La Revolución y la degradación del hombre

Publicado el 09/18/2021

La Civilización Cristiana, que es al mismo tiempo, la civilización del sacrificio y del placer, formó en el espíritu del hombre una conciencia de su dignidad, inclusive después del pecado original. Ahora, en nuestros días, uno de los aspectos de la Revolución es degradar al ser humano al máximo, a través de la moda y las costumbres.

 


La predicación d de Jesús – Iglesia de Santa Ségolène, Metz, Francia

De acuerdo con la buena educación,  cuando recibimos una visita en nuestra casa, la tratamos con especial atención, haciendo todo lo posible para que el visitante se sienta a gusto; por ejemplo, lo llevamos al mejor lugar, servimos comidas y bebidas que presumiblemente le agraden, hablamos de los temas que le gusta hablar.

D Afabilidad propia de la civilización cristiana

Todo hombre tiene la debilidad de complacerse en hablar de sí mismo y no de los demás. Por tanto, si queremos ser amables con alguien, preguntémosle sobre su vida, sus opiniones, su persona, en fin. Sin duda nuestro invitado tendrá un montón de cosas para contar. Y, por más banales e insípidas que sean sus narraciones, tenemos que mostrar interés, haciéndole comentarios amables, sin mentir, porque nunca se debe mentir.

Alguien dirá: “¡Entonces, es muy aburrido recibir una visita!”

Yo respondo: Muchas cosas son tediosas; sin embargo, constituyen la civilización. El que busca hacer solamente lo agradable es un indio primitivo, no una persona civilizada.

No solo cuando recibimos una visita, sino también cuando estamos en la calle, hablamos con un compañero en el colegio, en la universidad, en el lugar de trabajo, sentado al lado de una persona en el metro o en el autobús, tenemos que hacer todo lo posible para que nuestra presencia sea agradable.

Esta preocupación por ser amable con los demás corresponde a un precepto de Nuestro Señor Jesucristo, que resumió los Diez Mandamientos en dos: amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo. Si amamos al prójimo, debemos querer ser amables con él. La civilización que nos lleva a ser agradables a los demás, pensando más en ellos que en nosotros mismos, se llama Civilización Cristiana, que es, al mismo tiempo, la civilización del sacrificio y el placer.

Hubo un tiempo en que el hombre era un ser perfecto, hermoso, agradable de trato y sólo se complacía a sí mismo y a los demás, viviendo en un lugar de perfecta belleza, donde toda la naturaleza le obedecía. Este lugar de delicias y maravillas era el Paraíso Terrenal, antes de que el ser humano pecara.

Adán y Eva pecaron, cayendo en el disgusto de Dios y perdiendo todos los dones que Él les había dado, comenzando por aquel don por el cual no morirían. El hombre fue así condenado a muerte, a estar, además, sujeto a enfermedades, a tener su cuerpo desfigurado, exhalando materiales pútridos y malolientes.

Dignidad del cuerpo humano expresada en su miembro más noble

Una de las últimas fotografías d del Dr. João Paulo

Si analizamos la naturaleza humana, vemos esto: lo más digno que el hombre tiene es el alma. El alma tiene mucha más dignidad que el cuerpo. Y debido a esto, cuanto un miembro o una parte del cuerpo es más capaz de reflejar el alma, más digna es.

Por ejemplo, la dignidad de los ojos es grande porque expresan intensamente el alma y presentan lo mejor que tiene el hombre: el espíritu. El juego de la inteligencia, la voluntad y la sensibilidad se revela por completo en los ojos y, de alguna manera, en toda la cara. ¡Cuánto refleja la boca del hombre! Mientras habla, el movimiento de su boca manifiesta gran parte de su espíritu. La propia nariz tiene una expresión particular.

Un elemento que establece un marco normal para el rostro humano es el cabello. Por tanto, debe estar siempre limpio y bien ordenado. Cuando algún joven de mi familia aparecía en casa con el cabello desordenado, mi padre, que era de Pernambuco, usaba un término que no sé si todavía se usa en Pernambuco. Miraba con desdén ese cabello y decía: “¿Qué ‘gaforinha’ es esa?” Nunca le pregunté qué significaba “gaforinha”. Pero quedaba tan evidente lo ridículo del cabello desordenado, que la persona iba a peinarse inmediatamente. Al ver al joven regresar bien peinado, le decía: “Ahora, chico, estás bien. ¡Gaforinha, no! Cabello limpio y bien arreglado”.

Trajes de principios del siglo XX

La Providencia determinó que quedara en la cabeza el principal centro nervioso del hombre, a tal punto que se tiene la ilusión de que allí reside el alma. Cuando, siendo aún niño, supe que el alma no se encuentra en el cráneo, sino que está difusa por todo el cuerpo, quedé muy sorprendido y desconcertado. Sin embargo, también aprendí que a partir de la caja craneal se gobierna todo el organismo. Esto hace que la cabeza sea la parte más digna del cuerpo humano. El tronco y las extremidades expresan mucho menos la naturaleza espiritual del hombre.

En nuestros días, la moda busca degradar al hombre

Tengo la impresión – no es Doctrina Católica, pero tampoco la contradice – que una de las razones por las que la persona debe ocultar su cuerpo es precisamente porque, después del pecado original, se ha vuelto tan inexpresivo y carnal que resulta por debajo de la dignidad del hombre. Por eso, la persona tiende a mostrar la cara y ocultar el resto del cuerpo, por ejemplo, el abdomen. ¿Cuál es la persona que puede decir: “Mi abdomen expresa inteligencia”? Es ridículo, haría reír. Así, cuando un miembro del cuerpo que no es susceptible a una expresión intelectual causa vergüenza, porque representa una parte inferior del hombre, más afectada por el pecado original. Por tanto, no es sólo la tentación de la impureza, sino la expresión de animalidad que se manifiesta en ella.

Uno de los aspectos de la Revolución en nuestros días es una tendencia, una moda que lleva a deprimir, a degradar al hombre tanto como sea posible, haciendo que se trate a sí mismo y se presente de forma indebida. Por ejemplo, con los pies expuestos, a veces sucios, sudorosos, manchados, deformados por el contacto con el suelo. De ahí la decadencia del calzado, por la cual, del zapato de cuero barnizado se pasó al tenis, de ahí se pasará a la sandalia, exhibiendo los pies, y de la sandalia para la abolición del calzado, para que el hombre sea como un animal.

También la tendencia al nudismo. En primer lugar, tiene el gravísimo inconveniente de despertar la concupiscencia, constituyendo así una inmoralidad. Pero también está el problema de que, con esto, la parte más animal del hombre aparece enteramente, lastimando su dignidad. Como resultado, la moda que conduce al nudismo es la moda de la degradación.

Llegué a conocer personas de mi familia que usaban camisas de lino, almidonadas y duras en el pecho, lo que obligaba al hombre a estar recto. Así, la dignidad del hombre se veía favorecida por el traje.

Formas de comer y de vestirse al inicio del siglo XX

Cuando era muy pequeño, por lo tanto, entre los años 1910 a 1918, más o menos, si una persona estaba comiendo en la mesa tenía la estricta obligación de no recostarse en el espaldar de la silla. La suprema falta de educación era poner el codo sobre la mesa, porque el hombre debía ocultar su pereza y mostrar dominio sobre sí mismo.

Otra cosa: nunca inclinarse para poner comida en la boca. Mantenerse recto, y la comida tenía que subir hasta los labios. También la forma de sostener los cubiertos, todo pretendía hacer brillar la dignidad.

La decadencia fue tan rápida que cuando acabó mi infancia, ciertas costumbres ya habían sido abolidas. Hoy en día sólo falta comer directamente con las manos, tal es la vergüenza en la forma de comer.

Trajes de principios del siglo XX

En cuanto a la vestimenta, a principios del siglo XX la chaqueta llegaba hasta la rodilla, y siempre era de un paño de color serio, porque todo hombre debe ser serio. Un hombre nunca salía a la calle sin sombrero. El otro día vi una antigua fotografía de una asamblea de trabajadores en huelga. Todos llevaban chaqueta, corbata y sombrero. Y eran simples obreros. Hoy en día, un patrono, dueño de decenas de fábricas, está vestido como un obrero de hace cincuenta años no se vestía. Eran horizontes completamente diferentes.

Vemos en todo esto una muestra de uno de los aspectos de la Revolución en la sociedad en nuestros días. 

(Extraído de conferencia del 18/1/1986)

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