La “octava Palabra” de Jesús

Publicado el 04/07/2021

Aturdido y sin rumbo, Barrabás camina por las calles de Jerusalén cuando, de repente, escucha el lúgubre redoble de tambores que anuncia una crucifixión. Y piensa: “Bien podría haber sido yo…”.

Barrabás, famoso ladrón y asesino, el peor criminal que Israel había conocido, se encuentra encarcelado en la Torre Antonia, en Jerusalén. Por entonces era costumbre entre los judíos que con ocasión de la Pascua se le concediera la libertad a algún preso, en memoria de la salida de los israelitas del cautiverio en Egipto. El gobernador romano de Judea, Poncio Pilato, le propone al pueblo que eligiera entre dos nombres: Barrabás o Jesús.

El mayor delincuente de aquella época, símbolo de la ilegalidad, motivo de terror para todos, cuyo aprisionamiento constituía el alivio y la seguridad de la región, es contrapuesto a Aquel que perdonaba los pecados, curaba leprosos, ciegos y paralíticos, resucitaba muertos y que por todas partes “pasó haciendo el bien” (Hch 10, 38)

¿Dónde está, pues, la gratitud suscitada por tantas enseñanzas, favores y milagros? El populacho, a una voz, prefiere a Barrabás…

Sorpresa y pánico del bandido

Podemos adivinar la reacción del jefe de la prisión al recibir la orden del gobernador romano de liberar ese mismo día al terrible bandido. —¿Soltar a ese hombre a causa de una absurda costumbre judía? ¡Ese criminal va a repetir sus locuras! Se van a arrepentir… En fin, yo sólo cumplo órdenes. ¡Vamos!

Baja hasta el calabozo del pretorio e introduce la llave en la cerradura de una celda. Rechinando, la puerta del repugnante recinto seabre y el carcelero lo llama: —¡Barrabás!

Con el cabello desaliñado, la mirada desvariada y lleno de terror, masculla el malhechor:

—¿Voy a ser crucificado?

—¡No! ¡Sal de ahí! —le responde el guardia con rudeza y disgusto.

—Pero… ¿qué vais a hacer conmigo?

—¡Fuera!

Mientras sale, tembloroso, pregunta: —¿Qué está pasando?

—¡Estás libre! ¡Vete a la calle! —¿Libre yo? Me sentía ya con las cuerdas en mis muñecas experimentando prematuramente la asfixia de la crucifixión por la que iba a morir y ¿me sueltan a mí, después de todo lo que he hecho? ¿A mí, Barrabás, homicida aborrecido por todo el mundo? Me voy a tapar un poco la cara para que no me reconozcan… Tengo que disfrazarme para salir, porque me pueden matar… Pero, ¡estoy libre! ¿Es posible? Me toco y veo que… ¡es verdad!

Sin rumbo fijo, camina aturdido por la ciudad cuando, de repente, escucha no muy lejano un lúgubre redoble de tambores:

—¿Qué será eso? ¿El anuncio de una crucifixión? ¡Están llevando a alguien hacia el suplicio!

Y experimentando un escalofrío de pavor suspira:

—Podía haber sido yo… ¡qué susto!

Sigue en dirección hacia la agitada muchedumbre, que está casi llegando al monte Calvario. Al acercarse, percibe la identidad del condenado: es Jesús de Nazaret… ¡y lo van a crucificar!

La “octava Palabra”

Si una gracia fulgurante de arrepentimiento hubiera rasgado la sordidez de su alma endurecida y penetrado en ella, Barrabás, lleno de compunción, se habría arrojado a los pies de Nuestro Señor Jesucristo, ya tendido sobre el madero de la cruz.

En ese momento, el divino Redentor estaría sintiendo en sus divinas manos y adorables pies los inenarrables dolores ocasionados por la perforación de los clavos. Pero esto no le impediría detener su sacratísima mirada en la horrenda figura de ese a quien la perfidia de los hombres había preferido en lugar de Él, Jesús, el Hijo de Dios, la Belleza infinita.

Bajo el influjo de la gracia, el criminal, arrodillado, diría:

—¡Señor, soy yo el que debería estar siendo crucificado y no tú! ¡Vas a morir por mí, cuando soy yo, infame, el que merece tal castigo por mis pecados! ¡Señor, perdón por tanta maldad! ¡Señor, me arrepiento, detesto mis crímenes y quiero asemejarme a ti!

Y el Salvador pronunciaría entonces la primera de las Palabras, que no serían ya siete, como registran los Evangelios, sino ocho; de sus divinos labios brotaría esta manifestación de poder, bondad y amor infinitos:

—¡Hijo mío, anda porque tus pecados están perdonados! ¡Anda porque has sabido aceptar las gracias de penitencia y de arrepentimiento que yo mismo he suscitado para ti! ¡Anda y no peques más!

Somos también “barrabases”

La Historia no dice cuál fue el destino de Barrabás una vez fuera de la cárcel. Ignoramos si continuó con la estela de los crímenes y desvaríos que lo caracterizaban, sobresaltando y atemorizando de nuevo a la gente que había aclamado su liberación, o si hubo una conversión semejante a la que acabamos de imaginar.

Lo cierto es que cada año, en la liturgia de la Semana Santa, cuando se menciona el nombre de ese bandido en la lectura de la Pasión según San Juan, vibran los corazones y arden en deseos de vengar y reparar tan grande ignominia.

Sin embargo, ¿es de justicia que descarguemos toda nuestra ira sobre ese terrible criminal y olvidemos que hemos sido también nosotros “barrabases” en algún momento de nuestra vida? ¿Es que no ofendemos brutalmente al Corazón de Jesús cuando cometemos un pecado o nos apegamos a un vicio? ¿Y no estamos actuando como el pueblo judío al escoger al famoso malhechor, cuando cambiamos la obediencia a los Mandamientos por una transgresión grave y voluntaria de su Ley?

Si alguna vez pecamos gravemente contra algún mandamiento de la ley de Dios, somos comparables a Barrabás y a los que le prefirieron a él en lugar de Jesús.

¡Deberíamos estar siendo crucificados mientras es Él, por el contrario, el que sufre por nosotros! ¡Qué terrible verdad: al pecar, prefiero a Barrabás como amigo y crucifico a Jesús en mi alma!

En vista de esto, ¿qué haré?

Formular esa pregunta es fruto de una gracia que parte de Jesús en dirección hacia mí. Ante ella sólo cabe una súplica a la Madre del perdón y de la divina gracia, cuyos ruegos me alcanzaron ese beneficio:

“Oh, Virgen Santísima, Madre mía, dame la convicción de que únicamente existen dos caminos: uno el de Barrabás y el otro el de Jesús.

“Cuando tu divino Hijo regrese al final de los tiempos para realizar el juicio de todos los hombres, reunidos en el valle de Josafat y ya no en el pretorio de Pilato, la humanidad estará dividida entre los que lo quisieron crucificar y se entregaron al pecado, y aquellos que aceptaron la invitación de su divina y arrebatadora mirada y quisieron vivir siempre en su gracia y en la práctica de la virtud.

“Por los méritos infinitos de la Pasión, ¡haz que me encuentre entre esos últimos!

“Y si tuviera la desgracia de ofenderte, que me acerque a toda prisa al sacramento de la Penitencia y pueda, arrepentido y humillado, oír esa ‘octava Palabra’ dirigida al hipotético Barrabás convertido: ‘¡Anda, hijo mío, hija mía, tus pecados están perdonados!’ ”

Adaptación de la conferencia pronunciada por Mons. João Clá Dias, el 27/5/1990

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