Las milagrosas llagas del Padre Pío.

Publicado el 09/23/2021

En una carta enviada a su entonces director espiritual, padre Benedito, San Pío confidenció que estaba dispuesto a sufrir cualquier pena por la salvación de sus hermanos:

De forma mística, el Padre Pío vivió los dolores del Calvário y se unió a la cruz de Cristo.

Hice, es verdad, este ofrecimiento al Señor varias veces, pidiéndole que, si quisiese, podía hacer recaer sobre mí los castigos que están preparados para los pecadores y para las almas del purgatorio. Hasta centuplicándolos sobre mí, con tal de que convierta y salve a los pecadores y lleve cuanto antes al paraíso las almas del purgatorio.

Pocos meses después, en septiembre de 1910, una gran señal confirmó que su ofrecimiento por los pecadores había sido aceptado.

El capuchino sintió un dolor agudo en las manos y los pies. Al ver la mancha roja en el centro de las manos, comprendió que había recibido el don de las santas llagas de Cristo.

Temiendo la confusión que la exposición de tales heridas pudiese causarle, rogó al Señor las dejase invisibles. Su pedido fue atendido, permaneciendo sin embargo el intenso dolor de las llagas.

San Pío también experimentó muchas veces la coronación de espinas y la flagelación de Cristo. Ese fenómeno se repetía, en promedio, una vez por semana.

Los estigmas visibles

San Pío de Pietrelcina sufría, silenciosamente y de buen grado, por los pecadores. En su modestia, temía solamente que sus dones sobrenaturales se hicieran públicos.

En breve, su miedo se tornaría realidad.

Corría el mes de octubre de 1918. En el coro de la Iglesia de Santa María de las Gracias, en San Giovanni Rotondo, el santo capuchino contemplaba la cruz de Cristo. Entrando en éxtasis, vio a Jesús con las manos, los pies y el lado del tórax sangrando e, inmediatamente, sintió dolor en las mismas llagas – ahora visibles y sangrientas.

Escribe al P. Benedito, compartiendo sus tormentos:

Elevaré a Él, bien fuerte mi voz y desistiré de suplicarle que (…) retire de mí no el sufrimiento, no el dolor (…). Pero que retire de mí esas señales externas que me
confunden y me causan una humillación indescriptible e insoportable.

Pero esta vez, Jesús no atendería a sus súplicas: los estigmas serían visibles hasta la víspera de su muerte.

En vano el Padre Pío buscaba esconder las heridas bajo las mangas del hábito: poco después, el conocimiento del hecho sobrepasaría los muros del convento y, al ser comentado pródigamente por la prensa, San Giovanni Rotondo comenzaría a atraer los primeros peregrinos.

Polémica sobre el origen de las llagas

San Pío intenta cicatrizar sin èxito las heridas con una solución de iodo, pero el flujo de sangre no cesa.

El profesor Luigi Romanelli jefe del equipo médico del Hospital de Barletta, fue llamado por los capuchinos para analizar el caso. Después de examinar al Padre Pío cinco veces en un período de quince meses, emitió su parecer: no era posible clasificar las lesiones pues su causa era desconocida.

El Vaticano, a su vez, envió al doctor Amico Bignami, profesor de Patología del Hospital Real de Roma.

Bignami medicó y vendó las llagas. Después, para garantizar que las vendas no fuesen abiertas, colocó lacres sobre los curativos. A pesar de todos esos cuidados, las heridas no sanaron.

En su informe, el médico concluyó que las llagas eran de origen nervioso, generadas por la autosugestión, y aún acusó al Padre Pío de usar sustancias químicas para mantenerlas abiertas.

Romanelli contestó vehementemente el dictamen de su colega:

El Prof. Bignami describe al Padre Pío como una persona normal, con el sistema nervioso normal.¿Puede haber un efecto sin causa?¿ Puede haber lesiones de
origen nervioso en una persona no afectada por una enfermedad nerviosa?

Los estigmas del Padre Pío se asemejan a los de San Francisco de Asís, quien también recibió las cinco llagas de Cristo.

Las llagas del Padre Pío fueron una vez más examinadas en 1920, esta vez por el doctor Jorge Festa, médico cirujano que trataba a los capuchinos en Roma.

Después de minuciosas observaciones, inclusive de la salud psicológica del estigmatizado, el doctor tuvo la convicción de que las lesiones tenían un carácter
sobrenatural.

En el mismo año, un religioso de gran prestigio llegó al convento de San Giovanni Rotondo con la intención de examinar las llagas del Padre Pío. Se trataba del padre Agostinho Gemelli, médico especializado en neuropsicología.

Gemelli, sin embargo, tuvo sus planes frustrados: como no tenía la necesaria autorización del Santo Oficio y del ministro general de la Orden, el Padre Pío no le
dio permiso para examinarlo.

Acosado, envió al Santo Oficio un relatorio de su visita, denigrando la imagen de San Pío y negando el origen milagroso de sus llagas.

El dictamen calumnioso del padre Gemelli, no había sido elaborado bajo las luces de la ciencia médica, sino bajo las tinieblas del rencor. El no tenía elementos para sacar cualquier conclusión consistente sobre los estigmas, ya que sólo había podido observarlos de lejos.

Además de Benedicto XV (foto), durante su vida, El Padre Pío recibió apoyo de los papas Pío XII y Pablo VI.

El Vaticano, entonces, envió tres visitadores oficiales al convento. Todos ellos, después de examinar las llagas de San Pío, emitieron pareceres favorables al
santo.

El papa Benedicto XV reprendió a Gemelli en estos términos: “Tener cuidado es bueno, pero ser de tal forma incrédulo es malo”. Y, en cuanto vivió ese pastor, el capuchino tuvo un poco de paz.

Sin embargo, tras la muerte de Benedicto XV,  en 1922, Pío XI subió al trono de Pedro. A pesar de ser un gran papa, dio oídos al vengativo padre Gemelli, que lo indujo a hacer un mal juicio del estigmatizado.

Así se inició un doloroso período de diez años de persecución al Padre Pío.

Sanciones del Santo Oficio

Negando la sobrenaturalidad de las llagas, el Santo Oficio tomó medidas disciplinares contra San Pío, con la finalidad de limitar el ejercicio de su magisterio.

Entre 1922 y 1931, le fue prohibido:

• comunicarse con su director espiritual;
• bendecir o confesar al pueblo; 
• mantener cualquier relación con los fieles, aún por carta;
• rezar misa en una iglesia abierta al público

(sólo podría hacerlo en una capillita del convento).

Se llegó inclusive a ordenar que el santo fuese transferido para otra localidad. Esto no se cumplió gracias a las fuertes reacciones y protestas de los habitantes de San Giovanni Rotondo. Temiendo una rebelión violenta en la ciudad, los superiores tuvieron que ceder.

El pastor vuelve a cuidar de las ovejas

Muchas voces eminentes se levantaron en favor del Padre Pío de Pietrelcina. Sacerdotes y obispos solidarios se esforzaron por defender su honra, y acabaron por influenciar a Pío XI.

El papa finalmente retiró las restricciones impuestas al santo, que volvió a rezar la misa públicamente, a confesar, a aconsejar y a bendecir a los fieles.

 

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