La entrada en el camino del sufrimiento

Publicado el 03/28/2026

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El camino de la cruz es hermoso y lleno de sorpresas. La entrada en él es una resolución heroica y viril, pero al mismo tiempo es una ponderación de los mil matices del sufrimiento, según el Espíritu Santo va mostrando a cada alma.  

Plinio Corrêa de Oliveira

Santísimo Cristo de la Catedral, Sevilla, España

Muchos predicadores – no los censuro por ello–, cuando hablan de la cruz, quieren llevar al alma en un solo vuelo hacia la admiración y la eventual aceptación de sus consecuencias en lo que tienen de más lancinante y terrible. Dicen: “Te voy a hablar de la cruz. Mira, San Vicente sufrió tal martirio así; este otro soportó tal situación…”.

¿Eso es bueno o no?

Mil gamas y mil maneras de hablar de la cruz

Cuando se trata de la cuestión de la cruz, es necesario, ante todo, un discernimiento de los espíritus, porque, de hecho, la gracia llama a las personas hacia ella según las almas y en los momentos adecuados. Hay casos en los que la gracia llama, de una vez, a la cima de la cruz, y puede ser a un principiante. A veces, por el contrario, se revela lenta y gradualmente.

En un determinado auditorio, dependiendo de la situación, puede suceder que un predicador sea llevado, por el discernimiento de los espíritus, a mostrar la cruz en lo que ella tiene de más terrible: “Queridos hermanos, ¿queréis oír qué es la cruz? Escuchad estas palabras: ‘Eli, Eli, lamma sabactani’”1 (Mt 27, 46). Empezar por ahí y provocar un impacto. También puede empezar por la doctrina de los pequeños sacrificios de Santa Teresita del Niño Jesús, porque la cruz es tan divina, tan enorme, tan compleja, que no la abraza quien quiere, y como quiere. Cada uno es atraído por el Espíritu Santo, por la gracia, a abrazarla de una manera. Y, si la abraza de manera equivocada, no entra en el camino de la cruz. Hay, pues, mil gamas y mil maneras de hablar de la cruz.

Martirio de San Pedro de Verona – Museo del Castillo de Los Sforza – Milán

Diferentes vías

Hay vías excepcionales y esto está relacionado con la teoría del estado de perfección al que están obligadas las vocaciones religiosas. La perfección, cuando se vive en toda su autenticidad, es un estado de cruz. Sin embargo, el estado de perfección debe ser practicado por muchos, no obstante, no por todos. Estos muchos constituyen una multitud y, al mismo tiempo, una minoría en comparación con toda la humanidad.

La gran mayoría de las personas vive la cruz en las condiciones de vida de un fiel común, porque, de lo contrario, la sociedad temporal desaparece. Por lo tanto, hay una cantidad innumerable de almas que no están llamadas a ese estado de perfección. Sin embargo, están llamadas a admirar la perfección y, por la caridad, a alcanzarla. Desde el momento en que el individuo deja de tener un amor ardiente, entusiasmado por la perfección, comienza a relajarse. Solo consigue ser correcta el alma que admiró profundamente la cruz a la que no está llamada. Así, predicar la cruz en lo que tiene de más terrible, pero tranquilizando al fiel: “no se deje agobiar por un escrúpulo torturante por ser incapaz de ello, por el contrario, ame el sufrimiento que no se le pide, sin dejarse devorar por él. Si le fuera pedido –porque no se sabe cuál es el futuro del hombre–, usted recibirá las gracias que ahora no tiene. En este momento, sentirse proporcionado con eso, no es su obligación.

Tengo la impresión de que, al levantarse el estandarte de la cruz, esta es la primera precaución. De lo contrario, se pierde el rumbo.

Admirar sin remordimientos

Recuerdo una experiencia personal. Yo sentía mucha admiración por los mártires, pero tenía un miedo inmenso a pasar por los tormentos que ellos pasaron. Como resultado, me sentía perturbado y me decía a mí mismo: “Tú estás extasiado de admiración por ellos. Quiero ver cuánto vale esa admiración. Me gustaría ver si, ante un león, adoptarías la misma actitud. ¡No lo harías! Eres un fracasado. ¡Este miedo demuestra que tu admiración es hipócrita!”.

Y eso me perturbaba profundamente, porque parecía una increpación virtuosa. Hasta que oí a un sacerdote decir, de pasada: “La mayoría de esos mártires tuvieron la gracia en el momento de entrar en contacto con la fiera”. Yo me dije: “¡Ahí está!”. Empecé a admirar a los mártires sin quedarme horripilado.

Esto ocurre tanto con los sufrimientos lancinantes como con los sufrimientos menores de la vida cotidiana. De repente, vemos a alguien hacer un sacrificio del que nosotros no somos capaces. ¡Admiremos! Y admiremos sin remordimientos ni increpaciones tontas contra nosotros mismos.

Por lo general, decimos: “Es verdad, esa cruz, en este momento, yo no la llevo. ¿La llevaré algún día? ¿Cómo será cuando tenga que llevarla?”.

La respuesta es la siguiente: “¡No se ponga ese problema por ahora! Admire con energía y sin restricciones, y pida la gracia para que, en caso de que le sea impuesto ese sufrimiento, tenga el valor de afrontarlo, pero sin ninguna forma de angustia que hace daño al alma”. Porque, a veces, la previsión es peor que la realidad.

Los matices para soportar la cruz

Si, por otro lado, me deparo con un sacrificio que no tiene nada de extraordinario, pero que, por ser un flojo, no tengo el valor de hacer, le pediré a Nuestra Señora que se apiade de mí y me dé las fuerzas que debería tener y no tengo: “Salve Regina, Mater misericordiæ, vita, dulcedo et spes nostra, salve…”. Rezaré y al final lo obtendré. Pero nunca me debo aproximar de la cruz en seco.

Así la cruz se vuelve manejable. De otra manera, no será posible. Y el ejemplo fue Nuestro Señor. Él, como que se manifestó sin proporción con su Cruz, hasta el punto de decir: “Pater, si fieri potest” (Mt 26, 39). Y la oración, como no podía ser de otra manera, fue gratísima a Dios, que envió a un Ángel para consolarlo. Y en el Vía Crucis, un Cireneo, una Verónica, y el encuentro con Nuestra Señora.

Hay que entender que todo es muy matizado. Sin estos matices enviados por Dios, huimos de la cruz. Se convierte en un disparate. Si para nosotros, Dios matiza tanto el camino del sufrimiento, ¿por qué hemos de imaginarlo sin ello?

Alma abierta a la admiración

Entonces, recomiendo: procure admirar mucho la perfección a la que no será llamado. ¡Admírela, porque es una forma de obtenerla! ¿Quiere la prueba?: ¿Quién sería capaz de soportar el sufrimiento que soportaron Nuestro Señor Jesucristo o Nuestra Señora? ¡Nadie! ¡Ni de lejos tenemos la sustancia para ello!

Pero, de tanto admirar aquello de lo que no somos capaces, entra en nosotros algo de esa gracia. La admiración es el cáliz a través del cual recibimos la cualidad superior que no tenemos.

Encuentro de Nuestro Señor con Nuestra Señora – Iglesia de San Pedro, Gante, Bélgica

Y, en la medida en que admiro la capacidad de otro para sufrir, esa misma capacidad entra en mí. No significa que entrará tanto como hay en el otro. Pero, la medida para la que soy capaz de sufrir, a fuerza de admirar, ¡entonces yo la recibo!

El alma abierta a la admiración está abierta a todas las estrellas, a todos los soles. El alma cerrada a la admiración está entregada a sí misma. Del alma envidiosa, entonces, ni sé qué decir… Esta apedrea e insulta a las estrellas.

Entrada en el camino de la cruz

Por lo tanto, la entrada en el camino de la cruz es la admiración a la cruz. Naturalmente, ante todo al Crucificado y a la Corredentora. Pero no nos limitemos a ejemplos históricos. Procuremos ver la cruz entre aquellos que, a nuestro alrededor, practican el amor a ella.

La Pasión de Nuestro Señor no ha terminado, de alguna manera es permanente. Pero solo entro en conexión con aquello que pasó, cuando admiro lo que hay de análogo pasando a mi alrededor.

Por lo tanto, debemos mirar con admiración a nuestro alrededor.

Sé que muchos tienen la práctica tan desafortunada y miserable de no hacer examen de conciencia y ni siquiera saber lo que pasa en su propia alma. Por ahí entran guijarros de envidia. ¡No nos hagamos ilusiones! O tenemos la certeza de que tratamos de expulsar la envidia, o ella habita en nosotros. No es alentador, pero es la pura verdad.

El camino de la cruz y los grados de perfección

Respecto al condicionamiento del camino de la cruz, hay que decir lo siguiente: sería un error afirmar que las personas llamadas a la vida temporal no están llamadas a la perfección.

De hecho, todos los que pertenecen a Órdenes religiosas están llamados al estado de perfección. El religioso que se niega explícitamente a tender hacia la perfección comete, ipso facto, un pecado mortal. Es doctrina de la Iglesia que debe tender a la perfección.

Pero, si en la sociedad no hay un considerable número de personas que, dentro de sus condiciones de vida, busquen la perfección cristiana, o al menos tengan la intención de buscarla, la sociedad temporal se marchita, perece.

Por lo tanto, no debemos identificar la “perfección” únicamente con la condición eclesiástica o religiosa, admitiendo la imperfección descarada en la sociedad temporal. Cada uno ha sido llamado a un grado de perfección. La gran mayoría no ha sido llamada al estado de perfección de los religiosos, sino a un cierto techo de perfección dentro de la vida que lleva, y a eso debe aspirar tender.

En la iglesia de San Basilio, en Moscú, tenemos una imagen de ello. Aquellas cúpulas podrían ser el gráfico de las perfecciones. Algunas perfecciones son enormes, otras son pequeñas, torrecillas con una cúpula diminuta en la punta. Así es la multitud de las almas. Cada alma es como una torre que tiene en lo alto una cúpula, es decir, una perfección propia a la que debe tender.

Alguien puede llegar al Cielo sin pasar por el Purgatorio, habiendo vivido en la sociedad temporal para una perfección menor. Y, por haber sido recto en esa perfección, siguió un ideal muy bello y alcanzó la visión de Dios. Al comprender esto, creo que el alma se tranquiliza y está mejor preparada para entrar en el camino de la cruz, que es hermoso y lleno de sorpresas, como una navegación en un mar desconocido que presenta tanto tormentas y las trampas más tenebrosas, como también los más magníficos panoramas.

Suavidades colocadas por la Providencia

Hay cosas que para la gente común sería un sacrificio espantoso practicarlas. Sin embargo, cuando alguien es llamado a realizarlas por vocación, se llena de alegría y consuelo hasta los últimos días de su vida.

En la Gruta de Lourdes, por ejemplo. Allí hay hombres y mujeres que se esmeran en bañar a los enfermos. Alguien podría decirles: “Mira, allí vas a entrar en contacto con todo lo más repugnante y terrible. Cuando toques el agua de ese baño inmundo, donde hay costras de heridas y puede todo el mundo, los microbios más amenazadores de todas las enfermedades podrán tener contacto contigo. Esas piscinas son antihigiénicas en el sentido más violento y literal de la palabra, y tú pondrás tus manos limpias y desinfectadas para lavar a esos enfermos. Será una tortura todo el día”.

¡No es una tortura! Vaya, toque eso, la gracia tocará su alma de otra manera y todo será hecho con naturalidad. No considere la cosa como en concreto no va a ser.

Con muchos sufrimientos ocurre esto, con otros no. Se sufre mucho, pero no se percibe que la Providencia pone una suavidad en el alma a propósito de ese sufrimiento. Cuando termina, a la persona le gusta recordarlo y, a veces, vuelve al lugar donde sufrió para dar gracias a Nuestra Señora.

Cúpula de la Iglesia de San Basilio

En el núcleo del sufrimiento, una dulzura

Es necesario que cada uno comprenda que no se debe confrontar el sufrimiento futuro con el estado de espíritu actual, porque cuando llegue el momento, Nuestra Señora obtendrá las fuerzas. Más aún, Ella, que es Madre de Misericordia, nos dará los medios para sufrir potablemente.

Hay una dulzura especial en el núcleo del sufrimiento, cuando recordamos lo siguiente: esta cruz me ha sido dada por Dios, es la suave almohada que la Madre de la Misericordia me ha preparado para aguantar. ¡Sigamos adelante! Cuando esto termine, echaré de menos estos días.

Es como Jesús con los discípulos de Emaús. En la hora de marchase, Lo reconocen. Cuando cesa el sufrimiento, nos damos cuenta qué mano nos estaba sosteniendo y nos quedamos encantados.

Sagrado Corazón de Jesús (Acerbo particular)

¡No nos asustemos! La entrada del camino del sufrimiento es una resolución heroica y viril, pero al mismo tiempo es una ponderación de las mil protecciones que entran en ello. De lo contrario, no se ha vivido ni se ha sufrido católicamente.

Para mí, el mejor ejemplo es la iconografía del Sagrado Corazón de Jesús. Todas las imágenes Lo representan con el Corazón coronado de espinas, traspasado, herido por un dolor. En la parte superior, ardiendo una hermosa llama del amor de Dios, de virtud, y señalando con la mano el Corazón para que los demás vean cuánto Él sufría. Pero, al mismo tiempo, sonriente, afable, bondadoso, digno y, ¿por qué no decirlo?, incluso noble, ¡es Rey! Rex dolorum, pero también Rex caritatis. Rey del amor de Dios y del amor a los demás. ¡Es un prodigio de equilibrio en el dolor! v

(Extraído de conferencia del 6/12/1985)

1) «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

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