Para ser un verdadero héroe, el hombre debe llevar la humildad hasta el último punto. No basta con aspirar a cosas grandiosas, es necesario aceptar lo que Dios manda, con alegría.
Plinio Corrêa de Oliveira

Coronación de Nuestra Señora Museo Pierre de Luxemburgo, Villeneuve les Avignon, Francia
En el Cielo se es mucho más feliz que en la Tierra, por eso las personas deberían desear irse rápido para allá. Ahora bien, el hombre tiene tal apego a la vida, que desea decirle a Dios: “Espere que yo goce un poco la vida en esta Tierra, después me voy al Cielo”. No es algo racional, pero está en nuestro instinto de conservación. Sin embargo, con las almas que saben vivir de la confianza, la Providencia tiene un trato misterioso por el cual con frecuencia intuyen cuál es el designio de Dios sobre ellas: si es vivir en el Reino de María o ir al Cielo antes de que él se instaure.
Al haber un deseo intenso de una o de otra cosa, el alma debe confiar que es el designio de Dios el que se realiza.
Un pasaporte para el Cielo
Durante la vida, el hombre debe tener confianza en que Nuestra Señora va a preservarlo de manera que esté enteramente limpio de cualquier pecado, porque no es difícil prevaricar durante el combate. Sin embargo, cuando alguien muere como un mártir, derramando la sangre por la Fe Católica Apostólica y Romana, sube directo al Cielo.
La persona tiene, entonces, deseo de dar gloria a Dios luchando contra los adversarios de Él y de Nuestra Señora, para la victoria de su Causa en la Tierra y, al mismo tiempo, la esperanza de que, estocando bien, correctamente, lanzándose al frente pudiendo morir al primer tiro, puede encontrar el pasaporte para el Cielo. Es un sistema de pensamiento que forma héroes, porque da una motivación para el heroísmo.
Es necesario luchar –si se trata de una guerra religiosa– contra los enemigos de la Religión, pero batallar con odio a la herejía, no al hereje. Si, por ejemplo, un hereje viene por encima de un guerrero y, en vez de matarlo porque está atacando a la Iglesia, matarlo pensando: “¡Este desgraciado está queriendo matarme, yo lo mato antes a él!”, mató por odio personal y la acción no es santa. Es necesario ser un batallador y matar por amor a la Iglesia, y nunca por un acto de venganza personal.

San Bernardo de Claraval (Colección particular)
Nunca retroceder
Había soldados que hacían votos terribles con ocasión del combate. Hubo una orden religiosa cuya regla fue redactada por el gran San Bernardo de Claraval. Después ella decayó, pero, mientras estuvo en su apogeo, fue espléndida: fue la de los caballeros llamados Templarios. Ellos tenían un voto tremendo: ¡nunca retroceder en batalla!
Si retrocedían, cometían pecado mortal; al cometerlo, podían no tener a su alcance un padre para que les diera la absolución. El caballero batallaba y, si no tenía arrepentimiento, la estocada o el golpe de lanza podía ser el pasaporte para el Infierno. ¡Es terrible! Es preciso confiar en Nuestra Señora y saber decir: “Salve Regina, Mater misericordiæ” para no encontrarnos en esa situación.
A veces el batallador era herido –para hablar en términos de guerra medieval– y lanzado del caballo al suelo, permaneciendo allí horas y horas antes de morir, sin ningún socorro. La caballería del adversario podía pasarle por encima, dejándolo en mal estado durante uno, dos días, sin remedios, sin agua ni nada, agonizando y viendo en la muerte su liberación. Y él debía tener confianza en Nuestra Señora de que todo le sería recompensado, entonces rezaba: “Dios te Salve Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve…” Si él perseverara hasta el fin, habría un santo a más en el Cielo. Esa es la confianza.

La hora del mayor dolor
¿Cuál es el papel de la humildad en eso? Es hacer la voluntad de Dios. Cuando el hombre está pensando que Dios lo quería para esta tierra, de repente es herido, se da cuenta de que va morir y dice: “Si Dios quiso esto, está bien. Será como punición por mis pecados. Si no tengo pecados, será para obtener el perdón de los pecados de los otros, para que otras almas se salven. De cualquier manera, Nuestra Señora quiso consentir que yo muriese de un modo inesperado: Dios te salve Reina y Madre de misericordia…” Sé que el momento más duro, en la hora en que me acontezca como a Nuestro Señor en lo alto de la cruz, cuando dijo: “Consummatum est”, e inclinando la cabeza entregó su espíritu en las manos del Padre Eterno, será la hora del mayor dolor.
Me acuerdo hasta hoy de una explicación que oí de un padre jesuita del Colegio San Luis, del cual yo era alumno, cuando un colega mío preguntó, en la clase de Religión, si la muerte era realmente una cosa tan terrible. El padre explicó: “Imagine que alguien coja su uña y la arranque de la carne sin anestesia ni nada; ¿no sería un dolor terrible?” El niño respondió evidentemente que sí.

Santa Teresita del Niño Jesús
El padre dijo: “Si la uña está tan unida al cuerpo que arrancarla es terrible, ¡imagine qué es arrancar el alma del cuerpo!” ¡Debe ser algo terrible!
Alegría por el ofrecimiento aceptado
Sin embargo, cuando llega la hora de morir, el hombre debe conformarse con la muerte y con el tipo de muerte que está teniendo. Algunas personas tienen una muerte suave; otras, una muerte tremenda. Santa Teresita del Niño Jesús era muy joven y, tocada por la gracia, ofreció a Dios su vida para expiar los pecados de los otros. Y ella deseaba ardientemente morir pronto a fin de que la expiación por los demás fuese rápida. Una noche percibió que estaba lanzando sangre por la boca, y eso era señal de la gran enfermedad peligrosa de su tiempo: la tuberculosis.
Hoy la tuberculosis es una enfermedad combatida y es raro que la persona muera por eso, pero en aquel tiempo no, los remedios estaban más atrasados y no era así.
Santa Teresita quedó tuberculosa, pero fue tal la alegría de notar que probablemente estaba tuberculosa, que tuvo ganas de encender la luz para ver si de hecho era sangre lo que había lanzado. Las carmelitas duermen con una especie de paño sobre el busto y ella podría sacarlo y comprobar. No obstante, para hacer penitencia, durmió calmamente y esperó que llegase la mañana.
Lo que yo hacía con mi regalo de Navidad, ella lo hacía con ese regalo de Dios: el síntoma de la muerte. Cuando despertó y vio la sangre, fue a hablar con la superiora. Comenzaron a tratarla y era la muerte que se aproximaba.
Pruebas terribles
En la víspera de la muerte, como el dormitorio quedaba cerca de la cocina, oyó a dos monjas trabajando allí conversar y una le dijo a la otra: “Nuestra hermana Teresita del Niño Jesús va a morir de un momento a otro”. Al morir una monja carmelita, se manda una circular a todos los Carmelos del mundo contando sobre su muerte y narrando sus virtudes. Entonces una monja le dijo a la otra: “Yo no sé verdaderamente qué va a escribir nuestra Superiora en la circular sobre su muerte, porque no hizo nada de grande o de extraordinario en la vida”. La monja no sabía que ella había ofrecido la vida y estaba muriendo como consecuencia de eso.
Los dolores de la tuberculosis se hicieron tan lancinantes, que Santa Teresita hizo el siguiente comentario. Ella tenía al alcance de sus manos el remedio contra la tuberculosis; era un líquido de un rojo muy bonito y sabía que eso podía, por lo menos, atenuar el dolor, pero, si bebía mucho, moriría. Ella comentó: “Los moribundos pueden, a veces, tener tentación de suicidarse, es una lucha para ellos. No se debe dejar a su alcance un remedio que les pueda servir para la muerte.”
Era una señal de que ella estaba siendo tentada por el demonio para suicidarse. ¡Resistió heroicamente, no es preciso decirlo! La muerte fue entrando.
Cuando, finalmente, llegó el último momento, tuvo una visión que nadie sabe cuál fue. Ella, que estaba tan débil que casi no podía moverse, se enderezó en la cama, maravillada, y las monjas que estaban en el cuarto vieron. Antes de expirar, exclamó: “¡Oh, Dios mío, os amo!” y cayó. Había muerto. Inmediatamente, un perfume fortísimo de violetas, de origen desconocido, comenzó a esparcirse por el convento entero. La violeta es símbolo de la humildad. Ella había aceptado con humildad la muerte que Dios le quiso mandar, en la hora que Él quiso, del modo como quiso y, de esa forma, su alma entró en el Cielo.
Es un modo de llevar la humildad hasta el último punto. Y el guerrero debe ser así también, o sea, tener la humildad de aceptar lo que Dios le mande.
Una manifestación en una plaza de París
Una de las veces que estuve en París, tuve una impresión tremenda. Fui a andar por la ciudad; había personas con quienes hablar, cosas a tratar. Fue antes del accidente de automóvil, por lo tanto, yo no usaba silla de ruedas, andaba libremente. Y anduve por aquel centro de París. Pasando junto a la famosa Place de l’Opéra, donde está la Opéra de Paris, un teatro muy rico, muy vistoso, en cierto momento me di cuenta de que estaba llena y yo no había prestado atención. Se llenó de repente con un público diferente del que estaba cuando entré en la plaza.
Comencé a prestar atención y percibí que era una manifestación de heridos de la Primera Guerra Mundial, que habían participado de la guerra y habían quedado heridos para el resto de su vida, incapacitados de trabajar y viviendo de una pensión del gobierno. Sucede que el gobierno pagaba insuficientemente, el costo de la vida iba subiendo y no aumentaba la pensión, entonces estaban haciendo presión, con aquella manifestación, para que el gobierno aumentase lo que ganaban.
Yo pensé: “Voy a quedarme un poco aquí, quiero ver cómo es esa gente.” Es muy bonito hablar de un soldado que fue a la guerra, pero pasan cinco, ocho, diez años de invalidez, ¿cómo toma él la invalidez en la cual cayó? ¿Se arrepiente? ¿Cómo queda? ¿Se rebela? ¿Cuál es la mentalidad de la persona que fue así afectada?
Había dos mujeres atrás, no las miré, pero agudicé mi oído para oír lo que decían, y percibí por la conversación que eran dos casadas con dos inválidos de guerra. Una de ellas preguntó: “¿Su marido no vino?” La otra respondió: “No, pero está aquí cerca.” Después la primera dijo, riéndose: “Él trajo todo su almacencito…” E hizo una risa de escarnio.
El “almacencito” eran todas las medallas ganadas durante la guerra, que él guardaba y colgaba en el pecho, para tener cierta compensación durante esa manifestación: él había sido un héroe. En la vida común, la mujer trataba riéndose y llamando aquello de bazarcito, de “almacén”. La otra se rio y dijo: “Ah, el mío no tiene almacén, pero tiene una cosita que también se colgó en el pecho.” Unas bromas así.
¿Quién es el verdadero héroe?
¡Vea pues! –pensé– cuando la tropa parte: entusiasmo y clarines, todos van a ser héroes. Llega el momento de combatir, unos mueren. El caso está cerrado, para los efectos de la Tierra… Para los del Cielo, no se sabe. El Purgatorio es muy largo a veces, ¡y el Infierno es terrible y eterno! Si vuelven heridos, pueden quedar la vida entera estropeados, ¿y entonces cómo quedan sus vidas? Nadie piensa en eso a la hora de partir para el combate, y el verdadero héroe no es solo el hombre que combatió, sino el que después no se arrepintió de haber combatido, pensando: “Mi país por lo menos venció la guerra.” O entonces: “Porque muchos como yo lucharon con coraje, nuestro país sufrió una derrota honrosa. Eso me consuela.” ¡Eso es tener temple, tener fuerza!
Vi un poco aquello, unos quince, veinte minutos. Bajé por una avenida que partía desde allá. Estaba haciendo un día caluroso, yo estaba con amigos, pasamos por una cervecería. Nos sentamos y enseguida veo en una mesa cercana una escena.
Un matrimonio relativamente joven aún, el hombre tendría unos treinta y tantos años, la mujer más o menos la misma edad, él, ciego. Él, con los ojos cerrados. no veía nada, pero se veía que, por los sonidos, tenía avidez de vivir, tenía contacto con las cosas y tenía un interés fabuloso por lo que conseguía captar de la vida. Estaba distrayéndose, a pesar de ser ciego.

Place de l’Opéra en la primera mitad del siglo XX
Su mujer, prematuramente envejecida, arreglada con la máxima negligencia que se pueda imaginar, porque, como su marido era ciego, no tenía razón para adornarse para nadie. Era seria, tomaba de cualquier forma el asunto del vestido, del peinado, con un aire de derrotada, de cansada, como quien dice: “Estoy asociada a ese ciego, cargándolo hasta el fin de la vida…” Le faltó la garra necesaria para sobrellevar la vida. La humildad llevaría a esa señora a decir: “Fue voluntad de Dios. ¡Voy a cargar ese peso como Nuestro Señor Jesucristo cargó su cruz!” Y seguiría adelante.
(Extraído de conferencia del 21/12/1991)







