La divina impotencia del Omnipotente

Publicado el 03/12/2026

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Hay horas siniestras en la Historia en que Dios da la impresión de que se dejó amarrar, pareciendo colaborar con sus infames adversarios. Sin embargo, por detrás de la divina y voluntaria impotencia, Él inflige la mayor de las derrotas a satanás operando sus designios redentores de un modo magnífico.

Plinio Corrêa de Oliveira

Entre las reliquias de la Pasión que pudieron venerar [algunos] miembros de nuestro movimiento durante una peregrinación que hicieron, dos me impresionaron sobremanera.

Dos símbolos de la divina y voluntaria impotencia de Dios

Para guardar una de ellas, si yo pudiera, mandaría construir la mayor catedral de la faz de la Tierra. Se trata de la cuerda, entre todas sacrosanta, que ligó las divinas manos de Nuestro Señor Jesucristo.

Yo la imagino como una cuerda fuerte, bruta, de calidad ordinaria; que apretó el pulso sagrado por tanto tiempo y tan de cerca que ella misma quedó medio desgastada y aún debe estar empapada de aquella sangre ya coagulada que nos cerró el Infierno y nos abrió las puertas del Cielo. Sangre de la cual nacieron la Santa Iglesia y la Civilización Cristiana.

La otra reliquia es un fragmento de la caña o de la vara que, como un cetro de irrisión, Nuestro Señor Jesucristo cargó en las manos.

Ambas reliquias son símbolos de la impotencia del Omnipotente. Ellas marcan esas horas siniestras de la Historia en que Dios da la impresión de que se dejó amarrar y no puede hacer nada, en las cuales debemos comprender su divina y voluntaria impotencia.

Él, Señor de todos los Ejércitos Angélicos, que vencieron tan garbosamente a satanás y que lo tiene encadenado en el Infierno; Él, por cuyo poder infinito los astros gravitan y los Ángeles sustentan el orden del universo; los animales nacen y se reproducen, se alimentan y van llenando la Tierra, y las plantas prosperan y crecen con exuberancia.

Él, por cuya fuerza vuelan los pajaritos y las mariposas, y con cuya fuerza embisten los leones. Él, maniatado, teniendo en su mano la vara de la imbecilidad, siendo tratado como un bobo, como un cretino, un impostor que se dice dueño del reino que no existe y que, de existir, no es suyo. Esta vara de irrisión es únicamente una provocación, porque Él será objeto de sacrilegios aún más terribles. Él, con la majestad de su dolor, con la majestad de su impotencia, carga la vara del bobo. ¡Él, la Sabiduría Encarnada, el Hijo de María!

¡Qué daría yo para poder besar esa cuerda y esa vara! Y yo rezaría antes aquella oración lindísima que el sacerdote reza durante la Misa, antes de leer el Evangelio: “Dios, que purificasteis los labios al Profeta Isaías con una brasa ardiente, purificad también mis labios para que, con dignidad y competencia, anuncie vuestro Santo Evangelio.”1. Yo adaptaría: “para que, no con mi indignidad, yo bese vuestra cuerda sagrada.”

Presagio de la situación actual de la Iglesia

Tal es la visión espléndida, magnífica de un Dios maniatado, respecto de quien, tantos siglos después, Bossuet cantaría la gloria de lo alto de algunos de los púlpitos de Francia, llamándolo de un Dios brisé, rompu, anéanti2 –un Dios deshecho, quebrado, aniquilado–, pero omnipotente, que, con las manos amarradas y reducido a nada, allí estaba sufriendo su Pasión y, de hecho, sin que nadie se diera cuenta, infligía la mayor de las derrotas al adversario.

Nuestro Señor Jesucristo hacía presagiar la actual situación de la Santa Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, realmente parecida a más no poder con Él maniatado. Estaba puesto el designio: una vez cometido y lanzado en la Historia el pecado de Revolución y puestas las tentaciones sucesivas que se abatirían sobre los hombres –las flaquezas, las infamias, las ignominias con que ellos se portarían delante de esas tentaciones, la libertad creciente dada al demonio para que fuera tomando el imperio sobre la Tierra– todo llegaría hasta una derrota.

Se tiene la impresión de que la Iglesia y la Civilización Cristiana están como Nuestro Señor Jesucristo maniatado. Cada siglo que pasa en la Historia de la Revolución, tenemos la impresión de que la Iglesia está cada vez más fuertemente maniatada, y que las cuerdas van amarrándola más y, como que, su posibilidad de acción va disminuyendo, hasta el momento de llegar a esta celestial y divina “impotencia” de nuestros días.

Nuestro Señor después de la Flagelación – Pinacoteca del Templo de San Felipe Neri, Ciudad de México

Lo amarraba, no la cuerda, sino su designio redentor

¡Qué misterio! Lo que amarraba aquellas manos no era la cuerda, sino solamente su designio de no romperla, nada más. Misterioso designio por el cual Él parecía colaborar con sus siniestros e infames adversarios, porque los enemigos lo quisieron amarrar y Él no quiso desamarrarse. Parecería que había una convergencia de intenciones en eso y, sin embargo, Él derrumbaba, de punta a punta, la intención criminal, perversa de Satanás, preparando la Redención del género humano de un modo magnífico.

En la majestuosa impasibilidad con que, humilde y desdeñoso al mismo tiempo, se sometía a todos aquellos malos tratos, tenía en su mente sagrada otros designios. Y no tardaría mucho la hora en que diría: “¡Consummatum est!” El demonio estaría deshecho una vez más y el género humano rescatado. La Iglesia nacería de su costado sagrado.

(Extraído de conferencia del 28/11/1981)

1 cfr. Misal Romano,2008.

2 cfr. Bossuet, Jacques-Bénigne. Troisième sermon pour le Vendredi Saint. In: Oeuvres Complètes. TomoI. Besançon: Outhenin – Chalandre Fils. Éditeur, 1836. Págs. 549 a 553.

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