Así como la obra maestra de la fidelidad de María fue concebir en la mente la fisonomía del Mesías antes de la Encarnación, algo similar ocurrirá con la Iglesia en relación con la devoción a Nuestra Señora. El Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María son el eje central en torno al cual gira la Historia.
Plinio Corrêa de Oliveira

Torre del Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, en São Paulo
Aún de niño, como estaba acostumbrado a raciocinar, me asaltaba la idea de que a esas antiguas formas de piedad les faltaba una cierta savia que antaño tenían, pero que la hora de ellas en la historia ya había pasado. Había sonado un gong a partir del cual, o era la Revolución Francesa, o la irrupción de Hollywood en el mundo entero.
Gracias que traía consigo la devoción al Sagrado Corazón de Jesús
Sin embargo, al rememorar los vestigios de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que conocí con más claridad y más directamente al frecuentar la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en mi infancia, cuando ella difundía, irradiaba algo de esa gracia; y tomando, sobre todo, esta devoción tal como la practicaba mi madre y como ella la llevó hasta el final de su vida, yo sentía, en el latido de su alma, una especie de foco continuo de lo que había de mejor de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que había conocido en otras ocasiones, cuando aún pulsaba bien.
Cuántas veces yo, al mirarla, me dije: “Si mamá no hubiese recibido la mirada de Él, ella no tendría esa mirada para mí”. La devoción que yo siento por el Sagrado Corazón de Jesús es vista a través de los ojos de ella.
Y, considerando aquella imagen del Sagrado Corazón de Jesús que está en su habitación, pero, hablando con propiedad, vista desde los ojos de mi madre y, en menor medida, la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que está en la sala de visitas de mi apartamento, considerando todo esto sucesivamente, se percibe un estilo de gracia que, tengo la impresión que existía, en un grado intenso y excelente, en Paray-le-Monial en la época de Santa Margarita María, y que fue así durante mucho tiempo. Ese estilo de gracia debió estar en la raíz del movimiento contrarrevolucionario del siglo XIX, pero que fue disminuyendo y deteriorándose gradualmente, antes de perder su vitalidad, una especie de retracción premortal.

Plinio, alrededor del año de 1922
En esa retracción, durante un tiempo, las gracias recibidas eran aún individuales, cuando el horizonte era mucho más amplio. Y a nivel individual, eran excelentes. Cuando la gracia llama a la puerta, es una forma de bondad, de compasión que invade, y el Sagrado Corazón de Jesús toma el control.
Pero, con esos datos, me inclino a suponer que el verdadero horizonte de esta devoción es aún mucho más amplio; y que ese horizonte individual que conocemos es sólo una parte de aquél que esa devoción traía consigo. Lo cual explica aún más las gracias extraordinarias vinculadas a ella.
El verdadero punto alrededor del cual gira todo.
¿Cuál sería el alcance y el horizonte total de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús?
Quien se abriese a esa devoción —estoy hablando ahora en escala individual— introduciría en el alma una especie de soplo de aire sobrenatural impregnado de mucha misericordia y de mucha clemencia. Pero una misericordia y una clemencia imbuidas, a su vez, de una grandeza y una elevación de vistas, que yo no llamo sentido metafísico, sólo porque el sentido metafísico es demasiado pequeño para designarlo. Es un sentido de lo sobrenatural.
Esa realidad superior la encuentra el alma cuando es tocada por la gracia en relación con Nuestro Señor Jesucristo, Nuestra Señora y todo el orden celestial, por donde ella contempla almas de tal categoría, tal belleza, tal maravilla, que llega a comprender que éste es el verdadero punto en torno al cual gira todo. Y que, sacado ese punto, todo gira de forma errada, y que la vida, propiamente, es comprender y desear esto; es decir, más específicamente, el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María.

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia
Las descripciones que hice del Sagrado Corazón de Jesús lo expresan completa y directamente. Por un lado, Él es superior a cualquier consideración. Y, por otro lado, en su superioridad, Él habita en nosotros más que nosotros mismos; está en lo más profundo de cada uno de nosotros. Al mismo tiempo que Él está en lo alto de un Cielo inalcanzable para nosotros, Él habita en lo más profundo de nosotros y tiene la posibilidad de entrar en contacto con nosotros, de manera a hacer vibrar cuerdas de nuestras almas que no sabíamos que existían. Así es Él.
Reconciliación augusta entre la inteligencia y la voluntad
En ese estado de alma se establece un equilibrio, mediante el cual se produce una especie de reconciliación augusta entre la inteligencia y la voluntad, donde la inteligencia sólo presenta a la voluntad lo que una voluntad recta puede desear, y la voluntad sólo desea cosas que la inteligencia puede justificar. La voluntad se consume en esto; esa gracia del Corazón de Jesús penetra en la voluntad humana casi a la manera de una espada en su vaina.
No se trata de una superación del pecado original, sino de una gran contención de sus desórdenes, gracias a la ayuda sobrenatural. No es que el efecto en el hombre sea menor si se deja a la naturaleza humana a su suerte, sino que es una ayuda que, extrínsecamente, produce este efecto en el hombre que se abra a esta gracia, y una sensibilidad favorable a lo ordenado, a lo lógico, a lo verdadero, que desea una forma de belleza augusta, tranquila, serena, fuerte y ordenada, correspondiente a un estándar de hombre contrario al del humanismo. Por lo tanto, la contrarrevolución A está presente allí. ¡Es innegable!
Algunos ultramontanos1 del siglo XIX fueron humanistas por tendencia y, a veces, por cultura. Una especie de Voltaire2 con agua bendita, haciendo sarcasmos y chistes, a veces de muy buen quilate, pero que carecían de ese aire augusto, sereno y noble de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Ahora bien, el modelo para el hombre es Nuestro Señor Jesucristo, no el humanismo. Pero deseo subrayar la prodigiosa propuesta de la Contrarrevolución A, [ndr. Contrarrevolución tendencial] hecha por esta devoción, por una acción ordenadora en lo más profundo del alma humana, en la unión entre el espíritu y el alma, de la que habla San Pablo (cf. Heb 4,12), a partir de la cual se regenerase el hombre.
Un horizonte mucho más amplio vinculado al secreto de Fátima
Esto correspondería al alcance de las gracias que sentimos palpitar en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y, por lo tanto, se percibe cómo es probable que la amplitud del horizonte fuese mucho mayor de lo que se conocía en los círculos católicos de la época.
Tengo la sospecha de que, tras leer las revelaciones a Santa Margarita María Alacoque —supuestamente íntegras—, con lo sucedido desde aquellas apariciones de Paray-le-Monial hasta los días de hoy, se percibiría un horizonte de esa devoción de alguna manera relacionado con la crisis de la Iglesia. Por lo tanto, con el tema abordado en el Secreto de Fátima. No pretendo afirmar que la devoción fuese un preanuncio de que Nuestra Señora se aparecería en Fátima, pero el supuesto tema del secreto se encontraría allí, aunque en la atmósfera propia de esa devoción.
El efecto de la mirada de Nuestro Señor Jesucristo
Para mi sensibilidad, la atmósfera de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús evoca ese estado de espíritu mencionado arriba. Sin duda, hay miles de iglesias en Europa de mucho mayor valor artístico que la del Sagrado Corazón de Jesús en los Campos Elíseos [ndr. en São Paulo]. Sin embargo, hay algo en esa iglesia que, estando allí, me da la impresión de que los ojos de Él se posan sobre mí en aquel momento. Me deleito al verme contemplado y envuelto por la serenidad afectiva, dulce, llena de sabiduría, pero al mismo tiempo por el imperio de Él y por el terror de su rechazo. Lo peor que puede pasar es ser rechazado por Él.

Interior del Santuario del Sagrado Corazón de Jesús en São Paulo
Allí, todos los misterios de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María afloran. ¡Cuánto nos gustaría vernos físicamente contemplados por Él! Tengo la impresión de que “asperges me hyssopo et mundabor, lavabis me et super nivem dealbabor” (Salmo 50:9). Su mirada me lavaría, me volvería más blanco que la nieve.
Ante su mirada yo diría: “¡Anima Christi, santifícame!”. ¡Yo estaría alcanzando lo que deseo, el ideal de mi vida! Aquella mirada medio interrogativa, un poco reprobatoria, enormemente amorosa, envolvente y, para decirlo mejor, atrayente con dulzura, en el siguiente sentido: ¡no tengo barreras, ven!
Me recuerda esa canción de Francisco Guerrero3, que termina con esta frase: “si, pues, morís por mí, miradme al menos”. El poema se refiere a un alma pecadora que está al pie de la cruz, donde Nuestro Señor agoniza. Y esa alma tiene en mente los pecados que ha cometido y pide perdón. Pero parece sentir que sus peticiones no son escuchadas, e insiste: “¡Perdona, perdona, perdona!”. Entonces ella tiene este apóstrofe final: “Pero, después de todo, si mueres por mí en la cruz, al menos, antes de morir, mírame”.
Pero aquí surge la idea de que las dos miradas encontrándose, ella es rescatada, pues esta mirada contiene el perdón que anhela. Así, el pecador, consiguiendo cruzar su mirada con Nuestro Señor, siente que Él le dice: “Hijo mío, ¡cuán diferente eres de Mí! Sin embargo, ¡qué inmensa afinidad hay entre tú y Yo! ¡Ven, Yo te perdono!”.
Profundidad de una mirada, de una fisonomía
En una ocasión, al entrar en una librería católica, vi un libro de Antero de Figueiredo4, un escritor portugués con quien había mantenido correspondencia, pues me escribió una carta muy hermosa felicitándome por la publicación de En Defensa de la Acción Católica, titulado: O último olhar de Jesus, [La Última Mirada de Jesús]. Aún no conocía al autor, pero compré el libro, aunque siempre andaba corto de dinero.
Pensé lo siguiente: “¡Ése es un tema! La última mirada de Jesús que, sin duda, no fue, como imaginó Francisco Guerrero, para un pecador, sino para Nuestra Señora. ¡Comprender, en ese último intercambio de miradas, con qué profundidad se amaron y cómo, en ese momento final, se coronaba la vida de continua y creciente afinidad! Quien escribe sobre eso tiene ese estado de ánimo, esa perspectiva dentro del alma”.
En mi opinión, si recibiéramos esa gracia rezándole a Él, a través de María: “¡Miradme al menos! Haced que, en un momento dado, mi mirada se encuentre con la vuestra y yo, por así decir, resucite”, entonces se comprende cómo será el reino de María, con hombres dotados de ese espíritu y que lo ven todo, aunque fuese una gallina, como Nuestro Señor lo veía.
De aquí nace la buena amistad según Dios: amar al prójimo como a sí mismo por amor a Dios; y nace una relación humana, que creo que quizá no era frecuente ni siquiera en la propia Edad Media, con tanta plenitud. Supongo que, si la Edad Media hubiese continuado, el Sagrado Corazón de Jesús habría revelado esta devoción de todos modos. La gran maravilla de Él fue perdonar las rupturas de la Edad Media y, a pesar de ello, invitar a esa devoción.
Obra maestra de la fidelidad de Nuestra Señora
Esta maravilla se aprecia en el siguiente fenómeno: las antiguas imágenes de Nuestro Señor, de la época de las catacumbas, no representan adecuadamente su fisonomía. Gradualmente, la Iglesia fue elaborando esa fisonomía, y cuando aparece el Santo Sudario, se ve que corresponde a la elaboración que la Iglesia fue haciendo. Durante siglos Ella tuvo una especie de intuición, de tal manera que, al ver el Santo Sudario, uno exclama: “¡Es éste!, ¡exactamente!”. Lo mismo que fue intuido y elaborado por el sensus fidelium a lo largo de los siglos.

Sagrado Corazón de Jesús – Convento de la Luz, São Paulo
Si yo adopto, con relación a Nuestra Señora, el mismo proceso de análisis de la piedad como ella es, incluyéndome a mí mismo, observo un hecho curioso que también me plantea una hipótesis ciertamente muy hermosa. No sé hasta qué punto los hechos lo confirmarán. Es así:
Después de que la Iglesia elaborara el rostro del Sagrado Corazón de Jesús, la Iglesia hace lo mismo que Nuestra Señora, quien compuso la fisonomía del Mesías antes de que la Encarnación del Verbo tuviese lugar en Ella. Cuando Ella terminó de construir la fisonomía, el Ángel descendió y la invitó a ser la Madre del Mesías.
Al enterarme de este comentario, pensé: “Le correspondía a Ella imaginarlo”. Para mí, era normal que su Madre lo hubiera imaginado antes de concebirlo, y que solo Ella pudiera haberlo hecho. Y es comprensible que, poco después, el Ángel viniera y coronara esta obra maestra de la fidelidad a la gracia existente en su espíritu. Quien imaginó es digna de engendrar. Siempre que pienso en esto, me emociono.
La figura completa de Nuestra Señora a ser modelada en el Reino de María
Hay algo muy curioso en las imágenes de Nuestra Señora, que son dos maneras diferentes de mirarlas. Una es el juicio que se hace sobre la imagen, correspondiente al ente femenino allí representado, considerando la psicología que tendría si no fuera la Madre de Dios. Otra, considerando la psicología que tendría si fuera la Madre de Dios. Y siempre, en la segunda hipótesis, aparece algo detrás que es igual en todas las imágenes, por muy diferentes que sean entre sí, pero que no tiene mucha relación con el rostro de la imagen.
Sería como si la Iglesia también estuviera componiendo el retrato de Ella a lo largo de los siglos, pero de la siguiente manera: por ahora, Ella nos hace sentir un imponderable en todas sus imágenes. En esto reside el comienzo del modelado; pero, de hecho, el rostro aún no está compuesto.
Tomemos, por ejemplo, la imagen de Nuestra Señora del Carmen que se encuentra en la Sede del Reino de María. Todos saben cuánto venero esta imagen. Sin embargo, vemos en ella una especie de “trans imagen”. Hay una gracia que recibimos al concebir a Nuestra Señora tal como es, distinta de la figura física de una dama portuguesa representada en esa imagen.
Comparemos a Nuestra Señora de Montserrat con Nuestra Señora de Genazzano: ¡la diferencia es enorme! Y así podríamos tomar imágenes del rito oriental, aquellos iconos, etc.
Las dos imágenes que, en mi opinión, llevan la manifestación de ese aspecto imponderable de Nuestra Señora más lejos, son Nuestra Señora del Buen Suceso —que lo lleva muy lejos— y Nuestra Señora de las Gracias.
Nuestra Señora de Genazzano tiene una cierta mirada de Nuestra Señora que nos lleva más lejos, quizás, que estas dos, pero no el aspecto general de su personalidad, que me parece vislumbrarse muy especialmente en esas otras dos. Sin embargo, entiendo que, según la devoción individual, cada uno la ve de manera diferente. Pero todas ellas realmente se acercan, de alguna manera, a una semejanza con el Santo Sudario. El misterio, la belleza, reside en eso.
¡Yo me pregunto si la Iglesia no ha elaborado la figura de Nuestra Señora a ser concluida para el Reino de María, de modo que sea la imagen maestra del Reino de María! pues, que yo sepa, no existe, y que tendría una semejanza impresionante, aunque no sea una copia y, por lo tanto, con variaciones casi asombrosas, en relación a Nuestro Señor Jesucristo.
La fórmula no sería tomar el Sagrado Rostro e imaginarlo en su expresión femenina, sino concebir a Nuestra Señora inferior a Él y supremamente similar a Él, una semejanza física que solo sería una imagen de la semejanza espiritual.
Así, comprenderíamos mejor el contexto propio de estas dos devociones tan distintas, pero tan afines, hasta el punto de que San Juan Eudes se refiere al Sagrado Corazón de Jesús y de María. A nosotros nos fue dada la tarea de hacer una síntesis y encontrar al Sagrado Corazón de Jesús en el Inmaculado Corazón de María.

Cristo enseña a sus discípulos – Catacumba de Santa Domitila, Roma
La amplitud del Sagrado Corazón de Jesús visto a través de María
En efecto, mientras la devoción al Sagrado Corazón de Jesús fue objeto de un largo y a menudo doloroso camino, en la devoción a Nuestra Señora, tal como la dejó San Luis Grignion, con la amplitud característica de él, y posteriormente en las sucesivas revelaciones de Ella, vemos otro horizonte, que no es el presente en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Es un horizonte especial, en el que entran la dulzura y la misericordia, pero también la combatividad de María.
En mi opinión, es necesario hacer una suma, tomando a Nuestra Señora de la Salve Regina y del Memorare —yo la formularía así: considerar a Nuestra Señora a la manera de San Bernardo— y la sumaría con Nuestra Señora Profética a la San Luis Grignion, precursora de la Chouannerie, de la lucha contra la Revolución Francesa y de todo lo demás.
Desde esta perspectiva, Nuestra Señora debería ser vista como Medianera. Ella no es el fondo del horizonte y, por más que sea parecida con Nuestro Señor, es Ella quien nos invita, a través suyo, a verlo a Él. Ella nos pide que seamos devotos suyos, que se mire un determinado horizonte, mientras Nuestro Señor, al aparecer, dice: “Yo soy el horizonte”. Él no encamina a ningún horizonte, pero Ella, sí. Él es el horizonte y, por lo tanto, el punto final del culto. El horizonte es el infinito donde no alcanza ninguna mirada, pues lo trasciende todo y llega tan lejos como no podemos imaginar. Pero Ella es el “telescopio” que nos ayuda a ver más profundamente, para llevar más allá, tomándonos de dentro de nuestra proporción y colocándonos a la altura para mirarlo a Él a través de este telescopio que es Ella misma.
El refinamiento dentro del refinamiento
La devoción al Sagrado Corazón de Jesús es una gracia que, como todas las gracias, viene a través de Ella. Es cierto que Él no se habría aparecido si Ella no lo hubiera pedido, y es cierto que esta gracia debe traer un aumento en la devoción a Ella; de lo contrario, la mediación universal desaparece. Entonces se podría decir que, en las imágenes del Inmaculado Corazón de María, el punto culminante tiene una llama y el Corazón es coronado de rosas y tiene una espada, un gladio. Esa llama es la devoción a Él que arde en Ella y por la cual Ella llama hacia Él, atrae, quema en Él, y quien se une a su Corazón Inmaculado, se une, en cierto modo, de manera fácil, rápida, como dice San Luis María Grignion, al Sagrado Corazón de Jesús.
La devoción a Ella es una especie de refinamiento, porque tiene como objeto a toda especie de pecadores, evidentemente también a aquéllos que se dejan quemar; pero difiere de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en este punto: que el desdichado que no se ha dejado quemar por el Sagrado Corazón de Jesús, tocando no el grueso bordón de las campanas de Nuestro Señor Jesucristo, sino la campana ligera y alegre de Nuestra Señora, aún tiene en Ella el recurso de una especie de misericordia ultra extrema, refinamiento dentro del refinamiento, y auge dentro del auge, a través del cual, al apelar a Ella, también ese pecado tiene perdón. Y lo que Él no perdonaría si Ella no existiese, Él termina perdonándolo una vez más, a petición suya.
Así que hay en Ella inflexiones de ternura, de misericordia, de bondad para este tipo de persona desdichada, que no es que exista en Ella y no en Él, sino que es algo que, existiendo en Él, se expresa mejor a través de Ella. Nuestro Señor así lo quiso, como si no correspondiera a su suprema dignidad, como Juez, conceder ese perdón; pero Él es un Juez que, entre bastidores, envía el mensaje a un abogado omnipotente: “Este está condenado, pero pide, porque aún habrá manera de conmoverlo, a pesar de ese rechazo”.
Es una especie de —casi diría de rodillas— pia fraus del Sagrado Corazón de Jesús. Así es el Inmaculado Corazón de María para las causas más desesperadas.

Sagrado Corazón de Jesús (colección particular)
Como un rayo del Corazón de Jesús
María Santísima coloca junto a esta infinita seriedad de Nuestro Señor Jesucristo una cierta nota de lozanía, que habla de perdón, de esperanza y de alegría. Todo eso está en Él, tiene su fundamento en Él, pero Él es demasiado grande para que una sola mirada lo abarque. Entonces, se mira en Ella. Porque, al cabo de algún tiempo, aquella inmensidad nos hace sentir tan pequeños, tan diminutos, tan minúsculos, petits vermisseaux et misérables pécheurs, que uno siente ganas de decir: “¡Señor, no me aplastes con tanto amor!”. Pero Ella entra y nos da un descanso, una distensión; todo se hace a la perfección.
Encontramos allí, en plenitud, con una particular fuerza de expresión, al Inmaculado Corazón de María de San Bernardo: ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Aquélla de quien nunca se ha oído decir que alguien acudiese a su protección, sin ser escuchado; que es nuestra vida, nuestra dulzura, nuestra esperanza.
Me acuerdo que de pequeño pensaba que “salve” significaba “salvadme” y hallaba en eso una fuerza maravillosa, porque comienza con un grito: “Sálvame, porque yo…”. Sabía que “salve” era una expresión latina, pero yo no había entendido la conexión; “sálvame, Reina, Madre de Misericordia” se me había quedado grabado; pero la exclamación tiene ese ardor.
Así, veo en Ella un refinamiento de aquello que, siendo tan elevado, podría parecer no alcanzable, que es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
Para expresarme con una comparación, Nuestro Señor sería más como la Catedral de Notre Dame, y Nuestra Señora se parecería más a la Sainte-Chapelle. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús toda en granito y vitrales, pero la Sainte-Chapelle es toda de vitrales. El granito casi desaparece y es casi sólo vitral.
Esa es la atmósfera característica de Nuestra Señora. Usando un lenguaje inapropiado, sería como un determinado rayo del Corazón de Jesús, por así decirlo, separado de Él y convertido en otra persona distinta para poder discutir con Él y extraerle lo que Él quiere que se arranque de sí mismo. En cierto sentido, vista desde esa perspectiva, Ella es la “fuerte contra Dios” por excelencia.
A quien rechaza incluso su gracia, contra éste se hace sentir la fuerza de Ella. Y la abogada defensora extrema se convierte en la vengadora extrema, por la lógica de su papel de abogada. La última bondad llevada al extremo refinamiento y a la última ternura, una vez rechazada, Aquella que sufrió el rechazo convierte esa última bondad rechazada en la piedra con la que Ella condena. Parece una antítesis, pero es sumamente armonioso y lógico. Es a la Madre de Nuestro Señor a quien Él envía para intentar una última mediación; a su Madre Él le confiere el poder de exterminar.
Una gracia extrema rechazada
Imaginemos un reino en el que una parte del territorio se alza contra el rey. Éste acude a visitar su feudo con bondad y misericordia, ofrece algunos dones e intenta ayudar; ¡todo es en vano! Ellos lo rechazan y el rey regresa dejando a la población sublevada.

Inmaculado Corazón de María. Al fondo, interior de la Sainte-Chapelle, París
Entonces intenta enviar a su madre, quien está fuera del problema, que es ajena a él y que ha nacido en ese feudo, con una invitación: “Ve, tú que eres su coterránea, y trata de hablarles a través de alguna cuerda que quizás aún pueda ser tocada en sus almas”.
De repente, recibe el mensaje de que su madre no solo fue rechazada, sino incluso agredida. Entonces, el Rey envía tropas a ella y le dice: “¡Vengad la ofensa que habéis recibido!.
¡Es tan lógico que no sería fácil concebir otra cosa! Por lo tanto, se comprende que en Ella hay ciertas refulgencias donde la bondad del Corazón de Jesús adquiere un cariz maternal, pero también refleje su indignación. Tanto más cuanto que esta reina de la metáfora no anda diciendo: “¡Vosotros me rechazasteis y yo os castigo!”, sino: “Rechazasteis a mi hijo, incluso hasta cuando él llegó al extremo de mandarme a mí misma. Por mi hijo ofendido, indignada por el odio que le habéis demostrado al rechazarme incluso a mí, vuestra coterránea, ¡ahora os extermino!”
Así pues, tenemos a Nuestra Señora, mensajera y medianera, como profetisa de los castigos anunciados en Fátima, porque es la gracia suprema rechazada. v
1) Partidarios del ultramontanismo. Doctrina nacida en Francia en la primera mitad del siglo XIX, que defendía las prerrogativas y el poder del Papa en materia de fe y moral, frente al galicanismo y fenómenos análogos en otros países. El nombre significa “más allá de las montañas”, en referencia a los Alpes, tras los cuales se encuentra Italia y, por lo tanto, la sede de Roma.
2) François-Marie Arouet (*1694 – †1778), escritor y filósofo francés.
3) Francisco Guerrero de Burgos (*1528 – †1599), uno de los compositores españoles más célebres del Renacimiento.
4) *1866 – †1953.
5) Cf. Conferencias del 6/6/1978, 17/10/1970, 20/9/1980, 5/10/1980, 6/11/1985, 6/2/1986, 17/3/1987, 15/9/1989, 19/2/1991, 21/1/1993, 11/12/1993.







