Fuerza contra las tentaciones

Publicado el 10/14/2026

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Por naturaleza, ningún hombre tiene fuerza para vencer las tentaciones. Por medio de María Santísima deberá pedir la gracia de resistir a las malas inclinaciones y a las sugestiones del demonio, así como una voluntad robusta para rechazar las tentaciones tan pronto como se vislumbren en el horizonte.  

Plinio Corrêa de Oliveira

¡La tentación! ¡Qué capítulo tan doloroso y tan glorioso de la historia del hombre! Para alguien que se toma en serio la Fe y la vida espiritual, nada es tan duro como la tentación, ¡y nada es tan glorioso como vencerla!

La integridad del hombre antes del pecado original

¿En qué consiste propiamente la tentación? Es un movimiento interno del alma hacia el mal, que puede tener dos causas: natural y preternatural.

La causa natural nos viene como consecuencia del pecado original. Antes del pecado, Adán y Eva eran íntegros, no tenían la culpa que desorganizó su propia naturaleza. Y, por eso, no tenían apetencias hacia el pecado, sino que sólo tenían el deseo del bien, y su naturaleza no se inclinaba hacia el mal.

No sé, si ya imaginaron la felicidad que algo así representa. Vamos a transponer esto de los términos paradisíacos a la vida terrenal. Imaginemos, por ejemplo, a un niño de ocho o diez años. Este niño, cuando llega la hora de estudiar, no tiene pereza y aprende las cosas con facilidad; le resulta agradable cumplir con su deber. Aprende y se siente contento

Si en alguna ocasión tuviera interés en mentir o decir algo equivocado, ni siquiera se le pasaría por la cabeza mentir; contaría la cosa correcta y le resultaría agradable hacerlo.

La verdad le florece en su boca como la rosa en el rosal.

No siente cansancio, ni siquiera sabe lo que es, porque es señor de sí mismo por completo. Si fuera necesario caminar, al ser dueño de su musculatura, camina todo el tiempo que sea necesario. Pero, sobre todo, como es el rey de la naturaleza, ordena que se acerque un animal; este acude presuroso, contento y se postra ante él. Se sienta sobre el animal y le ordena adónde debe ir, soltándolo cuando llega a su destino.

Si este niño está paseando por el campo y pasa una linda mariposa azul y plateada que revolotea a su alrededor, él le ordena que se pose en su dedo, y ella se posa contenta.

Y si en una lejana colina asoma un león al que hace mucho tiempo que no ve, si el niño lo llamara, el animal desciende por las poéticas lomas de la montaña y se presenta a sus pies. Le ordena que dé vueltas, juega un poco con su melena y le parece hermoso. El león ruge, pero él no siente el más mínimo miedo.

En caso de que se acerque a un lago o a un río donde hay peces, los llama y estos aparecen; él los observa y queda encantado.

Cuando encuentra una fruta que desea comer, el árbol se inclina. Tiene dominio sobre toda la naturaleza, sobre las cosas que existen fuera de él; sobre su cuerpo, que no está sujeto a la enfermedad, ni al cansancio, ni a la muerte; sobre todo —¡ah!, sobre todo…! — tiene dominio sobre todo su ser espiritual e intelectual.

El Dr. Plinio durante una conferencia en diciembre de 1984

No propende hacia nada malo, sino que desea todo cuanto es bueno. Así pasea por el Paraíso, encantado de contemplar las cosas, ¡hasta que llega el momento en que Dios desciende con la brisa y viene a conversar con él!

Este panorama se adapta tan bien a nuestra naturaleza que no puedo evitar sonreír mientras la describo.

Poder del demonio sobre la imaginación y la sensibilidad

Sin embargo, al hombre, que no tenía ninguna mala inclinación ni tentación nacida de su propia naturaleza, Dios permitió que fuese tentado por un ser externo, el demonio, un ángel. Hay millares de ángeles condenados al Infierno por toda la eternidad, porque se rebelaron contra Dios y no quieren otra cosa que perder a los hombres, razón por la cual, continuamente, en la medida en que Dios se lo permite, vienen a la tierra y presentan la tentación al hombre.

¿En qué consiste esa tentación? El demonio tiene poder sobre la imaginación y la sensibilidad del hombre y puede hacer que este sienta una determinada cosa de forma particularmente atrayente o pavorosa. De manera tal que, mediante esa sensación, atraiga o ahuyente al hombre.

Imaginemos a un hombre en nuestras condiciones actuales, con el pecado original, que va a cruzar un puente. Tiene miedo porque cree que no está muy firme, pero tiene el deber de cruzarlo, por ejemplo, para ir a Misa. Esa leve impresión no justifica que pierda la Misa. Entonces, el demonio le infunde miedo: “Mire esa agua que fluye… ¿Ya pensó alguna vez en lo que pasaría si el puente se derrumbara y un madero le cayera en la cabeza? ¿O si se golpeara el cráneo contra una piedra del fondo del río…? Le saldrían ampollas y la sangre le subiría… Dentro de unos días se encontraría un cadáver hinchado por el agua, enorme, allí más adelante. ¡Estaría muerto! ¡No cruce el puente!”

No le apetece cruzar. El demonio no quiere que la persona vaya a Misa. Ella misma siente que ese miedo es un poco exagerado, pero no tiene una crítica muy sólida al respecto y se queda con la duda. Debe darse cuenta de que es cosa del demonio y debe vencerlo diciendo: “¡Vade retro, satana! Angele Dei, qui custos es mei, me tibi commissum pietate superna, illumina, custodi, rege et guberna! ¡Ángel del Señor, que eres mi celoso guardián, ya que la piedad divina, me ha confiado a ti, ilumíname, protégeme, dirígeme y gobiérname!” —¡Y siga caminando! ¡La tentación ha sido vencida, el demonio ha sido derrotado!

El demonio puede intensificar mucho esa impresión. Por ejemplo, la persona está cruzando el puente, de repente pisa una tabla, y esta, precisamente, se está tambaleando: “El puente está empezando a derrumbarse, ¡vuelva corriendo hacia atrás!”. La tentación nunca dirá: “Termine de cruzar el puente hasta el final”, porque entonces, ahí va la Misa. Al contrario: “Vuelva corriendo hacia atrás, es la única salida que tiene”. La persona se siente aún más desconcertada y, en un momento dado, no lo atraviesa. ¡No venció la tentación! El demonio aumentó una sensación de pánico, haciendo que, en la imaginación del individuo, la sensación real de peligro crezca. Y el individuo cedió, cuando debería haberse dado cuenta de que se trataba de una tentación; ha pecado.

Ilusiones creadas por el demonio para llevar al pecado

Esto ocurre cuando se trata de algo desagradable. Pero, con mucha más frecuencia, el demonio nos hace sentir que determinadas cosas son agradables. Y entonces, por ejemplo, quiere evitar que un novato acuda a la sede del apostolado durante el día. Abre la ventana y se depara con un día muy bonito. En ese momento ve pasar a un primo en su coche; este toca el claxon y le llama: “¡Ven aquí!”. Él mira y se queda deslumbrado: el coche, el primo que lleva una lancha en la parte trasera y que le va a llevar a Santos.

El primo le dice: “¡Tonto! ¿Qué hace ahí? ¡Suba, nos vamos a Santos, yo lo pago todo!” El mar, el día precioso, la comida, el primo que le contará chistes, ¡todo es gratis! ¡Es algo incomparable! Esa impresión natural que el individuo puede tener, el deseo de divertirse, es aumentada por el demonio como si fuera a través de una lupa. El joven ve que aquello es una maravilla. Cede. ¿Con qué se va a encontrar en Santos? ¿Qué cosas inmorales en las playas, qué conversaciones en los círculos que frecuenta, qué ocasiones de pecado va a tener por todas partes? El joven pensará, porque el demonio miente: !¡Tu resistes! Llévese su rosario, bien escondido de su primo, porque él no lo tolera, pero llévelo. ¡Téngalo en la mano en el momento de la tentación!!. ¡No es verdad! Porque lo facilitó, se expuso al peligro. El demonio aumentó la sed de aquello, una sed devoradora: !¡Yo también iré a Santos!”

El individuo pecó innumerables veces durante su estancia allí, al menos con pensamientos y palabras. Pecó y regresa a São Paulo abatido, triste, al igual que su primo; por el camino de vuelta, ambos casi no hablan. El primo lo deja en casa y desaparece. Se queda sólo ante el problema de dar explicaciones a quienes frecuentan con él una de nuestras sedes, explicándoles por qué no acudió el domingo.

Vacilación entre la ayuda del Ángel y las tramas del demonio

Llega nuevamente la ocasión del demonio: “¿Ya llegó a pensar que allí se encontrará con tal señor, que le mirará y hundirá esa mirada hasta lo más profundo de sus ojos? ¿Qué hará en ese momento? ¿Le contará lo que hizo? ¿Ha pensado ya en la mala impresión que va a tener de usted?”

El Ángel de la guarda le susurra al oído: “Hijo mío, ¡vaya! Será un poco incómodo que le cuente lo que ha hecho, pero él inmediatamente le dirá que tenga ánimo, rezará con usted, le recomendará que se confiese con un sacerdote, que reciba la absolución y que no vuelva a pensar en ello. Será la paz de su alma”.

Escucha un poquito, la tentación vuelve: “El sacerdote también considerará que lo que ha hecho está mal…”

¡Es la tentación! El individuo está proyectado a un ámbito mayor que el de su propia naturaleza. El ángel le ayuda con luces que no son humanas; el demonio le tienta con impresiones que tampoco son humanas. Se encuentra allí, vacilando entre la ayuda angélica y la perdición satánica.

El demonio tentando al Doctor Fausto

Estamos sometidos a los deseos desordenados

¿Cómo hacer para vencer una tentación? Hay dos defensas. En primer lugar, contra la tentación natural; después, contra la tentación preternatural. No debemos imaginar que vencemos todas las tentaciones únicamente combatiéndolas una a una. Esto no es verdad. Por causa del pecado original, nos volvimos muy diferentes de lo que eran nuestros primeros padres.

Adán y Eva pecaron y quedaron sometidos a los deseos desordenados, a la muerte, a la enfermedad y al cansancio; la mujer quedó sometida a dar a luz a su hijo con dolor, y la vida pasó a ser difícil. El hombre, por su propia naturaleza, sintió un horror constante ante las dificultades de la vida. Por otro lado, desarrolló un apetito, a menudo exagerado, por algunas de las cosas agradables de la vida.

Todo hombre siente horror por ciertos esfuerzos y sacrificios, y tiene deseos de ciertos tipos de placeres. Ante todo, el pecado contra la castidad es el placer que más atrae a las miserables criaturas humanas. Pero, además, hay una cantidad de otros placeres, uno de los cuales es el del orgullo, la vanidad y el amor propio. Ser más que los otros, mirar a los demás desde arriba, compararse con ellos, despreciarlos, hablar mal de ellos para evitar que se forme de los demás una opinión mejor que la nuestra, difamarlos. Todo ello es fruto del orgullo.

Fuerza y eficacia de la preparación previa

El orgullo y la sensualidad son las dos principales tentaciones naturales del hombre. El hombre no resistirá todas las ocasiones de tentación contra la pureza si trata de no caer únicamente cuando se enfrenta a algo impuro. Tiene que prepararse previamente y pensar en lo siguiente: “¡Soy pecable, soy débil! En los momentos de tentación contra la pureza, ya he comprobado que puedo caer fácilmente. La apetencia es tan grande y tan miserable que, en un instante, puedo violar el Sexto Mandamiento, que dice: ‘No pecarás contra la castidad’”.

Y, por ello, desde ya, debe reflexionar sobre lo malo que es pecar contra la castidad; cómo se degrada el hombre que no es capaz de contener los deseos de su propio cuerpo y actúa como un animal desordenado; lo censurable que es el hombre que se deja arrastrar por el desbordamiento de su propia impureza.

Es necesario que, en los momentos en que el joven está solo, vistiéndose, lustrando los zapatos, cepillándose los dientes, haciendo las mil cosas que se hacen estando solo, o está estudiando cualquier cosa, debe tener una segunda intención, una segunda idea, una segunda preocupación: “Si viene algo que vaya en contra de la castidad, desviaré mi espíritu, apartaré la mirada, taparé mis oídos; ¡no quiero oír nada que vaya en contra de la castidad!”

¡Es duro! Pero, ¡cómo admiro esa dureza! ¡Cómo respeto y venero a aquellos que tienen la fuerza de voluntad, que proviene de la costumbre de decir “no” a sus malas inclinaciones, cuando estas se asoman en el horizonte!

Nuestra Señora de la Pureza – Basílica de San Andrés del Valle Roma

¡Es absolutamente evidente que esto inspira admiración! El hombre casto se gana el respeto de los demás, incluso cuando estos fingen burlarse o reírse. Y, de este modo, el hombre casto adquiere un dominio sobre sí mismo y una coherencia, una lógica y una transparencia de espíritu que repercuten incluso en su inteligencia. Esta se vuelve más ágil, más clara; su capacidad de expresión se vuelve más fluida, más lógica; sus acciones son más naturales, sus pensamientos están más definidos, ¡simplemente porque practica la pureza!

El joven que quiere practicar la pureza debe fijarse en sus compañeros que son así y decir: “¡Qué hermoso, noble y limpio es esto! ¡Y cómo me entusiasmo con esto! ¡Yo haré lo mismo!” Así adquiere la determinación habitual de luchar contra la impureza, de modo que, cuando se presenta la tentación, no cae. Pero, si cada vez que surge la tentación mantiene una conversación como la que hemos visto antes, ¡es evidente que, de vez en cuando, ha de caer! Algo que puede tanto suceder como no suceder, de vez en cuando sucede. Ahora bien, un hombre que no tiene una resolución firme, profunda y estable de no pecar contra la castidad, que no tiene una convicción clara, racional y positiva de por qué es noble y bello ser puro, este hombre, cuando se presenta la tentación, comienza a vacilar. Y cuando vacila, puede tanto caer como no caer. Es algo evidente. Y si puede tanto caer como no caer, de vez en cuando cae. Después dirá: “No pude resistirlo…”. Estimado amigo: al menos sea honesto; usted no se preparó, no tomó una de esas decisiones que equivalen a una preparación previa. Y por eso le sucedió lo que le sucedió. ¡Pida perdón y decida aplicar el remedio en la raíz del mal! ¡Y esto se debe a que usted no tiene ese estado habitual del alma de admiración por la pureza!

El individuo debe saber razonar y explicarse bien a sí mismo el porqué de la pureza, y comprender que es algo que agrada enormemente a Dios, ¡es razonable! Practicar la pureza —y ahí entra la decisión firme— exige sacrificios; “haré esos sacrificios, ¡pero no caeré en la impureza!”

El dinamismo de las tentaciones preternaturales

Entonces, ahora surge el problema: ¿Existen tentaciones meramente naturales? ¿Existen tentaciones meramente preternaturales? He oído decir que hay una escuela de teólogos que afirma esto y otra que lo niega: que, cuando hay una tentación natural, entra en juego lo preternatural. Y, por el contrario, cuando hay una tentación preternatural, la naturaleza ya viene galopando atrás y prestando solidaridad. Confieso que me inclino por esta escuela. Viendo a una persona con una tentación natural, el demonio inmediatamente la vigila, se abalanza y comienza a susurrar y a aumentar aquella impresión.

Sin embargo, hay algunas tentaciones en las que el factor preternatural es muy visible. ¿Cuáles son? ¿Cómo se puede distinguir una tentación en la que la acción del demonio es particularmente intensa? Esta tentación se produce, sobre todo, con algunos síntomas; uno de ellos es la perturbación. Cuando la persona se perturba y queda agitada, tengan por seguro que el demonio está dentro. El Espíritu de Dios es de paz. La perturbación es un mal y debemos resistirla por todos los medios.

Por otra parte, el hombre debe, por su propio movimiento, prestar mucha atención a lo siguiente: cuando está obcecado por una idea y esta no se le va de la cabeza, es mucho más probable que se trate de una idea preternatural. Y, a veces, es algo insignificante.

Por ejemplo, una persona forma una idea fija de pasar por un bar y tomarse una copa de algún licor. Si esa idea le da vueltas sin cesar, ¡tenga cuidado! Porque tomarse una sola copa en un bar no es pecado. Pero, si se convierte en una idea fija, hay algún desorden detrás de ello. Y en ese desorden entra algo del demonio. ¡Cuidado con el demonio! Cuando tengan cualquier idea fija, sepan decir: “No caigo en eso, porque sospecho que allí está el demonio”.

Principio del “agere contra”

Estoy seguro de que, si la persona se resiste, enseguida surge una observación: “Pero, ¿por qué? Eso no es pecado. ¡Tomarse una copa de licor no tiene nada de malo! ¡Pregúntele a cualquier sacerdote!”. Es evidente que el sacerdote dirá que no es pecado. En sí mismo, ¿qué pecado hay en tomarse una copita de anís? No hay pecado, es evidente. Pero es el susurro del demonio en el interior del alma.

Esa idea fija indica que, o bien el demonio quiere hacer que a la persona le guste eso en exceso para inculcarle el vicio, o bien quiere que la persona vaya allí para tener un encuentro determinado que va a hacerle daño. Algo quiere, y siempre que nos demos cuenta de que el demonio quiere algo de nosotros, debemos hacer lo contrario.

Es el agere contra, hacer lo contrario tal y como lo indicó San Ignacio de Loyola: si el demonio se lo pide, haga lo contrario, ¡a ciegas! “¡No, no y no!” Y si pregunta por qué, no debo darle respuesta, ¡se acabó! Con una mujer de mala vida no se habla, y menos aún con el demonio.

Quien tiene el alma así forjada, ese tiene la posibilidad de resistir las tentaciones.

El vicio de reír

Otro vicio es el de reír. Hay gente que no saben vivir si no es riendo o haciendo reír a los demás; la risotada es para ellos el aire que les permite respirar. Basta con que la persona se dé cuenta de que tiene el vicio de reír para comprender que no debe hacerlo; ¿por qué? Porque es una tendencia deformada y exagerada del espíritu. Reír de vez en cuando ante algo que tiene gracia está de acuerdo con el orden de la naturaleza. Pero, en sí mismo, es un defecto encontrar agrado únicamente en la risa y en la broma, y pasar toda la vida deseando bromear y haciendo que los demás se rían con payasadas, y considerar con fastidio una conversación elevada, una conferencia seria o una buena lectura.

Conclusión: la persona debe ir al punto opuesto y reírse sólo en contadas ocasiones, cuando la situación buenamente lo requiera. Fuera de eso, no se ríe; y mucho menos cuando el motivo de la risa es la inmoralidad. Ahí sí, la persona puede mejorar. De lo contrario, acaba en una crónica falta de seriedad que desemboca en una crónica falta de amor a Dios. Porque Dios es sumamente perfecto e infinitamente serio, y quien vive en medio de la broma no lo ama.

He aquí la descripción de los problemas de la tentación y cómo prepararnos para resistirla.

Tener el alma en sus propias manos

El demonio puede sugerirle a alguien la siguiente objeción: “Dr. Plinio, así la vida se vuelve muy difícil, no puedo soportarlo”. Yo respondo: “Hijo mío, es exactamente lo contrario. Intente vivir así y verá la paz, la alegría que tendrá su alma y cómo usted vivirá bien”.

Una de las mentiras más notorias del demonio es la idea de que en el pecado se encuentra la felicidad. Esta se encuentra precisamente en lo opuesto: en la pureza, en la sobriedad, en el completo dominio de uno mismo, en ese magnífico estado del alma del que habla el epitafio de Fray Galvão, en la iglesia de Nuestra Señora de la Luz.

En la lápida, figura en latín, una breve biografía suya: “Aquí yace Fray Antonio de Sant’Ana Galvão, fraile franciscano, fundador del convento, etc.”, y al final dice: “Qui animam suam in manibus suis semper tenens, placide obdormivit in Domino”, “que, teniendo siempre en sus manos su propia alma, durmió plácidamente en el Señor”.

Es más importante que el hombre sea el señor de su alma que haber conquistado imperios, ser propietario de parques industriales o de grupos bancarios, o ser una celebridad como actor o en cualquier otro ámbito. Eso lo logró el humildísimo Fray Galvão y, por causa de ello, hasta hoy, las almas que pasan por allí con deseos de fidelidad entran y le rezan. Y quiero creer firmemente que él se alegra cuando se le pide la gracia de tener siempre en las manos el alma propia. Ese es el dominio.

¿De qué sirve ser un Napoleón que conquista muchos pueblos si uno no se domina a sí mismo? Prefiero, más que cualquier otra cosa, al más humilde de los homúnculos o a las mujercillas que pasan por la calle llevando una carga, con los tacones desgastados, con un jersey raído, con un chal rozado, pero que tienen un semblante firme, que miran al frente, tienen el paso seguro y que tiene en sus manos su propia alma.

Para ello es necesario tener fuerza. Esta frase lo expresa muy bien: “¡Fuerza, energía, énfasis, resolución!”. Ningún hombre — yo, por ejemplo— no tiene por su naturaleza ni fuerza, ni energía, ni énfasis, ni resolución para resistir al pecado. El remedio es pedir la gracia de Dios. ¡Ahí es cuando nuestra alma se vuelve vigorosa, tiene fuerza, energía, énfasis y resolución!

La gracia actúa de tal manera que infunde fuerza, energía, énfasis y resolución a nuestra voluntad. Por lo tanto, eso sólo se consigue obteniendo la gracia de Dios, pero quien no la pide por medio de la Santísima Virgen, no la consigue. Nuestro admirable San Luis María Grignion de Montfort enseña y cree en la verdad de fe –la cual yo espero que la Iglesia algún día aún convierta en dogma– sobre la mediación universal de Nuestra Señora.

Es decir, todo lo que un hombre o la Corte Celestial pida a Dios sin hacerlo por medio de la Virgen, no lo obtiene. Cuando un solo pecador en la Tierra pide algo por medio de Ella, por más empantanado que esté en el pecado, lo obtiene. Por medio de María Santísima suben a Dios todas nuestras oraciones y bajan sobre los hombres todas las gracias. Debemos, por tanto, pedirle a Ella que nos conceda la energía necesaria para ello. Si llegamos a esta conclusión, entonces habremos hecho una meditación muy buena sobre la tentación.

(Extraído de conferencia del 15 de diciembre de 1984)

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