P. Leandro César Ribeiro, EP
Si tuviéramos la posibilidad de reescribir la historia, ¿sería análoga a la que fue escrita por Dios? Probablemente no, pues Él tiene designios insondables que a menudo resultan difíciles de comprender para nuestra limitada inteligencia… ¿Cuántas veces hemos oído el dicho de que «Dios escribe recto en renglones torcidos»? En realidad, el Señor siempre escribe recto en renglones rectos; somos nosotros quienes los vemos torcidos. Todo lo que Él hace, por muy incomprensible que parezca a primera vista, esconde maravillas de su infinita sabiduría.
Un ejemplo de esta realidad lo encontramos en el Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma, que relata el mayor milagro realizado por el Señor, después de su propia Resurrección: la resurrección de Lázaro. Si se nos hubiera concedido la gracia de estar presentes en ese sublime acontecimiento con la posibilidad de reescribirlo a nuestro criterio, sin duda las cosas habrían sucedido de una manera mucho menos gloriosa.
Imaginemos la aflicción de Marta y de María al ver acercarse la muerte de su hermano enfermo y, tras haber llamado al Señor, pasar los días sin que el Maestro las atendiera. Cuántos desconocidos eran curados por Jesús e inexplicablemente se negaba a socorrer a uno de sus mejores amigos… Si pudiéramos dirigir el curso de los acontecimientos es muy probable que el Redentor lo hubiera sanado a distancia o, al menos, se hubiera apresurado a llegar hasta él.
Eso no fue lo que ocurrió. Jesús dejó pasar los días y esperó a que su amigo muriera, no porque lo despreciara, sino para tener la oportunidad de manifestarle la plenitud de su amor. A Lázaro no le estaba reservado sólo un milagro, sino el mayor de los milagros: el Salvador lo sacaría del sueño de la muerte después de cuatro días, manifestando como nunca su divinidad.
Esa actitud del Señor se repite con frecuencia en nuestras vidas. En muchas ocasiones, los acontecimientos no salen como esperamos, e incluso a veces toman un rumbo diametralmente opuesto. ¿Cómo reacciono ante estos reveses? ¿Acepto con entusiasmo el designio de Dios o mi actitud es de rebeldía porque Él no hace mi voluntad?
La humanidad hodierna vive alejada del Señor y por eso resulta cada vez más difícil conformarse a sus designios. ¿Cuántas patologías contemporáneas podrían curarse simplemente si las personas aceptaran con amor la voluntad divina? Las maravillas que Dios le reserva a cada uno de nosotros son extraordinarias, pero no siempre coinciden con nuestros anhelos imperfectos, fruto de una voluntad desordenada.
Si la curación de Lázaro hubiera dependido de nosotros, ¿habríamos procedido como el Señor? Ciertamente que no, y todo habría ocurrido de una manera menos gloriosa
Para cumplir de verdad nuestro llamamiento, debemos tener la humildad de aceptar el designio de lo alto para con nosotros y no tratar de llevar a cabo lo que concebimos según nuestros criterios. Al hacerlo así, estaremos realmente en las manos de Dios y habremos encontrado el camino a la verdadera felicidad.

«La resurrección de Lázaro», de Duccio di Buoninsegna – Museo de Arte Kimbell, Fort Worth (Estados Unidos







