Las magníficas civilizaciones antiguas habían revelado no sólo lo que les faltaba, sino también la incurable incapacidad de talento, de riqueza y de fuerza de los hombres para construir un mundo digno. La Encarnación del Salvador confirma la convicción de que Jesucristo ha vencido al mal para siempre y prepara los días de la más alta gloria para su Madre Inmaculada.
Denuncia profética
En la liturgia, la fiesta de Navidad ocupa un lugar considerable. Sin embargo, no de primera magnitud, como la Pascua y Pentecostés, por ejemplo. Sin embargo, la piedad de sus fieles la convierte en una de las fechas más relevantes del año. Y esto por varias razones.
La Historia estaba en una expectativa muda
El nacimiento del Salvador fue en sí mismo una honra de infinito valor para la humanidad. ¿Podría el Verbo de Dios haberse unido hipostáticamente a alguno de los ángeles más santos y esplendorosos de las alturas celestiales? Por el contrario, prefirió ser hombre, hacerse carne, pertenecer, por su humanidad, a la descendencia de Adán. Un don absolutamente gratuito, un ennoblecimiento para nosotros de un valor inefable, punto de partida histórico para nosotros, de otros dones, también insondables.
Así, en la previsión de que el Verbo se encarnaría, la Providencia ya había creado un ser que contenía en sí mismo perfecciones superiores a las de todo el universo reunido, y le había suspendido la sucesión hereditaria del pecado original. De los méritos previstos de la Redención se alimentó la virtud de todos los justos de la antigua ley. Pero esta multitud de elegidos estaba sentada “a las puertas de la muerte” (Sal 106, 18), esperando que el Cordero de Dios se inmolara por todos nosotros.
Y no fueron solo ellos los que esperaron parados. Por así decirlo, en una muda expectación estaba parada toda la Historia. En el momento en que Jesucristo nació, el mundo conocido vivía un período de epílogo. Egipto había florecido y, habiendo alcanzado un cierto pináculo, se derrumbó. Lo mismo podría decirse de los otros pueblos, caldeos, persas, fenicios, escitas, griegos y muchos más. Por último, los romanos estaban también a punto de entrar en el largo ocaso que, con períodos de rápida decadencia, de estancamiento más o menos prolongado o de reacción efímera, recorrió de Augusto a su remoto sucesor y miserable homónimo, Rómulo Augústulo.
Todos estos imperios se habían elevado lo suficientemente alto como para dar fe de la profundidad y variedad de los talentos y capacidades de sus respectivos pueblos. Pero el nivel más o menos igual al que todos se habían elevado no estaba a la altura de las aspiraciones de las almas verdaderamente nobles. Parecería que estas magníficas civilizaciones habían puesto de manifiesto, no tanto lo que tenían, sino lo que les faltaba, y la incapacidad incurable de talento, de riqueza y de fuerza de los hombres, para construir un mundo digno de ellos.
¡En medio de la decadencia generalizada, surgió una luz!
Todo esto constituía en Asia, como en África o en Europa, una atmósfera irrespirable, que aumentaba el tormento de los esclavos en su ya tan miserable vida, y socavaba secretamente el ocio y los deleites de los ricos. Opresión imponderable

Fiesta de Herodes – Museo Estatal del Tirol, Innsbruck, Austria
pero omnipresente, impalpable; evidente, indescriptible, pero muy definida. La marcha de la Historia había encallado en un lodazal de corrupción, llena de los escombros del pasado, en el que sólo se evidenciaban las formas de vida malsanas.
Así, en el campo político, se pone fin a la lucha entre dos expresiones de la demagogia: anárquica y amotinada, o militar y despótica. En el campo cultural, el escepticismo religioso devora la idolatría antigua. En el campo internacional, las diversas patrias acaban de deteriorarse en el recipiente del Imperio, para constituir ese Moloc cosmopolita inorgánico en que se convirtió Roma. En el campo moral, la depravación de las costumbres domina la existencia cotidiana. En el ámbito social, el oro se considera un valor supremo. Para los bien instalados, las cosas fueron agradables, en apariencia. Pero, en esos tiempos, los bien establecidos suelen ser la escoria moral e intelectual del país. Y padecen, precisamente los mejores, los mil tormentos de situaciones inmerecidas e inadecuadas.
Consideremos la imagen del pueblo elegido, en el momento en que el Verbo se encarnó. Herodes se había ceñido la diadema de Rey. Sin embargo, en realidad, era un desquiciado, uno de los peores del reino, mediocre, codicioso, cruel, consciente instrumento del opresor para engañar a los judíos con las apariencias de una realeza trivial.

El cardenal Giovanni Pacelli, futuro Pío XII, en julio de 1924, en la ciudad de Bamberg, Baviera
Los sacerdotes eran, en cuanto al espíritu de fe, a la sinceridad y al desprendimiento, la escoria de la sinagoga. La casa real de David vivía despreciada y en la mayor oscuridad. Los justos eran los “marginados” en ese orden de cosas tan fundamentalmente malo que terminó excluyendo y matando al Justo por excelencia. ¿Y qué más? Era el fin.
Pues fue en las tinieblas de este final que, cuando menos se pensaba y donde menos se esperaba, una luz muy pura se encendió. En esta luz se anunciaba la hora de la Encarnación, la promesa implícita de la tan esperada Redención y la nueva era que comenzaba para el mundo con el fuego de Pentecostés. Es el esplendor de esta luz que inaugura en las tinieblas una aurora que triunfante se convirtió en día, es el canto de sorpresa y esperanza ante esta renovación sobrenatural, el anhelo y el anticipo de un nuevo orden basado en la fe y la virtud, que los fieles de todos los tiempos se deleitan en contemplar cuando sus ojos se posan en el Niño Dios, yaciendo en el pesebre, sonriendo tiernamente a la Virgen Madre y a su castísimo Esposo.
¿Por qué tapar la situación de la Iglesia con un dedo?
Incluso hoy en día, una inmensa opresión pesa sobre nosotros. Es inútil tratar de disimular la gravedad del momento, poniendo en acción las castañuelas y panderetas de un optimismo que ya no tiene repercusión. Con la única diferencia es que en nuestros días tenemos la Santa Iglesia, pero la situación del mundo es terriblemente similar a la de la época en que sucedió la primera Navidad.

Nacimiento de Jesús – Museo de los Agustinos, Friburgo de Brisgóvia, Alemania
También entre nosotros el comunismo marca un fin. Es el epílogo de la decadencia religiosa y moral que comenzó con el protestantismo en el siglo XVI. En este epílogo se deshace el mundo burgués, cada vez más intoxicado de sincretismo, socialismo y sensualidad. Y, por si esto fuera poco, Rusia acelera este proceso de decadencia, extendiendo sus errores en todos los países.
Tenemos a la Iglesia entre nosotros, es verdad. Pero esta presencia augusta y sobrenatural salva sólo en la medida en que los hombres aceptan su influencia. Si la repelen, en algunos aspectos están más expuestos al castigo que los propios paganos. Los judíos tenían entre ellos al Dios-Hombre. Lo rechazaron, y fueron castigados con una ruina más terrible y mucho más cercana que la de los romanos.
Ahora bien, ¿cuál es la situación de la Iglesia en nuestros días? Queremos sonreír y, aún más, llorar cuando alguien nos dice que simplemente es buena.
Por supuesto, en algunos puntos, se puede decir que esta situación es buena. Más o menos como se podría decir que en el Domingo de Ramos fue grande el entusiasmo de los judíos por Nuestro Señor. Pero decir que la situación de la Iglesia es buena hoy en día, en el conjunto de sus aspectos, y teniendo en la debida cuenta los factores positivos y negativos, sería una afrenta a la verdad.
De hecho, sólo es buena para la Iglesia la situación en la que la cultura, las leyes, las instituciones, la vida doméstica y cotidiana de las per sonas están en conformidad con la ley de Dios. Que esto no sucede hoy, es algo más que notorio. Entonces, ¿por qué tapar el sol con un dedo?
Es comprensible que los acomodados puedan desear que dure esta lenta agonía. También los microbios, si pudieran pensar, preferirían matar lentamente a su víctima, porque la agonía de esta última es su opulencia y su muerte será también la muerte para ellos. Los individuos que, en general, no tienen ningún mérito para estar donde los vientos del caos los llevan, tienen todas las razones para desear que el orden no regrese: porque en ese caso volverían al polvo.

El Dr. Plinio en 1954
Pero ellos mismos no pueden escapar al profundo malestar del momento que pasa, y no pueden dejar de estremecerse ante los relámpagos que se desprenden, cada vez con más frecuencia, desde la atmósfera saturada.
Ante Ella son impotentes todos los agentes del mal
Sin embargo, en lo alto de esa montaña sagrada que es la Iglesia, coronada por la diadema real con la que el Legado – tan querido por los brasileños– que la piedad del inmortal Pío XII constituyó para este acto, se yergue la imagen maternal y melancólica de Nuestra Señora de Fátima.
Y de allí parten para el mundo oprimido las claridades de esperanza que la Reina del Universo vino a traer, claridades que suscitan entre nosotros esperanzas análogas a las que la Buena Nueva despertó en la humanidad antigua. Análogas es decir poco. Son claridades que brotan de la Iglesia y, por tanto, de Jesucristo. Claridades que simplemente prolongan y reafirman las de la primera noche de Navidad.
“Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará”, dijo la Virgen en su tercera aparición en Cova da Iría.
¡Oh neopaganismo, mil veces peor que el antiguo paganismo, tus días están contados! Caerá el poderío soviético y se derrumbará también la influencia de la Revolución en Occidente. Nuestra Señora lo dijo. Y ante Ella son impotentes todos los grandes de la Tierra y todos los príncipes de las tinieblas.
El Triunfo del Inmaculado Corazón de María, ¿qué puede ser sino el Reino de la Santísima Virgen, previsto por San Luis María Grignion de Montfort? Y este Reinado, ¿qué puede ser sino esa era de virtud en la que la humanidad, reconciliada con Dios, en el regazo de la Iglesia, vivirá en la tierra según la Ley, preparándose para las glorias del Cielo?
En este año turbulento no pensemos en sputniks2 ni en bombas de hidrógeno en Nochebuena, si no es para confirmar nuestra convicción de que Jesucristo ha vencido para siempre al diablo, al mundo y a la carne, y prepara días de la mayor gloria para su Madre Inmaculada, que resplandecerán después de terribles pruebas.
Las magníficas civilizaciones antiguas habían revelado no sólo lo que les faltaba, sino también la incurable incapacidad de talento, de riqueza y de fuerza de los hombres para construir un mundo digno. La Encarnación del Salvador confirma la convicción de que Jesucristo ha vencido al mal para siempre y prepara los días de la más alta gloria para su Madre Inmaculada.
(Extraído de Catolicismo n. 84,
diciembre de 1957)
_____________
1) Flavio Rómulo Augusto, apodado
Augústulo, fue emperador de Occidente
entre los años 475 y 476. Es
considerado por algunos como el último
emperador romano de Occidente.
2) El primer satélite artificial de la Tierra.
Fue lanzado por la Unión Soviética
en 1957.