de Dios

Publicado el 02/13/2026

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En el púlpito, el fraile capuchino era el predicador indomable, símbolo de la renuncia a todo aquello a lo que la gente pudiera apegarse. En el confesionario, era la viva imagen del confesor perfecto: un león contra el pecado y un cordero con el pecador.

Plinio Corrêa de Oliveira

Lamentablemente, no dispongo de datos biográficos sobre San José de Leonisa. Recibimos como donación de Roma un relicario con las reliquias de todos los santos capuchinos para depositar en nuestra capilla. Al hablar de este santo, mencionamos a todos los santos cuyas reliquias se encuentran allí y, de manera especial, hacemos referencia a San José de Leonisa.

Predicación de fraile capuchino Iglesia de San Ángel, Córdoba

Uno podría preguntarse por qué esta referencia, si nuestra conexión con este santo parece puramente circunstancial, como el hecho de que alguien nos haya entregado su reliquia.

Sin embargo, en estos asuntos no hay lugar para lo puramente circunstancial. Y si la Providencia ha dispuesto que la reliquia de este santo se encuentre en nuestra capilla, ella tiene con esto designios de que él nos proteja.

Un santo desconocido

¿Quién fue este santo? ¿Qué hizo durante su vida? ¿Cómo glorificó a Dios?

La respuesta es un acto de fe. Se sabe que fue santo. ¿Qué hizo él? Hizo cosas excelentes. ¿Cómo? No lo sé, pero la Santa Iglesia lo ha confirmado con su infalibilidad: José de Leonisa es santo.

Solo sé una cosa de él, pero basta para saber todo lo necesario. Primero: él fue un santo. Segundo: fue capuchino. ¿Qué significa ser un santo capuchino? ¿Cuáles son las características de los capuchinos en la historia de la Iglesia? ¿Y qué significa para el alma de un católico que un santo haya sido capuchino?

La Orden Franciscana y sus ramificaciones

La Orden Franciscana fue una de las familias espirituales más grandes que han surgido en la Iglesia, nació del celo y la misión de un hombre incomparable como era San Francisco de Asís. Él amaba tanto a Nuestro Señor que incluso llegó a tener cierto parecido físico con Él. Quien veía a San Francisco creía ver a Nuestro Señor Jesucristo.

La Orden Franciscana produjo una gran cantidad de santos y de obras beneméritas en todos los ámbitos de la actividad de la Iglesia, hasta esta tremenda crisis en la que nos encontramos… La Providencia, sin embargo, permitió que esta Orden fuera puesta a prueba severamente a causa del pecado y del demonio. Incluso en la vida de San Francisco de Asís hubo divisiones. Algunos sectores se inclinaban hacia una interpretación errónea de su espiritualidad, mientras que otros se inclinaban hacia la visión correcta.

De estas diversas interpretaciones nacieron varias órdenes franciscanas. Todas ellas buenas, pues han contado con la aprobación de la Iglesia Católica. Una de estas ramas tuvo un origen singular: la de los capuchinos.

Los capuchinos fueron fundados por un franciscano muy observante y ejemplar quien, al percibir que la regla de su fundador se estaba relativizando, decidió radicalizarla, reviviendo el espíritu de pobreza. Resultado: la Providencia bendijo este esfuerzo, suscitando santos. Y estos fueron los santos capuchinos.

Radicalidad de la pobreza

Cuando el espíritu de San Francisco se fue atenuando en las otras ramificaciones franciscanas, los capuchinos representaron la radicalidad de la pobreza. Y, con ella, la radicalidad de todas las independencias que solo la pobreza otorga.

Hoy se piensa que un hombre sólo es inteligente cuando es rico. En la época de la fundación de los capuchinos, la riqueza se consideraba fuente de una porción de preocupaciones, de apegos, de necesidades y deberes, de bienes que debían ser protegidos; por lo tanto, se juzgaba que la riqueza acerca al hombre a la Tierra, y que lo que verdaderamente lo aísla de ella es la pobreza.

En la pobreza, el hombre tiene pocas obligaciones, pocos bienes que defender, vive confiando en la Providencia. Por así decirlo, quien no tiene nada, no tiene nada que temer. Quien vive de la limosna que cualquiera puede darle posee lo que todos tienen. Quien necesita muy poco es el hombre más independiente de todos.

San José de Leonisa

El fraile capuchino representaba adecuadamente al fraile independiente. No en relación con sus superiores y la Iglesia Católica —a la que estaba vinculado, como a ellos, por un voto de obediencia— sino más bien en relación con los poderes del mundo. Era, por definición, el predicador audaz que decía toda la verdad. Y la decía como confesor y predicador a todos los grandes hombres de la Tierra, ya fueran figuras de la Iglesia o del Estado.

El perfil de un capuchino

La figura del fraile capuchino es la de un hombre robusto y popular, de fácil elocuencia y con una formación religiosa suficiente, aunque no profunda, que mantenía un contacto constante con las almas y poseía cierta “altanería”, con la que trataba a los hombres de pueblo como iguales, pero también así a los poderosos según el mundo, incluidos los reyes.

Avalado por su condición de padre y religioso, el fraile capuchino, más que nadie, tenía el derecho de decir la verdad a todos. Esta convicción lo convirtió en aquel tipo de predicador célebre, invitado a predicar en las cortes. Su presencia en el púlpito causaba gran revuelo por la pobreza de su sotana, por el cordón que llevaba —su único adorno—, símbolo de obediencia, pues aquel hombre religioso podía ser enviado a todas partes; con su barba… —en una época en que los hombres elegantes lucían barbas finas y perfumadas, con pomada y delicados bigotes—, la barba grande y voluminosa del capuchino crecía espontáneamente y a veces le cubría todo el pecho; con su enorme tonsura, que desfiguraba la belleza que el cabello bien cuidado otorgaba a los nobles de la época, el capuchino ascendía al púlpito representando la renuncia a todo aquello a lo que la gente pudiera aferrarse.

Era el predicador indomable, que proclamaba las verdades crudas y tronaba contra la impureza, la complacencia, la falta de fervor y la tibieza en las que se sumía el mundo decadente.

En el confesionario, el fraile capuchino era el confesor directo, preciso y lúcido, que no temía quedarse sin penitentes ni se preocupaba de que luego difundieran calumnias contra él. Podía pasar horas en el confesionario atendiendo a tan solo unas pocas personas para resolver sus problemas. El fraile capuchino era la viva imagen del confesor perfecto: un león contra el pecado y un cordero con el pecador. Y con energía rescataba almas de las garras del demonio y las llevaba al Cielo.

Este perfil del fraile capuchino ha perdurado en la Historia a través de la figura de diversos santos como una de las riquezas de la Iglesia, como uno de los esplendores de las magníficas manifestaciones con las que el Espíritu Santo realiza su obra.

Un juego de armoniosos contrastes obra del Espíritu Santo

En el esplendor de la Iglesia vemos al Papa erigido como el monarca de los monarcas, a la cabeza de la Iglesia Católica. Rodeado de una pompa fabulosa y de obras de arte, en un palacio sin parangón en Europa ni en Oriente, poseyendo un archivo que nadie en el mundo puede igualar. Rodeado de la veneración de cientos de millones de fieles que ven en él al Vicario de Jesucristo en la Tierra. Junto a él, un Senado de Cardenales con túnicas púrpuras, hombres ilustres por varios títulos, revestidos de gran prestigio social. Todo esto es el Espíritu Santo valiéndose de las cosas de la tierra para dar fuerza a la propia voluntad de Dios.

Biografía de San José de Leonisa

Eufranio Desideri nació en Leonissa, Italia, en 1556 e ingresó en la Orden Capuchina de Rieti a los 16 años, recibiendo el nombre de José. En el convento de Carcerelle, cerca de Asís, pasó su noviciado dedicándose a la más severa penitencia.

Tras su ordenación sacerdotal, fue enviado como misionero a Constantinopla. Al enterarse del deplorable estado en que se encontraban muchos cristianos que eran esclavizados por los turcos, sintió compasión por sus hermanos en la fe, animándolos, administrándoles los sacramentos y trayendo de vuelta a la Iglesia a quienes la habían abandonado.

La pobreza en la que vivía despertó el interés de la gente de la región, que acudía en gran número a escucharlo. Predicaba con ardor e intrepidez, y tras un intento de entrar en el palacio para predicar al propio sultán Murad III, su intención fue considerada audaz y un delito de lesa majestad. Arrestado y azotado, suspendido de un pie y una mano sobre una hoguera, permaneció en este tormento durante tres días sin morir. El sultán, asombrado por el hecho, le conmutó la pena de muerte por la de exilio perpetuo.

De regreso a Italia, José continuó su vida como predicador en Umbría, logrando numerosas conversiones. Sus predicaciones estaban impregnadas de una vida de penitencia, y los carismas sobrenaturales infundían mayor vigor a sus sermones.

Tras una vida marcada por la austeridad y el celo apostólico, a los 57 años enfermó gravemente de un tumor. Los médicos lo operaron, pero como anestésico, el santo sólo utilizó su crucifijo, que presionaba contra su pecho. El 4 de febrero de 1612 entregó su alma a Dios.

Vemos después lo opuesto. A través del capuchino, que carece de todo esto por haber renunciado a ello, el Espíritu Santo se vale de la renuncia a las cosas terrenales para fortalecer la palabra de Dios.

Es una especie de doble juego de contraste armónico, donde se percibe la omnipotencia de Dios y la variedad existente dentro de la Santa Iglesia Católica; el poder que Dios tiene para hablar a los hombres a través de todas sus criaturas, incluso aquellas que representan la pobreza; a través de unas y otras, pronunciando palabras a veces de amor, a veces de audacia, a veces de coraje, a veces de valentía, palabras que han adquirido especial importancia en nuestro tiempo.

Al lado de la Iglesia en sus amarguras

En tiempos de San Pío X, cuando la crisis en la Iglesia era menos profunda que en nuestros días, él se apropiaba del gemido de uno de los profetas y decía: «De gentibus non est vir mecum» (cf. Is 41, 28) en la lucha contra el modernismo, —«Entre todos los hombres no hay un varón que esté conmigo», o, mejor dicho, que lleve la lucha hasta donde debería llevada.

Hoy, ¡cuán pocos están del lado de Nuestro Señor Jesucristo, cuán pocos están del lado de la Santa Iglesia! He aquí la espléndida evocación del varón eclesiástico que estaba del lado de la Santa Iglesia en toda su amargura, esa figura del capuchino con su hábito, su barba, su tonsura, su franqueza y su mirada ardiente.

Aunque no sabemos mucho, sabemos que san José de Leonisa fue un capuchino que contribuyó a forjar en el firmamento de la Iglesia este perfil de los capuchinos. No es necesario decir más. Nada. Solo necesitamos pedirle a San José de Leonisa que interceda por nosotros. De un santo desconocido se sabe tanto: ¡Era un santo, era un capuchino!

San José de Leonisa – Galería Nacional de Parma

(Extraído de conferencia del 02/04/1971)

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