Gran Concierto de Navidad de los Caballeros de la Virgen: “La Inocencia no es callada. ¡Ella canta!”
El pasado sábado 20 de diciembre, en la iglesia Nuestra Señora de Fátima en Tocancipá, los Heraldos del Evangelio realizaron su ya tradicional Concierto de Navidad, en un templo completamente abarrotado.
“Los ángeles aparecen a los pastores de Belén, y juntos entonan una bellísima sinfonía celestial, en honor al Niño que acaba de nacer”, proclama un Heraldo al inicio de la ceremonia, desde el presbiterio. “A lo largo de los siglos, los compositores intentaron, con mayor o menor éxito, reproducir las armonías gloriosas de esa noche Santa en que el cielo bajó a la tierra y nació el Hijo de Dios”, responde otro.

Este concierto, pues, tuvo esa intención: no solo unir el cielo con la Tierra, sino transportarse en espíritu hasta la gruta de Belén, donde hace más de dos milenios, juntos con los ángeles, cantó toda la Creación, agradeciendo que un Dios en la piel de un niño uniera la divinidad con la humanidad, para rescatar a los hombres extraviados.
Los cantos que se interpretaron recorrieron los tiempos y los países.
El concierto inició con Riu, Riu, Chiu , un anónimo español, del siglo XVI, escrito en castellano antiguo. El estribillo “Riu, riu, chiu” imita el canto del ruiseñor o el murmullo del río, símbolo del gozo natural ante el nacimiento de Cristo.

Lo siguió el Ding Dong! Merrily on High, de George Ratcliffe Woodward (1848–1934), luego el Wie schön leuchtet der Morgenstern (Qué hermoso brilla el lucero de la mañana), himno conocido como “el rey de los corales”, por su belleza lírica.
Los siguió el Quanno nascette Ninno (Cuando nacisteis niño) villancico compuesto por San Alfonso María de Ligorio (1696–1787) mientras predicaba misiones populares en Nápoles. Es considerado el primer villancico en dialecto napolitano, y su texto expresa una ternura popular y teológica profunda. Luego el conocido, Pero mira cómo beben, anónimo popular andaluz y posteriormente el canto gregoriano Veni, Veni Emanuel (Venid, venid, Enmanuel), con letra adaptada por los Heraldos del Evangelio.

Adeste Fideles, de John Francis Wade (1711-1786) y uno muy aplaudido, el Niño Venturoso – Villancico venezolano, fueron sucedidos por Bergers, écoutez I’angélique musique (Pastores, escuchad la música angélica), villancico francés de Sologne. A este lo sucedió I Cieli narrano la gloria di Dio, (Los cielos narran la gloria de Dios), de una de las grandes figuras de la música sacra contemporánea, Mons. Marco Frisina, maestro de capilla de la basílica de San Juan de Letrán.
Vós Repousais (Vos reposais) de Michael Praetorius (1571-1621), con una letra adaptada por los Heraldos del Evangelio al portugués, Praise the Lord, de la obra “Solomon” de Georg Friedrich Handel (1685-1759) y el rey de los villancicos, el Stille Nacht (Noche de Paz) de Franz Gruber (1787-1863), completaron el elenco que hicieron las delicias de los asistentes.

Al final, los feligreses no querían partir, porque sentían que el Niño Dios estaba por nacer, atraído por las bellas melodías, los rostros inocentes y el magnífico escenario.









