Nuestro Señor Jesucristo es insondable y superior a todo entendimiento. Sin embargo, el Dr. Plinio discernió en una imagen del Sagrado Corazón de Jesús la plenitud de la armonía de todo lo que hay dentro del alma humana, con algo más de divino, y llegó a la conclusión de que Él es el arquetipo de toda dignidad.
Plinio Corrêa de Oliveira

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús que Doña Lucilia recibió de su padre
Desde que me acuerdo de mí en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, en mis primeros entusiasmos –era tan pequeño que eso se pierde en la noche del tiempo… debía de tener cuatro, cinco o seis años–, la piedad católica se me presentó envuelta en gracias místicas, a la manera de “flashes”. Pero “flashosa” en el siguiente sentido: como un ambiente que correspondía plenamente a las aspiraciones que mi alma tenía de convivio y de contacto con los ambientes y con otras almas que me dieran una exaltación tan grande, que la mirada humana casi no llega a medir hasta el fin.
Elevación del alma, del sentimiento, de los modales, de la grandeza, no concebida a la manera de Luis XIV, sino una grandeza que está representada en la jaculatoria de la Letanía del Sagrado Corazón de Jesús: Cor Iesu, maiestatis infinitæ, miserere nobis. Es decir, imaginándola en su Corazón, pero tomando la palabra “corazón” no solo como órgano físico, sino también como mentalidad, y por tanto su Santidad infinitamente majestuosa, de tal manera que el espíritu humano no llega a ver bien lo que es, superando todas las majestades concebibles.
Arquetipizando una imagen del Sagrado Corazón de Jesús
¿Cómo vi a Nuestro Señor Jesucristo, cómo fue mi amor por Él y qué papel jugó en la formación de mi espíritu?
Me fue presentado por diferentes imágenes, pero muy coherentes entre sí. Una de ellas está en el oratorio que existe en la habitación de mamá, un regalo de su padre cuando aún estaba soltera. Mi madre valoraba mucho esta imagen. Incluso se puede decir que era el análogo primario de todas sus devociones.
Me metí en la cabeza la idea de niño de que Nuestro Señor Jesucristo era como esa imagen, ni más ni menos. Por lo tanto, si quería hacerme una idea de Él, tenía que asegurarme de que Él era como estaba concebido allí, y que su mentalidad era la que estaba representada en esa imagen.
Por una feliz coincidencia, también tenía a menudo delante de mis ojos dos representaciones del Sagrado Corazón de Jesús presentes en el santuario dedicado a Él, en el barrio de Campos Elíseos, las que miraba mucho durante la Misa. Una de ellas está en la nave del lado del Evangelio, a la izquierda de quien mira al altar.
Pude notar que el artista quiso hacer algo mejor que lo que estaba ahí, que representaba el jugo de la expresión de la imagen. Y que la Iglesia, consintiendo en presentar esta imagen para mi veneración, tomaba eso en cuenta y presentaba el Corazón de Jesús para que yo lo considerara como el artista lo había querido hacer y no como lo había hecho.
Yo miraba y pensaba: “Sé bien que esto es una imagen, no un hombre. Pero las personas que fundaron esta iglesia quieren que Dios sea visto así. Por eso compraron una imagen que expresa eso. ¡Vaya, cómo es verdad que Dios debe ser visto así! ¡Qué acertado! ¡Dios visto así es completo!”
Por este movimiento de lógica y espíritu le di importancia a la imagen. Solo más tarde, de hecho, no hace mucho, me di cuenta de que estaba arquetipizando esa representación, porque imaginaba una imagen ideal del Sagrado Corazón de Jesús, y dado que ésta tenía cierta analogía con el ideal, me llamaron más la atención las analogías y no así las discrepancias. De donde casi solo lo veía por el lado de las analogías. Con una actitud de respeto, de adoración, hacía ese juego del espíritu.
Solo veía la imagen material. Tengo la seguridad de que no tuve ninguna visión o aparición. Sin embargo, hasta hoy me parece ver algo de lo que veía en aquel entonces. Es curioso, pero me parece discernir en la imagen la plenitud de la armonía, en el más alto grado, de todo lo que hay dentro de un alma humana, además algo de divino. Reconozco que una persona que no haya tenido una gracia no vea esto. Es como si mirara a una persona y de repente viera su espíritu. Incluso hoy, al mirar esta imagen, tengo ese discernimiento y todavía me siento conmovido, consolado en la misma línea que en la infancia. Sin duda, es una gracia.

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús venerada en el Santuario dedicado a Él, en São Paulo
Plenitud de armonía y perfección
Además, está pintada en el techo de la iglesia una aparición de Nuestro Señor Jesucristo a Santa Margarita María Alacoque, en la que le presenta su Sagrado Corazón. Al lado está la frase: “He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres.” De hecho, esta pintura tiene algo en común con la imagen que se encuentra en la habitación de Doña Lucilia. Por esto se consolidó en mi mente la idea de que Nuestro Señor Jesucristo había sido exactamente como se representaba en el oratorio de mamá.
En las dos imágenes y en la pintura, noté una grande y serena seriedad, dulce, afable, pero que en su lógica llegaba a las últimas consecuencias. También vi en ellas una armonía perfecta y admirable con todo lo que el Evangelio contaba de lo que Él hacía y decía. Estas representaciones, especialmente la que poseía mamá, parecían dejar evidente a mis ojos una certeza, una firmeza… Nuestro Señor está tan bien parado sobre sus propios pies, tan garboso; su busto y porte tan varoniles representan la perfección de la varonilidad. Su semblante tan serio, propio de quien piensa todo seriamente para ver la realidad de las cosas, revela un intelecto en extremo capaz de pensar, de obtener la verdad mediante el uso bien hecho de una inteligencia sublime; una amplitud de las grandes visiones del universo, en fin, de todo lo que existe; convicciones inquebrantables, iguales a la evidencia. En Él se presentaba, un fulgor perfecto y reversible, el esplendor del raciocinio y la perfección de la intuición.
También una voluntad buenísima, dulcísima, pero inquebrantable. Lo que quería, lo hacía. Quería porque debía querer y nunca dejaría de querer. Su acto de voluntad es eterno.
Por lo tanto, una persona sin manías, sin caprichos; ¡ni llega a la imaginación la idea de capricho! Todo es razonable, serio, sereno. Y también sin ningún maquiavelismo. Dice lo que tiene que decir. “Que tu lenguaje sea sí-sí, no-no” (Mt 5, 37). Lo que está en su espíritu, en su mente, Él lo dice.
Un verdadero Rey y Maestro
Su cabello cae sobre la cabeza y los hombros de una modo tan apacible y suave, en un orden tan perfecto, tan impecable, pero al mismo tiempo tan dulce, acogedor y afable, de donde no hay un solo cabello que no esté en su sitio. Al dividir la cabeza en dos partes, parecen marcar una simetría universal, según la cual todo puede considerarse bajo dos aspectos distintos pero afines, y que constituyen una armonía superior.

Aparición de Nuestro Señor Jesucristo a Santa Margarita María Alacoque – Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, São Paulo
Todo en un grado tan alto, tan extraordinario, que Él aparece al mismo tiempo como un verdadero Rey y como un Maestro. Muchas veces reflexioné sobre esto: ha habido muchas personas que han frecuentado en la tierra ambientes más distinguidos que aquellos en los que Nuestro Señor estuvo. ¡Pero distinción es la suya! Todos son insubstanciales en comparación con Él, desaparecen, ¡se desintegran por completo! Él me parecía el propio símbolo de la dignidad, la gravedad, de la seriedad. Muy distinguido, muy fino, noble, regio, no regio porque tenga la costumbre de mandar ni porque los otros reconocen en Él el derecho de mando, sino regio en esencia. Por ser rey en su esencia e independientemente de lo que otros piensen o no piensen, quieran o no quieran, Él es el rey por excelencia.
También el Maestro por excelencia es Él, que enseña una verdad perfecta y total, sobre la cual no hay nada que objetar, únicamente decirle, con un entusiasmo reposado, afable y persuadido: “¡Sí, adoro te!”
Junto a todo lo que representa el factor de fuerza, varonilidad, seriedad, decisión, yo veía algo de sonrisa, con tanta dulzura, tanta armonía interna en Él y externa de Él con todo lo que existe, una forma tan amable de tomar todas las cosas, que uno no sabe qué decir. Una bondad insondable, que llevaba su condescendencia hacia mí a un grado inimaginable.
En la bondad exactamente lo que encanta es que sea insondable. Porque una bondad que tiene un límite… Al inicio de la jornada dentro de las luces de esta bondad, encontramos “sí, sí, sí…” Pero llega un determinado momento en el que sabemos que encontraremos un “no”.
Ahora bien, el deseo del corazón humano es una bondad que no tenga “no”. Sin la ayuda de la gracia esto es imposible en un hombre. Pero con el auxilio de la gracia, es posible. Los Santos fueron así, sobre todo Nuestra Señora.
Bien, infinitamente por encima de Ella está Él. Nuestro Señor es el arquetipo de la mansedumbre, la perfección de la dulzura, de la suavidad; y extremadamente atractivo, además de afable. Nos ama con un amor sereno, que nos envuelve y nos penetra por completo, que hace todo el bien que es apropiado.
Un enemigo inexorable de los defectos, pero de una bondad extrema y llena de perdón
Digno a más no poder, pero dispuesto a escuchar, incluso cualquier ofensa, con bondad, siempre que haya una ventaja para las almas o para la gloria del Padre Eterno. Esto lo simboliza muy bien la figura del pelícano, que se hiere el propio pecho para alimentar a sus crías. Es una imagen del Sagrado Corazón de Jesús.
Mientras tanto, yo entendía que Él era lo bastante firme como para no tener, por esta bondad, ninguna forma de indulgencia blanda que implicara algún grado de pacto con algún defecto mío. Al contrario, era un enemigo inexorable de mis defectos y aborrecía cualquier perturbación en el orden creado por Él. Sin embargo, con un amor –porque es amor– lleno de intransigencia, porque es colmado de orden, pero también repleto de perdón. Entonces, he ahí a Nuestro Señor abofeteado, flagelado, tratado como sabemos y no perdiendo la paciencia ni una sola vez. Bondadoso, patiens et multæ misericordiæ: paciente, es decir, capaz de sufrir, y de mucha misericordia.
El apelo al corazón para expresar esta bondad refinaba aún más esta idea, porque lo que el hombre tiene simbólicamente más sensible, más delicado, lo que expresa mejor todo en su alma que no es brutalidad y egoísmo, es el corazón. Además, debido a una peculiaridad mía, dado que soy muy sensible a los colores, el color con que fue pintado el Corazón de Nuestro Señor era de un cierto tono de rojo que me pareció expresar muy bien estos conceptos.
No era capaz de explicitarlo, pero lo que tenía en la cabeza, muy fuertemente, era que quien reunía virtudes tan diversas en grado tan alto de perfección no podía dejar de ser Dios. Porque está por encima de las condiciones humanas reunir virtudes no contradictorias, pues nunca hay contradicción entre las verdaderas virtudes, pero sí virtudes muy diferentes, y reunirlas de una manera tan profundamente armoniosa…
Esto me agradaba mucho, porque me di cuenta de que había ahí una perfección extraordinaria y que el modelo perfecto del hombre es así. En el fondo, todo conciliado por la majestad divina, que es, desde cierto punto de vista –aunque la expresión no sea apropiada– la qualité maîtresse que ordena todo esto.
Adoración ilimitada del Hombre-Dios
¡De ahí mi admiración sin límites, cuyo nombre es adoración, y el reconocimiento de que Él es Hombre- Dios! En primer lugar, existió así, porque con esa perfección nadie inventaría. Y es Hombre-Dios porque, si el artista quisiera representar a un Hombre-Dios, concebiría este. Y, por tanto, es el Hombre-Dios, ¡no hay nada qué decir! Un ser humano no inventa una figura como esa.

Jesús predicando a los discípulos – Iglesia Santa Marta, Sarasota, Estados Unidos
Contemplando la forma de su rostro, pensaba: “¡Mire su semblante! ¡Qué hermoso es! ¡Eso sí que es belleza! Lo bonito de que oigo hablar por ahí es como un dulce de confitería, ¡no vale nada! ¡Él si tiene belleza! Si algún día quisiera analizar la idea de belleza, vendría aquí a mirar su semblante, porque bonito sólo Él. Ese es el patrón. Es un bonito más de alma que de cuerpo. ¡Pero qué cuerpo! Y, detrás de ese cuerpo, ¡qué alma! ¡Qué maravilla!” Llegué a manifestar la hipótesis de que todas las reglas de la estética del universo están contenidas en el rostro de Nuestro Señor Jesucristo.
La expresión de su fisonomía es muy serena, muy compasiva y un tanto entristecida, con una sonrisa ligeramente triste, mirando a la persona arrodillada ante Él, con una ligera inclinación hacia adelante, como si quisiera dirigirse al fiel, inmensamente acogedor, señalando el Corazón, que toca con la mano, y haciendo una pregunta muda, un poco como quien dice: “¿No quieres un sitio para ti, aquí adentro? ¿No me aceptas? ¡Mira qué tesoro! ¡Esto es para ti!”
El rostro era el “cristal” a través del cual veía todo lo demás: una belleza del alma, una forma extraordinaria de ser, una armonía inimaginable.
Amando cada cosa en su debida proporción
¡El trato de Nuestro Señor a los elementos de la naturaleza era de una superioridad, algo extraordinario! Por ejemplo, venti et mares oboediunt ei (Mt 8, 27). Cuando apaciguó esa tempestad en el lago de Genesaret, fue por una orden. Ordenó que los vientos y las aguas se calmaran y, ante ese acto imperativo, el viento y los mares obedecieron.
Era dominio absoluto, con derecho y poder de dominar, ordenando todo según esa elevación de la que hablé; al mismo tiempo, seguro de sí mismo y, por ello infinitamente sereno. Y porque ordenando todo según un orden que es reflejo de sí mismo, amando cada cosa en proporción y en la medida que le corresponde; y siendo amado también en la medida y en la proporción que le corresponden.
Entonces, en su trato con la naturaleza, así como con los hombres, aparece en Él otro lado: ¡una suavidad y dulzura extraordinarias! Una dulzura infinita en hacer que su amor repose sobre todo lo que existe, con un torrencial que incluso desconcierta, abarcando incluso al pajarito o el cabello que caen y que nadie nota —ni quién está junto al árbol del que cae el pajarito, ni el dueño del cabello—, pero Él sabe y ama como aquello debe ser amado.
Cuando habla, por ejemplo, de la oveja extraviada que se perdió entre el matorral y fue rescatada por el buen pastor, aparece tanto conocimiento sobre lo que hay de suave, de dulce, de débil y, por tanto, apropiado para ser apreciado por la oveja. Ella, por ser frágil, desea derretirse en respeto, en veneración, en afecto por quien la tomó y la puso sobre sus hombros, que salta a la vista que esa imagen de una oveja, aquella que tendríamos como un animal que vimos en un campo, se transforma. Nuestro Señor eleva la dignidad de la oveja a un nivel extraordinario por el afecto con el que se refiere a ella. Ni siquiera una buena madre habla de su hijo como Él habló de la oveja.
Y la oveja empieza a tomar la vida de un símbolo, de ciertas disposiciones del alma humana, suaves, dulces, que, en comparación con las disposiciones fuertes, se percibe que entre una y otra línea de disposiciones hay una diferencia profunda, y a la vez una afinidad tan grande que apenas sabemos expresarla, ya que es superior al propio vocabulario humano. Quien oyó la parábola de la oveja perdida, si intenta recordarla, verá que esto que trato de describir, su alma ya lo captó vivamente; y algo le dice: “La felicidad está con Él; quien se hace afín con Él acierta la elección del camino de la vida, porque recibe esa bondad. Él tiene el poder de dar lo que su afecto promete. Y no miente, da igualmente, cueste lo que cueste.”

Protección sobre todo lo que es flaco y débil
Hay otras cosas de ese género. Por ejemplo, cuando Nuestro Señor dice: “Mirad los lirios del campo…” (Lc 12, 27). ¡Parece una canción! Una frase sencilla, pero parece traer algo de su propio timbre de voz. ¡Qué cosa tan extraordinaria!
Si yo fuera a un campo a buscar un lirio, es el miserable lirio que vio el miserable de Plinio Corrêa de Oliveira. Jesús vio un lirio del campo, su mirada posó allí, ese lirio quedó valiendo más que un sol porque Él lo miró. Cuando habla del lirio del campo, es una promoción mayor que ascender a un hombre a príncipe.
¡El lirio del campo aparece con una pureza, una suavidad, una dignidad! Todo lo que es virginal, cándido, inocente, parece tan digno de respeto y protección que uno quisiera hacer una Cruzada solo para proteger los lirios del campo contra los mahometanos, de tal manera esa palabra del Divino Maestro penetra profundamente en el espíritu; al menos eso fue lo que sucedió conmigo.
La sabiduría que hay en este pensamiento: “… no tejen ni hilan…” Es decir, no hacen ningún tipo de trabajo, pero el Padre Celestial cuida de ellos. En esto hay un tal desprecio por la excesiva búsqueda de las cosas de la vida, como si dijera: “El Padre Celestial cuida de ti. ¿Por qué te atormentas tanto? Tranquilo, deja la ansiedad. Mira los lirios del campo; no tejas ni hiles, confía en Él, confía en Nuestra Señora, que tendrás lo que necesitas. No te precipites. Sobre todo, no intentes ser un businessman, ni lo admires. Este es el error. Sé como el lirio del campo.” Esta protección sobre todo lo es frágil, débil, que viene de Aquel que hacía poco calmaba las tormentas, revela tal plenitud que no sabría expresar cuánto me agrada.
Otro pasaje del Evangelio que siempre me ha impresionado mucho son las palabras de Nuestro Señor sobre Jerusalén, cuando caminaba hacia esa ciudad antes de que comenzara su Pasión, y que decía: “Jerusalén, Jerusalén… cuántas veces quise reunirte junto a mí como una gallina reúne a sus polluelos…” (cf. Mt 23, 37). En mi espíritu, este episodio forma un conjunto más o menos insondable de armonías, con otros dos pasajes: uno fue cuando, al pasar frente al Templo, los Apóstoles empezaron a encontrarlo muy hermoso (cf. Lc 21, 5-6); otro cuando Jesús, al ver ese panorama, lloró sobre Jerusalén (cf. Lc 19, 41-44).
Ahora, la comparación más desigual que se pueda imaginar es esta, entre la figura de la que hablo y una gallina. Que un ser tan superior como Él se compare con una gallina sería ridículo. Incluso llego a decir que, para un espíritu desprevenido podría parecer blasfemo. Sin embargo, no en Él. Usó esta metáfora de tal manera que resulta conmovedora, ennoblecedora, uno queda sin saber qué decir.
Es muy bonito ver la elevación de su pensamiento al mirar hacia la gallina. Es algo de su alma, casi me atrevería a decir, de su vida interior que brilla.
Uno de nosotros mira la gallina, tiene un desprecio natural y no le gusta. Pero Él, mirando a la gallina y viéndola poner a los polluelos bajo sus alas, ¡qué riquezas de maravillas trae! Esto indica el diapasón habitual de su pensamiento

El Buen Pastor – Convento de la Inmaculada Concepción, Torrijos, España
Dos aspectos de la personalidad de Nuestro Señor
Es precisamente como pensaba que debería ser el arquetipo del hombre, pero que nunca podría imaginar. Es sabiendo cómo Él era que alcanzo a comprender, y aun así de forma incompleta, porque es insondable, superior a todo entendimiento.
Es la armonía, la delicadeza, la suavidad que tienen una conexión profunda con la fuerza. La fuerza le asegura a la delicadeza las condiciones de existencia y le permite ser delicada, porque es fuerte. No es un juego de palabras ni retórica, sino que la realidad es así.
Entonces viene a la mente la profunda interpenetración de los dos aspectos de la personalidad de Nuestro Señor que otorgan una especie de serenidad plácida, pero muy profunda.
Todo lo que Él trataba era considerado con esta profunda sinceridad. Si recorremos un poco el camino de esta exposición, considerando cómo Él miraba a los lirios del campo, a una tormenta que amenazaba con devorarlo, a la oveja, a la gallina, en resumen, a todo, vemos que sus metáforas muestran con qué inmensa profundidad miraba todas las cosas y cuál era la altura trascendental que desde arriba Él las consideraba. Es la Sabiduría Encarnada que, mirando el objeto, destaca y hace ver la luz que hay en él.
Esto supone una seriedad infinita, llena de fuerza, dulzura, estabilidad, de consideraciones, que incluso asustan un poco, porque las promesas de felicidad que esta seriedad trae, son tan grandes que resultan un poco desmedidas para nuestros anhelos de felicidad. Pero también las amenazas de castigo son tan estridentes, que resultan un tanto excesivas para nuestra miserable hambre de justicia. Así que todo parece de una medida inapropiada para nosotros.
Sin embargo, debemos tratar de tener este espíritu siendo lo bastante serios, profundos y grandes, para estar proporcionados con eso. Es como pasar de gusanos a estrellas.
Sublimidad que invita a considerar otras realidades en el orden del universo
Con esta exposición, entendemos mejor cuál es el mundo de maravillas que aspiraríamos, que nos daría una alegría y una felicidad de una categoría especial; no son las que gustan los entusiastas de los gusanos, sino las que prefieren los entusiastas de las estrellas. Es otro mundo para el que fuimos creados, en cuyo punto más alto está, por supuesto, Nuestro Señor Jesucristo.

Esta situación confiere a todo lo que es de Él y de Nuestra Señora una sublimidad que, cuando uno no está bien ejercitado en este orden de ideas, le cuesta medir. Sin embargo, a través de esa sublimidad, quien viera y adorara a Nuestro Señor Jesucristo estaría en condiciones de descubrir una serie de otras realidades en el orden del universo.
Yo prestaba atención a estas cosas y todo eso me cautivó mucho. Así es como vi y veo el Sagrado Corazón de Jesús.
En vista de esto, soy llevado a buscar en los seres con los que tengo contacto, por donde pueden estar ordenables al Sagrado Corazón de Jesús o en lo que constituye la “Cor-Iesucidad” de cada criatura, deseando ver todo de esa manera y sin descansar salvo en la medida en que cada cosa lo sea, encontrando en eso el reposo de mi alma y de mis nervios.
Porque, deseando eso, la persona no se pone nerviosa. Aunque pueda pasar por las contrariedades que sean, en este punto todo está en orden y descansa en el Sagrado Corazón de Jesús.
A partir de esto es posible que la sensibilidad humana se expanda en todas sus formas rectas y nobles, de manera caudalosa y torrencial, abriéndose a todo tipo de variedades musicales, pictóricas, etc., siempre que no haya desorden, todas ellas no solo resignadas a estar dentro de eso, sino que haciendo del pleno apetito por eso la fuente de su buena originalidad. Sería como participar en una gran orquesta, abierta a todos los instrumentos posibles, pero dentro de cierta armonía, y que toca melodías siempre nuevas, que son una glosa original de la primera partitura, que, en el Sagrado Corazón de Jesús, es la majestuosidad sagrada y misericordiosa, donde todo está contenido.
Amarlo con un amor inconmensurable
Ahí está el fondo de mi mentalidad y mi espíritu católico. Pero también está el choque con la Revolución.
Analizando a los niños de mi época, me vino a la mente una objeción muy fuerte: ¿Cómo es posible que todos los que vienen aquí y tienen la posibilidad de ver esto, no lo tomen profundamente en serio? Parecen tontos, tartamudean una oracioncilla y se van. ¿Dónde tienen la cabeza?
La frase pintada en el techo de la Iglesia del Corazón de Jesús – “He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres” – ¡qué cierta es, empezando por mí, que querría amarle mucho más de lo que lo amo! Bueno, ¿si amo menos de lo que quisiera, ese montón de gente que veo por aquí, cómo lo ama? ¿No están viendo que esta frase fue dirigida a Santa Margarita María, pero también a cada hombre que conoce esta devoción? ¿Entonces por qué no les importa? ¿Dónde está su lógica? Ya era un poco la polémica contrarrevolucionaria que comenzaba.

Misa solemne en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, en tiempos de la infancia de Plinio – Inspectoría Salesiana de São Paulo







