Denuncia profética
Hay un lado heroico del alma brasileña por el cual cada uno es capaz de entusiasmarse, dedicarse y entregar su vida por una causa grandiosa. Sin embargo, la molicie, la indiferencia con los principios y el espíritu de acomodación muchas veces desfiguran Brasil.
Brasil es una nación que tiene todo lo necesario para producir grandes luchadores. El espíritu de lucha está, de alguna manera, dentro de la luz primordial del brasileño.
Don Vital: “un hombre asombroso”
Recordemos, por ejemplo, a Don Vital María Gonçalves de Oliveira, que hasta por el físico era un luchador estupendo: hombre alto, corpulento, con una gran barba de patriarca varonil, con unos ojos negros, almendrados, alargados, pareciendo que en su perspicacia miran hasta de lado; un porte noble, fuerte, sin rodeos, dispuesto a enfrentar todo tipo de combates, frente ancha para encontrar toda clase de argumento y participar de todas las especies de polémicas.
Él decía de sí mismo que poseía una gracia dada por Dios, por la cual nadie se había acercado a él sin que él percibiera, de inmediato, todas las intenciones más recónditas de la persona. Desde pequeño, era tan combativo y tomaba actitudes tan inesperadas que en la familia lo llamaban “hombre asombroso” porque asombraba a todo el mundo. Cuando pensamos que este hombre era eminentemente brasileño por los cuatro costados, comprendemos qué se puede esperar de la nación brasileña.
Podríamos presentar otros ejemplos, pero no estoy dando una clase de historia. Cito solo Guararapes (batallas del S. XVII en que portugueses derrotaron holandeses invasores), toda la reconquista pernambucana, la guerra religiosa de Pernambuco; y con eso ya queda dicho que tuvimos nuestra Cruzada, nuestra “Chouannerie” contrarrevolucionaria.

Don Vital María Gonçalves de Oliveira
La estima personal prevalece sobre la diversidad ideológica
Debemos considerar la actitud temperamental del brasileño, que es una constante de nuestra historia. El brasileño característico, es decir, que no tiene contribuciones de otra sangre que no sea la portuguesa, tiene la mentalidad construida de la siguiente manera:
Él mira a la persona, y enseguida ve su lado bueno –solo el demonio o los que caen en el infierno no tienen ni una cosa de bueno– y en un primer movimiento simpatiza: “¡Ah, Fulano! Es amable, simpático.” Enseguida traba esa conversación característica: sobre lluvia, buen tiempo, automóviles, carreteras, un poco de cine y, tan pronto como la amistad se hace más firme, comienza a hablar de política. Cuando la amistad ha llegado a su apogeo, salen chistes obscenos y se establece una mezcla de complicidad y camaradería; nace la estima personal.

Batalla de los Guararapes – Museo Histórico Nacional, Río de Janeiro
Esta estima de persona a persona prevalece sobre la diversidad ideológica. Las ideas acaban representando un papel secundario. Por eso hay una constante en la Historia de Brasil: todo el mundo hace política que, muchas veces, llega hasta la carranca (fisonomía de mal humor). Esta rara vez llega al principio de la pelea y, cuando eso sucede, hay una composición y de todas formas, la cosa se arregla.
Todas nuestras revoluciones, incluyendo la Revolución Paulista de 1932, son enormes tormentas que se arman, duran un poco más o un poco menos, de repente encuentran una solución y las cosas se deshacen. Porque, en última instancia, nadie quería luchar, todos estaban desbordando de una mutua simpatía subconsciente.
Mezcla de remordimiento y nostalgia
Tomemos dos ejemplos más, muy característicos de nuestra historia.
Primero, la independencia de Portugal. Hicimos un himno nacional bravío. La letra, aunque reciente, expresa la continuidad de un sentimiento de independencia feroz. En realidad, hicimos un poco de tumulto ou agitación popular –por cierto, no muy justo– en relación a los portugueses, pero la cosa quedó solo en eso. Absorbimos como nuestro Emperador al príncipe heredero de Portugal, quien continuó como fundador de la nacionalidad.
En el Tratado en que Brasil y Portugal pactaron la independencia, quedó reconocido a Don Juan VI –trazo eminentemente brasileño– el derecho de usar el título de Emperador de Brasil hasta el final de sus días.
Después de la pelea, comienza una mezcla de remordimiento y nostalgia: “¡Ah, pobrecito anciano! ¡Fue tan bueno, fundó la prensa nacional en Rio!” Cuando se dijo que ya no era el soberano de Brasil, le fue entregado el título de emperador. Entonces el país quedó satisfecho con la idea de que estaba libre del anciano, y éste no lloraba. El temperamento brasileño llega hasta ahí.

El Grito de Ipiranga – Museo Paulista
Um trazo del temperamento brasileño
Otra característica. Con la proclamación de la República –no entro aquí en la cuestión política, de si fue bien hecha o mal hecha–, se pone fuera Don Pedro II.
En el momento en que se estaba estableciendo la barrera por la cual ya no podía volver: “Pobre, ¡qué hombre tan paternal con esa barba blanca! Es sabio, sabe incluso sánscrito. Nunca mató a nadie. ¡Y Doña Teresa Cristina, tan maternal! Le concederemos cinco mil contos (ndr. moneda antigua – cinco mil contos era una cantidad significativa) para vivir en el exilio.”
Es un hecho único en la historia del mundo: un país que da subsidios a un monarca expulsado. Hablando con un economista, me dijo que esos cinco mil contos –que Don Pedro II, por cierto, tuvo la elegancia de rechazar– equivaldrían hoy a cinco millones de cruceros. ¡Una donación estupenda! Además, conservaron todos los bienes de la familia imperial y fueron enviados a Europa, donde ésta se estableció: calesas, carruajes, emblemas, corona, insignias, etc.
Y en Brasil comenzaron a aparecer: “Ferocarril Don Pedro II”, “Estación Don Pedro II”, “Grupo Escolar Don Pedro II”, “Plaza Don Pedro II”, “Plaza Doña Leopoldina”3, etc. No hubo presión de la opinión monárquica, pero, sea como sea, el alma de los republicanos es así: “También vamos a dar esto, aquello, arreglar las cosas para que la familia imperial, las monarquistas y los republicanos queden satisfechos.” Es un rasgo del temperamento brasileño.

Proclamación de la República – Pinacoteca Municipal de São Paulo
Fuerza de dulcificación nacional
Hace algún tiempo, depusieron a un jefe de Estado. En cierto momento, partió del Puerto de Río de Janeiro un barco de guerra llevando a las autoridades del gobierno destituido. Al pasar cerca del Fuerte de Copacabana, la tragedia parecía inminente. Pero los militares del Fuerte no dispararon o no acertaron, y el barco pasó. Es una constante del temperamento nacional: a la hora de haber derramamiento de sangre serio, algo lo frena y nadie pelea. ¿Por qué?
En parte, no pelean porque los jefes son brasileños y tienen ese temperamento; en parte porque, confusamente, sienten que el que da el primer tiro pierde el prestigio en su propio partido. El partido está furioso, pero si alguien dispara dicen: “¡No es para tanto!” Si hay otra guerra, puede haber enfado, se posicionan cañones, envían la tropa, pero no se va a matar gente.
Alguien objetará: “Está bien, pero los hijos de italianos, de sirios, de alemanes y tantos otros pueblos que hay en Brasil ¿no tienen una mentalidad diferente?”
Nunca escuché decir que la nación italiana, tan brillante, tuviera entre sus principales glorias la de la guerra. Ha producido, sobre la guerra, espléndidas obras de teatro, magníficas obras literarias. En la Gran Guerra de 1914-1918 todas las naciones brillaron por algunos grandes generales. Italia fulguró por D’Annunzio.

Fuerte de Copacabana
No es la contribución de la sangre italiana que nos hará más belicosos de lo que somos. Creo que los descendientes de italianos están seguros de eso.
Los sirios se caracterizan por las luchas pacíficas del comercio, las lucrativas competiciones de la compra y vende. En cuanto a la pelea, la guerra, no noto ninguna señal especial.
Sin embargo, con los alemanes sucede una cosa muy curiosa. Es tal la fuerza de absorción de Brasil, la influencia brasileña es tan fina, penetra por poros tan delgados y tan profundos, que la combatividad cesa enseguida. Por cierto, un alemán que vive en Brasil ya no es combativo porque, generalmente, se mudó para evitar ambientes de guerra. Y aquí se endulza, más o menos como la naranja que, siendo una fruta un poco ácida, puesta en un almibar, se convierte en compota.
No hay nada que resista a la fuerza de dulcificación nacional. Brasil es una gran fábrica de azúcar. Y se comprende fácilmente qué dificultad hay para que el brasileño tome realmente una actitud combativa.
Capacidad de entregar la vida por una causa noble
Consideremos ahora el reverso de la medalla. Viajé por Europa y he tenido contacto con muchos pueblos. Debo decir con franqueza que no vi a ninguno tan rápido para comprender como el brasileño.
En un auditorio europeo, e incluso de otros países, se hace una conferencia y la gente va avanzando con el expositor. El brasileño, al contrario, no busca escuchar lo que el conferenciante está diciendo, sino que busca adivinar a dónde quiere llegar. El oyente de otros países es atento y esforzado. El brasileño tiene un ojo movedizo sobre el conferenciante; esto lo conozco a más de sobra… Desde las primeras palabras, los brasileños más o menos intuyeron el final y no están muy interesados en la argumentación. Están más atentos al espectáculo: cómo es el hombre, cómo se mueve, cómo hace, cuál es su temperamento. Y si el conferenciante no da un poco de espectáculo mientras habla, comienza un sueño generalizado.
Forma parte de nuestro modo de ser. El brasileño lo capta, luego no sabe explicitar y sobre todo no consigue argumentar; queda con una impresión vaga en la cabeza, pero que es el punto central de la cosa. Cuando dos entran en disputa, se enojan, discuten un poco y luego la discusión cesa por falta de materia prima.
Pero el pueblo brasileño tiene una cualidad: cuando es serio –este es el gran problema, necesitábamos hacer el “Instituto Nacional de la Seriedad”– es capaz de entusiasmarse por una causa, dedicarse y entregar su vida a eso.
Esta nación tiene la materia prima para la molicie, pero también para esa dedicación, ese radicalismo y toda esa energía dados por Nuestra Señora. Aquí está la alternativa brasileña.
Opción clave para Brasil
Cuando presentamos las verdades hasta sus últimas consecuencias y recordamos aquellas que a la gente no le gusta recordar, atacamos el error que nadie quiere fustigar, diciendo contra él, todo lo que debe ser denunciado, representamos la cara heroica del alma brasileña, por medio de la cual Brasil puede ser una gran nación católica. Mientras que el liberalismo reproduce otra fisionomía de nuestra nación: la indiferencia hacia los principios, cierta dosis de cinismo y espíritu de acomodación.
Por ejemplo, ante el problema sobre cómo portarnos frente a los herejes, existe una opción de la propia nación brasileña: cerrarse al liberalismo y tomar una actitud radical, o mantenerse en la postura liberal. Esta es una opción clave para nuestro país, por detrás de la cual se encuentra otra cuestión: ¿Cómo tomar la ¿Religión Católica, Apostólica y Romana? ¿Cuál es nuestro perfil moral frente a las alternativas energía o molicie, coherencia o incoherencia, integridad o indiferencia doctrinaria?

Gabriele D’Annunzio
Hay, pues, un problema de alma: escoger entre nuestra luz primordial o nuestro pecado capital. Debemos tener una forma de ser definida, porque el brasileño, o es de esa manera, o cae en el relativismo. O salvamos al brasileño de esa forma de liberalismo o no practicaremos la Religión Católica seriamente.
Así, como muchas veces sucede en Brasil, se discute el problema en términos expresos, pero de hecho por detrás está siendo debatido otro más profundo e importante.
Energía y suavidad, justicia y misericordia
Tenemos que preguntarnos hasta qué punto, delante de alguien que sustenta un error, debemos evitar un conflicto o ser combativos.
En principio, todo católico debe preferir los métodos más cordiales y suaves. Siempre que perciba que su contacto con un hereje, cismático o ateo puede conducir a un buen resultado por un trato suave, debe preferirlo, en tesis. Este es un principio al cual no se puede renunciar. Teóricamente, el trato suave es siempre preferible. Y añado: cuanto más suave, más preferible es.

El Dr. Plinio en 1966
Con todo, generalmente se debe tener un trato por el cual sean dichas, con cortesía y educación, todas las verdades necesarias para que el interlocutor comprenda que está equivocado. Y si algunas de esas verdades duelen, las afirmamos del mismo modo, aunque cordial y atento. Si él se indigna, insistimos, y si se traba una discusión en un diapasón furioso, con dignidad lo acompañamos en ese diapasón. Y no habiendo remedio, pasamos para la polémica. Y no hacemos polémica de “María va con las otras”, sino que lo tratamos por lo menos de igual a igual, con energía. Porque, ¡tal será que el defensor de la fe verdadera sea menos ardorosa y más muelle que el defensor del error!
Nunca se dirán injurias de carácter personal, a no ser en casos especialísimos. Pero se preferirá no proferirlas.
Entonces, frente a la cuestión sobre si debemos tratar con energía o compasión, justicia o misericordia, la respuesta, a priori, es: no solo con justicia, ni solo con misericordia.
Dios es justo y misericordioso, y nuestro trato debe contener la justicia y la misericordia. Pero, así como Dios en ciertas horas muestra la justicia y en otras la misericordia, castiga y contemporiza o perdona, así también en nuestro trato debe haber algo que represente la energía, así como la suavidad y el perdón.
La posición de no querer energía nunca sería tan errada cuanto la de jamás desear suavidad o perdón. Cada cosa debe entrar en la hora adecuada. El problema consiste en saber cuáles son los momentos de la misericordia y cuales los de la justicia.
Jerarquía de valores
Hay una jerarquía de valores que debe ser tomada en consideración. Cuando discuto con alguien que sustenta un error, debo recordar que, ante todo, está en juego la causa de Dios. Por lo tanto, el primer derecho a estar por encima de todos los otros es el de Él, de la Iglesia Católica. No debo pensar de inmediato en el contendor ni en mí, sino en la gloria de Dios.
En segundo lugar, debo pensar en los derechos del defensor de la verdad, porque este tiene más derechos que el defensor del error es evidente.
En tercer lugar, en los derechos del público que presencia esa discusión. Solo en cuarto lugar entra el interés del contendor. Porque, como él es el culpable, es el último provecho que debe ser considerado.
Imaginen un tribunal donde el jurado está reunido y alguien pregunta:
—¿Cuál es el mayor derecho que debe ser defendido en esta sala?
Se levanta un individuo que responde:
—Es el del reo. Ahora bien, el primer derecho es el de Nuestro Señor Jesucristo, regla suprema e ideal de perfección moral allí representado por un crucifijo. En segundo lugar, es el derecho de la víctima; en tercero, el del público y, en cuarto lugar, el del criminal.
Hay una especie de pesar, sobre todo en nuestro ambiente brasileño, de que cuando se habla de crimen, el primer acto no es tener pena de la víctima, sino del criminal: “Pobrecito, se va a la cárcel…”
¡Tengamos una pizca de sentido común!
Pobrecito es aquel a quien él le metió una bala y va a quedar estropeado la vida entera, así como las personas que tendrán que cargar a la víctima y las consecuencias de ese crimen. Pero hay una tendencia a pensar enseguida en el criminal, fruto del liberalismo, que tiene un complejo a favor del delincuente.
Aliar la inocencia de la paloma a la astucia de la serpiente y al coraje del león
Analicemos con atención la distinción entre los diferentes derechos.
¿Cuáles son los derechos de Dios? Así como nosotros velamos por nuestro honor y gloria, y no aceptamos una injuria con indiferencia, a fortiori Dios Nuestro Señor debe tener su honor y su gloria defendidas por aquellos que, en el terreno humano, son sus aliados.
Cuando Clodoveo, Rey de los francos, oyó la prédica de San Remigio, Obispo de Reims, contando la Pasión de Cristo, exclamó: “¡Ah, si yo estuviese allá con mis francos!” ¿Para hacer qué? Marchar por encima de aquellos deicidas y diezmarlos.
Evidentemente, porque el honor de Dios pide eso. De una tendencia ávida de prestarle ese honor nació la nación de los franceses, que durante tanto tiempo fue el brazo derecho de la Iglesia Católica. Por lo tanto, hay circunstancias en las cuales la gloria de Dios exige que se refute con energía.
Si alguien, delante de mí, ofende a mi madre, le salto encima, porque soy un hombre honrado. Pero si un individuo habla contra Nuestra Señora y yo respondo: “Esa es una cuestión de principios…”, ¿tomé en serio que la Santísima Virgen es mi ¿Madre y su honor debe ser defendido? ¿Por qué no tomo su defensa como lo hago por mi madre terrena?

Rey Clodoveo – Palacio de Versalles
¿Soy serio y consecuente en mi adhesión a la Religión Católica?
Hay muchas ocasiones en que la resistencia absolutamente se impone. Digo aún más: mucha gente afirma que el católico no es varonil, es debilucho, afeminado, por constatar que los católicos, muchas veces, no tienen combatividad ni varonilidad.
El Profeta Oseas da un consejo interesante: “No seáis palomas imbéciles, sin inteligencia” (cfr. Os 7, 11). Y Nuestro Señor dice que debemos aliar la astucia de la serpiente a la inocencia de la paloma. Podríamos añadir: y al coraje del león. Por eso, Él fue llamado el León de Judá. Es preciso ser combativo, saber vengar la gloria de Dios.
La principal preocupación del combatiente es vencer la guerra
Existen los derechos de aquellos que son defensores de la verdad. En cierta ocasión tuve una desavenencia con una persona influyente –tengo entera conciencia y digo con toda tranquilidad– que había actuado muy mal conmigo. Le comenté la cuestión a un padre a quien le fui presentando mis argumentos: “Yo tenía razón en eso, en aquello, en aquello otro…” Muy calmado, él oía la narrativa y, a medida que yo mencionaba las injusticias e injurias por mí sufridas, iba meneando la cabeza y diciendo: “Pobrecito de él…” ¡Para él, el pobrecito no era la víctima, sino el agresor!
Menciono ese hecho solo como un ejemplo del estado de espíritu según el cual nunca se tiene compasión de la víctima que defiende la verdad, sino del otro que sustenta el error. Es más, o menos como si en el Coliseo Romano estuviese presente Nerón, Calígula o Diocleciano, entrara una fiera saltando encima de una virgen y alguien dijera: “¡Pobrecito el Emperador! ¡Vea el crimen que está practicando!” ¡Pobrecita es la víctima encima de quien va a saltar la fiera!
Entiéndase que quien defiende la verdad tiene derecho a la reputación, al respeto, a ser oído; su trabajo debe ser correspondido por aquel a quien se dirige, y este, al no hacer eso, anda mal. Por lo tanto, la principal preocupación en la discusión no debe ser si el católico exagera, sino considerar el mal que practica su opositor.
San Pío X dijo que, a veces, en el calor de la pelea, puede salir un golpe demasiado fuerte. Sin embargo, para quien combate, la preocupación no es de salvar la cabeza del adversario… Y yo añado: es de romperla. Si él la rompe en cuatro pedazos en vez de dos… pasó. Pero la principal preocupación del combatiente es vencer la guerra.
Derecho del público que asiste a una discusión doctrinaria
Después viene el derecho de quien asiste a la discusión, y este punto tiene mucha importancia, sea cual sea el público: debate en televisión, conversación en casa en presencia de familiares, en fin, cualesquier personas que presencien la contienda.

Profeta Oseas – Catedral de Pamplona, Navarra
Supongamos que, en una discusión con un protestante, un católico argumente del siguiente modo:
“Mira, mi estimado, tu religión tiene mucho de bueno, porque cree en Dios, en Jesucristo… Pero hay algunos punticos de exégesis en los cuales no estamos de acuerdo. Tenemos tal o cual desacuerdo en lo que dice respecto a la Presencia Real. En la Hostia, yo creo que Nuestro Señor Jesucristo está presente; tú crees que aquello es una galleta o un pedazo de pan. Es un pormenor. Pero como nosotros estamos unidos en lo principal…”
Pregunto: ¿las personas que oigan esa conversación salen con su fe confirmada o debilitada? ¿Más firmes en el catolicismo o más propensas a aceptar el protestantismo? Evidentemente, se verifica la segunda hipótesis.
Tal vez yo haya captado la benevolencia del protestante, pero se perdieron los otros que merecen mucho más que él. Luego, para no contrariar a alguien inmerso en el error, se perdieron otros que están dentro de la verdad. Si todos los católicos discutieran así, no habría nada mejor para los enemigos de la Santa Iglesia.
(Extraído de conferencia
del 3/3/1966)
1) La luz primordial es la virtud dominante que un alma está llamada a reflejar, imprimiendo en las otras virtudes su tonalidad particular. Se opone a ella el vicio capital.
2) Palabra derivada de Jean Chouan, uno de los principales jefes de la insurrección contrarrevolucionaria en defensa de la Fe y de la realeza, desarrollada en la Vendée y sus cercanías
durante la Revolución Francesa.
3) Madre de Don Pedro II.
4) Gabriele D’Annunzio (*1863 -†1938), escritor italiano.
5) Refrán portugués que significa: “persona
de carácter débil, sin voluntad, que se deja influenciar por los demás”.