La Liturgia de la Palabra en la reforma conciliar

Publicado el 07/22/2020

Los padres conciliares manifestaron en la Sacrosanctum Concilium un ardiente deseo sintetizado en estas palabras: “En las celebraciones sagradas debe haber lectura de la Sagrada Escritura más abundante, más variada y más apropiada”.1

Para hacer efectivo ese anhelo, la Iglesia creó el Leccionario dominical, reservado para los domingos y solemnidades, y otro ferial, usado entre semana. El dominical se compone de tres ciclos sucesivos: A, B y C, y cada uno abarca un año litúrgico completo. El ferial se divide en años pares e impares, proporcionando mayor variedad en las lecturas bíblicas: sólo los pasajes evangélicos en los años pares e impares son los mismos, mientras que los de la primera lectura y del salmo son diferentes.

De esta forma, sólo con la participación en la Misa dominical los fieles recorren a lo largo de tres años la casi totalidad de los Evangelios y los pasajes más importantes del Antiguo y del Nuevo Testamento; mientras que los asistentes a la Eucaristía diaria pueden beneficiarse con mucha más amplitud del tesoro de la Sagrada Escritura, recorriéndolas casi por completo.

Tres ciclos para los tres Evangelios sinópticos

En los ciclos mencionados antes la liturgia dominical contempla los tres sinópticos en el mismo orden que constan en el Nuevo Testamento: el Ciclo A nos presenta el Evangelio de San Mateo; el Ciclo B, el de San Marcos; y el Ciclo C, el de San Lucas.

San Juan tiene un lugar propio a lo largo de los tres ciclos. Ante la brevedad del Evangelio de San Marcos, el Discípulo Amado adorna con sus escritos evangélicos los domingos del 17o al 26o del Ciclo B. Y la profundidad teológica de su pluma marca los domingos de la Cuaresma y de la Pascua, proporcionando a estos importantes períodos una verdadera catequesis sacramental de gran valor doctrinal.

Cada uno de los ciclos está enriquecido con peculiaridades del respectivo evangelista. San Mateo, por ejemplo, tiene una innegable impronta judeo-cristiana, pero su Evangelio está todo orientado a la predicación para el mundo pagano recién convertido. Nos muestra a Jesús como el príncipe destinado a gobernar Israel (cf. Mt 2, 6), pero que trae la salvación para todas las naciones (cf. Mt 12, 18ss) y es rechazado precisamente por el pueblo judío. El nuevo Israel es la Iglesia y la verdadera ley es la justicia entendida como santidad.

En el Evangelio de San Marcos, escrito para los cristianos procedentes del judaísmo, Jesús está muy pre sente como el Mesías prometido. A pesar de su brevedad sirvió de base a los otros sinópticos.

San Lucas, el más culto y minucioso de los tres, ofrece un Evangelio escrito por un no judío para lectores no judíos, con base en informaciones de terceros, como él mismo afirma (cf. Lc 1, 1-4). Gracias a sus dos primeros capítulos, que bien se podrían llamar el “Evangelio según María”, conocemos muchos detalles de la historia de la infancia de Jesús no contemplados en los otros sinópticos.

Armonía entre las lecturas bíblicas

Pero la Liturgia de la Palabra no se limita a los Evangelios. Los domingos también son proclamadas una lectura del Antiguo Testamento y otra del Nuevo, unidas por un salmo responsorial —enriquecedora innovación que aporta la reforma conciliar—, lo cual proporciona una saludable multiplicación de los textos propuestos para la meditación de los fieles.

Para armonizar esos diversos elementos los compiladores siguieron un doble criterio. En relación a los Evangelios, a menudo se leen pasajes secuenciados del mismo evangelista en sucesivos domingos de determinado tiempo litúrgico. Así ocurre, por ejemplo, durante el Tiempo Ordinario en el que, prácticamente sin interrupciones, la perícopa de cada domingo es una continuación de la del domingo anterior. De esta manera se contempla a lo largo del año la práctica totalidad de cada sinóptico. Esta ordenación, no obstante, a veces cede el sitio a un criterio temático, que selecciona el pasaje evangélico en función de la materia más adecuada a ser abordada en determinado tiempo litúrgico, como veremos más adelante.

Organizados de este modo los Evangelios, centro y finalidad de la Liturgia de la Palabra, los demás textos litúrgicos se ordenan a partir de aquellos. Las lecturas del Antiguo Testamento de los domingos no son escogidas teniendo como objetivo la continuidad sino en función del respectivo Evangelio. Se prefirió este método para destacar la importancia de la Buena Nueva. De esta manera, la primera Lectura puede presentarnos una prefigura del hecho narrado por el evangelista o una profecía que lo anuncia, así como recoger un hecho de la Historia de la Salvación evocado por el Señor o resaltar, por un lado, el tremendo contraste entre el reino de pecado y la miseria humana antes de la venida del Salvador y, por otro, su divino mensaje.

Consideremos, a título de ejemplo, la primera Lectura correspondiente al Evangelio del domingo 32o del Tiempo Ordinario, comentado por Mons. João Scognamiglio Clá Dias en la edición anterior de esta revista. Paralelamente al gesto de la pobre viuda que depositó en el arca del Templo todo lo que tenía (cf. Mc 12, 41-44), la primera Lectura nos presenta la figura de la viuda de Sarepta que no dudó en alimentar al profeta Elías con un puñado de harina y un poco de aceite que le quedaban para ella y su hijo (cf. 1 Re 17, 10-16).

Y si la primera Lectura apunta al Evangelio, podemos decir que la segunda, sacada del Nuevo Testamento, parte de él como una continuación o profundización que gana en densidad teológica al ser analizada a la luz de los demás textos litúrgicos. De modo que, la segunda Lectura del domingo 32o del Tiempo Ordinario nos muestra el modelo de generosidad de alma a la que nos invitan tanto el Evangelio como la primera Lectura: es el mismo Jesucristo quien, como Sacerdote, intercede por la humanidad, tras realizar el sacrificio pleno de sí mismo (cf. Hb 9, 24-28).

Finalmente, el salmo responsorial es escogido en armonía con las demás lecturas.

Los tiempos fuertes o privilegiados

Mucho más meticulosa que en el Tiempo Ordinario es la estructura de la Liturgia de la Palabra en los llamados tiempos privilegiados o fuertes, que recuerdan los grandes acontecimientos de nuestra Redención o que nos preparan para ellos: Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua. En estos tiempos más favorables a la gracia, el criterio de selección se centra mucho más en la temática que en la continuidad.

El Adviento, que marca el comienzo de cada año litúrgico, comprende dos preparaciones: una escatológica y una natalicia. Así, las lecturas de los tres primeros domingos nos hablan de la vigilancia y del fin del mundo, y las del cuarto constituyen una preparación inmediata para el nacimiento del Salvador.

 

En el Tiempo de Navidad se rememoran los acontecimientos siguientes a la Encarnación del Señor, completados en las lecturas con el profundo soporte teológico de los escritos de San Juan sobre este tema.

La Cuaresma, a su vez, se configura como un período penitencial de preparación para la Pascua. En los tres ciclos, el primero y el segundo domingo recogen de acuerdo con

cada sinóptico los episodios de las tentaciones de Jesús en el desierto y la Transfiguración. Mientras que los domingos tercero, cuarto y quinto contemplan realidades diferentes, aunque riquísimas, en cada ciclo.

Paralelamente, las lecturas del Antiguo Testamento nos presentan durante ese período un verdadero resumen de la Historia de la Salvación que culmina en el quinto domingo con las profecías más importantes a respecto de la Nueva Alianza.

En cuanto a las lecturas de la Pascua, éstas recogen, después del relato de las diversas apariciones del Señor resucitado, el inmenso tesoro teológico del Evangelio de San Juan en los pasajes que subrayan la alegría pascual.

Todo esto se complementa con las narraciones de los Hechos de los Apóstoles, que constituyen la concreción de todas las promesas del Antiguo Testamento y el fruto de la semilla echada por el Señor. Y para cerrar ese tiempo de júbilo tenemos las solemnidades de la Ascensión y de Pentecostés.

No despreciemos el don de Dios

Por lo tanto, vemos que la Liturgia de la Palabra no constituye un tipo de rito introductorio para la Liturgia Eucarística, mediante la cual conocemos mejor la Historia Sagrada, sino una parte fundamental de la celebración que prepara nuestras almas de la manera más adecuada posible para el Sacrificio y el Banquete eucarísticos.

No en vano, afirma San Cesáreo de Arlés, refiriendo un pensamiento de su admirado maestro San Agustín: “la Palabra de Dios no es menos importante que el Cuerpo de Cristo. Por eso, así como tenemos cuidado, cuando nos es distribuido el Cuerpo de Cristo, de no dejar caer nada de él en el suelo, debemos del mismo modo tomar igual cuidado en no dejar escapar de nuestro corazón la Palabra de Dios que nos es comunicada, pensando o hablando otra cosa. Porque no es menos culpable quien escucha la Palabra de Dios con negligencia que quien deja caer al suelo, por negligencia, el Cuerpo del Señor”.2

Sigamos el sabio consejo de este santo arzobispo y tengamos debidamente en cuenta el inmenso tesoro que la Iglesia pone a nuestra disposición durante la Misa, conscientes de que eso nos dará grandes frutos de santidad y contribuirá a conocer mejor y amar más a Nuestro Señor Jesucristo.

 

1 Sacrosanctum Concilium, no 35, 1.
2 SAN CESÁREO DE ARLÉS. Sermón. 78, 2: CCSL 103, 323-324.

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