Toda mentalidad encarna una doctrina, que a menudo no es confesada y permanece oculta por detrás de principios que la persona dice tener, pero no osa practicar. Este choque entre principios y mentalidad produce un derrumbe en la personalidad.
Plinio Corrêa de Oliveira
Profundicemos en el tema de la doctrina y la mentalidad.

La mentalidad en cuanto encarnación de la doctrina
Nos preguntamos: por detrás de esta poesía, ¿Hay una mentalidad? ¿Hay una doctrina? ¿Cuál es la diferencia entre una y otra? ¿Qué es doctrina y qué es mentalidad? En el actual mundo de confusión, hay personas que piensan que el estudio de la mera doctrina forma al hombre y que no hay necesidad de estudiar la mentalidad. Otras, en sentido opuesto, se hacen la ilusión de que una vez que se ha aprendido sobre mentalidad, no es necesario conocer doctrina.
Conociendo las relaciones entre ambas realidades, nos damos cuenta de cómo una complementa a la otra y de cómo debemos tener presentes las dos cosas. Porque toda mentalidad es, bajo cierto punto de vista, la encarnación, la reducción a signos sensibles de una determinada doctrina. ¿Cuál es la doctrina que está puesta en este soneto? Es la doctrina común del gozador de la vida, que hizo el cálculo de placer para sus días.
Gozadores de la vida en oposición a la mentalidad católica
Expondré las doctrinas sobre la vida y la felicidad que convergen en la mentalidad de un gozador.
Vivir consiste en ser feliz. Ahora bien, si las grandes emociones son una desgracia, entonces la felicidad consiste en no tenerlas. Hay que prepararse para una vida tranquila, en la que el paso de las horas sin emoción confiere la propia felicidad. Eso es una doctrina.
Hay otros gozadores que piensan lo contrario: la felicidad está en las grandes emociones. Siendo así, se necesitan grandes aventuras, correr, galopar e imaginar. Y cuando las grandes emociones cesan, el individuo deja de vivir.

Si le dijéramos a uno de estos individuos: “¿Tu niegas la cruz de Nuestro Señor Jesucristo?”. Él respondería: “¡En absoluto! En mi casa tengo un hermoso crucifijo dorado y, los Viernes Santos, voy siempre a la parroquia con mi mujer y mis hijos. Todos besamos la Santa Cruz. Y hasta la mendiga a la que le doy limosna me elogia: ‘¡Qué bonito ver a toda su familia al pie de la cruz’! Comenté con mi mujer: ‘Al pie de la cruz, al pie de la cruz… ¡qué bonito!’”
Sin embargo, esos hombres son de los tipos de almas mundanas cuya doctrina es diametralmente opuesta a la que San Luis Grignion de Montfort denomina como la mentalidad y la doctrina de los Amigos de la Cruz.
Al verdadero católico no le importa el gozar, quiere servir. Está en las antípodas de los gozadores, porque se guía por la verdadera doctrina de vivir para amar, alabar y servir a Dios en esta Tierra y darle gloria, por toda la eternidad, en el Cielo.
En este valle de lágrimas, la felicidad sin nubes no existe para el hombre, y no serían ni las grandes ni las pequeñas emociones las que se la darían. La única existencia soportable es la del católico, cuya vida está apostada a todo lo que la Providencia permite y dispone. Sea una emoción grande o pequeña, sea cual sea el acontecimiento, él cumple con su deber y, habiéndolo cumplido, él vivió.

Y entonces: ¿Qué es la mentalidad? ¿En qué se diferencia de la doctrina?
El hombre es un coleccionista de símbolos de su mentalidad.
La mentalidad es el estado de un hombre que ha ajustado toda su persona a la doctrina que sostiene: todo su sentir, su forma de ser, todo lo que hace, el ambiente que crea. Es un símbolo vivo de su doctrina, es un coleccionista de símbolos y crea un entorno simbólico a su alrededor, y luego canta aquello que simbolizó… Este es el hombre que tiene mentalidad.
En el caso del poeta, tiene una convicción doctrinal que deja trasparecer. Ahora bien, no se trata sólo de una explicación verbal, sino todo su ser, todo su temperamento, su sensibilidad, su estilo de vida y todos sus hábitos transmiten una doctrina y están ajustados a ella. Rodeado de los símbolos, aún compone una poesía, para hacer saborear a los demás la delicia de lo que él experimenta.
El espíritu humano necesita conocer la verdad y la virtud por entero, dentro de la doctrina, pero ésta hay que hacérsela cognoscible en todos sus aspectos, de manera que toda su persona asimile la doctrina cuando, por ejemplo, entra en un ambiente rodeado de símbolos. Dios dispuso que el hombre formara su mentalidad así.
Para eso la Iglesia fue constituida como Maestra de la Revelación, para garantizar que llegase a todos los pueblos el conocimiento de la verdad. Pero, además, luego promovió la liturgia, las ceremonias, y los templos, como ambientación para la práctica de la doctrina y para tener horror a lo que le es opuesto.
Así es como la doctrina forma la mentalidad. O es esto, o el individuo adhiere a una doctrina y tiene su mentalidad formada de otra manera. ¿Cómo puede existir tal contradicción? Daré algunos ejemplos.

Monasterio de Batalha, Portugal
Doctrina sin mentalidad, mentalidad sin doctrina
El escritor habla de reparto, lo que implica que se han heredado bienes. Imaginemos que haya recibido de su tatarabuelo una vieja novela de caballería, un hermoso libro de las primeras encuadernaciones. No lo lee, pero lo guarda en casa, porque le parece interesante tenerlo sobre la mesa en uno de sus salones.
Este hombre tiene un nieto que en las horas libres viene a jugar a su casa, y como considera que su abuelo es sumamente aburrido, empieza a leer la novela de caballería. Al niño, que le gusta el libro, puede incluso entusiasmarle la historia, pero, acostumbrado a la casa de su abuelo y a la casa de su padre formado por su abuelo, no vivirá el espíritu de la Caballería. En este caso, tiene la doctrina, pero no tiene la mentalidad.
Hay personas a las que les gusta ver novelas policíacas. Si la novela la dan a las once de la noche, por ejemplo, primero cierran bien la casa, se sientan en la butaca más cómoda; según el nivel, se ponen las zapatillas y encienden el televisor justo antes de la hora para acompañar toda la historia, y la siguen con una afición única.
Terminada la sesión, todos se retiran, toman un vaso de agua o de leche y se van tranquilamente al dormitorio pensando en cómo acabará el caso de la joven angustiada que se quedó colgada de un cable eléctrico, a punto de caer a la calle. Se acuestan y duermen un sueño monumental.

Una persona así puede incluso encantarse doctrinalmente con el riesgo en cuanto ornamento de la vida, e incluso le gusta verlo en la vida de los demás. Pero… en su propia vida, no quiere riesgos, porque no tiene aquella mentalidad, sino la de Plantin.
Y la persona sufre una contradicción interna, que se convierte en fuente de malestar. Pero no hay nadie que no tenga una mentalidad acorde con una doctrina determinada. Se puede estar dividido entre dos doctrinas diferentes, pero no existe nadie a-doctrinario.
Lo explícito vacío y lo implícito avergonzado
Conocer la doctrina no es suficiente. Cuántos hay en el infierno que conocieron la verdad, y sin embargo no amoldaron su mentalidad a la doctrina.
Alguien podrá decir: “Pero una persona nunca será capaz de explicitar eso”. Los que tienen esta mentalidad no se molestan en hacerlo explícito, eso ya forma parte de su pensamiento; les gusta serlo. Y este tipo de mentalidad, que vive al margen de su propia doctrina, prefiere incluso no explicar nada, para no comprometerse.
Volviendo al ejemplo imaginario del niño que lee el Amadís de Gaula3, supongamos que, mientras lee, disfruta de una deliciosa cuajada que le ha preparado su abuela. Luego sale a pasear bajo la espaldera pensando: “¡Qué coloso es el abuelo! Nadie puede con él”. Y su abuelo le dice: “Hijo mío, aprende de mí. ¡Ah! ¡Vida tranquila es eso!”.
El niño, se da cuenta confusamente de que si explica la doctrina tendrá un choque, de manera que, si hay algo que no quiere, es que las cosas le queden claras. Es la coexistencia vergonzosa de un explícito vacío con un implícito avergonzado. Ese es el estado de espíritu.
Si la persona no aclara las cosas y persiste en no aclararlas, llega un momento en que la Providencia la llama. Y Dios, que odia la mentira y odia que se cierren los ojos a la verdad, sobre todo a la verdad interior, viene con un castigo.
Comienza una vida, ordenada por la Providencia, que da tropiezos para invitar a la persona a la explicitación. O puede ocurrir que la persona se quiebre de repente. Comete una infamia, recapacita: “Eso, no debería haberlo hecho… ahora ya no hay remedio”, y se desespera.
Choque de mentalidades; Judas y el joven rico
¿No habrá habido un proceso similar con Judas?
Él se estaba hundiendo medio inconscientemente; en un momento dado roba algo de dinero de la caja de los Apóstoles. Ahora bien, donde está Nuestro Señor, la caja no es de nadie, porque todo le pertenece a Él. Judas roba una suma de dinero, y la gasta con la idea de reponerla más tarde; pero para ello vuelve a robar, haciendo un pequeño negocio para sacar beneficio para la reposición y poder tomarse otro trago de vino; el pequeño negocio, sin embargo, sale mal y se desanima de pagar.

Judas en el Huerto de los Olivos – Museo Nacional de Baviera, Múnich
Empieza a quedarse resentido, porque San Pedro se da cuenta de lo que pasa y empieza a mirarle con mala cara; se vuelve inseguro en presencia de Nuestro Señor y el proceso sigue su curso. En cierto momento, planea la traición… ¡Es la maldición de la ambigüedad! Fue engañándose a sí mismo, engañándose, engañándose, engañándose.
Son las mentalidades cuyos principios no se osa confesar, al tiempo que confiesa principios que no osa practicar. Aquí está el choque mentalidad- principio.
Otro ejemplo es el joven rico del Evangelio. Se encontró con el Divino Maestro y le preguntó qué tenía que hacer para ser perfecto, y recibió la respuesta de que tenía que observar los Mandamientos. El joven respondió que los practicaba desde su juventud. Nuestro Señor lo miró, lo amó, lo quiso con predilección y le dijo: “Una sola cosa te falta: ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo. Luego ven y sígueme” (Mt 19,21).
El joven, sin embargo, tenía una ambigüedad fundamental: quería ser perfecto y seguir siendo él mismo, si se ve con lupa. Sin embargo, Nuestro Señor le pedía que fuera diferente y siguiera el camino de la prueba y de la lucha, y no el camino cómodo de la riqueza.

Nuestro Señor con el joven rico – Iglesia de San Vendelino, Saint Henry, EE.UU.
Era rico, virtuoso, es verdad –dentro de las comodidades de la opulencia, tenía algún mérito, porque la riqueza trae muchas solicitaciones al pecado–, pero al mismo tiempo evitaba las dificultades específicas de quien experimenta pobreza o reveses en la vida. Ahora bien, Nuestro Señor quería que él también tuviera la aureola de esas luchas, porque para ser perfecto hay que haber experimentado diversas formas de dificultades y tentaciones. Sin embargo, al oír estas palabras, se retiró lleno de tristeza…
¿Qué hubo en el fondo de esta actitud? Sucedió que su mentalidad y su doctrina se fundaban en una visualización equivocada de la perfección. Cuando Nuestro Señor le enunció la verdad, se produjo un choque total entre doctrina y personalidad, y él se hundió…
Me pareció necesario dar todas estas explicaciones para resaltar la distinción entre mentalidad y doctrina, y para que comprendamos cuan preciosa es una formación que transmita ambas cosas. Lo más difícil, sin embargo, es justificar la necesidad de una formación a través de la mentalidad.
(Extraído de conferencia del 12/06/1981) 1)
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1) Comentado en el número anterior, pp. 14-17.
2) Christophe Plantin (*1514 – †1589). Editor y humanista holandés. Autor de la poesía antes mencionada.
3) Obra de la literatura medieval española, uno de los romances caballerescos más famosos.







