Plinio Corrêa de Oliveira



El 19 de septiembre se conmemora la aparición de Nuestra Señora de La Salette. Tenemos, para comentar, fragmentos extraídos del libro de Regamey, Les plus beaux textes sur la Vierge. Es una declaración hecha por Mélanie Calvat, la niña que vio a Nuestra Señora.
Reina incomparable
Apariencia: La Santísima Virgen era alta y bien proporcionada. Sin embargo, permanecía inmóvil e inalterable. Su fisionomía era majestuosa, imponente, pero no imponente como son los grandes de la Tierra. Imponía un temor respetuoso, al mismo tiempo que su majestad imponía respeto entremezclado de amor. Ella atraía.
A su alrededor, así como en su persona, todo inspiraba la majestad, el esplendor, la magnificencia de una reina incomparable. Parecía bella, clara, inmaculada, cristalina, celestial. Me parecía también a una buena madre llena de bondad, amabilidad, amor para con nosotros, compasión y misericordia.
Por esta descripción, Mélanie, esa pastorcita analfabeta, merecía entrar en la Academia Francesa de Letras. Es una descripción admirable.
Lágrimas: La Santa Virgen lloraba durante casi todo el tiempo en que me habló. Sus lágrimas corrían lentamente, una a una, hasta sus rodillas. Después, como chispas de luz, desaparecían. Eran brillantes y llenas de amor.
Yo quisiera consolarla y que no llorara. Pero me parecía que necesitaba mostrar sus lágrimas, para mostrar mejor su amor olvidado por los hombres. Las lágrimas de nuestra tierna Madre, lejos de debilitar su aire de majestad de Reina y Señora, parecían, por el contrario, embellecerla, hacerla más amable, más radiante.
Verdadera puerta del Cielo
Ojos: Los ojos de la Santísima Virgen, nuestra tierna Madre, no pueden ser descritos por el lenguaje humano. Para hablar de ellos, sería necesario un Serafín, sería necesario el propio lenguaje de Dios, de Dios que formó a la Virgen Inmaculada, obra prima de su poder. Los ojos de la augusta María parecían mil y mil veces más bellos que los brillantes, los diamantes y las piedras preciosas. Eran como la puerta de Dios, por donde se podía ver todo aquello que puede encantar el alma… Solamente esa visión de los ojos de la más pura de las vírgenes sería suficiente para ser el Cielo de un bienaventurado. Sería suficiente para hacer a un alma entrar en la plenitud de los deseos del Altísimo, entre todos los acontecimientos que suceden en el transcurso de la vida; sería suficiente para impeler a un alma a continuos actos de alabanza, agradecimiento, reparación y expiación.
Solamente esta visión concentra el alma en Dios y la vuelve como una muerta-viva que mira las cosas de la Tierra, incluso las cosas aparentemente más serias, como juguetes para niños. Ella solo quería hablar de Dios, de aquello que se refiere a su gloria.
Celestial, regia e incomparablemente bondadosa
Cada uno de los pormenores que dicen respecto a la apariencia de Nuestra Señora es una verdadera belleza. Hay varias ideas ahí simbolizadas, pero escojo tres.
La primera idea es la de un ente todo celestial, inundado de valores sobrenaturales y de gracias, como compete a Aquella a quien el Ángel llamó de “llena de gracia”, como personificando la gracia de Dios. Entonces, la primera idea es la de sobrenaturalidad.
La segunda es la de una majestad regia, sin nombre, que se expresa en Ella entera y, por otro lado, se irradia en torno a Ella.
Y la tercera, que la Revolución no gustaría de ver conjugada con la majestad, es la de una bondad sin precedentes. Una compasión, una misericordia, una condescendencia, un expandir afable de todos sus dones sobre las personas, para hacerlas participantes de ellos, algo que parece contradictorio con la majestad, pero, en verdad, es su corolario indispensable, o sea, es esa efusión incomparable de bondad presente en Nuestra Señora.
Y todos los trazos dados en esta descripción son hechos para simbolizar eso.
Características de la majestad de Nuestra Señora
La Santísima Virgen era alta y bien proporcionada.
La altura es un atributo de la majestad. Tanto que a los príncipes, que no son reyes, se les dice: “Vuestra Alteza”. Evidentemente no dice respecto a la altura física, pero es una imagen visible de la altura en los demás sentidos. Y, por lo tanto, no era necesaria, pero convenía a Nuestra Señora la altura física y bien proporcionada. Porque la altura bien proporcionada es lo contrario de la altura monolítica, que rebaja, aplastante. Y lo que hace a la altura condescendiente y, por así decir, accesible, es la perfección de sus proporciones. Es el encaje de varias cosas pequeñas en esa altura, con gracia y armonía, que la hacen multiforme. Es una unidad en la variedad.

La perfección de sus proporciones está casi haciendo un contrapeso a lo que la altura podría tener de un poco asustador.
Parecía tan leve, que un soplo podría alcanzarla.
Realmente un ser espiritual, en el cual el cuerpo era solo una dependencia dominada por el espíritu; y no sujeta, por lo tanto, a la ley de la gravedad y a la atracción de la Tierra. Lo sobrenatural en Ella estaba en su plenitud.
La narración continúa: Imponía un temor respetuoso, al mismo tiempo que su majestad imponía respeto entremezclado de amor.
Era un respeto que, por un lado, infundía temor y, por otro, amor. Es la propia imagen de la verdadera majestad, que inspira un temor reverencial hecho no de miedo del látigo –que puede entrar–, sino del miedo de disgustar a un tan alto ser; y, por otro lado, Ella infundía amor por el hecho de ser quien era.
Eso está espléndidamente expresado.
Ella atraía.
La verdadera majestad atrae, no repele. Cuando vemos una majestad que repele, es falsa. Por ejemplo, Napoleón tenía una majestad que repelía. Porque era un marmitón vagabundo, no tenía nada de majestad auténtica.
A su alrededor, así como en su persona, todo inspiraba la majestad, el esplendor, la magnificencia de una reina incomparable.
¿Qué había en torno a Ella? Un campito ordinario, con unas hierbitas, una cosa cualquiera. Pero Ella entraba allí y todo se transformaba en un palacio. ¿Por qué? Porque la Escritura dice: Omnis gloria filiæ regis ab intus (cf. Sl 44, 14): Toda la gloria de la hija del Rey –que es Nuestra Señora– viene de adentro, y Ella comunica esa gloria a todo lo que está a su alrededor.
Reina y Madre de suma misericordia
Parecía bella, clara… Es la claridad luminosa, sobrenatural.
…inmaculada, cristalina, celestial. Es muy interesante –para quien, como yo, que gusta de los cristales– ver la necesidad de juntar la idea de cristalino para afirmar la pureza y lo que había de diáfano dentro de Ella; algo de la nobleza de los cristales aparece dentro de eso.
Ahora viene el corolario:
Me parecía también como una buena madre, llena de bondad, amabilidad, amor para con nosotros, compasión y misericordia.
Aquí está la yuxtaposición perfecta. Por eso en la “Salve Regina” hay esa paradoja en su comienzo: “Dios te salve, Reina”, enseguida: “Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra”. Sumamente Reina, sumamente Madre, y Madre de suma misericordia. Esa yuxtaposición es la idea misma de la majestad perfecta.

El noble llanto de María
Nuestra Señora lloraba. Pero hay dos modos de llorar: hay uno lleno de debilidad y otro lleno de altivez. A veces se llora cuando se está bajo el dolor, pero se puede llorar también cuando se está por encima del dolor. ¿Cómo es el llanto de Nuestra Señora?

Nuestra Señora del Buen Suceso (acervo particular)
La Santa Virgen lloraba durante casi todo el tiempo en que me habló. Sus lágrimas corrían lentamente, una a una, hasta sus rodillas.
Todo eso es simbólico. Eran lágrimas que corrían lentamente, indicando el dominio. Nada de descabellado, de convulsivo, de llanto de ópera, nada de eso. Eran lágrimas como de una reina llena de una tristeza noble, serena. Ellas se suceden unas a otras, llegan hasta las rodillas, para indicar el impulso con el cual son lloradas, el fondo de alma que está en eso. Así como las lágrimas le corren casi a lo largo de todo el cuerpo, ese dolor inunda toda su alma. Hay un símbolo bellísimo en eso.
La vidente añade:
Después, como chispas de luz, desaparecían.
El modo de desaparecer… ¿Qué podría suceder con las lágrimas de Nuestra Señora? ¿Caer en la tierra? ¿Quedar formando un pastelito mezclado con barro? ¿O empapar prosaicamente su vestido? ¿Se puede comprender a una reina con su vestido húmedo y pesado de lágrimas? No. ¡Ese desaparecer como chispas es una belleza! La lágrima, que en el último momento brilla, da una luz y es recogida por el Padre Eterno en sus esplendores. Es una solución lindísima para un problema que con facilidad se podría tornar prosaico.
Después continúa:
Eran brillantes y llenas de amor.
¡Las lágrimas de tal Reina debían ser luminosas! No podían ser opacas o terrosas. La lágrima de Aquella que es toda pura, solo puede ser cristalina. Y, dice ella, un brillo de amor. ¡Hay un mundo de percepciones en todas esas formulaciones! ¡Cómo está bien pensado!
Lágrimas que embellecen la majestad
Yo quisiera consolarla y que Ella no llorara. Pero me parecía que necesitaba mostrar sus lágrimas para mostrar mejor su amor olvidado por los hombres. Las lágrimas de nuestra tierna Madre, lejos de debilitar su aire de majestad de Reina y Señora, parecían, por el contrario, embellecerla…
Embellecían la majestad. La verdadera reina es tal, que tiene una belleza cuando está alegre, otra belleza cuando está triste, otra cuando está despreocupada. Son bellezas especiales para todas las situaciones. En Nuestra Señora, las lágrimas daban una belleza inconfundible, es la belleza del dolor de la Reina. Es un aspecto fisonómico propio.
…parecían, por el contrario, embellecerla, hacerla más amable…
“Amable”, por lo tanto, digna de amor.
…más radiante.
“Radiante” en el siguiente sentido: más irradiadora. No es alegrísima, pero su personalidad de expandía más.
Sublimidad imposible de ser descrita
Los ojos… El rostro es el resumen del cuerpo. Los ojos son el resumen del rostro, son la quintaesencia de toda la expresión del cuerpo. Entonces, ¿Cómo se expresaría el alma de Nuestra Señora en la parte más expresiva de su cuerpo santísimo?
Los ojos de la Santísima Virgen, nuestra tierna Madre, no pueden ser descritos por un lenguaje humano. Para hablar de ellos, sería necesario un Serafín, serían necesario el propio lenguaje de Dios, de Dios que formó a la Virgen Inmaculada, obra prima de su poder. ¡Realmente, es sublime! Lo propio de lo sublime es no poder ser descrito por el lenguaje humano.
Los ojos de la augusta María parecían mil y mil veces más bellos que los brillantes, los diamantes y las piedras preciosas.
Una vez más viene una comparación querida por mí: compara no solo las lágrimas de Nuestra Señora, sino también sus ojos, con cristales y pedrerías. De tal manera eso es, en el orden de la materia, una criatura excelente.
Eran como la puerta de Dios, por donde se podía ver todo aquello que puede encantar el alma…
La expresión es magnífica. Porque en las Letanías se dice de Nuestra Señora “Janua Coeli”, Puerta del Cielo. Y Nuestra Señora es la más clara manifestación de Dios, más que cualquier ángel. Y quien mira los ojos de Nuestra Señora, ve la más alta manifestación de un alma que es el espejo de la justicia de Dios.
Es inefable, indecible. No se puede decir cómo es la expresión de la mirada de Nuestra Señora. Me da la impresión de que más trascendente, solamente la mirada de Nuestro Señor Jesucristo. Si pensáramos en las mil miradas de Nuestro Señor, acompañáramos las escenas del Evangelio pensando en la mirada que Él tenía en la escena… ¡Solo eso da una meditación de los Evangelios superabundante, magnífica!
La mirada inmaculada de Nuestra Señora
Continúa:
Solamente esa visión de los ojos de la más pura de las vírgenes sería suficiente para ser el Cielo de un bienaventurado.
Le llamó a ella la atención la pureza de esa mirada. ¿Y cómo podría no ser purísima? Me da la impresión de que es una mirada “castificante”. Quien la mirara, podría seguir casto la vida entera, en ese momento, solo porque su mirada consiguió fijar la mirada inmaculadamente pura de Nuestra Señora.
Sería suficiente para hacer a un alma entrar en la plenitud de los deseos del Altísimo, entre todos los acontecimientos que suceden en el transcurso de la vida;…
Quien viera los ojos de Nuestra Señora haría la voluntad de Dios para siempre.
…sería suficiente para impulsar a un alma a continuos actos de alabanza, agradecimiento, reparación y expiación.
Son los actos de culto: alabanza, agradecimiento, expiación y reparación. Bastaría una mirada para tener tanto qué alabar, tanto qué expiar, tanto para reparar, tanto para dar acción de gracias, que la vida entera se pasaría en eso.

El Dr. Plinio en 1966
Las cosas de esta Tierra se vuelven sin importancia
Solamente esta visión concentra el alma en Dios y la hace como una muerta-viva que mira las cosas de la Tierra, incluso las cosas aparentemente más serias, como juguetes para niños.
O sea, después de que una persona vio eso, no le da importancia a nada más, solo a no pecar.
Pidamos a Nuestra Señora de La Salette una impregnación de algo de todas esas gracias en el alma. Y, sobre todo, una apetencia de ver sus sagrados ojos, espejo de su rostro y de su corazón. Y, de esta forma, que tengamos la apetencia de verlos en el Cielo.
Imaginen que el Cielo fuese solo eso: ¡la eternidad entera, sentir fijos sobre nosotros los ojos de Nuestra Señora y los ojos divinos de Nuestro Señor Jesucristo! ¡Que no hubiera nada más… y habría materia para ser inundados de felicidad por toda la eternidad!
Para darnos el deseo del Cielo, debemos pensar en la eternidad con esos ojos, conteniendo todas las variedades de expresión, todas las expresiones de amor hacia nosotros, de sublimidad, de grandeza de Dios, todo eso posando sobre nosotros, viéndonos y analizándonos, empapándose en nosotros; y nosotros empapados eternamente en ellos.
No sería necesario nada más para tener un inmenso deseo del Cielo, tan grande, que seríamos tentados a una oración que un contrarrevolucionario no debe hacer: es la oración pidiendo morir ya, porque en esta Tierra las cosas están demasiado repugnantes.
(Extraído de conferencia del 19/9/1966)







