El perfil del alma de San Ansfrido fue completo. Experimentó todas las condiciones sociales y los más variados escenarios de la vida, siendo capaz de renunciar a todo. Al aceptar el episcopado, se transformó en un hombre de Iglesia y gobernó su diócesis con el ardor de un hombre de guerra. Humilde y modesto, siempre se mantuvo en guardia contra sí mismo.
Plinio Corrêa de Oliveira

Rijksmuseum de Utrecht, Países Bajos
San Ansfrido, conde de Lovaina y obispo de Utrecht, nació en la ilustre familia de los condes de Lovaina y Brabante. Fue educado, como correspondía a su nobleza de nacimiento, por Roberto, arzobispo de Tréveris, su tío paterno, en la carrera militar, que abrazó desde muy joven. Se distinguió no solo por su inteligencia, sino también por su brillante valentía y ejemplar fidelidad a los deberes de su cargo. Como también estaba muy bien instruido en las leyes divinas y humanas, gozaba de gran autoridad, ya fuera en juicios, dietas o asambleas. La gente ignorante, al ver que pasaba sus horas de ocio inmerso en la lectura, decía que llevaba una vida monástica.
El nombre del conde inspiraba tanta confianza en el emperador Otón el Grande que, de camino a Roma, le encomendó que lo custodiara con la espada en la mano mientras hacía sus oraciones en las Confesiones de los Apóstoles. Más tarde, bajo las órdenes de Otón y de sus sucesores, participó de forma considerable en el gobierno del imperio, en todas las guerras de la época y, sobre todo, en la represión de los desórdenes que asolaron Brabante.

Emperador Otón el Grande – Museo de Historia de Hamburgo, Alemania
San Ansfrido empleó su gran riqueza para fundar, de acuerdo con su esposa, la famosa Abadía de Thorn, donde su hija, santa Benedicta, fue la primera abadesa.

Otón III
La esposa del conde se retiró allí, muriendo santamente. Sintiéndose libre entonces, el conde de Lovaina abrazó la vida monástica, pero Otón III le confió el obispado de Utrecht tras la muerte del obispo anterior. Éste no quiso aceptar, alegando su edad y el hecho de haber dedicado su vida al servicio militar. Finalmente, incapaz de resistir la insistencia del Emperador, el piadoso caballero desenvainó su espada y la depositó sobre el altar de Nuestra Señora en Aquisgrán, diciendo: «Hasta ahora he empleado mi honor y mi poder temporal contra los enemigos de los pobres de Cristo; de ahora en adelante, encomiendo a mi Santa Soberana Virgen María la guarda y salvación de mi alma». Al oír estas palabras, el que las oyó comenzó a llorar, agradeciendo a Dios por haberle concedido a su Iglesia tan digno prelado. La Madre de Dios, de hecho, le concedió numerosas gracias para que guiara a su rebaño con inteligencia, celo y piedad.
Ciego al final de su vida, nunca perdió la serenidad de su rostro; más bien, se retiró a un monasterio, dedicándose a la disciplina y la austeridad. Se hacía flagelar por su superior todas las veces que regresaba de un concilio o dieta donde había brillado por su sabiduría y doctrina.
Agotado por la edad y los trabajos de una vida tan activa y laboriosa, ya estaba en su lecho de muerte cuando el Señor se dignó devolverle la vista. Entonces dijo a quienes lo rodeaban: “En el Señor se encuentra la única luz que nunca se extinguirá”. Estas fueron sus últimas palabras. Cuando lo transportaron de Thorn a Utrecht, un delicioso perfume se extendió por el camino y no abandonó el ataúd de este hombre poderoso del siglo, este siervo de Cristo, cuya vida exhalara una inestimable fragancia de humildad y caridad.

Iglesia de la Abadía de Thorn
El sacerdote debe ser un hombre íntegro
Este es un hecho que merece nuestra atención: un arzobispo de la Iglesia, habiendo sido antes un gran hombre del siglo, poseyó posteriormente cualidades opuestas a los defectos tan frecuentes en los eclesiásticos.
Sustento la tesis —hoy, una verdad olvidada— de que, para ocupar un cargo eclesiástico, ya sea grande o pequeño, es necesario poseer todas las cualidades distintivas de un hombre capaz de sobresalir en la vida temporal. Un gran obispo o abad, un ilustre canónigo, un celoso párroco, el más humilde coadjutor de aldea, debe tener las cualidades propias de su sacerdocio, debe poner a su servicio una capacidad de trabajo igual a la que emplea el comerciante más deseoso de ganancias para obtener su dinero. Debe ser celoso de la gloria de Dios como el político más vanidoso lo es de su propia gloria. Debe ser tan listo por los intereses de la Iglesia como el diplomático más astuto lo es en el ejercicio de su misión; o como un policía, hábil, acostumbrado a su oficio, es astuto en la misión policial.
El clérigo no debe ser considerado inferior a los demás, sino que debe ser de mayor estatura, en cuanto a su hombría de espíritu, que el común de los hombres del entorno en el cual él se desenvuelve.
Esta es la verdadera fisonomía del verdadero sacerdote. Entiendo que incluso las imágenes sulpicianas distorsionan esta visión, pero aquí tenemos el ejemplo de un gran arzobispo, un gran santo que realizó esa figura, como tantos otros arzobispos, obispos, abades y sacerdotes canonizados por la Iglesia. Este santo fue un gran guerrero que, en aquella época de guerra, se hizo famoso por encima de todos los demás guerreros de su tiempo y mereció del Emperador un honor especial, cuyo alcance habría que calcular cuidadosamente desde dos puntos de vista: el simbólico y el práctico.
En aquella época, existía una especie de terrorismo con armas blancas; las luchas entre familias y feudos eran muy numerosas, pues era el remanente de la barbarie que la Iglesia aún no había logrado dominar por completo. En estas condiciones, el Emperador y los grandes hombres del mundo siempre vivían rodeados de guardias que no tenían la misión protocolaria de los guardias de la Reina de Inglaterra, por ejemplo, sino que debían proteger al rey, al emperador, al noble, de un ataque que pudiera ocurrir en cualquier momento.

El Dr. Plinio durante una conferencia en 1971
Para esta misión, los soberanos no escogían solo a los más eficaces, sino que, entre ellos, elegían a quienes deseaban honrarlos, porque era un honor servir al soberano. Así, en una ocasión muy honrosa, cuando Otón I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, veneraba la tumba de los Apóstoles en Roma, quiso que San Ansfrido estuviera a su lado con la espada en la mano. Era un honor conferido a un guerrero distinguido. Él era un hombre verdaderamente virtuoso.
Modestia y aceptación completa de la voluntad de Dios
Por otro lado, San Ansfrido no quería ser arzobispo, pero él era tan piadoso, tan devoto, que sus súbditos —era un señor feudal— creían que él vivía como un monje; y el Emperador, tras quedar vacante una importante diócesis, le confió el gobierno de ésta. Era la época en que los emperadores indicaban, proponían nombres a los Papas, y éstos siempre nombraban al candidato digno, de modo que la designación de ese hombre por parte del Emperador ya equivalía a un nombramiento, a pesar de no ser un nombramiento jurídico.
San Ansfrido se negó, alegando ser indigno, pero a partir del momento en que lo aceptó, se transformó en un hombre de Iglesia, que no se ablandó ni perdió de repente su talante, sino que continuó en la dirección de la diócesis con todo el fuego y el ardor de un hombre de guerra. Ese fue el perfil del alma de este santo.
Nunca detenerse a pensar en aquello que se hizo de bueno
¡Cuánta vigilancia se necesita para no caer en el pecado de vanidad! Esta vigilancia corresponde a la siguiente pregunta: si hice algo y volví feliz, ¿me cuido de no pensar más en lo que hice? Porque es imposible pensar en algo bien hecho sin disfrutarlo. Es como un hombre que mira, por ejemplo, una impresión inmoral y no se complace en ella. Es prácticamente imposible.

Lo mismo ocurre cuando un hombre discute con otro, hace un buen papel y lo arrasa; piensa en ello quince veces al día: “¡Cómo acabé a aquel otro!”. Incluso presume, imaginando las cosas como no fueron, y se las arregla para sacar el tema en una conversación a ver si alguien dice:
“¿Quieres contarnos cómo fue esa discusión?”.
“Puedo, si Uds. quieren”. Todos ya lo saben, pero quieren que se los diga ¿no?
Hay alguien que quiere, así que allá vamos.
Sigue una nueva narración. No sé qué tipo de manifestaciones de orgullo puede tener una persona.
Se necesita una vigilancia constante para evitar pensar más en lo que hicimos de bueno. ¡El episodio honroso para nosotros ha pasado! Volveremos a considerarlo en el Cielo y, allí, florecerá verdaderamente. Si ya no pensamos en nuestros méritos, Nuestra Señora los administra por nosotros, los hace rendir para nosotros. Debemos apartar la vista de eso. Sin embargo, como a veces ocurren distracciones, es necesario tener una vigilancia asidua y frecuente contra los malos pensamientos.
San Ansfrido comenzó a participar en concilios y asambleas donde se celebraban debates doctrinales; él, que había sido un combatiente armado, se convirtió en un luchador de ideas y doctrinas. En la Edad Media, los concilios se celebraban con frecuencia, no solo universales, sino también regionales de una nación en particular, o de una región dentro de una nación.
San Ansfrido regresó de aquellos concilios cargado de gloria, y él, que había luchado toda su vida por la justicia, es decir, por los pobres de Jesucristo, como tan acertadamente dijo en aquella hermosa oración; él, cuyo brazo había hecho temblar a sus adversarios, se sintió aterrorizado al regresar. ¿Por qué? Porque tenía un gran prestigio personal debido a su pasado, por la posición de su familia, por el papel que había desempeñado en la vida civil, por el brillo que poseía como obispo y la influencia que ejercía en los Concilios, y él temía enorgullecerse. Así que, al regresar al convento, le pedía a su superior que lo azotara hasta que se le pasara la vanidad.

San Vicente Ferrer – Iglesia de Santo Domingo, Cuenca, Ecuador
Después, humildemente, iba a atender sus asuntos.
Pedir la gracia de la vigilancia sobre sí mismo
¡Cuán importante es la virtud de la vigilancia! Él era un alma que había pasado por todo, que había conocido todas las condiciones socia les, y todos los escenarios de la vida, estaba declinando hacia el fin de su existencia; había renunciado, sincera y ejemplarmente, al mundo; este hombre aún temía volverse vanidoso y, aún más, temía que, si su superior no le daba una paliza, pudiera consentir en un pecado de vanidad.
Fijémonos en lo profundo que es el pecado de vanidad y con qué facilidad se puede caer en él.
Alguien me dirá: “Yo no logro prestar tanta atención en mí mismo”. De hecho, el ver dentro de uno mismo con total claridad, discernir dentro de uno mismo lo que sucede, es una gracia. Tener el alma ante sus propios ojos, de tal manera que siempre se pueda contar a Dios lo que pasa en su interior, es la presencia de la gracia de Dios. Y una manera de tener siempre a Dios presente en el espíritu es saber cómo está siendo el valor de la acción que realizamos. Y debemos pedir esa gracia. Quisiera que el fruto de esta conferencia se tuviera como una de las cosas más preciadas, que sería esto: pedir a Nuestra Señora que, contra el orgullo, nos conceda la gracia de no pensar en los asuntos que puedan envanecernos y, para ello, tener siempre presente nuestra propia alma, para que podamos decir en cualquier momento lo que se pasa dentro de ella.
Sin vigilancia, hay vanidad
Recuerdo un hecho curioso de la vida de un gran santo, que hizo de sí mismo un elogio tal que no sé si un hombre puede decir algo semejante de sí. San Vicente Ferrer dijo que él era el Ángel del Apocalipsis suscitado por Dios para anunciar el fin del mundo. Está en sus biografías; por tanto, es lo que afirman de él.
Una vez, San Vicente Ferrer iba a predicar una misión en la ciudad de Barcelona, y le prepararon una manifestación estupenda, de esas que sólo la Edad Media sabía realizar. Al entrar, le entregaron las llaves de la ciudad como regalo; Luego caminó por las calles adornadas con alfombras de arriba abajo, familias arrojando flores, cantando alabanzas al Santo, incienso, etc., etc. Y caminaba con la mirada baja. Entonces alguien le preguntó en voz baja: “Hermano Vicente, ¿no te atormenta la vanidad?” La pregunta es comprensible, ¿verdad?
San Vicente Ferrer dio la siguiente respuesta, típica de la humildad de un santo: “La vanidad revolotea a mi alrededor, pero no entra”. En otras palabras, “ella intenta entrar, pero encuentra las puertas de mi alma cerradas por la vigilancia; para que, con el favor de Dios, siga sin sentir vanidad”. Lo que equivale a decir lo siguiente de otra manera: “Yo, el Ángel del Apocalipsis, me volvería vanidoso si no fuera vigilante”. ¡Esa es la conclusión! El Ángel del Apocalipsis se volvería vanidoso si no vigilara, y si nosotros no nos mantenemos atentos ¿quedaremos libres de la vanidad? Y cuando digo “nosotros”, me estoy incluyendo, en el sentido estricto. Porque no creo que exista un solo hombre en la Tierra que, si no es cuidadoso, pueda no caer en la vanidad. En absoluto.
Hay diferentes formas de vanidad. Algunos se envanecen con el aplauso de los demás; otros se envanecen con su propio aplauso. Podríamos decir que este último tipo de vanidad es predominantemente característico de los pueblos germánicos, anglosajones y similares. La vanidad con el aplauso de los demás es muy característica del latino.
Yo pregunto: si no prestamos mucha atención, ¿no nos volveríamos también vanidosos? Por supuesto, por eso es necesario ser muy cuidadosos. Sin vigilancia, hay vanidad.
Síntomas característicos del consentimiento
Alguien podría preguntarse: ¿Cómo puede una persona saber si está consintiendo en la vanidad?
Confieso que este es un punto que aún no he podido desentrañar. Es un problema de consentimiento, no de sentimiento. El problema no es notar si hubo un impulso interno de vanidad, sino saber si se le ha dado rienda suelta o no.
Por asombroso que parezca, según lo que pude observar en mi generación (no garantizo lo que digo), las personas percibían más o menos cuándo daban su consentimiento o no. Pero parece que esta noción de consentimiento se ha vuelto más difusa a lo largo de las generaciones y, a medida que vamos subiendo en la escala generacional, al llegar a la cima de la pirámide, parece que la noción de consentimiento es una de las más confusas.
Por lo tanto, no puedo apelar al elemento fundamental, es decir, el conocimiento que el hombre tiene de lo que él mismo hace. Debo mencionar los síntomas externos. El síntoma característico del consentimiento en la vanagloria es cuando una persona recuerda algo que halaga su vanidad, su amor propio, su coquetería, lo que sea; siente la alegría correspondiente y no ofrece resistencia alguna.
Doy un ejemplo entre cientos. He tenido la oportunidad de observar que muchas personas, al pasar frente a un espejo, se miran y se arreglan. Ahora bien, es evidente que entra en juego cierta complacencia, siempre que la persona no tenga un motivo razonable; por ejemplo, si llega de un viaje en coche a una casa donde hay visitas, puede estar un poco despeinada, cualquier cosa así, es normal; pasa frente al espejo para mantener la compostura. Sin embargo, tener el hábito de mirarse al espejo o de arreglarse siempre que pasa delante del espejo, en mi opinión, indica el hábito de la autocontemplación. Ahora bien, un hábito implica consentimiento. En qué momento ni de qué manera, no lo sé. Pero ese hábito debe combatirse, y si no se combate, se define el consentimiento.
La vanidad se encuentra en relación con mil maneras de ser de la persona, de todo. Se puede decir que alguien a veces tiene este vicio porque es alto, otro porque es bajo; lo hay al respecto de las cosas más locas del mundo. Si alguien es vanidoso por alguna razón, de vez en cuando lo recuerda y empieza a pensar, y termina entrando en la escuela de las comparaciones: “¿Éste tiene eso en mayor grado o no? ¿Aquél tiene ese grado por encima o por debajo de mí? ¿Cómo es fulano comparado conmigo, cómo es zutano comparado conmigo respecto a ese asunto?”

Esa forma de detenerse en esos pensamientos es una forma clara de consentir en la vanidad: “Yo fui invitado para ser el conferencista. ¿Cómo voy a hacerlo? ¿Tomo o no primero el vaso de agua? ¿Cómo miro para el auditorio? ¿Entro serio o risueño?”. Digo: “Mis señores, amigos míos” ¿o no digo nada? ¿Empiezo con una voz grave o una voz dulce; sonora, seductora, atronadora, discreta y normal? ¿Cómo puedo presentar mejor mi propia persona? Y luego, al final, ¿cuento un chiste para que todos piensen que la conferencia fue muy aplaudida con interrupciones? ¿Tomo un vaso de agua pensando que alguien aplaudirá? Todos esos artificios son actos externos que indican consentimiento en la vanidad.
La vanidad de las almas deprimidas
Hay otra forma para que las personas sean vanidosas, y ésta es muy curiosa. Vale la pena saberlo. Es el terror a tener un defecto. Esas personas no son exaltadas, pero sí deprimidas. Hay personas deprimidas que no encuentran ningún defecto en sí mismas y les aterra. “¡Imagínate, soy así! ¿Cómo es eso? ¿Acaso otros no lo tienen? ¿Soy más así que el otro?”. Por ejemplo, escuchan una conversación entre dos personas: “¡Fulano, pobrecito!, ¡qué difícil es aprender!”. El otro dice: “Vaya, ¡qué tonto es! Bueno, hay que tener paciencia, incluso es un buen chico”, algo así. – “¡Ah! ¡Oh, oh, oh… entonces soy un tonto!”. ¿Quién es más tonto, quién es menos tonto? Disturbios en duelos ficticios de esta naturaleza. “Le demostraré que no soy tonto, etc., etc.” He visto cosas así.
Por ejemplo, dos sujetos hablan a respecto de un tercero: “Él es muy capaz, pero no es un hombre de nuestro siglo”. La persona escucha: “¡Guau! ¿Qué es eso? ¿Será que tengo una oreja pegada en la frente?”. Los dos continúan: “Él es un coloso, pero tiene mucha dificultad con los idiomas; somos de la era de los contactos internacionales; nuestra institución es una organización que se extiende por todo el mundo, y este pobre tipo tiene que aprender alemán…”. De ahí surgen las perturbaciones de una forma de vanidad. ¿Por qué? Porque todos tenemos defectos. Yo tengo defectos, y quien me escucha probablemente también los tenga. Soy supremamente incompetente para los negocios, ¡es algo de meter miedo! Cuando alguien quiere explicarme algo relacionado con los negocios, en el noventa por ciento de los casos, presto atención por cortesía, porque en realidad no entiendo nada.

El Dr. Plinio durante una conferencia en 1971
Pero no me avergüenzo en decirlo.
Hace unos años conocí a un viejo sacerdote jesuita, que era mi profesor de matemáticas. Él me dijo:
“Plinio, me diste muchos problemas cuando eras pequeño”.
Yo fui un estudiante bien comportado.
– “Pero ¿por qué, padre?”
– “Me regañaban mucho por tu culpa. Porque el rector te agarraba el boletín de notas y decía: ‘¿Cómo es que él saca buenas notas en todo y en tu asignatura siempre saca pésimas? No enseñas bien. Algo debe haber’.”
Y yo respondía:
– “No, es porque no tengo capacidad para las matemáticas.” El profesor decía:
– “Esas desigualdades rara vez aparecen; en algunas asignaturas te va bien; no es normal tener este tipo de incapacidad para las matemáticas.”
Y sigue así hasta hoy. Cualquier cálculo que no sea una suma, me cuesta hacerlo. Sumar dinero, más aún con la inflación, si puedo, se lo doy a mis amigos para que lo hagan.
Pero nosotros tenemos una idea de “perfeccionismo” que jamás diríamos eso en público. Por ejemplo, ¡la vergüenza de decir que no sabes cómo sumar dinero es inmensa! Para mí es lo contrario: “No sé. Hazlo tú por mí”. Yo sé algunas cosas, otros saben el resto; la vida fue hecha para que nos ayudásemos mutuamente. No querer contar estas cosas, no querer verlas, es consentir en la vanidad.
(Extraído de conferencia del 6/5/1971)







