Diác. Francisco Javier de Oyarzábal Gutiérrez-Barquín, EP
Tres apóstoles y dos profetas ante Dios hecho hombre, que en lo alto del monte Tabor se muestra en todo su esplendor. ¡He aquí la escena grandiosa y sublime de la transfiguración! Espectáculo inabarcable, que tuvo como testigos terrenos a Pedro, Santiago y Juan, y como representantes de los bienaventurados los grandes Moisés y Elías: «Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (Mt 17, 2).
En medio de la sublime visión y atraído irresistiblemente por ella, el impetuoso Pedro exclama: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mt 17, 4). Pero enseguida se oyó la voz del Padre, que cambió la valentía del príncipe de los Apóstoles en duda y temor, al ver frustrados sus planes tan humanos como distantes de la voluntad divina.
Como otros Pedro, a menudo preferimos construir nuestras propias tiendas en este mundo en lugar de convertirnos en templos donde Dios pueda habitar
Cayendo, pues, con el rostro en tierra, y así postrado junto a los «hijos del trueno» (Mc 3, 17), debió recordar en lo más profundo de su corazón la reprimenda del Maestro: «¡Quítate de mi vista, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mc 8, 33). El temor invadió entonces el alma de Pedro, como la de los hijos de Zebedeo, hasta el momento en que el Señor les dijo: «Levantaos, no temáis» (Mt 17, 7).
De hecho, no era la primera vez que el miedo se apoderaba del interior de los apóstoles. Recordemos, entre otros, el pasaje del lago de Genesaret, cuando temblaron al ver al divino Maestro caminando sobre las aguas mientras intentaba tranquilizarlos, diciendo: «¡Ánimo!, soy yo, no tengáis miedo» (Mc 6, 50).

«La Transfiguración», de Pedro Serra – Retablo del Espíritu Santo, Colegiata Basílica de Santa María de la Aurora, Manresa (España)
¿Por qué temblar ante aquel que tanto los amaba y que había venido a salvarlos, prometiéndoles su propio Reino?
Porque, al igual que Pedro, los demás apóstoles aún buscaban al Señor y su Reino en el mundo, en las glorias mundanas y en las preocupaciones materiales, cuando deberían hacerlo en sus propias almas: «El Reino de Dios está en medio de vosotros » (Lc 17, 21).
En efecto, siempre que alguien se deja abatir por el infortunio, permitiendo que el miedo y la falta de confianza en Dios invadan su alma, es porque, como otro Simón Pedro, ha apartado al Señor del centro para hacer las «tiendas» del egoísmo, del capricho y de la ambición.
Jesucristo no necesitaba las tres tiendas de Pedro, pues los templos que Él buscaba ya estaban allí: ¡eran los propios apóstoles! ¿Qué deseaba entonces el Salvador? Sólo habitar en sus almas, a fin de que se convirtieran en sus instrumentos para la instauración de su alianza eterna, tal como Dios había establecido antaño, por medio de Moisés, el Arca de la Alianza en la Tienda del Encuentro. Cabe preguntarnos: ¿prefiero construir mi tienda en este mundo o ser un templo donde Dios pueda habitar?







