Madre y protectora siempre solícita

Publicado el 01/05/2026

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El amparo durante una grave enfermedad, la ayuda a dos pescadores en apuros y la solución a intrincados problemas familiares demuestran cómo Dña. Lucilia siempre atiende a quienes recurren a ella, tanto en las grandes dificultades como en las pequeñas.

Narra la Sagrada Escritura que, perseguido por la impía Jezabel, Elías huyó a la cima del Horeb, la montaña de Dios, donde pasó la noche en una cueva. Allí le fue dirigida la palabra divina: «“Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor”. Entonces pasó el Señor» (1 Re 19, 11). El Todopoderoso se manifestó en el «susurro de una brisa suave» (1 Re 19, 12) y no en el fragor de un viento impetuoso, ni de un terremoto o de un fuego devorador.

¿No es verdad que necesitamos tener delicadeza de alma para percibir la voz de Dios que nos habla o la ayuda que Él nos envía desde lo alto a través de oportunas intervenciones, sutiles auxilios, pequeños consuelos?

En este propósito, ofrecemos a nuestros lectores tres relatos en los que la eficaz acción celestial se manifiesta suavemente, por la intervención de Dña. Lucilia. Que estos ejemplos contribuyan a crecer en la confianza en Dios, que no abandona a quienes recurren a la intercesión de esta bondadosa madre.

Una petición atendida con prontitud

Thainara Adão, de Joinville (Brasil), nos envía un conmovedor relato sobre la protección que recibió de Dña. Lucilia, que la amparó en una etapa de su vida marcada por grandes sufrimientos y aprensiones.

Thainara con su hija en el hospital

En 2022, deseando ser madre y muy entristecida tras unos meses de fracasos, Thainara le pidió a la Virgen esa gracia, por medicación de Dña. Lucilia: «Me acordé de la historia de Dña. Lucilia, de cómo fue un ejemplo de madre, de virtud y de amor a Dios. Entonces, con una fotografía suya en mis manos, le pedí que pudiera ser, aunque fuera un poco, la madre excepcional que ella fue, que intercediera por mí y me obtuviera la gracia de tener un bebé. Después de esta oración me sentí en paz, como si toda la angustia hubiera pasado».

Tan sólo un mes después, la oración de Thainara fue atendida: «Allí, en mi vientre, estaba mi bebé, la respuesta a mis oraciones y, sobre todo, una muestra del amor puro y genuino que Dña. Lucilia tiene por mí. Tuve un embarazo de riesgo, mi bebé nació con poco peso, con dificultad para respirar y el corazón acelerado, pero en todo momento veía una luz que nos iluminaba, sabía que mi hija era una promesa y que todo iría bien». De hecho, su pequeña, María Clara, superó con éxito estas tribulaciones iniciales, creciendo sana y fuerte.

Sin embargo, la maternal solicitud de Dña. Lucilia se manifestaría en otro sentido y en otra prueba, con otros objetivos.

«Es mi protectora»

En noviembre de 2023, en vísperas de su reincorporación al trabajo tras la baja por maternidad, Thainara se puso enferma: «A las dos y media de la madrugada me desperté con un fuerte dolor de cabeza, como nunca lo había sentido, lo que me causaba mucha confusión mental. Me levanté a coger una medicina y ya no sentía mi cuerpo. Me dolía la columna, había perdido todo movimiento. Tenía vómitos constantes, se me nubló la vista y sentía como si algo me recorriera la espalda».

La llevaron de urgencia al hospital y los médicos constataron que había sufrido una hemorragia cerebral causada por un tumor neurológico. Sin comprender del todo la gravedad de su situación, se enteró de que sería trasladada a la UCI, donde pasó unos días semiconsciente, a la espera de un diagnóstico completo.

«Tenía la certeza de que no iba a sobrevivir. Me estaba despidiendo, sin estar realmente preparada para no ver crecer a mi hija»

De ese período sólo recuerda el momento en que recibió de un sacerdote heraldo el consuelo de los sacramentos: «Tenía la certeza de que no iba a sobrevivir. Hablamos un rato. En verdad, me estaba despidiendo, sin estar realmente preparada para no ver crecer a mi hija. También me acuerdo que le pregunté al sacerdote por qué me estaba pasando esto».

En medio de la prueba física y espiritual que atravesaba, sin fuerzas para afrontar la inminencia de la muerte y resistiéndose a aceptar lo que parecía ser la voluntad de Dios, Thainara recibió, en un pequeño episodio, un rayo de esperanza: «Al cabo de unas horas, una enfermera que recogía los análisis me preguntó quién era la mujer de la fotografía que estaba cerca del equipo hospitalario. No alcanzaba a verla. Me la enseñó y, sin saber cómo había ido a parar allí esa foto, le respondí: “Esta es Dña. Lucilia, es mi protectora”. Aun sin conocer muy bien su historia, confié entonces en que tendría una oportunidad y que no era mi momento de irme».

Experiencia dura, pero benéfica

Los días en la UCI iban pasando, los dolores de cabeza y en su cuerpo aumentaban. Thainara necesitaba ayuda para todo, incluso con los movimientos más sencillos. Ante tantas dificultades, empezó a perder de nuevo la confianza. No obstante, un sueño peculiar le levantó el ánimo. Se veía en el hospital, pero al mismo tiempo volando en un cielo lila, con una sensación de mucho bienestar, mientras oía a alguien decirle: «Todavía no es tu hora».

Antes de entrar en el quirófano, Thainara se puso en manos de Dios: «Tenía la certeza de que alguien había intercedido por mí»

Al día siguiente le comunicaron el horario en el que sería hecha la operación para extirparle el tumor. Continúa su relato: «Estaba ansiosa, pero feliz y confiada. En ningún momento se me pasó por la cabeza nada negativo; tenía la certeza de que alguien había intercedido por mí». Antes de entrar en el quirófano, Thainara se puso en manos de Dios, rezando: «Señor, tú conoces mi corazón y mi voluntad de vivir, pero hágase tu voluntad. Doña Lucilia, te entrego mi corazón y mi vida». La intervención fue un éxito y, a pesar de pronosticarle una recuperación difícil y larga, los médicos le aseguraron que se recuperaría totalmente.

Thainara ante un cuadro de Dña. Lucilia

La noche en que recibiría el alta hospitalaria, tuvo otro sueño: «Sobre mis hombros llevaba el chal lila de Dña. Lucilia, ese color que me daba tanta calma y esperanza. Me decía a mí misma: “Todo va a ir bien, aún no es tu hora”. Me desperté llorando, pero con el corazón en paz, porque tenía la convicción de que Dña. Lucilia había estado conmigo todo el tiempo, me había cuidado, me había protegido bajo su chal lila y me había salvado. Hasta el día de hoy, sueño con su chal lila y la plena certeza de que soy su hija y que ella es mi madre, mi intercesora».

La experiencia tuvo sus lados duros e incluso dramáticos, pero le dejó, además de la profunda convicción de ser amada por Dña. Lucilia, valiosas lecciones para su vida espiritual: «Muchas cosas me enseñaron a cambiar mi pensamiento y mi día a día. Todo lo que me pasó no fue sólo una enfermedad, sino mi renacimiento; estoy agradecida por mi vida hoy y por la intercesión de Dña. Lucilia. La alabo y le doy gracias todos los días».

Salvados de un apuro «en un abrir y cerrar de ojos»

Desde Miracema (Brasil) nos escribe Lenilton Rabelo Rosa, gran devoto de Dña. Lucilia, a quien siempre recurre en los momentos de dificultad:

«Un día de 2022, salí a pescar, con la intención de ir cerca, pues el coche tenía poca gasolina y no me quedaba más que treinta reales en el bolsillo. Llamé a mi hermano y fuimos a la ciudad de Itaocara. Llegamos allí, pero el agua estaba demasiado turbia para pescar. Decidimos ir más lejos. El depósito de gasolina estaba en reserva y gastamos los treinta reales en repostar. Condujimos otros noventa y cinco kilómetros por un camino de tierra y llegamos a São Sebastião do Paraíba, pero ahí el agua también estaba turbia. No pensábamos en el combustible y subimos otros treinta o cuarenta kilómetros hasta Fernando Lobo, un pueblo ribereño donde encontramos buena agua para pescar».

Lenilton y su hermano bajaron con su vehículo por un sinuoso camino, cubierto de hierba. Pescaron tranquilamente hasta que, alrededor de las nueve de la noche, una fuerte lluvia los obligó a parar. Entonces pusieron los peces en el coche y… empezaron los problemas, ya que tenían que subir una rampa con hierba mojada, barro y muchos baches.

Narra él: «Aceleré a una cierta distancia para coger impulso y ascender, pero el coche derrapaba y se calaba. Lo intenté unas cinco o seis veces, sin éxito. Miré el indicador de combustible y vi que la aguja estaba justo por encima de la reserva. Me acordé de Dña. Lucilia y grité con fuerza: “¡Doña Lucilia, ayúdanos!”. Aceleré de nuevo y el coche subió de golpe, como si tuviera tracción en las cuatro ruedas. Me volví hacia mi hermano y le dije: “¿Has visto eso? ¡Doña Lucilia nos ha sacado de ésta en un abrir y cerrar de ojos!”».

«¿Y ese dinero?»

No obstante, aún les quedaban ciento ochenta kilómetros de carretera embarrada hasta la ciudad de Itaocara, y no tenían suficiente combustible. Pidieron una vez más la ayuda de Dña. Lucilia y se pusieron en marcha.

La narración prosigue: «Seguimos charlando sobre los acontecimientos del día y, sin darnos cuenta, ya estábamos en Itaocara». Mayor fue su sorpresa cuando vieron que el indicador de gasolina ni siquiera se había movido.

Sin embargo, no había suficiente combustible para el resto del viaje, así que decidieron vender algunos peces en la plaza de la ciudad para poder repostar el automóvil.

Continúa Lenilton: «Me puse en la cabeza la caja de poliestireno con los peces y le pedí a mi hermano que cogiera la llave del coche de mi bolsillo; cuando metió la mano en mi bolsillo, sacó un billete de veinte reales junto con la llave. Le pregunté: “¿Y ese dinero?”. No lo llevábamos antes; y, como estábamos muy mojados, el billete se encontraba casi deshecho».

Sin entender cómo aquel billete había acabado en su bolsillo, Lenilton lo dejó en el salpicadero del coche para que se secase y partió con su hermano hacia San Antonio de Padua, donde Dña. Lucilia les había preparado otra sorpresa: al meter la mano en su bolsillo, notó que allí había otro billete de veinte reales, doblado y completamente seco.

Así concluye su relato: «Me di cuenta de que era para demostrar que fue Dña. Lucilia quien me había obtenido estas gracias. Me sacó del barro, hizo que la gasolina durara hasta Padua y me dio cuarenta reales… Tres gracias en un solo día».

Un consejo que salvó su matrimonio

Sí, un consejo que cambió el rumbo de su vida, e incluso el destino de su familia, fue el que recibió R. B., de Minas Gerais (Brasil), en medio de una dramática situación familiar por la que estaba pasando. La luz que iluminó su camino y el faro que condujo a su familia hasta el «final del túnel» fue su devoción a Dña. Lucilia. He aquí como ella narra el medio utilizado por la Providencia para que conociera a tan bondadosa madre:

«Era el 19 de marzo de 2024 y ya no sabía qué hacer para que mi marido dejara de beber. Bebía todos los días, de lunes a lunes. De la cerveza pasó al whisky y a las bebidas combinadas. Para evitar peleas y reproches, empezó a beber a escondidas, ocultando el vaso de bebida cuando yo llegaba a casa, e incluso guardó una botella de whisky en el armario… Era un auténtico tormento en casa.

»Aquel día, volví a casa del trabajo y lo encontré otra vez muy borracho, sin fuerzas para discutir… Salí con mi hijo mayor a buscar un sacerdote para que me aconsejara. Yo ya estaba consagrada a la Virgen, pero estaba dispuesta a divorciarme, porque ya no aguantaba vivir así».

No obstante, la divina Providencia condujo a R. B. por un camino muy distinto. Como la iglesia a la que había ido estaba cerrada, se acordó de la casa de los Heraldos del Evangelio de su ciudad y hacia allí se fue con la esperanza de obtener ayuda espiritual. Su confianza no fue defraudada, pues en ese sitio recibió un consejo de un sacerdote heraldo que cambiaría su vida:

«Durante nuestra conversación, el sacerdote me dijo que necesitaba de la intervención divina, porque hay cosas que los seres humanos no podemos resolver solos. Separarme no resolvería el problema, pues mi esposo seguiría bebiendo y hundiéndose cada vez más. Yo tenía que luchar por él y por nuestra familia. En ese momento, me dio una estampa de Dña. Lucilia, me contó brevemente su historia y me aconsejó que le hiciera una promesa: rezar mil avemarías pidiendo para que ella interviniera.

«Regresé a casa decidida a entrar en esta batalla, con fe y confianza, pidiendo la intercesión de la Virgen y de Dña. Lucilia»

»Regresé a casa decidida a entrar en esta batalla con las armas adecuadas. Empecé a rezar todos los días, con fe y confianza, pidiendo la intercesión de la Virgen y de Dña. Lucilia por mi marido, por nuestra familia. Y entonces ocurrió lo que parecía imposible: el 22 de marzo, tan sólo tres días después de que empezara esas oraciones, ¡fue el último que mi esposo bebió!».

La intercesión de Dña. Lucilia ante el trono de María Santísima había sido escuchada con prontitud: «Para honra y gloria de Nuestro Señor Jesucristo, y por la poderosa intercesión de la Virgen y de Dña. Lucilia, ¡mi marido no ha vuelto a llevarse nunca más ni una gota de alcohol a sus labios! Desde entonces se ha mantenido sobrio y se ha convertido en devoto de Nuestra Señora. Ya usa el santo escapulario y se está preparando para la confirmación y para consagrarse a Ella».

Tras una larga espera, ¡se vendió una casa!

Los problemas familiares por herencias han sido muy frecuentes desde los albores de la humanidad. Incluso las páginas del Evangelio (cf. Lc 12, 13) cuentan un episodio en el que se le pide a Nuestro Señor Jesucristo que intervenga en una disputa de este tipo entre dos hermanos… Lejos de favorecer la avaricia de alguna de las partes, el divino Maestro recomendó a los hombres de todos los tiempos que abandonaran con confianza sus necesidades al Padre, quien nos proveerá en todo.

Sin embargo, hay ocasiones en que la intervención celestial se nos concede a través de un intercesor, que pide un remedio para nuestras aflicciones en nuestro nombre. Así, tras comprobar la eficacia de la intercesión de Dña. Lucilia para salvar su matrimonio, R. B. decidió poner en sus manos otro espinoso asunto: la venta de un problemático inmueble heredado por su esposo y sus hermanos.

La casa en cuestión era una fuente de grandes disgustos para su marido, pues sus hermanos que vivían allí con su madre, tanto antes como después de su muerte, no habían pagado correctamente sus impuestos a lo largo de los años… Al ser el hermano mayor, la propiedad estaba a su nombre, y esta situación irregular hizo que quedara en mala situación ante el gobierno.

«Mi suegra había fallecido hacía más de siete años y esa casa no se vendía. Tenía impuestos atrasados, carecía de licencia de ocupación y los hermanos no se ponían de acuerdo sobre su valor», relata R. B.

No obstante, tras pedir la intercesión de Dña. Lucilia para salir de aquella dificultad, y superando toda previsión humana, la casa fue finalmente vendida en diciembre de 2024.

En agradecimiento por toda la protección y el amparo recibidos de Dña. Lucilia, de una manera conmovedora, R. B. escribe: «Este testimonio es una forma de agradecer y glorificar la acción de Dios en nuestras vidas. La gracia ha ocurrido y nuestra familia ha sido restaurada. ¡Alabado sea Dios por todo esto!».

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