Editorial
La Navidad irrumpe en la vida del católico como un viento impetuoso de luz, de armonía y de bienestar, que corta el ritmo de la vida cotidiana, hace cesar las lágrimas, las angustias, las aprensiones, las indolencias y hasta las infidelidades, elevando el alma a otro plano.
Nació de la Virgen María el Niño Jesús en Belén. El simple anuncio de este hecho inunda de alegría las almas de los verdaderos fieles, haciéndoles comprender cuanto eso excluye cualquier otra consideración y como el Redentor que nos fue dado para redimir los pecados del mundo, mediante la acción corredentora de Nuestra Señora, modificará la mentalidad de los hombres, la faz de la tierra, e implantará o su Reino glorioso.
En nuestra época, tan llena de preocupaciones, miremos antes que nada hacia el cielo, para todo cuanto en la Iglesia Católica hay de eterno, de invariable, de indestructible. Exultemos con eso, pues estas son las grandes novedades de la Santa Navidad.
Sin embargo ¿cómo no considerar que, en el pesebre de la gruta de Belén, bajo la mirada amantísima de Nuestra Señora y de San José, está nuestro Salvador y que, por tanto, todos nosotros que necesitamos gracias debemos dirigirnos a Él por medio de esos intercesores admirables? ¿Cómo no presentarle nuestras necesidades espirituales y materiales, y las de la Santa Iglesia, tan urgentes y trágicas?
Si por un cierto movimiento de alma, a la manera de sístole, debemos olvidarnos de todos los problemas en la Noche Santa, por una especie de diástole nos corresponde pensar en ellos para depositarlos a los pies del Niño Jesús, pidiéndole que bendiga nuestras reflexiones, nuestro celo, nuestros anhelos, nuestro deseo de luchar, de trabajar, nuestra ansia de victoria de su Madre Santísima sobre la tierra para la inauguración del Reino de María, que es la quintaesencia del Reino de Él.
Hay, pues, una especie de dicotomía armoniosa en la noche de Navidad. Por un prisma, contemplamos solo la eternidad; por otro, miramos a la vida terrena, pero siempre con los ojos puestos en el cielo.
Para el hombre de fe, las líneas maestras de la historia son trazadas según un criterio claro y luminoso: ¿Qué fue hecho de la Iglesia Católica y de la Civilización Cristiana en el curso de este año? ¿Qué será de una y de otra en el futuro?
En el plano temporal, análogas interrogaciones se presentan al espíritu: ¿Qué fue hecho do nuestro grande y querido Brasil, envuelto hoy en nebulosa mezcla de caos, de progreso y de carencia?
Tanto en la sublime noche de Navidad, cuanto en el paso del nuevo año que comienza, cargado de aprensiones y de esperanzas, depositemos todos nuestros anhelos a los pies del Niño Dios que sonríe misericordioso ante las miradas arrobadas de María y de José. Y supliquémosle que los días venideros conozcan, por la gracia de Dios, regeneraciones transfiguradoras y así, la moralidad general, hoy en catastrófica decadencia, se eleve al suave y victorioso soplo de la fe.
Que la Santa Iglesia se desvincule, por fin, de la crisis dramática en que vive en estos días de confusión y de angustia, y sea reconocida por todos os pueblos como la única Iglesia verdadera del único Dios verdadero, inspiradora y madre de todo bien espiritual y temporal. Y así, con los corazones abiertos a ella, ilumine con esplendor solar los individuos, las familias, las instituciones y las naciones.
Por la intercesión victoriosa de María, nuestras oraciones se verán atendidas. Que en esta Navidad Nuestra Señora sea, como siempre, nuestra vida, nuestra dulzura, nuestra esperanza.
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Cf. Mensajes de Navidad de los años 1984 y 1994.







