Plinio Corrêa de Oliveira

¿Cuál fue el origen de la Revolución? ¿Cuál fue el punto de transición entre la era en la que no había Revolución y la era revolucionaria?
Desde cierto punto de vista, la historia de Europa tiene dos períodos. Al principio, una mezcla de pueblos latinos y germánicos, bautizados y cristianizados, vivió en condiciones extremadamente difíciles, con una supervivencia muy dudosa, amenazada por enemigos de todo tipo. En un segundo período, Europa se consolida, derrota a sus adversarios y comienza a expandirse, alcanzando su apogeo en el siglo XIX, con el dominio de casi todo el mundo, a través de su colonialismo.
Entre amenazas y peligros, impera Carlomagno
Reportémonos a la Europa de Carlomagno o, poco después, de la del siglo IX. Los árabes, dominando España, constituían un peligro permanente junto a los Pirineos; los sarracenos, haciendo invasiones en el sur de Francia e Italia, someten todo el litoral mediterráneo del imperio de Carlomagno a innumerables pruebas; en Alemania, los germanos; y, por el mar, los normandos, que atravesaron Francia por las vías fluviales y, avanzando hacia el Mediterráneo, llegaron hasta Sicilia y Constantinopla, donde incendiaron parte de la ciudad.
En uno de los famosos leones de San Marcos, que era de Bizancio y hoy se encuentra en Venecia, hay inscripciones que permanecieron indescifrables hasta que se conocieron los caracteres normandos. Estos, al llegar a Atenas, escribieron insultos en el dorso y los costados de los leones. Por estos hechos, que muestran bien la penetración normanda, se tiene una idea de su enorme peligro. Carlomagno, que nos parece haber reinado en paz con su poder, tuvo, por el contrario, una vida llena de aventuras.
Los pueblos opresores se convierten o decaen por sí mismos
Este destino, lleno de tribulaciones para Europa, se mantuvo hasta el siglo XIII, cuando, podemos decir, alcanzó la victoria. Pero, ¿en qué sentido? Los árabes no fueron expulsados de España hasta el siglo XV, sin embargo, su influencia decadente es una señal evidente de que no vencerían.
Por otro lado, los germanos se han convertido; los húngaros, que en otro tiempo constituyeron un gran peligro, también abrazaron la religión católica; los prusianos y lituanos, que también fueron peligrosos y contra los que habían combatido los caballeros de la Orden Teutónica, están en vías de conversión; los normandos, mezclándose, se confundieron con otros pueblos, entraron en Inglaterra y ya no representan ningún peligro.
Aurora de una era triunfal
La sensación en Europa es que ella domina completamente la situación. Comienza entonces a surgir un estado moral y social victorioso, la llamada atmósfera imperial o triunfal de la Edad Media. Nuestro Señor Jesucristo pasa a ser presentado en las catedrales no solo como un mártir crucificado y sufriente, sino como un Rey lleno de gloria; y, en la liturgia, la afirmación de su triunfo por todos los siglos, en el mundo, adquiere una enorme importancia.
Acompañando esta idea, venía, muy justificadamente, la del triunfo de los cristianos y, por detrás de ella, la concepción de que para siempre el poder de Jesucristo estaba afianzado en la Tierra. El más glorioso y civilizado de los continentes era cristiano. Se había abierto un reino de paz en la Tierra y las promesas del Evangelio se iban a realizar con el triunfo de la cristiandad.

Ahora bien, para la transición que se iba a producir, hay que señalar que el hombre medieval sentía perfectamente el triunfo que esa pujanza daría. No olvidemos que después vino la caída de Granada, el descubrimiento de América y su repoblación; vino la formación del Imperio Colonial Portugués y el dominio de Oriente. Se estaba, entonces, en los preludios de una era de prodigiosa expansión europea. Ellos lo sentían, y el ambiente era de gran esperanza, de gran expectativa, de gran alegría.


Una vida ardua que engendra almas santas
Sin embargo, sucedió que un movimiento, aún poco estudiado, hizo aparecer, muchos santos, a comienzos de la Edad Media. ¿Cómo es que, tras la podredumbre romana y la efervescencia bárbara, en la época de Clodoveo, aparecieron al mismo tiempo una Santa Clotilde, un San Remigio, un San Gastón, un San Gregorio de Tours y tantos otros, y fueron el punto de partida para la conversión de la Edad Media?
En la base de este movimiento, debió de haber una familia de almas, una especie de ciclo de santidad, que fundó la Edad Media. Este ciclo se desarrolló bajo el signo de la lucha: era la Iglesia perseguida y amenazada; cada hombre estaba obligado a luchar contra el enemigo externo y contra el enemigo interno, la herejía; había luchas entre unos y otros, por la costumbre de las guerras bárbaras feudales que aún estaban muy presentes. En fin, todos vivían arduamente.
Aflojamiento de la práctica de la virtud
Al mismo tiempo que se perfila este triunfo europeo, las costumbres se van mitigando, las guerras privadas se vuelven menos numerosas, comienza una era de dulzura y suavidad. Entonces, es en ese momento, cuando los católicos comienzan a relajar su modo de vida. Y es en esta descompresión cuando se verifica un fenómeno que parece legítimo, lícito.

Rendición de Granada – Senado de España
El hombre medieval comienza a organizar su vida, en la que el placer tiene un cierto papel. En la vida social, se empiezan a celebrar fiestas más numerosas y brillantes; las canciones populares se vuelven más alegres y joviales, ya no solamente guerreras; la producción artística es más risueña. Y el suavizarse de las costumbres, continúa hasta los siglos XIII y XIV.
Luego surgen fenómenos más complejos y comienza la decadencia. Podemos hacer un historial de este declive si nos remitimos a algunos principios que se explican a continuación.
Una crisis gravísima, originada de modo discreto
Nada de extremo, ni en el sentido del bien ni en el del mal, se hace de forma repentina. Ahora bien, tras el paso descrito anteriormente, Europa se sumerge en una crisis gravísima que no puede haber aparecido de repente. Tuvo unos arranques muy discretos antes de volverse tan grave. He aquí un principio de la vida espiritual del que no podemos abstraer.
Los mismos principios que se aplican a la vida espiritual de los individuos se aplican a los problemas de la vida espiritual de los pueblos. Podríamos hablar, colectivamente, de pasiones, libre albedrío, ascesis, en las tres vías de la vida espiritual, purgativa, iluminativa e incluso unitiva. Por lo tanto, tenemos derecho a hacer un análisis histórico basado en los principios de la vida espiritual aplicados a los pueblos.
Para saber si un conjunto de hechos históricos está descifrado, hay un método excelente. Se trata de aplicar un código a lo que es enigmático. Si la clave da sentido a todo, significará que los hechos están descifrados. Ahora bien, con los principios de la vida espiritual es posible construir una hipótesis lógica sobre la caída de la Edad Media; los aplicaremos y veremos cómo se explican los hechos.
Dejemos un poco de lado la Edad Media y consideremos los problemas de la vida espiritual en un hombre.
Ocasiones propicias para la práctica del bien o del mal
Sabemos que cada condición de vida tiene algo que, al menos de manera accidental, favorece el bien y también da ocasión al mal. Recíprocamente, las mejores condiciones de vida tienen algo que también da ocasión al mal.
Examinemos a un criminal que vive en pésimas condiciones, un hombre que hace el mal por definición. Pero su vida le da la oportunidad de practicar algunas acciones, como el coraje, que, aunque no es una virtud, tiene algún aspecto de virtud. Por el contrario, en la más santa de las vidas, la de un religioso en estado de santidad, hay ciertas ocasiones propicias para el mal.
Es evidente la solidaridad que existe entre todas las virtudes y entre todos los vicios. Cuando el hombre progresa en una virtud, progresa en todas; cuando progresa en un vicio, progresa en todos.
Una conversión a medias y una verdadera conversión
Imaginemos la historia de la regeneración de un bandido, de un gánster americano que sea el peor que se pueda concebir. Tiene cierto amor por el riesgo, por la lucha y por el futuro incierto, y puede incluso tener cierta piedad, sin ser, naturalmente, la verdadera. Es el caso de François Villon1, que escribió una balada a Nuestra Señora, y también es el caso de Bocage2. No se puede decir que en esas actitudes haya verdadera piedad, pero hay algo de eso e incluso de elegancia moral.
Supongamos que este gánster del que hablábamos pasa por un fenómeno de maduración. Empieza a ser sensato y a pasar de la fase mala de ladrón a la fase buena; y entonces piensa que es mucho más razonable la seguridad,

Consagración episcopal de San Remigio Museo de San Remigio, Reims, Francia
el verdadero bien de la vida, después la abundancia y, por último, el descanso. Deja su vida de aventuras y se hace cartero en una ciudad del interior muy tranquila. Se convierte en un hombre honesto, lleva sus cuentas con mucho criterio, vive como un burgués. Se regeneró, porque no le pareció buen cálculo ser un bandido.
Con esta conversión a medias, abandona sus defectos de ladrón, pero también pierde algunas cualidades. Se debilita. De generoso que era, se vuelve avaro y se hace poco elegante. Puede llegar a ser piadoso y, aunque parezca increíble, puede incluso alcanzar el estado de gracia. Pero nunca compondrá una balada a Nuestra Señora. Su piedad puede haber echado raíces, pero ya no tendrá ese empuje, ese fuego. Entre muchas otras, esta es una de las evoluciones posibles.
Si fuera una verdadera conversión, esta transformación sería bien diferente. El ladrón regenerado nunca pasaría de un egoísmo a otro. Por el contrario, debería pasar del egoísmo a la búsqueda del Absoluto, a una actitud de humildad ante Dios y a una verdadera abnegación. Entonces sí, sería un hombre que sumaría a su progreso moral las virtudes de un nuevo estado, y las cualidades de antaño, pasarían a ser virtudes auténticas. Sería su camino hacia la santificación.
A los medievales les faltó la compenetración de la vida de lucha…
En la Edad Media se produjo un fenómeno similar y muy importante para nuestra meditación, porque podría volver a repetirse en el Reinado de María, en el momento del triunfo sobre los enemigos de la Iglesia.
En la Edad Media, les faltó a los católicos de fe muy intensa y gran espíritu de sacrificio algo muy profundo: aceptaban la cruz y la llevaban con garbo, pero no estaban compenetrados de manera consciente y explícita, de que la cruz no era solo una contingencia irremediable debido a las arduas circunstancias de la existencia que no conseguían remover; faltó la compenetración de que la vida trabajosa y difícil de la Cristiandad era inevitable, no porque existieran moros, paganos y enemigos de otra índole, sino porque la vida del católico, tras el pecado original, es penosa en su misma esencia y discurre sobre un camino falso cuando no es ardua. Una vez cesadas las pruebas, deberían haber entrado en la nueva vida con un verdadero pánico a perder el amor a la Cruz y el sentido del sacrificio.


.. y la desconfianza del abuso de la victoria
Se trataba de organizarse dentro de la victoria con un temor, mayor aún que cuando estaban en la lucha, dándose cuenta de que tendrían dificultades mucho mayores para perseverar en el período de descompresión que en el de la prueba. Ese debería haber sido el tema que resonara en los púlpitos, y que en los confesionarios apretaran las clavijas, para que todas las personas responsables de la vida espiritual de la sociedad cristiana manifestasen con insistencia que el peligro llega con la victoria. Es esa la hora de arrancar las fibras del alma. Ganar la victoria después de haber vencido la guerra, en circunstancias como estas, es el gran problema.
En todo lo que hemos hojeado sobre los siglos XIII y XIV, no encontramos nada que indicara el temor al abuso de la victoria; no encontramos la idea explícita de que, en ese momento, hay que tener cuidado redoblado. La vida del católico es una lucha perpetua y, si no hay lucha, se retrocede. La ausencia de lucha es señal de que la derrota ha comenzado.
De una fase equilibrada a la acentuación de los placeres
De esa primera fase en la que la Edad Media se revela aún ponderada y equilibrada, pasamos a una época en la que los placeres se van acentuando. Siguen siendo honestos, legítimos e incluso equilibrados. Sin embargo, hay una sed de placer que se va acentuando progresivamente. En una tercera etapa, observamos que todo el cuerpo social de la Edad Media ya se ha deteriorado. Y una especie de estado febril, de agitación y de delirio ya define bien el siglo XV, haciendo que muchas personas de la época pensaran que el mundo iba a acabar.
Entonces, un San Vicente Ferrer recorría Europa predicando el fin del mundo, hasta el punto de ser considerado el ángel previsto en el Apocalipsis, cuya finalidad era recorrer la Tierra anunciando la catástrofe. Si no era el fin del mundo, tal vez fuera el principio del fin. Maquiavelo3 decía que estábamos en la última hora; los macabros dibujos de Durero4 ilustran bien estas aprensiones; en fin, hay toda una atmósfera que se vuelve aún más densa y que presagia algo horrible que iba a suceder.

La causa de la decadencia fue el relajamiento y no la deliberación de practicar el mal
Se observa, entonces, el paso sucesivo de un apogeo a un estado de decadencia. El punto de partida fue la falta de cuidado, la falta de prevención. Una actitud despreocupada de la Cristiandad medieval fue la causa de la decadencia, caracterizada por una confianza excesiva en sí misma, al juzgar que en la propia sociedad medieval había raíces y bases de virtudes suficientes para eliminar cualquier preocupación.
Ni siquiera se puede afirmar que hubiera mala intención en esa actitud. Se trataba solo de un relajamiento y no de una deliberación para practicar el mal. En esta fase de aflojamiento del modo de vivir, la Edad Media nos impresiona incluso por lo que tiene de templanza, de digno y noble, incluso en sus placeres.
Cabe señalar que esto no es una afirmación, no es una tesis acompañada de documentos, sino una hipótesis basada en algunos conocimientos. Pero, cuando formulamos esta hipótesis, los hechos se alinean de tal manera que todo se vuelve claro. Siendo así, los acontecimientos quedan arquitectónicamente explicados.
Es necesario tener en cuenta que esto no se refiere a desviaciones existentes, más o menos excepcionales, aunque profundas. Encontramos en la Edad Media fenómenos marginales, como las herejías, pero que no son la Edad Media; casos de satanismo, pero que no son la Edad Media; un emperador que es incluso arabizante y “musulmanizante”, pero eso tampoco es la Edad Media. Es la enfermedad de todo el cuerpo social lo que estoy tratando de describir y no solo ciertas llagas.
En la esencia de la santificación está el deseo de la lucha y de la cruz
Esto interesa mucho a los contrarrevolucionarios, sobre todo teniendo en vista el Reinado del Inmaculado Corazón de María según su promesa en Fátima: “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”. Si nos fuera dado el sobrevivir hasta esta nueva Edad Media, solo seremos dignos de actuar en ella si enseñamos a nuestros sucesores cómo comenzó la decadencia, y que, si no se tiene un cuidado extraordinario para conservar un verdadero amor a la Cruz y un verdadero sentido de la lucha y del sufrimiento dentro de las nuevas condiciones, se romperá de nuevo el equilibrio de la sociedad católica.
Estos principios son tan verdaderos que se aplican incluso a los fenómenos de la vida espiritual de los contrarrevolucionarios de hoy. Debido a que casi todos los ambientes actualmente están, unos más otros menos, impregnados del espíritu revolucionario, cuando un alma, al convertirse, se vuelve contrarrevolucionaria, entra en una fase de luchas y enormes pruebas. Son batallas, luchas, disputas con compañeros de infancia y antiguos amigos.
Después, hay una segunda fase, de estabilización, en la que todo se vuelve menos arduo y más fácil. Esa es la fase peligrosa. No hay que temer tanto las luchas de la conversión sino las batallas de la segunda fase, porque es ahí donde surge la tentación de vivir sin preocupaciones dentro de la virtud, lo que significa abandonar la virtud y vivir fuera de ella. En la esencia de la santificación está el deseo de lucha y de cruz.
Primera fase de la decadencia: lo agradable que se acentúa
La primera de las varias etapas de la decadencia se caracteriza por lo agradable-bueno que se acentúa demasiado, pero que sigue siendo honesto, noble y equilibrado. Un ejemplo de ello es la vestimenta femenina habitual en la Edad Media. Era lindísima, con hermosos sombreros en forma de cono con velos colgantes, o en forma de capullos, con una corona. Es algo muy noble y bonito, y que también da calma y reposo. Todo el arte medieval da una sensación muy agradable. Lo agradable encuentra su mejor expresión en el gótico flamígero, pero va invadiendo todos los campos y, en lugar de ser solo algo agradable-bonito para la sala de visitas, pasa a ser la nota dominante en casi todos los ambientes. El gótico en esta fase se vuelve elegante. Ya no es la época de las grandes catedrales, sino de las capillas hechas casi exclusivamente de vidrieras. La piedra ya se utiliza mucho menos.
Todo empeora a partir del momento en que lo agradable se vuelve ilícito y, por lo tanto, inmoral. Lo mismo ocurre en la literatura de Caballería y en otros innumerables ámbitos de la vida medieval.
Las profundidades de esta crisis en los distintos estratos sociales
Para analizar cómo se generalizó la crisis en el cuerpo de la sociedad medieval, es necesario ver las profundidades de esta crisis. Por profundidad entendemos los distintos estratos de esta sociedad; el más bajo, el del pueblo, sería la última profundidad; el más elevado serían las cortes.
Antes de continuar, conviene recordar un principio. Al analizar a alguien, encontramos, sobre todo si se trata de un liberal, varias personalidades conjuntas que entran en una especie de diálogo. Conviven en un mismo hombre el monárquico, el republicano, el católico y el protestante. Quien tiene un antepasado protestante hereda, lo quiera o no, un protestante dentro de sí. Cuando una persona tiene un rasgo hereditario profundamente católico y otro protestante, esta rama tiene como un católico durmiendo dentro de sí y, en el católico, como que un protestante. Es el principio de las diversas personalidades opuestas, que establecen un diálogo interno y que se da en la vida espiritual de un hombre.
Las diversas corrientes de opinión transmiten este principio a la vida es piritual de un país. Brasil, habitado por republicanos, monárquicos, católicos y protestantes, constituye un inmenso cerebro colectivo parecido a los cerebros individuales de muchos.
Una decadencia más acentuada en las clases acomodadas
En la Edad Media, el principio del diálogo interior entre varias personalidades se daba según las clases sociales. Este proceso de deterioración comenzó con los más ricos y poderosos.
El fenómeno es más evidente en las cortes reales e incluso en ciertas cortes principescas tan altas como las cortes de los reyes. Entonces comienza una vida de extravagancia. La metástasis, a modo de cáncer, se extendió a las demás clases sociales. La corte corrompe a la nobleza media que, a su vez, corrompe a la pequeña. La alta burguesía, siempre la primera en corromperse con los reyes, deteriora a la burguesía media y a la pequeña. Este proceso es lento, pero terriblemente eficaz.
Hay períodos, en la Edad Media, en los que se observa con mucha claridad este fenómeno de corrupción en los letrados más elevados, en los aristócratas más altos, en los banqueros e incluso en el clero más alto.

Vidriera de la Catedral de York (estilo flamígero) – Inglaterra







