Plinio Corrêa de Oliveira
El elemento esencial de los mensajes de Nuestra Señora en Fátima consiste en abrir los ojos de los hombres para la gravedad de la crisis universal de nuestros días, en darles su explicación a la luz de los planes de la Providencia Divina y en indicar los medios necesarios para evitar la catástrofe. Es la propia historia de nuestra época y, más aún, de su futuro, que nos son mostrados por la Santísima Virgen.
No hay una sola aparición mariana en que no se insista sobre esto: los pecados de la humanidad se tornaron de un peso insoportable en la balanza de la justicia divina. Esa es la causa recóndita de todas las miserias y desordenes contemporáneos. Los castigos más terribles amenazan a la humanidad y, para que no sobrevengan, es necesario que los hombres se conviertan. El pensamiento constante de todos los mensajes es este: el mundo inmerso en una terrible crisis religiosa y moral; los pecados cometidos son incontables y constituyen la verdadera causa de la desolación universal. El modo más acertado para remediar sus efectos consiste en la oración y en la reparación.
Nuestra Señora bajó a la tierra a fin de atraer para ese inmenso panorama el celo por las almas. Ella quiere piedad, quiere reparación, pero respalda su deseo en una visión inmensa de los grandes intereses de Dios en toda la extensión de la tierra.
Delante de ese panorama, el mundo de hoy se va dividiendo cada vez más en dos familias de almas. Una considera que la humanidad es víctima de un conjunto de errores y de iniquidades que comenzaron en la esfera religiosa y cultural con el Humanismo, el Renacimiento y la pseudo-Reforma protestante, se agravaron con el iluminismo y el racionalismo, y culminaron en la esfera política con la Revolución Francesa. Del terreno político pasaron para el campo social y económico, en el siglo XIX, con el socialismo utópico y con el socialismo llamado científico.
Al mismo tiempo, sobre todo a partir de la Gran Guerra, la moralidad empezó a declinar con una rapidez espantosa en Occidente, preparándolo para la capitulación ante el comunismo.
Para las incontables almas que comparten ese modo de pensar, el mensaje de Fátima es todo cuanto hay de más coherente con la doctrina católica y con la realidad de los hechos.
Hay otra familia de almas para la cual los problemas del mundo contemporáneo tienen poca o ninguna relación con la impiedad y la inmoralidad. Ellos nacen exclusivamente de equívocos involuntarios que una buena difusión doctrinaria y un conocimiento objetivo de la realidad pueden disipar. Esos equívocos resultan, además de eso, de carencias económicas; hijos del hambre, morirán cuando en el mundo no haya más hambre. Con el auxilio de la ciencia y de la técnica, la crisis de la humanidad se resolverá. Además, no habiendo el factor culpa como nota tónica de las catástrofes y de los peligros en que nos debatimos, la noción de un castigo universal se vuelve incomprensible.
Entre una y otra familia de almas hay muchas gamas. En la medida en que cualquiera de las corrientes intermediarias se acerca a uno de los polos, se va haciendo comprensible o incomprensible para ella el mensaje de Fátima. Este se encuentra, pues, en este sentido, como un verdadero divisor de aguas de las mentalidades contemporáneas.
¿Se darán todos los acontecimientos previstos en Fátima? Esa es la pregunta que la humanidad contemporánea se hace. En principio, no hay como dudar, pues el hecho de que una parte das profecías ya se haya realizado con impresionante precisión prueba su carácter sobrenatural. Probado tal carácter, no hay como poner en duda que el mensaje celeste se cumplirá hasta el fin.
Puesto que no se operó en el orbe la inmensa transformación espiritual pedida en Cova da Iría, vamos cada vez más caminando para el abismo. Y, a medida que caminamos, aquella transformación se va tornando siempre más improbable.
Lo que importa es, pues, rezar, sufrir y actuar para que la humanidad se convierta. Y con redoblado empeño, porque si no, el castigo está a las puertas.
Para obviar el castigo, obtener la conversión de los hombres y caminar en medio de las hecatombes que tan gravemente nos amenazan ¿qué podemos hacer? María Santísima nos lo indica: enfervorizarnos en la devoción a ella –para lo que se revistió de los atributos propios de las invocaciones de Reina del Rosário, Madre Dolorosa y Nuestra Señora del Carmen–, la oración y la penitencia. Igualmente, la Virgen de Fátima insistió de modo especialísimo sobre la devoción a su Inmaculado Corazón.
Que nuestro espíritu se detenga en la consideración de las perspectivas últimas del mensaje de Fátima. Más allá de la tristeza y de los castigos tan probables hacia los cuales caminamos, tenemos las luces sacrales de la aurora del Reino de María: “Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará”.
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* Cfr. “Catolicismo” ns. 29 y 197, mayo de 1953 e de 1967.







