Madre del Príncipe de la paz y Madre nuestra

Publicado el 01/01/2026

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Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2, 10-11). Con estas palabras el ángel del Señor comunicó a los pastores el cumplimiento de la gran promesa hecha a Israel, uniéndose a él un magnífico coro del ejército celestial para glorificar al Altísimo por el nacimiento del Redentor: «Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» (Lc 2, 14).  

Las naciones sólo alcanzarán la paz duradera siempre que María esté en el centro de la sociedad, pues en Ella está Jesús

Cuando los ángeles se fueron al Cielo, los pastores se dijeron entre sí: «Vayamos, pues, a Belén y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2, 15). Allí encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. ¡No podía haber posada más pobre que una gruta, ni cuna más ruda que un pesebre!

San Lucas nos narra solamente que «contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores» (Lc 2, 17-18). Pero no deja de resaltar: «María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón » (Lc 2, 19).

La Virgen con el Niño – Museo Cristiano, Esztergom (Hungría)

En esa humilde gruta se inauguraba una nueva relación de los hombres entre sí y con el Creador, que el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira sintetizó así: «Nunca un corazón materno amó más tiernamente a su hijo. Recíprocamente, Dios nunca amó tanto a una mera criatura. Y nunca un hijo amó tan plena, íntegra y sobreabundante a su madre».

Había llegado la plenitud del tiempo —como afirma San Pablo a los gálatas— en que «envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley» (Gál 4, 4), asociando a María Santísima a su plan salvífico como Madre del Redentor.

En este primer día del año, celebramos a la elegida sobre quien Dios posó su mirada benevolente: la Madre de Dios, Madre de la Iglesia, Madre de todos los hombres.

En una época en la que el neopaganismo invade la faz de la tierra y guerras devastadoras, que pueden alcanzar una magnitud impredecible, nos amenazan a cada instante, buscamos la paz. Pero ésta sólo será auténtica y duradera si se cimienta sobre la roca firme de la verdad, las enseñanzas del Evangelio y el cumplimiento de los diez mandamientos.

Como afirma Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, «la paz consiste en que los hombres, los pueblos y las naciones pongan a Dios en el centro. […] La paz sólo será alcanzada cuando María esté en el centro, pues en el centro de su vida y de sus pensamientos está Jesús».

Dirijamos nuestra mirada hacia María, Madre del Príncipe de la paz y Madre nuestra; que Ella interceda por nosotros, pidiendo que los hombres de hoy se dejen iluminar por la verdad que los hará libres (cf. Jn 8, 32).

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1 Corrêa de Oliveira, Plinio. «Fi lho, eis aí tua Mãe». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año XVIII. N.º 213 (dic, 2015), p. 5.

2 Clá Dias, EP, João Scognamiglio. Homilía. Mairiporã, 1/1/2008.

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