La adulación: ¿un pecado?

Publicado el 07/24/2026

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Catecismo de la Iglesia Católica

§ 2480 Debe proscribirse toda palabra o actitud que, por halago, adulación o complacencia, alienta y confirma a otro en la malicia de sus actos y en la perversidad de su conducta. La adulación es una falta grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves. El deseo de prestar un servicio o la amistad no justifica una doblez del lenguaje. La adulación es un pecado venial cuando sólo desea hacerse grato, evitar un mal, remediar una necesidad u obtener ventajas legítimas.


Este pasaje del catecismo señala tres pecados interrelacionados: la adulación, el halago y la complacencia. Se centra en el primero, cuyo significado es «seducción por medio de falsas alabanzas».1 Su étimo latino, adulari, se remonta al acto de acariciar, especialmente a los animales. En el fondo, el adulador es un acariciador del ego ajeno.

Sin embargo, se plantea una cuestión fundamental: ¿es toda alabanza un acto pecaminoso? Santo Tomás de Aquino enseña que los elogios pueden ser lícitos o ilícitos, según las circunstancias.

Elogiar a alguien con el objetivo de servirle de consuelo en las tribulaciones, animarlo en sus esfuerzos o ayudarlo a progresar en el bien constituye un acto de caridad, conforme a la virtud de la amistad.2 Del mismo modo, es conforme a la razón honrar a los superiores por su dignidad o excelencias, mediante la virtud de la dulía, que tributa honor a quien es debido.3 El reconocimiento del mérito ajeno no sólo está permitido, sino que, en ciertos casos, es un deber de justicia.

En efecto, la amistad y la dulía derivan de la virtud cardinal de la justicia, definida como «la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho» o «dar a cada uno lo que es suyo».4

Desde esta perspectiva, es posible comprender la malicia del adulador, quien, aunque parezca obrar conforme a la justicia al rendir honores, en realidad atenta contra ella al buscar ventajas personales de manera fraudulenta. Favorece la mentira al atribuir al prójimo cualidades inexistentes, exagerando otras o, peor aún, aprobando conductas reprobables. Es más, lesiona la justicia, que exige veracidad para la convivencia armoniosa entre los hombres. El reverso de la moneda es la detracción, que adultera la verdad para perjudicar la reputación ajena.

Por el contrario, «aunque tenga como objeto principal agradar a aquellos con quienes convive», la virtud de la amistad «no tiene reparo en entristecer, cuando sea necesario, para conseguir un bien o evitar un mal».5

Según la visión tomista, recogida por el catecismo, la adulación es siempre pecado mortal cuando atenta contra la caridad, aprobando o alentando el pecado grave del prójimo. En cambio, será pecado venial si está motivada por el deseo de agradar, evitar un mal o conseguir algo necesario.6

Bajo la máscara de la cortesía, la adulación se cuela en la convivencia humana de forma astuta, casi imperceptible. Se impone la prudencia, pues «el hombre que adula a su amigo le tiende una trampa a los pies» (Prov 29, 5). Y las consecuencias pueden ser muy perniciosas: «Más daño hace la lengua del adulador que la mano del criminal».7 El adulador no mata el cuerpo; mata la verdad y el alma. 

Notas


1 San Agustín. Sermón 353, c. 1.
2 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. II-II, q. 115, a. 1, ad 1.
3 Cf. ibid., q. 103, in toto.
4 Ibid., q. 58, a. 1.
5 Ibid., q. 115, a. 1.
6 Cf. ibid., a. 2.
7 San Agustín. Enarrationes in Psalmos. Psalmum LXIX, n.º 5.

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