La elegida como socia en la obra redentora

Publicado el 07/20/2021

Alexandre de Hollanda Cavalcanti.

La Epístola apostólica Ineffabilis Deus enseña que Dios eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una madre, para que su Unigénito, hecho carne de ella, naciese, otorgándole un grado de amor que está por encima de toda criatura 1.

Esta idea es complementada por Juan Pablo II en Redemptoris Mater, al decir que Maria está presente en el misterio de Cristo antes incluso de la creación del mundo, como aquella que el Padre ha elegido como Madre de su Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad 2. Esta elección está, por tanto, inseparablemente relacionada a la misión cooperadora de María en la obra salvífica de su Hijo, privilegio que vertebra su vocación especifica y única.

María reconoce esta vocación en el Magnificat y consagra todas sus acciones y sentimientos al servicio de Dios, aceptando una vocación que se caracteriza por la invitación a ser socia en la obra redentora de  Jesucristo. título que realza la participación humana en la salvación, no sólo como receptora pasiva de la misma, sino como cooperadora activa de la obra salvífica que no se da por la sola gratia, sino con la participación de la humanidad, tanto la de Cristo, cuanto la de los redimidos. Ya san Agustín atribuye a la Virgen la calificación de «colaboradora» en la Redención 3, título que, según Juan Pablo II, subraya la acción conjunta y subordinada de María a Cristo Redentor 4.

Este título no ha encontrado acogida positiva en la teología protestante, dada la concepción pasiva con que ésta considera la cooperación del hombre en la salvación, en función de los conocidos principios solus Christus, sola gratia. En las Sagradas Escrituras María aparece concretamente asociada a Cristo desde el primer momento de su acontecimiento salvífico hasta el Calvario y el acontecimiento pascual, apareciendo en los Evangelios siempre asociada a la redención obrada por Cristo:

Junto a la cruz, como en la anunciación, la actividad de María es esencialmente un consentimiento en el que están comprometidas su fe y su amor. En la Encarnación, consentimiento a la vida, a aquella vida humana que ella da a su Hijo; en la redención, consentimiento a la muerte, aquella muerte humana que Cristo debía sufrir (Lc 24,46) para rescatar al mundo. Pero estos dos consentimientos no son en realidad más que un mismo y solo consentimiento: el fiat de la Anunciación (Lc 1,38), que contemplaba incondicional e irrevocablemente todo lo que habría de realizarse. 5

Como redimida, María se asocia a la obra de su Hijo 6, unida a la colaboración que todo cristiano debe aportar en la obra salvífica: “somos colaboradores de Dios”, afirma san Pablo (1Co 3.9). La cooperación de los cristianos es posterior al sacrificio redentor de Cristo, mientras que la de María lo antecede y se realiza durante el acontecimiento mismo, en calidad de madre, extendiéndose a la totalidad de su obra salvífica. Solamente ella – enseña con precisión Juan Pablo II – fue asociada de ese modo al sacrificio redentor, mereciendo la salvación de todos los hombres, de modo único e irrepetible. Esta singularidad se encontrará en una intención particular de Dios con respecto a la Madre del Redentor, a quien Jesús llama por el título de mujer en dos ocasiones solemnes (cf. Jn 2,4; 19.26). evidenciando que su asociación a la obra salvífica se da por su condición femenina de madre, que transmitió la naturaleza humana al Hijo de Dios.

Por este designio divino, María representa al pie de la cruz a la humanidad redimida que, necesitada de salvación, contribuye activamente para la concretización del proyecto salvífico de Dios. 7

Ontológicamente, Jesucristo se constituye en redentor de la humanidad por la unión hipostática, ordenada por Dios para este fin. Como Persona distinta del Padre, el Verbo acepta esta unión y se hace efectiva la redención por todos los actos de su vida, culminando con su sacrificio cruento y su resurrección gloriosa.

Por su predestinación a ser Madre de Dios, María es aceptada por el Verbo como su Madre y al mismo tiempo acepta esta maternidad que es el fundamento ontológico de su unión con Cristo, asociándose íntimamente con Él en el orden hipostático y en el fin soteriológico de la Encarnación. De este modo, la calidad de socia atribuída a María no debe restringirse a la maternidad, o a la consumación sacrificial redentora de Jesús, sino a toda la vida del Redentor, por la unión total entre la Madre y el Hijo que se consolida, al mismo tiempo que adquiere intima conexión durante todo el transcurso de la vida de Jesús, manteniendo una relación de subordinación y dependencia, como señala Gabriel Roschini:

La redención de Cristo fue:
-Principal.
– Suficiente en si misma.
– Independiente.
– Absolutamente necesaria
La cooperación de Maria fue:
– Secundaria.
Insuficiente por sí misma.
Dependiente o subordinada.
Hipotéticamente necesaria. 8

Por otro lado, Manuel Cuervo 9 establece de manera exhaustiva las diferencias entre los actos de Maria como socia del Redentor y los de Jesucristo, el único Redentor, llegando a la conclusión de que tanto los actos de Jesús como los de Maria, por razón del orden hipostático, consiguen el fin de la Encarnación
según un grado de perfección diversa, en ellos se encuentra intrínsecamente la forma redentiva, no de un modo totalmente igual ni tampoco totalmente diverso, sino proporcionalmente semejante, o sea, análogamente, con una analogía de proporcionalidad propia, con distancia infinita. 10

Esta función cooperadora de Maria caracteriza también su participación en la conquista de las gracias alcanzadas por su Hijo, acción comparable a la de una reina que participa, de algún modo, de las conquistas del rey. El texto del Protoevangelio insinúa una asociación de la mujer en la victoria de su linaje contra la serpiente y, consecuentemente, en el resultado de esa lucha. Esta asociación en un combate que conduce el Rey Mesías es muy superior a la que podría suponerse de una gebirá – figura atribuida a María como madre del rey en la dinastía de David – cuyo papel no era propiamente participativo de las acciones del reinante.11

Así, la cooperación con la cual María se asocia a la acción salvífica de su Hijo no es meramente mediata. Se minimizaría su colaboración reduciendo su eficacia al hecho de que por su consentimiento se ha formado en ella la Víctima que posteriormente se inmolaría por nosotros, puesto que en su seno no se formó sólo un ser humano que vivió una historia singular, sino la Cabeza del Cuerpo místico, realidad soteriológica que hace posible al hombre alcanzar los frutos conquistados por Cristo. En este sentido, las palabras de Pio XII en la Encíclica Ad caeli Reginam, que son una cita de Pio IX 12, se refieren a la intercesión de María como a la de una reina que está a la derecha de Cristo. En su enseñanza, Pio XII
alude a los títulos específicos de Reina con que Maria intercede (Maternidad Divina y cooperación a la obra salvadora), utilizando una fórmula que tiene cierta semejanza con las palabras “está sentado a la derecha del Padre”, que se recita en el Credo, aunque no coincide con ellas en cuanto que falta el verbo sedet, y en su lugar se dice adstat. La fórmula cristológica (sentado a la derecha del Padre), precedida por la afirmación de la ascensión, se interpretó en los primeros siglos como afirmación de la victoria de Cristo y con ello, como afirmación de su poder.

También la frase de Pio XII. que describe a María intercediendo a la derecha de su Hijo debe explicarse como fórmula de poder, y estaría en relación con la situación glorificada que María ha entrado por su Asunción. 13

Unida a Cristo, María ha sufrido por nuestra salvación, mereciendo participativamente la gracia redentora, satisfaciendo verdaderamente por nuestros pecados y co-ofreciendo al Padre la Víctima del sacrificio redentor, además de ofrecerse a sí misma y en este sentido también inmoló-, junto con su Hijo, para la
salvación de la humanidad, cooperando con Él de modo inmediato en la obra de la redención. Esta unión de la acción mariana subordinada pero inseparable de la de Cristo no añade, y no podría añadir, nada a los méritos y satisfacciones del Redentor. pero contribuyen a la obra salvífica, trazando un paralelo con el
pecado cometido por la humanidad (Adán y Eva solidariamente). Por voluntad divina la reparación fue hecha a modo de una nueva creación en que un muevo Adán tendría como socia a una nueva Eva. Es por medio de María que el Verbo hace su entrada en el orden natural y la naturaleza humana en el orden
sobrenatural. 14

La figura de Maria en la obra redentora de Jesucristo, además de hija, madre y sierva, se caracteriza como socia y compañera singularmente generosa (LG 61) en todo el proceso de redención de la humanidad.

Esta condición de socia salutis recuerda la figura patrística de María como mueva Eva, asociada a la salvación, como la primera fue la socia peccati de Adán.

NOTAS
1 Pio IX. Epístola apostólica Ineffabilis Deus, 1», 171.
2 Cf RM 8.
3 Cf SAN AGUSTÍN, Obras completas de san Agustín, XII. Tratados morales, La santa virginidad, 6, 145.
4 CL. JUAN PABLO II. Catequesis sobre el Credo, V. La Madre del Redentor, La Virgen María, colaboradora en la obra de la Redención. Audiencia general del 9 de abril de 1997, 1,229.
5 R. LAURENTIN, La Vergine Maria Mariologia post-conciliare.
6 A Amato “Jesucristo”, NDM 965-966
7 Cf JUAN PABLO II, Catequesis sobre el Credo, V. La Madre del Redentor, María cooperadora en la obra de la redención. Audiencia general del 9 de abril de 1997, 2-3, 229-231
8 Cf G.M. ROSCHINI, La Madre de Dios según la fe y la teología, 1, 474.
9 M. CUERVO, El postulado de la Maternidad Divina en Mariología, 310-311
10 Cf CL. A. Royo Marín, La Virgen María Teología y espiritualidad marianas, 151-155
11 Es muy pertinente la explicación que hace Cándido Pozo de la figura de la gebirá en dinastía davídica, tema que relaciona con el ejercicio de la realeza de María, en las pag 398 a 401 de su obra María, nueva Eva.
12 Epístola Apostólica Ineffabilis Deus. Acta Pii IX, pars 1, vol. 1 (1857), 618, en Doctrina Pontificia IV. Documentos Marianos, 192-193.
13 Cf C. Pozo, María, nueva Eva, 395-401.
14 Cf GM. ROSCHINI, La Madre de Dios según la fe y la teología, 1.486; 475.

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