Fe y razón – Multiplicidad, jerarquía y armonía del universo

Publicado el 01/27/2026

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La constante batalla entre el bien y el mal se libra en la historia a través de los más variados enfrentamientos. La victoria de uno u otro, sin embargo, se decide en función de un único principio, a menudo ignorado por los buenos.

La historia, maestra de la vida, decían los antiguos1 con mucha razón. Sobre todo si consideramos la historia no como una mera sucesión de hechos, sino desde su perspectiva más elevada, como «el caminar de la humanidad y de todo el universo hacia el objetivo para el que fueron creados»2 por Dios.

Ese caminar, desde el momento en que Satanás cayó del Cielo como un rayo (cf. Lc 10, 18) y el pecado entró en el mundo (cf. Rom 5, 12), consiste esencialmente en una gran lucha entre el bien y el mal. En efecto, todos los acontecimientos que han definido el destino de la humanidad, a nivel universal o individual, han sido, o bien triunfos de la virtud, en la realización de los designios divinos, o bien éxitos de la iniquidad, por perfidia del demonio.

Considerando, pues, lo que nos tiene que enseñar desde ese prisma la sabiduría del pasado, podemos comprender de qué artimañas se valen los infiernos para llevar adelante su plan de desorden y, por otra parte, conocer también con qué armas debe proveerse el católico militante de nuestros días, deseoso de ayudar a la Santa Iglesia a hacer crecer en la tierra el Reino de Cristo y de María.

La milenaria artimaña del Maligno

Al analizar los siglos que nos precedieron, tomemos como ejemplo inicial el primer pecado masivo cometido en el seno de la cristiandad.

Divisor por definición, el enemigo infernal sabe que la condición de su éxito reside en la disgregación del bien… ¿Por qué es tan importante esa unión del bien?

Wittenberg, 1517. Un fraile predicador llamado Martín Lutero, ya muy influenciado por corrientes espirituales y filosóficas aversas al catolicismo, se indignó ante supuestos abusos que habría cometido el Santo Padre y él mismo cometió el abuso de fijar en la puerta de la catedral de esa ciudad noventa y cinco tesis, con las que atacaba las acciones y la doctrina de la Iglesia. Se había desencadenado una verdadera revolución que, en poco más de cien años, acabaría rompiendo para siempre la unión de las naciones europeas bajo la égida de la Esposa Mística de Cristo. Lutero fue condenado como hereje; sin embargo, con el Tratado de Westfalia de 1648, el protestantismo consiguió el título de «religión» y el derecho de ciudadanía.

Un hecho posterior, de consecuencias más ideológicas que políticas, puede ser igualmente esclarecedor. El siglo xviii es llamado «de las luces», de los descubrimientos científicos, de los grandes inventos, del crecimiento intelectual y material. No obstante, muchas de esas novedades ya habían nacido antipáticas a la mentalidad de la Iglesia, sin que ésta hubiera adoptado ninguna postura precondenatoria contra ellas. Se diría que, existiendo un solo Dios creador de las realidades espirituales y físicas, el progreso de las ciencias contribuiría a la propagación y confirmación de la religión. Pero no fue así. La ciencia se desarrolló separada de la fe. En consecuencia, se corroboraron en la humanidad, sin mayores obstáculos, el espíritu antirreligioso, el escepticismo, el materialismo y, finalmente, el ateísmo declarado.

Discordia, división y conquista de ciudadanía: he aquí la estrategia milenaria utilizada por el mal para instalarse en el mundo. Después de haber separado, en primer lugar, al hombre de Dios —con el pecado original—, el demonio separó lo espiritual de lo temporal, lo religioso de lo laico, la nobleza del pueblo, la vida intelectual de la vida moral, la piedad de la combatividad; y sigue haciendo lo mismo con innumerables esplendores creados, desde los metafísicos hasta los más prácticos, como el concepto de la unión entre cuerpo y alma que constituye al hombre.

Divisor por definición —pues el nombre diablo proviene del griego διάβολος (diábolos), que significa el que desune3—, el enemigo infernal sabe que la condición de su éxito reside en la disgregación del bien. Sin embargo, ¿cuál es la razón más profunda de esta forma de actuar? ¿Por qué la unión entre el bien es tan importante hasta el punto de que, una vez quebrada, le causa la ruina? Una mirada a la teología de la creación aclarará el asunto.

Armonía en la multiplicidad

Si hay muchas realidades inimaginables por la limitada mente humana, pocas los son a título tan especial como el momento bendito en que el divino Artífice decidió sacar de la nada todas las cosas y comenzar la obra por excelencia, de cuyo primor las manifestaciones de arte inventadas por el hombre constituyen meros reflejos. Pues bien, la Trinidad Beatísima produjo tal maravilla «por su bondad, que comunicó a las criaturas, y para representarla en ellas»,4 afirma Santo Tomás de Aquino.

En el inmenso conjunto del universo, todas las criaturas se unen para formar una representación completa del divino Artífice

Esto ocurre de dos maneras. La primera sucede a nivel individual, porque cada ser, por pequeñito que sea, refleja a Dios a su modo. Pero también lo refleja al constituir una parte dentro del inmenso conjunto del universo, en el que todas las criaturas se unen para formar una representación completa de aquel que las hizo.

Sobre este segundo punto, la teología explica que las perfecciones divinas son infinitas e inmensas, y no podrían ser representadas de manera satisfactoria por una única criatura. Por lo tanto, esas perfecciones, que son unas en Dios, se reflejan en los seres creados de forma múltiple y distinta,5 a modo de un rayo de luz que se refracta en los diversos colores del arco iris.

La creación del universo – Biblioteca y Museo Morgan, Nueva York

De ahí se entiende la necesidad de la unión de los seres entre sí y con el Creador. En esta armonía, forman como que una gran orquesta para alabar la magnificencia del Altísimo. Desarticulados, no pueden sino producir una cacofonía, indigna de la integridad divina. Y la antigua serpiente, conocedora de esta verdad, no logrando en su odio destruir a Dios, busca arruinar la creación, inoculándole en puntos estratégicos su ponzoña divisora y sofocando en ella los reflejos del Omnipotente.

Además, más allá de simplemente destruir la obra divina, Satanás pretende utilizar a las criaturas para edificar su propio reinado, el Infierno en la tierra, como una grotesca imitación del reino de santidad que el Salvador vino a instaurar en el mundo. Hasta ahí llega la insolencia de su revuelta contra Dios.

Ápice en función del cual todo se ajusta

Por otro lado, venciendo triunfalmente los engaños infernales, el plan de Dios se realiza en la historia, en toda su riqueza y plenitud, por fuerza de la Redención obrada por el Verbo encarnado.

Si la unidad del bien fue herida por el pecado de los ángeles y los hombres, Nuestro Señor Jesucristo la restableció para siempre con su sangre derramada en la cruz. Uniendo en su persona las naturalezas humana y divina, reconcilió con Dios a todas las criaturas (cf. Col 1, 20) y realizó el misterioso designio divino de reunir en sí todas las cosas, las del cielo y las de la tierra (cf. Ef 1, 9-10), como afirma el Apóstol.

La creación es como una montaña: en ella hay una gradación que parte de los seres más terrenos, en la base, hasta los más sobrenaturales, en la cima

Al hablar de la reconciliación de todos los seres, San Pablo se refiere incluso a la naturaleza animal, vegetal y mineral que, según su enseñanza, recibirán en un momento determinado los efectos de la gracia redentora: «La creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rom 8, 20-21). En palabras de Santo Tomás de Aquino, «toda la creación sensible en aquella [manifestación de la] gloria de los hijos de Dios conseguirá cierta cualidad de gloria, según aquello del Apocalipsis 21, 1: “Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva”».6

El Cordero divino es, por tanto, el centro del universo, la piedra angular en torno a la cual todo se ajusta armoniosamente (cf. Ef 2, 20-22), y con el que todos los seres están vinculados, en la proporción debida a cada uno.

La postura católica por excelencia

Las consideraciones precedentes nos hacen ver claramente una verdad fundamental, casi siempre olvidada o incluso ignorada: el católico necesita saber discernir y mantener la relación de todos los seres con Cristo, y en este sentido debe ser unitivo y armonioso por excelencia. No promiscuo, abrazando por igual la verdad y el error, la virtud y el pecado, sino íntegro, preservando de las trampas infernales el unum del bien, como nos enseña una vez más San Pablo: «No os unzáis en yugo desigual con los infieles: ¿qué tienen en común la justicia y la maldad?, ¿qué relación hay entre la luz y las tinieblas?» (2 Cor 6, 14).

Naturalmente, esa postura cristocéntrica tan necesaria implica una jerarquía, pues la aglutinación arbitraria de muchas cosas buenas no es más que una forma diversificada de desorden… Hablando a sus hijos espirituales sobre cómo las realidades más básicas captadas por el hombre lo llevan, de un modo gradual y sano, a las cogitaciones más elevadas, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira7 desarrolla una metáfora que se adapta muy bien a nuestro caso.

La unidad de la creación, dice él, se asemeja a una montaña, constituida en su base por una cadena de criaturas cuya conexión con Dios es más elemental, porque son más terrenas que celestes; en su centro, de manera progresiva, por cadenas de criaturas cada vez más elevadas; y en su cima, por la capa más sobrenatural del universo, que tiene una estrecha relación con la Santísima Trinidad. Y todas estas cadenas forman un único conjunto, jerárquicamente armónico.

Siendo la adorable persona de Nuestro Señor Jesucristo la «cima» de la montaña de la creación —y aquí aplicamos la metáfora—, el cristiano necesita saber ordenar su vida, y la vida de la sociedad en la que está inserido, en una jerarquía de valores que tenga al Redentor como regla y medida para todo, es decir, dando siempre la precedencia a lo que tiene mayor conexión con Él y, en definitiva, uniendo bajo esa regla todas las cosas, en sana armonía.

El modelo perfecto de esta actitud es la Santa Iglesia Católica. No hay aspecto de la vida humana sobre el cual no haya posado su desvelo materno, desde las más altas necesidades de santificación hasta las más pungentes miserias a las que está sujeto el hombre. Sin ser una institución filantrópica, siempre ha sido el refugio y la proveedora de los pobres; sin ser una clínica, fundó los hospitales y mantuvo innumerables de ellos; sin ser una academia, se convirtió en la gran propagadora de las universidades e instituciones de enseñanza; y en todo esto, como eximia cumplidora del mandato de Cristo (cf. Lc 12, 31), siempre ha buscado en primer lugar acercar las almas al Reino de Dios y a su justicia, dispensando el resto como simple añadidura.

Nuestro Señor Jesucristo es la «cima» de la montaña de la creación, y en función de Él, el cristiano necesita saber ordenar su vida y la vida de la sociedad

Para que estas consideraciones sean aún más claras, imaginemos: ¿Cómo sería el mundo si todos practicaran los diez mandamientos? ¿qué generación de hombres se formaría si los profesores, en las escuelas, trataran de educar no sólo las mentes para futuros retos profesionales, sino sobre todo las almas para la batalla de la santificación? ¿Qué esplendor alcanzarían las artes si, además de deleitar los sentidos, expresaran a los espíritus algo de la belleza de Dios? ¿qué sería la arquitectura si, albergando no meros seres racionales, sino almas bautizadas, las llevara a la compostura y el pensamiento a las realidades celestes?

Esto sucedería si la humanidad fuera auténticamente católica apostólica romana, pues un alma así formada expresa el cristianismo en todo lo que hace. Se implantaría en el universo esa suprema y genuina armonía que Dios tuvo en mente al crearlo todo de la nada, y por la que nuestra alma suspira, a menudo sin darnos cuenta.

«La Ascensión», de Jacopo di Cione – Galería Nacional, Londres

¡El reino de la paz se establecerá!

Este suspiro latente, sin embargo, no caerá en el vacío. El reino de la paz cristiana no es una utopía como la victoria del mal. Al contrario, por los méritos infinitos del Salvador y la intercesión de María Santísima, Soberana del universo, se establecerá sobre la tierra, y quizá en un futuro no muy lejano.

Si, pues, el diablo trabaja con ahínco, «rebosando furor, sabiendo que le queda ya poco tiempo» (Ap 12, 12), no seamos menos diligentes en la edificación del Reino de Cristo y, como dignos hijos de la armonía, luchemos sin cesar para que la voluntad de Dios se cumpla pronto, establemente, «en la tierra como en el Cielo». 

Notas


1 Cf. Cicerón, Marco Tulio. De oratore. L. II, n.º 36.

2 Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 17/1/1967.

3 Cf. García Santos, Amador Ángel. Diccionario del griego bíblico. Estella: Verbo Divino, 2011, p. 198.

4 Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I, q. 47, a. 1.

5 «Como quiera que esta bondad [de Dios] no podía ser representada correctamente por una sola criatura, produjo muchas y diversas a fin de que lo que faltaba a cada una para representar la bondad divina fuera suplido por las otras. Pues la bondad que en Dios se da de forma total y uniforme, en las criaturas se da de forma múltiple y dividida. Por lo tanto, el que más perfectamente participa de la bondad divina y la representa, es todo el universo más que cualquier otra criatura» (Idemibidem).

6 Santo Tomás de Aquino. Super Epistolam ad Romanos expositio, c. ii, lect. 4.

7 Cf. Corrêa de Oliveira, Plinio. Conferencia. São Paulo, 10/1/1981.

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