No es posible que Nuestro Señor Jesucristo ascendiera sin gloria. El Evangelio no narra cuáles fueron las señales sensibles de aquella ocasión, pero debemos imaginarlas majestuosas, grandiosas y cautivantes.
Plinio Corrêa de Oliveira

Ascensión – Museo del Palacio Barberini, Roma
Una meditación completa sobre la Ascensión debería tener dos aspectos: el primero sería sobre lo que significa teóricamente. El otro, una recomposición de la imagen de lo que ocurrió en el momento de la Ascensión, que simbolizaría su significado.
Era necesario para que la glorificación llegara al Cielo
La Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo al Cielo representó la consumación de su triunfo ante los ojos de los hombres. Se encarnó, nació de la Virgen María, vivió practicando maravillas, fue glorificado antes de su Pasión por los numerosos milagros que realizó, tanto en el Tabor como en la aclamación del pueblo en Jerusalén; también fue humillado, crucificado y muerto.
Era necesario reparar la enorme injusticia cometida contra Nuestro Señor Jesucristo. Esta reparación se hizo en la primera forma de su gloriosa Re9 surrección, en la que venció a la muerte y para todos los tiempos se demostró que era el Hijo de Dios, y que todo lo que quisieron hacer no valió de nada. Con la Resurrección, todos sus adversarios fueron aniquilados y la gloria del Dios-Hombre alcanzó su auge.
Pero era aún una gloria realizada en esta tierra. Era necesario para que la glorificación llegara al Cielo, es decir, después de que Nuestro Señor Jesucristo fuera glorificado ante los ojos de los hombres, que ellos vieran a Dios Padre elevarlo a la más alta de las glorias, llevándolo al Cielo para gobernar a su lado. Y su triunfo será el estar sentado por toda la eternidad a la derecha del Padre Eterno.
Él nunca dejó de estar en el Cielo. Sin embargo, en su naturaleza humana, estaba también en la Tierra. En la Ascensión, en su humanidad, ascendió al Cielo y se sentó a la derecha del Padre. Y dado que Él era Dios-Hombre, plenamente Dios y plenamente Hombre, para su naturaleza humana era una glorificación sin precedentes estar en un lugar donde ni un Querubín o un Serafín se atrevía a estar. Allí está sentado un hombre verdadero, con cuerpo, sangre y alma humanos, unido hipósticamente a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
El último acto de su existencia en la Tierra fue la Ascensión. Físicamente, es un acto por el cual fue subiendo hasta perderse de la vista de los hombres. Sin embargo, es mucho más que un subir: es entrar en el Cielo y sentarse a la derecha de Dios Padre.
Los cielos se abren
Existen, por así decirlo, “dos ascensiones” de Nuestro Señor Jesucristo. La primera, a los ojos de los hombres: atraviesa todo espacio y asciende al Cielo. Después a los ojos de los santos, cuando cruza subiendo – en sentido figurado– los coros de los ángeles y llega a Dios. Se vuelve superior a todas las criaturas del cielo. Por tanto, hay dos fiestas: una que es su Ascensión en la Tierra y otra en el Cielo. El elevarse tanto ante los ojos de los hombres indica materialmente la gloria que ha recibido en el cielo, porque subir es ser glorificado.
Teniendo en vista de esto, debemos considerar que esta gloria fue seguida o acompañada por otra gloria inmensa: Nuestra Señora, los Apóstoles, los discípulos, lo vieron subir, estaban presentes, pero con Nuestro Señor Jesucristo subieron todas las almas justas que estaban en el Limbo esperándole, porque nadie había entrado en el Cielo antes que Él.
Así que San José, el más santo de los hombres; San Juan Bautista, el más grande de los hombres nacidos de mujer; todos los profetas del Antiguo Testamento, con la excepción de Elías y Enoc; todas las figuras justas que ya habían salido del Limbo o del Purgatorio, entrando en el Cielo; Nuestro Señor llevó esta miríada de almas resplandecientes. Era una fecha histórica: ¡el cielo, que había estado cerrado a los hombres, se abría!
Comenzó a prepararse otra inmensa fiesta, que solo se hizo posible a partir de la Ascensión: la entrada de Nuestra Señora al Cielo. Entonces, las más altas glorias del Cielo estarían completas, porque con Nuestro Señor y Nuestra Señora allí, todo lo demás es accidental, es novedad de quinta categoría.

Resurrección – Basílica del Salvador, Brescia, Italia
¡Fue humillado y glorificado como nadie más!
Teniendo en cuenta esta inmensidad de gloria, se debe intentar medir su valor.
El diablo prometió a Nuestro Señor que le daría todas las cosas si, postrado en tierra, le adoraba. Él lo rechazó. Imagine que Nuestro Señor Jesucristo hubiera sido rey en la tierra durante diez mil años —y el más poderoso, el más feliz, el más dominante de los reyes de la tierra hasta hoy— encontraríamos que eso es una recompensa enorme. Pero sería de poca categoría. ¿Por qué seguir reinando en la Tierra cuando podría subir al Cielo?
La gloria en la tierra que tuvo cualquier criatura no puede compararse con la gloria de Nuestro Señor al subir al Cielo. Fue humillado como nadie, ¡fue glorificado como nadie!
Aquí hay una manifestación de justicia divina. Dios, cuando permite que los buenos sean perseguidos y humillados, tiene en vista un designio muy elevado. ¿Cuál? Que después la recompensa sea mucho mayor que la humillación. Ya sea en la Tierra o en el Cielo, la gloria de la persona humilde brillará de una manera inimaginable.
Nuestro Señor nos da un principio
De manera que, si miráramos a todos los perseguidos por amor a la justicia, a los fieles a Nuestro Señor en la Tierra actualmente y que luchan por Él; todas las almas buenas que hay por el mundo, y por eso son colocadas en una posición secundaria porque son detestadas por las otras, ¡deberíamos mirarlas con admiración!

Jesús desciende al limbo – Galeria Nacional de Arte, Washington
Tomando, por ejemplo, a cualquier anciana que pueda estar a esta hora en la Santa Casa de la Misericordia, abandonada por su familia porque no le gustan las conversaciones inmorales, y sus parientes, porque les gusta hablar de inmoralidades, la mandan para allá como a un depósito, ella, por la humillación que sufre, será recompensada en el Cielo con una diadema de gloria inimaginable, resplandeciente.
Siempre que consideremos a una persona perseguida o humillada de forma injusta, especialmente si la injusticia es por amor a la Iglesia, deberíamos decir: “¡Qué felicidad! ¡Qué gloria tan prodigiosa y qué corona recibirá en el cielo por toda la eternidad! ¡Qué premio tan fantástico tendrá!” ¿Por qué? Porque es el camino de Nuestro Señor. Él fue humillado hasta donde fue posible; ¡por eso fue glorificado hasta donde fue! De esto sacamos un principio adoptado por Nuestro Señor y por el cual Él nos invita a seguirlo: es de tener inmensa gloria en el Cielo –y a veces incluso en la Tierra– mientras le seamos fieles en la adversidad.
No perder la oportunidad de enfrentar la lucha
Este pensamiento es una verdad, primer dato. Luego debe venir la aplicación de la verdad a una situación que nos interesa, segundo dato. Esto requiere una resolución. ¿Cuál? Es la de no evitar una sola oportunidad para presentarnos ante los ojos del mundo con valentía, aunque seamos perseguidos. Si dijeran una inmoralidad en nuestra presencia, protestamos; si atacan a la Iglesia, protestaremos; si hacen propaganda comunista, contraatacaremos. En fin, presentarnos en todos los modos y formas con valentía en nuestra lucha. Seremos combatidos y humillados, pero la gloria que tendremos en el Cielo será enorme. ¿Por qué? Porque fuimos perseguidos por amor a la Causa Católica. Exclusivamente por eso.
Cuando lleguen al Cielo, los buenos encontrarán una verdadera corona de gloria, mientras que habrá una “corona” de oprobio en el infierno para el subversivo que está allá, porque no se arrepintió de su pecado. Son las palabras del Magnificat: “Esurientes implevit bonis et divites dimisit inanes”: exaltó a los que fueron humillados y a los que estaban llenos de riquezas injustas, de un poder mal adquirido, Dios los dispersó.
Poder mal adquirido… Esto hace pensar en Herodes. Si había un poder mal adquirido, era ese. ¡Cómo quedó menospreciado, vilipendiado ante la glorificación de Nuestro Señor!
Aquí, entonces, hay un método de meditación clásica con una resolución: no perder ninguna ocasión para enfrentar la lucha, recordando a Nuestro Señor, la gloria que la Iglesia tiene en sus verdaderos hijos y la gloria que está por venir en el Cielo.
Y terminaría con una petición a Nuestra Señora para que dé fecundidad a estos pensamientos, obteniendo las gracias necesarias para que, de hecho, correspondamos a pensamientos tan elevados, y así santificar nuestra alma.
Composición del lugar
Otro tipo de meditación es un complemento, el cual San Ignacio llama la composición del lugar. Para entender bien la base de esto es necesaria una explicación previa, de carácter más o menos teológico de la escena. Y es la siguiente: todo nos lleva a creer –y las visiones de Anna Catalina Emmerich, de María de Agreda así lo dicen– que Nuestro Señor ascendió al Cielo con signos sensibles de su gloria, dejando entusiasta, embelesada, a la gente allí presente.
No se debe creer que Nuestro Señor Jesucristo hubiera querido manifestar su Ascensión sin gloria, que fuera una pura subida, nada más. El Evangelio no nos dice cuáles fueron los signos sensibles, pero debemos imaginarlos majestuosos, grandiosos y edificantes, en la medida en que era deslumbrante, majestuoso y grandioso el propio hecho que estaba ocurriendo.
Ascender al Cielo es algo sumamente majestuoso, altamente grandioso y deslumbrante, porque es Nuestro Señor Jesucristo partiendo hacia la misma fuente de toda bondad. Y a medida que sube, va irradiando bondad por toda la Tierra.
Es posible que, por símbolos externos, Él haya inundado el alma santísima de Nuestra Señora, las almas santas de los Apóstoles, las almas virtuosas de todas las personas allí presentes.

Ascensión – Museo del Palacio Corsini, Italia
Las inundó de gracias y de señales sensibles. ¡Además de salir de su rostro y de toda su Persona, formas indecibles de majestad, grandeza y afabilidad!
Las miradas de Nuestro Señor
Podemos imaginarlo de muchas maneras. Porque, al no poder reunir todo esto en nuestra mente, podemos considerar por partes los aspectos de esa ocasión. Así se puede pensar en mil expresiones de su fisonomía, todas verdaderas, porque según cada alma que estaba allí, Nuestro Señor Jesucristo aparecía de un modo diferente. Con la misma expresión, le sonreía a uno, acariciaba a otro con otra mirada y hablaba a todos alguna cosa en lo más profundo del alma, siendo el mismo e inmutable para todos.
Saint-Simon1 nos habla –bajando mucho el nivel, porque en esta materia, cuando se trata de Saint-Simon, es una caída– de una dama de la corte que era capaz de inclinarse ante cinco hombres de rangos muy diferentes y, con su mirada, saludar a cada uno según su respectiva categoría. Si la criatura humana puede hacer algo así, ¡cuánto más Nuestro Señor Jesucristo mirando a una multitud de miles de personas, penetrando con su santísima mirada en cada alma y mirando a cada una individualmente como debía ser vista!
Consideremos a uno de nosotros en la esquina, lejos, contemplando a Nuestro Señor Jesucristo mirando a cada uno, y únicamente atreviéndose a esperar el momento en que Él también nos mire, viendo su mirada a todas esas almas, su mirada hacia Nuestra Señora. Después, cuando su mirada se pose en nosotros, cómo sería esa mirada…

Resurrección de Nuestro Señor – Catedral de Valencia, España
¿Cómo quisiera que Nuestro Señor me mirara? ¡Cuántas miradas me gustaría recibir de Él y cuántas cosas me gustaría que me dijera! ¡Qué parecido será esto a la primera mirada que me dará cuando me reciba en el Cielo y yo aparezca cara a cara ante Él!
Son meditaciones útiles, pero como recomposición, conjeturas. No es una imaginación mentirosa, porque tiene una base en la verdad. Tiene un fruto en la imaginación y una base en la verdad, de manera que puede hacerse con toda autenticidad.
Otros puntos de meditación
Junto a esto, imaginemos que Nuestro Señor permitió que los Ángeles se vieran. Entonces, ¡qué ángeles y cuántos ángeles! Estoy seguro de que toda la gloria de la naturaleza angelical apareció en esa ocasión. ¿Quién sabe si el Cielo fue desgarrado y todos los ángeles quedaron visibles? ¿Quién sabe si detrás de todos los ángeles apareció algo de la luz de Dios? ¿O si los ángeles cantaban y respondían en coro todas las almas que salían del Limbo? ¿Cómo serían estos cánticos? ¡Cánticos de alegría de las almas al entrar, invitaciones de los ángeles explicando a las almas cómo es la grandeza de Dios!
Cuando Nuestro Señor hablaba, ¡qué silencio hacía la gente, todos esos cánticos quedaban superados! Él cantaba los cánticos sagrados de la vida. ¿Quién sabe si cantó algunos cánticos al subir al Cielo? Podemos imaginar cómo sería un cántico entonado por el Hombre-Dios… Quizá cuando cantaba, todos se quedaron callados, porque nadie se sentía a la altura para responder. ¿Y quién sabe si Nuestra Señora respondió sola? ¿Cuánto tiempo duró la Ascensión?
¿Cómo era la naturaleza a su alrededor, el resplandor de la tierra, cómo estaba el cielo? Si en Fátima el cielo emitió tantas luces, ¿cuántas luces habría el sol emanado esa ocasión? ¿Y si las estrellas se hicieron visibles? ¿O si llegaron pajaritos? ¿Quizá los leones vinieron a acompañar la Ascensión del Creador con majestuosos rugidos?
Aunque no hayan venido leones ni pajaritos, y el sol no haya brillado con un brillo especial, esas formas de gloria de algún modo estaban allí presentes. De manera que el producto de nuestra imaginación tiene una base en la verdad. Por lo tanto, dependiendo del día, podemos meditar quince, veinte ascensiones diferentes. Todas verdaderas de alguna manera, llenando nuestra alma y preparándola con el deseo de ir al Cielo.
Antecedentes de la ascensión
También tenemos para comentar una ficha sobre la Ascensión de Nuestro Señor, tomada de la obra Vida Divina de la Santísima Virgen María, de la Venerable María de Agreda.
Por fin llegó la hora en que debía coronar su vida con la Ascensión. Salió del Cenáculo con ciento veinte privilegiados que estaban allí. Su madre estaba a su lado y Él los condujo por las calles de Jerusalén. Los santos que había sacado del Limbo les seguían, cantando con los ángeles cánticos nuevos. Pero no eran visibles, salvo para Nuestra Señora. Debido a su infidelidad, los judíos no se dieron cuenta de esta magnífica procesión. Ella pasó por Betania y llegó en poco tiempo al Monte de los Olivos.
Hay otro aspecto aquí: ¡cuántas cosas pasan así en una gran ciudad moderna! Las maravillas suceden y esta ciudad no se da cuenta por causa de su infidelidad. Cuantas veces la ciudad cierra los ojos. Por ejemplo, hay algo en nuestro movimiento, aquí o en cualquier otro lugar donde existimos: el mundo cierra los ojos, porque la impiedad no nos permite ver las cosas tal como son.
En el Monte de los Olivos, la santa procesión se divide en tres coros formados por los Ángeles, los Santos y los fieles. Estos son los coros sobre los que acabamos de comentar. Esto es un coro: todos los Ángeles, luego las almas santas y los fieles.
En el momento de la Ascensión
La Santísima Virgen se postró a los pies de Nuestro Señor, lo adoró y le pidió su última bendición. Todos los demás le rindieron el mismo homenaje. Tras esas palabras, juntó sus manos con un aire majestuoso y comenzó a elevarse de la tierra, dejando allí la huella de sus pies sagrados. Subió insensiblemente, cautivando los ojos y corazones de los hijos primogénitos de la Iglesia, y atrajo tras de sí a los Ángeles y Santos que lo acompañaban, de modo que también ellos se elevaban en el más bello orden siguiendo a su Cabeza.
Nuestro Señor Jesucristo ascendía seguido de una magnífica procesión de todas las almas que había rescatado hasta ese momento con su Sangre infinitamente preciosa, almas que habían correspondido a este rescate.

Aparición de Cristo Resucitado a la Santísima Virgen Museo Diocesano, Palma de Mallorca, España
La glorificación
¿Habría sido completo el triunfo de Jesucristo si hubiera habido un vacío lamentable, si su Santísima Madre hubiera estado ausente?
¿Era posible que Ella fuese excluida, mientras que los Ángeles y los Santos, de los cuales era Reina, disfrutaran de este espectáculo? Y finalmente, ¿no merecía Ella, más que nadie, participar en esta escena, Ella que había participado tan perfectamente en la Pasión?
Por todas estas razones, el Divino Hijo triunfante le había prometido a Ella, tras la Resurrección, llevarla con Él, y cumplió su promesa de manera admirable. Hizo subir con Él a su Bienaventurada Madre, la colocó a su derecha en el Cielo y la revistió con el esplendor de su gloria, tal como había anunciado, como David había anunciado en el Salmo.
La Persona del Padre venía así al encuentro de su Hijo encarnado y de su digna Madre. Al acercarse, los recibió en un abrazo digno de su amor infinito. Y este espectáculo trajo una nueva alegría a las incontables legiones de ángeles que los acompañaban. Esta asamblea incomparable pronto alcanzó las alturas del Cielo Empíreo. Al entrar, los ángeles de la procesión dijeron a los que habían permanecido en el cielo: “Abrid, oh puertas eternas, para dejar entrar al Rey de la gloria, el Restaurador de la humanidad.”
Había dos coros de ángeles, unos que descendieron a la Tierra, otros que permanecieron en el Cielo. Estuvieron los que acompañan a Nuestro Señor. ¡Asciende Cristo con una gloria única!
Nuestra Señora en la Ascensión
Para aumentar al máximo nuestra alegría, trae a su lado a su Madre de bondad, que le dio forma humana y que está adornada con tal gracia y belleza que encanta a todas las miradas.
Esta procesión completamente nueva entró en el Cielo Empíreo en medio de transportes de una alegría que supera todo lo que se pueda imaginar. Los Ángeles y los Santos se agruparon en dos filas. Nuestro Señor y su Santísima Madre pasaron en medio de ellos y todos entonando cánticos, le rindieron culto de adoración y a Ella el homenaje debido a su alta dignidad.
El Padre Eterno puso a su derecha al Verbo Encarnado, que apareció en un trono de Divinidad, con tal gloria y majestad que inspiró temor respetuoso a todos los habitantes del Cielo. Luego, en cumplimiento de un decreto de la Santísima Trinidad comunicado a la corte celestial, la Santísima Virgen fue colocada en el mismo trono de la Divinidad, a la derecha de su Hijo. Se le dio la seguridad de que este lugar estaría destinado para Ella después de su muerte, pero que era libre de no abandonar más este excelso lugar. Al mismo tiempo, el Altísimo descubrió las necesidades de la Iglesia militante en la Tierra, para darle la oportunidad de realizar un acto sublime de caridad hacia los hombres y aumentar sus méritos, ya tan grandes.
Un acto muy singular de negación de sí mismo
Se postró [la Virgen] ante las Tres Personas Divinas y dijo:
“Dios mío, si me quedo cerca de Vos, estaré en la calma y en la alegría. Pero si regreso a la Tierra, mi labor se redundará en gloria vuestra y en beneficio de los hombres como lo deseéis. Por eso he elegido el trabajo, pidiéndoos que me ayudes en la tarea que me has encomendado.”

Ascensión – Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona
Termina con esta glorificación de Nuestra Señora, mediante un acto de renuncia, con algo similar al acto que Ella hizo en lo alto de la Cruz. Allí volvió a aceptar la inmolación de su Hijo Divino para la gloria de Dios y la salvación de las almas. Y aceptó, además del dolor de la muerte, el dolor de la separación. Aquí, Ella acepta de nuevo el dolor de la separación. Estaba con su Hijo Divino, pero se separó y regresó a la Tierra. Y está claro que fue una ocasión de gran sufrimiento para Ella. Podemos imaginar, qué cosa baja, después de haber asistido a tal fiesta, descender a Jerusalén, con esos fariseos, saduceos, todos deicidas, pasando de un lado a otro… El Templo profanado, toda esa desolación y la lucha interna de la Iglesia, que siempre ha tenido problemas internos que superar y dificultades internas muy dolorosas que resolver, y las tendrá hasta el fin del mundo… Bueno, Nuestra Señora prefirió esto por el bien de las almas y regresó a la Tierra.
Así, con este acto de singularísima abnegación, termina el comentario sobre la Fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. v
(Extracto de conferencias del 3 y 7 de mayo de 1970)
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1) Claude-Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (*1760 – †1825).







