Plinio Corrêa de Oliveira
Oh Señora de Fátima, nuestra Reina y nuestra Madre, vuestro manto sagrado delante de nuestro estandarte nos recuerda vuestra augusta presencia como Generalísima frente a su falange escogida, pasando revista a las tropas, lista para iniciar la batalla del gran y decisivo contraataque, que culminará en la instauración de vuestro Reino.
¿Qué ordenáis a nosotros, vuestros esclavos y paladinos, en este momento, Señora? La Contrarrevolución.
La Contrarrevolución, sí, que forme en el interior de cada uno de nosotros un perfecto esclavo vuestro; profesando con ardor la Fe Católica, especialmente las verdades en cuya negación o en cuyo olvido insiste más la Revolución ahora; practicando las virtudes cristianas, de modo especial aquellas que la Revolución actualmente execra más; luchando contra todos los agentes de la Revolución, en particular los más ocultos y eficaces; deshaciendo todas las tramas de la Revolución, sobre todo las más necesarias para su progreso.
“Agere contra”, es esta la máxima de San Ignacio y la característica constante de la acción que deseáis de nosotros. En contra, con todos los riesgos y sacrificios. En contra, a pesar de todos los escarnios y calumnias. En contra, a pesar de todos los ataques y asechanzas. En contra, sí, oh Madre, de vuestros adversarios, cuando rezamos y cuando luchamos, cuando hablamos y cuando nos callamos, cuando imprecamos, argumentamos, atraemos, ahuyentamos o golpeamos; en contra, incluso cuando reposamos.
En contra, sí, en el punto más certero, con la táctica más apropiada, el vigor más intenso, la destreza más eximia, la sutileza más ágil, la demora más tenaz o la serenidad más fulminante.
En contra, con el deseo inflexible de la victoria más inmediata, terrible y entera; con la confianza más inquebrantable y serena en Vos, incluso cuando la victoria parezca alejarse de nosotros.
Contra vuestros adversarios que surgen en torno de nosotros y también, oh Madre nuestra, contra los que surgen dentro de nosotros: contra el orgullo, el apego a la voluntad propia, el igualitarismo, la envidia, la impureza, el sentimentalismo y los devaneos; contra la estrechez de horizontes, la trivialidad de alma, la vulgaridad del lenguaje y de las maneras, la inconstancia de los ideales.
Sobre todo, contra aquel que, por detrás y por encima de todos los poderes humanos, es el gran autor de la Revolución: Satanás. Es él quien, en estos días de supremos horror, va llevando a un paroxismo, solamente igualado cuando se consumó la Pasión y Muerte del Hijo de Dios, a todos los pecados y desórdenes del hombre.
La ignominia de los malos va alcanzando un grado superior a las posibilidades de mal existentes en la naturaleza humana. La estrechez de visión, la desprevención, la molicie, la cobardía y la contradicción de los que dudan entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, llegaron a proporciones que las limitaciones naturales de los intelectos apocados y de las voluntades pusilánimes no bastan para explicar. Eso se debe a que, presente en cada uno de esos aspectos de la decadencia contemporánea, está satanás, al frente de los ángeles inmundos, comunicando a los hombres su propia infamia, inspirándolos, instigándolos, coligándolos y lanzándolos al ataque final contra lo poco que queda en el mundo de fe, de grandeza sacral, de orden, de pureza y de belleza.
Vos ya nos prometisteis, pero permitidnos, Madre querida, que insistamos en suplicaros que intervengáis cuanto antes, quebrando el poder del demonio y expulsándolo de esta Tierra hacia las prisiones eternas creadas para su merecido tormento. Mandad pronto a San Miguel Arcángel y a las legiones celestiales para lanzar contra las huestes infernales una embestida fulminante e irresistible.
Y como en las luchas entre los hombres acostumbráis utilizar también hombres, os imploramos que nos deis la gracia y la gloria de ser, también nosotros, batalladores de esta lucha inmensa. Quebrad en nosotros todo el poder infernal, llenad nuestras almas de una perspicacia penetrante, de un odio abrasado, de una intransigencia absoluta, de una combatividad inexorable contra satanás, sus pompas y sus obras. Volvednos terribles e irresistibles frente a él.
Una Contrarrevolución así sólo es posible si hay entre vuestra y nuestra alma una consonancia, una unión misteriosa, mística, que realice en nosotros una transformación por donde no seamos nosotros, sino Vos quien viváis en nosotros. Sí, Vos, la Ipsa conteret, Aquella que aplasta la cabeza del demonio.
Para que podáis realizar en nuestras almas ese secreto de vuestro Corazón, queremos renovar solemnemente el vínculo de esclavitud con el cual ya nos unimos tantas veces a Vos. Dignaos aceptar, Madre misericordiosa, el tributo de nuestra entera e incondicional dependencia, y concedednos lo que tan suplicantes pedimos, para el honor y la gloria de vuestro nombre. Amén.
(Compuesta el 13/5/1974)







