Plinio Corrêa de Oliveira

La lid emprendida por el Dr. Plinio como diputado – cuya narración concluye en esta edición1 – trascendía casi al infinito la mera actuación política, pues, siendo él fundamentalmente un líder católico, no buscaba su realización en una brillante profesión, sino en el cumplimento de una misión. Por eso, no dudó en sacrificar la carrera para ser fiel a su misión. Con el espíritu impregnado de los principios expuestos a seguir2, su objetivo era llevar al Brasil a la grandeza espiritual y, en consecuencia, material, para la cual Dios lo destinó.
De acuerdo con la doctrina tradicional de la Iglesia, el catolicismo es compatible con todas las formas de gobierno, sean ellas monárquicas, aristocráticas o democráticas.
No han faltado, sin embargo, católicos desorientados que sustentan que únicamente la monarquía es compatible con el catolicismo. Y, por otro lado, ya hubo alguien que afirmó que solamente la democracia se podría encuadrar dentro de los legítimos principios católicos.
Con esas dos doctrinas erróneas, la Iglesia sería arrancada del excelso trono de su misión sobrenatural, para ser arrastrada a las luchas políticas en las que solo se entrechocan intereses humanos. Como si no bastase tal situación, aparecieron adversarios de la Iglesia que, acusándola de mero instrumento político en las manos de las clases llamadas reaccionarias, la consideraban incompatible, ya en sus principios, ya en su acción concreta, con el genuino régimen republicano.
Cuando irrumpió en la Europa católica del siglo XVI el siniestro huracán del protestantismo, la organización política de todos los pueblos era, en sus trazos generales, modelada según los principios cristianos.
Formas de gobierno, las había de todo tipo, presentando inclusive una diversidad mucho mayor que en nuestros días, lo que atestigua el genio político de los estadistas medievales.
En la Edad Media había tanto monarquías hereditarias como electivas, junto a las cuales coexistían repúblicas que se gobernaban de acuerdo con los principios democráticos. Y, estableciendo una ligadura entre formas tan diversas, una única característica constante se notaba en el derecho público de la época: la pretensión oficial de respetar –al menos en tesis– los principios cristianos de organización político-social.
Todas las formas de gobierno vivían, por tanto, a la sombra de la Iglesia, aprobadas por ella y, con frecuencia, formadas al soplo vivificador de las propias autoridades eclesiásticas. Justificando con la doctrina esta situación de hecho, Santo Tomás de Aquino, el representante más autorizado del pensamiento medieval, nos legó los siguientes principios, hasta hoy desposados por la Iglesia.
El hombre, sociable por naturaleza, fue creado por Dios con cualidades tales, que su vida en sociedad solo se torna posible mediante la existencia de un poder público que gobierne y coordine hacia el bien común las actividades individuales. Consecuentemente, la autoridad existe en el Estado por disposición de la voluntad divina, y obedecer a la autoridad pública es obedecer indirectamente al mismo Dios. Por lo tanto, el carácter divino de la autoridad reside en ella misma, independientemente de su modo de transmisión y de ejercicio. En una palabra, es divina la autoridad monárquica, como lo son la democrática o la aristocrática.
Con todo, en el sentir de Santo Tomás de Aquino3, la democracia es en sí una forma de gobierno legítima, pero inferior a las demás. Tal inferioridad solo encuentra paliativo en una aplicación mucho más profunda de los principios católicos. La democracia coloca en las manos del pueblo el poder público. Así, pues, exige de todos los ciudadanos, además de las virtudes individuales y privadas, gran suma de virtudes políticas. Ahora bien, es incontestable que la más segura garantía de la moralidad se encuentra en la formación religiosa seria de la nación.
Así, ¿cómo concebir una república sin instrucción religiosa sólida y profunda? ¿Cómo concebir una república que no oficialice el culto de sus ciudadanos, para dar más influencia y prestigio a las fuerzas morales de que precisa para vivir sin caer en la demagogia?
Si una república no quiere pender hacia la demagogia –peligro más próximo de lo que suponemos– comprometiendo el futuro de la Patria, deberá adoptar una política ampliamente católica, abandonando de una vez por todas el laicismo tremendo que hasta hoy hemos sufrido.
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1) Conferencias utilizadas para la composición de los artículos del presente número: 22/6/1973, 23/6/1973, 6/12/1978, 4/10/1983, 16/11/1986, 30/4/1988, 3/9/1988, 7/9/1988, 10/9/1988, 17/9/1988, 14/1/1989, 28/1/1989, 11/2/1989, 16/12/1989, 11/2/1990, 14/9/1991, 25/4/1992, 7/8/1993.
2) Cf. CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. “A Igreja e a República”. In “A Ordem” n. 25, marzo de 1932.
3) Suma Teológica I, q. 103, a. 3 e De Regimine Principum 1, 2, 3, 5.







