Plinio Corrêa de Oliveira

Los centros naturales de resistencia
Existen, sin embargo, corrientes de opinión y algunas clases sociales que constituyen centros naturales de resistencia. Esto es lo que ocurrió con el movimiento humanista y renacentista, que floreció tanto entre los altos intelectuales, pero que encontró focos de resistencia en las universidades, hasta el punto de que durante mucho tiempo permanecieron al margen del nuevo movimiento, apegadas a las fórmulas antiguas.
Entre los estratos más bajos de la población, la corrupción es mucho más lenta y hay mucha resistencia. En tiempos de Luis XIV, el pueblo seguía siendo tan ingenuo que iba a ver al rey pasear con las tres reinas: “María Teresa de Austria6”, la duquesa de La Vallière7 y la marquesa de Montespan8. Casi ni se daban cuenta de la terrible inmoralidad de ese hecho. ¡Qué rey tan poderoso con tres reinas! También en tiempos de Luis XIV, en los festivales populares y entretenimientos, todo se hacía en un ambiente propio de la Edad Media. La perversión tardó mucho en penetrar en las capas inferiores de la sociedad.
Pero esa resistencia sufre un proceso de degradación que se describe más o menos de la siguiente manera: inicialmente hay una indignación y resistencia profunda al deterioro; luego, una contemporización, a pesar de no adherir e incluso resistiendo; finalmente, una tolerancia indiferente seguida de admiración, envidia y adhesión al proceso que ya se encontraba victorioso hacía mucho tiempo en los estratos superiores de la sociedad.
¿Cómo se dobló la sociedad medieval?
Cuando estudiamos el problema de la decadencia de la sociedad medieval, nos viene una pregunta en el sentido de saber por dónde ella se inclinó ante la Revolución. Muchos afirman que la decadencia correspondió a los reyes y el clero, quienes dieron el primer paso. Existe otra teoría, más comprensiva, que sostiene que todo fue posible desde el momento en que la resistencia dejó de caracterizarse por una intolerancia agresiva, indignada y militante. Solo la reacción enérgica es capaz de detener el avance del mal. Lo más lamentable no es que los malos sean audaces, sino que los buenos no los enfrenten con la intolerancia y la resistencia agresiva que ellos demuestran hacia el bien.
Si alguien denuncia públicamente el mal cometido por los revolucionarios, algo les obstaculiza, aunque no quieran. Y es este tipo de aprieto interno que produce convulsiones entre los revolucionarios. Muy pocos tienen el valor de contra-argumentar a quienes los denuncian. Quien vence es el que argumenta con más intolerancia y agresividad, en el sentido más profundo de la palabra. Bajo este aspecto, se puede decir, en cierto sentido, que todo depende de la intolerancia.
La victoria de los malos fue posible cuando la resistencia de los buenos dejó de ser intolerante
El mal empieza a imponerse cuando los buenos dejan de tener esta audaz y triunfante intolerancia.
Desde la Edad Media hasta la actualidad, la actitud de los apóstoles de la Iglesia frente a la Revolución ha sido, en términos generales, defensiva. Los soldados de la Iglesia han pensado siempre en defenderse, en construir murallas. Los pocos que tuvieron una intolerancia agresiva dieron lugar a heroicas resistencias. Este es el caso de San Luis Grignion de Montfort, cuyo apostolado dio lugar, en La Vendée, al mayor foco de resistencia contra la Revolución Francesa.
Podemos deducir de las nociones ya expuestas una teoría de la tolerancia. Es posible adoptar hacia la Revolución una posición tolerante legítima y verdadera, así como engañarse con una falsa tolerancia.
Supongamos a un director de almas que trata a uno de sus dirigidos, que, va bien en lo esencial de sus deberes, pero que tiene debilidades en este o en aquel particular. Puede ser conveniente esperar la hora de Dios para decir cierta verdad y, por tanto, tener mucha tolerancia y ser contemporizador. Y en esto, con mucho tacto, ser tolerante es un bien.
Pero si la misma persona le pide a su director una tolerancia en la línea de sus propias pasiones, y que consista en concordar que debe capitular en esa línea, sería un gran pecado que ese director de almas hiciera una concesión consciente.
No podemos tolerar, teniendo la autoridad para eso, que de vez en cuando fume un cigarrillo un hombre que tenga un gusto intemperante por fumar, pero que esté dispuesto a dejarlo. Al fumar, alimenta en sí mismo todo el dinamismo del vicio. En relación con la sensualidad, un educador que prohíbe al discípulo ir a lugares peligrosos e inmorales, pero que le permite leer revistas inmorales, está cometiendo un gran pecado. Esto no puede llamarse tolerancia, en el buen y verdadero sentido de la palabra. Estas son actitudes que aceleran la marcha revolucionaria.
La teoría del pecado inmenso
Así como toda conversión surge del hecho de haber salido de un estado de hostilidad hacia la práctica de la virtud, toda crisis comienza con el abandono de una posición de amor por la Cruz, pasando luego a la contemporización, la tolerancia, la admiración y, finalmente, la adhesión al error; eso va de la plenitud de la práctica del bien hacia la decadencia, y los buenos decaen por ello. ¿Cómo es posible, podríamos preguntarnos, conjurar en este sentido?
La Providencia sugiere el establecimiento de todo un sistema de almas que se influyen mutuamente, como planetas y satélites, para evitar el deterioro de las buenas costumbres; constituyen entre ellos una familia de almas que, si permanecen íntegras y aplican el principio de la teoría de la intolerancia triunfante, no se desviarán. Su fidelidad al principio expuesto arriba será tal que detendrá el avance de la Revolución. Por lo tanto, podríamos decir que el peso del mundo recae en estas almas, que son la verdadera palanca de la Historia.
Como consecuencia de los principios enunciados, llegamos a la teoría del “pecado inmenso”. En la raíz de todo este proceso, de esta apostasía, hubo un inmenso pecado. Las familias de almas deberían —en el diálogo interno de las distintas fibras de un pueblo, las cuales entran en lucha— mantener la fidelidad a la virtud y el amor a la Cruz. Alguien no la mantuvo. Hubo un alma muy amada por Dios que prevaricó. Y con ese pecado, todo el plan de la Providencia se vino abajo, porque Ella quiere, de una manera muy misteriosa, condicionar a la generosidad de ciertos individuos el libre curso de determinados hechos. Es el plan de Dios.
En la Edad Media, que vivió de grandes órdenes religiosas –benedictinos, la reforma de Cluny, franciscanos, dominicos, y no veo una orden religiosa sino algo como una familia de almas– hubo una u otra que, en cierta ocasión, no fue fiel. Como consecuencia, todos los virus malos comenzaron a actuar en el momento peligroso. Y siguió la hecatombe de la civilización feudal.

Sermón de San Luis Marie Grignion de Montfort Museo de Arte e Historia, Cholet, Francia
Del pináculo al abismo
Pero ¿por qué ya desde el inicio vino esta tremenda explosión, esta carga brutal de rebeldía? ¿Por qué tal fuerza explosiva? Porque cuanto mayor es la altura de la cual se cae, tanto mayor es el golpe, y cuanto mayor es la virtud, tanto más rugen las fieras al ser liberadas.
Ahora bien, el mundo estaba en un pináculo. Salir de este pináculo era soltar los animales más feroces. De ahí surgieron enormes pasiones que invadieron el mundo contemporáneo. Este “pecado inmenso” tuvo lugar en dos géneros: fue alguien o algunos que se entibiaron; y otros que, como consecuencia, siguieron sus pasos. De ahí la terrible descompresión de todo un continente, que continúa hasta hoy. Se trata únicamente de reforzar lo recuperable y buscar una era de plata, ya que la era de oro ha fracasado.
El sueño milagroso del papa Inocencio III, en el que San Francisco de Asís sostenía sobre sus hombros a la Iglesia, simbolizada en la Basílica de San Juan de Letrán que se rajaba en dos partes, se aplica a esta teoría del “pecado inmenso”. San Francisco de Asís habría cometido un pecado inmenso si no hubiera evitado, con su apostolado, la caída de toda la Iglesia. Probablemente, si no hubiera existido San Francisco, esta revolución habría estallado mucho antes.
Entonces resulta plausible que otro “Francisco de Asís”, en un momento dado, no haya correspondido y la Historia cambiara su curso. Este “pecado inmenso” pudo haber ocurrido a solas, en una celda religiosa, en la habitación de algún hombre muy llamado, que quizás rechazó un pequeño sacrificio, porque a veces todo depende de un pequeño sacrificio. Es un misterio de Dios.
Es incompleta la idea de que la victoria siempre es de los extremados de cada bando
Existe un modo corriente de concebir las luchas de la Revolución y la Contrarrevolución que hace ver dos grandes sectores divididos por una cortina ideológica: por un lado, los revolucionarios; del otro, los contrarrevolucionarios.
Así, en la primera Revolución hubo protestantes y católicos, luego monárquicos y republicanos, y hoy comunistas y anticomunistas. Cada uno de estos “ejércitos” aparece como una masa compacta. Los católicos son un cuerpo homogéneo frente a los protestantes, que también se consideran así. Después, los republicanos y monarquistas son dos bloques compactos. Lo mismo ocurre con el comunismo.
Según esta concepción histórica, la lucha, en cada una de estas ocasiones, fue liderada por los más ardorosos de los dos lados y, si la monarquía vence, la victoria pertenece a los ultra monarquistas; si ganan los republicanos, la victoria es de los jacobinos; si la Iglesia vence, la victoria es de los más extremos de la Contrarreforma. Según esta teoría, todos los acontecimientos del mundo estarían siempre entregados a las alas extremas.
Esta concepción es cierta, pero terriblemente incompleta. Un gran número de errores estratégicos que se han cometido, especialmente por la Contrarrevolución, se han basado en la ignorancia de lo que tiene de incompleto este panorama.
Si los contrarrevolucionarios, conscientes de que la Revolución es algo progresivo y gradual, hubieran sabido cómo combatirla explotando sus inclinaciones psicológicas, habrían podido ganar la lucha.
La necesidad de conocer el carácter progresivo de la Revolución
Quienes participan en la lucha de la Revolución y la Contrarrevolución deben tener un conocimiento muy especial de este carácter procesual de la Revolución, y tenerlo muy claro para poder comunicarlo a los demás contrarrevolucionarios. Este es el único medio a su alcance para detener el carácter progresivo de la Revolución. Una vez hecho esto, se puede pensar en Contrarrevolución.
Del lado de la Contrarrevolución, también hay un aspecto que, en el orden natural de las cosas, es muy importante. Es el choque contrarrevolucionario. Es el medio para sacar al revolucionario del mecanismo de la Revolución y hacerlo apto para ser contrarrevolucionario.

Principio de la doble gradualidad
Descendiendo a la psicología más profunda del hombre, observamos que en los apetitos humanos existe una especie de correspondencia con el orden natural creado por Dios. Los predicados de todas las criaturas son susceptibles a grados: hay grados de blancura, de suavidad, de oscuridad, de rigidez, de sabor. En la naturaleza, todo tiene predicados sujetos en ciertos grados.
Concomitantemente ocurre el mismo fenómeno en la dirección opuesta. La forma en que el hombre quiere también es gradual. Podemos, por ejemplo, mirar una luz y luego, gradualmente, irnos acostumbrando. Al principio tuvimos un choque y luego nos acostumbramos. Podemos acostumbrarnos a algo que es blando. Sin embargo, después de un tiempo, estaríamos satisfechos si nos ofrecieran algo aún más blando, porque no solo lo blando tiene grados, sino que estamos progresando, poco a poco, en el apetito por lo blando. En el grado más alto de blandura, nuestro apetito por ella también alcanza su máximo grado.
Al pasar de un grado a otro, vamos anhelando el otro grado. Mediante este proceso, pasamos de la ascesis de una cama de tablas a la abundancia de lo blando, por varios grados sucesivos, que son dos órdenes de grados: el de lo blando que está en las cosas y el de nuestros apetitos, que desean cada vez más lo blando.
Se trata de una gradación de los predicados de los distintos elementos y una capacidad para caminar gradualmente hasta alcanzar su extremo. Es el primer principio que podríamos mencionar, tan fuerte que un hombre nunca alcanza ciertos extremos de apetencia sin haber pasado por las escalas intermedias. Antes de haber deseado todas las escalas intermedias, es normal que el hombre rechace el extremo cuando le es presentado.
Principio de totalidad
Consideremos un segundo principio, que llamaríamos totalidad. Debe entenderse de forma muy matizada, para que no parezca falso y no se puedan hacer todo tipo de objeciones.
En cada satisfacción, en cada deleite que tenemos, en virtud de nuestra tendencia natural a la felicidad, somos llevados al extremo de esa complacencia, de ese deleite. En principio, y salvo por los contravapores que existen en nuestro organismo, en cada deleite, la tendencia es siempre llegar a su último refinamiento. Cuando apreciamos algo, queremos llevar a su último paroxismo.
Las tendencias existentes dentro del hombre aspiran la totalidad. Hay una especie de paroxismo, de auge, hacia el que todo se orienta. Por esta razón, para los hombres voluptuosos y las civilizaciones voluptuosas no hay límites. Estos desarrollan sus tendencias en todas direcciones. Lo que ocurre en relación con los sentidos se da también en relación con las pasiones del alma.
Una persona vanidosa en su físico, mientras no sea proclamada un Adonis, no está satisfecha. Después querrá que la proclamen muy por encima de este. Lo mismo puede decirse de una persona orgullosa. Primero querrá ser rey constitucional de su país, luego monarca absoluto, después deseará un altar y muy pronto querrá ser deificada. Cada etapa tiende a su paroxismo.


Objeciones y salvedades a este segundo principio
Se podrían hacer objeciones a esto. Los ojos anhelan la luz; cuanta más luz reciban los ojos, más debería gustarles. Sin embargo, hay ciertas personas que tienen un horror a la luz excesiva.
Esto se explica de forma natural: en el hombre, para ciertas pasiones, existen algunos contravapores que funcionan como frenos. En este caso, estos contravapores son disposiciones del globo ocular que la luz perjudica. Pero son situaciones excepcionales. Esta no es la regla habitual, pues los hombres están siempre buscando más luz.
Sin embargo, dentro del principio de totalidad, se puede establecer una advertencia: existen ciertos contravapores en el hombre que, por sí mismos, establecen un límite al principio de totalidad. Un ejemplo es el caso de la luz arriba mencionado. Y el límite también es sentido común. Se sabe que existe ese principio, pero que no todos los hombres están, en todo momento, buscando toda la voluptuosidad.
Sin embargo, esta totalidad tiene una característica a su favor: en ciertos puntos, el hombre desea, sin ningún contravapor, una totalidad absoluta hasta la última exacerbación. No se conforma con nada más que con este extremo.
Para la gran mayoría de los hombres, el instinto sexual se presenta así. El desenfreno es tal que si la persona, de hecho, diera largas en esa materia, llegará a todo tipo de manías, paroxismos y degradaciones que, sucesivamente, van aumentando la intensidad del placer.

Junto al instinto sexual, también existe, para casi todos los hombres normales, una tendencia al orgullo que no conoce límites. Es algo incluso inconcebible. Estos dos instintos se transforman en pasiones, que son los dos principales motores de la Revolución.
Todos los hombres tienen grados en estas pasiones, pero tienden a una especie de exacerbación y plenitud. Es un paroxismo de placeres que es casi comparable a un éxtasis. Invade al hombre entero, lo satura, lo devora. Muchas veces estos vicios pueden no manifestarse claramente, pero en su interior, si no se combaten con fuerza, irán corroyendo y destruyendo todas las fibras del alma.
El principio por el cual la totalidad está contenida en el primer germen
La totalidad, o el apetito de la totalidad, está contenida en el germen inicial. Una persona que en su vida ha luchado contra el orgullo, y que siempre ha sido de una excelente perfección en la virtud de la humildad, cuando tenga por primera vez una falla en esta materia, escuchando, por ejemplo, con un poco más de complacencia, un elogio, realmente consiente en algo de apariencia insignificante, es solo una pequeña concesión. Sin embargo, para una persona que ha subido tan alto, esa concesión tiene un significado especial.
Se dice que cuanto mayor es la altura, mayor es la caída. De hecho, cuando escucha ese elogio con cierto placer, no solo está en juego su deseo, sino la carga completa de la vanidad más delirante. En términos exactos, la voluntad de ser adorado está contenida en esta concesión. Este primer germen contiene todos los paroxismos; cualquier concesión atrae el apetito de todas las demás.
La teoría del carácter progresivo queda así bien establecida. En el hombre que posee de manera rudimentaria la tremenda carga de sensualidad y orgullo que existe en cada ser humano, en la primera concesión hecha ya está contenida una apetencia por el paroxismo. Así comienza el proceso. No llegará al extremo de inmediato. Es verdadero el principio de la vida espiritual que dice que el hombre no hace nada de extremo repentinamente.
La primera concesión, sin embargo, alimenta la pasión y hace que avance diez. Este diez ya prepara el alma para la siguiente concesión, que le sigue. La pasión progresa cien; luego otra, y progresa cien mil; luego, millones. Y así como no hay suficiente unidad para medir la fuerza desintegradora del átomo, tampoco hay unidad que mida la fuerza de explosión intrínseca del alma humana.
Entonces, una cadena de fenómenos similar a lo que se ve en la Revolución y la Contrarrevolución se procesa entonces en el alma. En el hombre, una carga en estado latente que, de manera repentina entra en erupción, e irá progresivamente aumentando, en virtud de la tendencia progresiva y gradual. Este es el camino normal y habitual porque el bien y el mal son deseables en grados. Sin embargo, nada impide que un proceso tenga un impulso formidable.
El revolucionario de marcha lenta y el de marcha rápida
El revolucionario de marcha rápida no es un hombre que haya dejado de recorrer las distintas etapas. La diferencia es que él pasa rápidamente por las fases intermedias, mientras que el otro las recorre lentamente. En este hay recursos psicológicos que actúan como amortiguador y, por otro lado, él no se entregó enteramente al vicio. Si examináramos al revolucionario rápido en cámara lenta, veríamos que sigue el mismo camino de deterioro que el revolucionario de marcha morosa.
El revolucionario de marcha lenta vive bajo una especie de compromiso de mentira. Y esto lo caracteriza. Quisiera mantenerse fiel a ciertas posiciones de virtud, pero no quiere renunciar por completo a una raíz de vicio que existe en él. Vive cerrando los ojos, vive de no ver, de no reconocer. No hay nada que lo haga estremecer más de que revelar ese vicio psicológico y mostrarle la realidad. Sería como desgarrarle la conciencia y sacar a la luz su pecado.
Con estas almas es necesario aplicar una dialéctica que consiste en argumentar según los principios explicados arriba y mostrar a las víctimas de este estado espiritual que ellas están sufriendo todo un proceso de revolución lenta, revelándoles que este proceso las conducirá, o a sus descendientes, a las últimas etapas de la Revolución.
Por tanto, es necesario conocer las reglas, los principios, las normas, para poder demostrar a alguien que este proceso existe, y después demostrarle que está caminando dentro de él. Es el único medio capaz de detenerlo. Y detener tales procesos es la única forma de impedir el avance de la Revolución, porque es progresiva y solo puede ser detenida si se desnuda este veneno.

Los siete vicios capitales, por Hieronymus Bosch – Museo del Prado, Madrid
Veracidad y utilidad de estas nociones
Alguien podría decir que en todas estas ideas hay un lado cojo. ¿Acaso todas las desviaciones y las más mínimas concesiones conducen a abusos vertiginosos? ¿Cualquier pequeña concesión que se esté haciendo en cualquier campo, en última instancia, ya es un precipitarse al abismo de todas las condescendencias? ¿Es cierto que, si tomamos el hábito de ceder a todo tipo de pequeños abusos, nos lanzamos al precipicio?
Debemos distinguir en nosotros mismos las concesiones que hacemos en los puntos en los que nuestra tendencia hacia la totalidad tiene contravapores. Donde las haya, no existe un riesgo grave ni próximo de llegar a los mayores absurdos. Sin embargo, hay otros puntos donde los llamados contravapores internos no existen y donde cualquier concesión es un primer paso hacia un verdadero abismo. Por lo tanto, es necesario dejar claro de lo que hablamos cuando nos referimos a las pequeñas concesiones.
La tendencia a la totalidad, al paroxismo, a esta especie de éxtasis porcino, ya contiene en sí los gérmenes de lo monstruoso. Al principio, la persona quiere todo lo que está de acuerdo con el orden de la naturaleza. Cuando ésta lo aburre, su apetito continúa muy fuerte. Entonces recurre a formas monstruosas para obtener su deleite. Alguien, en cambio, podría decirnos que todas estas ideas no son nuevas. Eso no debe preocuparnos. Nos preocuparía preguntar si son útiles. Pero asegurémonos de que tomar estas nociones, reducirlas a tablillas, principios o monedas bien acuñadas, y después usarlas en el combate contra la Revolución. Es una tarea de gran utilidad para la causa contrarrevolucionaria.







