Los herejes tendieron todo tipo de celadas al Papa San Silverio. Incluso utilizaron a la pésima emperatriz Teodora, quien empleó la fuerza bruta para lograr sus intenciones en detrimento del Santo. Está en la naturaleza de la herejía ser bruta, falsa, y querer el exterminio de los verdaderos católicos. De esta manera, no se puede esperar combatir a los herejes, con sonrisas y pequeñas bondades.
Hagiografía

San Silverio
Pan de la tribulación y agua de la angustia
Teodora, esposa de Justiniano, había nombrado como obispo para la sede de Constantinopla, en 535, a Antimo, partidario de Eutiques y enemigo del Concilio de Calcedonia. Aunque la emperatriz hizo todo lo posible para que Roma aprobará su elección, el Papa Agapito depuso al obispo y condenó a sus seguidores.
San Agapito fue sucedido por San Silverio, en 536. Nuevamente Teodora intentó convencer al nuevo Pontífice para sus planes. El resultado fue negativo. Ordenó entonces a Belisario, su general, para que recurriera a la fuerza de modo a obtener lo que necesitaba. Belisario fue a Roma y, como la ciudad estaba sitiada por los godos, acusó al Papa de llegar a un acuerdo con ellos contra Constantinopla.
La acusación tuvo efecto entre la población y cartas falsas la confirmaron. Con base en esto, el general intentó hacer que San Silverio cediera a sus exigencias. El Papa se negó y se retiró a la Iglesia de Santa Sabina. Allí, días después, fue buscado por emisarios para que volviese a su palacio, ya que no sufriría nada. Los consejeros del Pontífice le advirtieron que no confiara en los griegos. El Papa se puso de rodillas, recomendó a Dios la Santa Iglesia y abandonó Santa Sabina, para no ser visto más.
Exiliado en la isla de Ponza, desde allí escribió al obispo Amator: “Me alimento del pan de la tribulación y del agua de la angustia, pero no me considero depuesto y no renuncio al soberano pontificado”. En efecto, convocó aún un concilio en esa isla y decidió lo que sería necesario para defender la Fe y restablecer la disciplina. Maltratado, murió el 20 de junio de 539.

Mosaico de la Emperatriz Teodora (detalle) Basílica de San Vital, Rávena, Italia
La mala fe es el mal supremo
Vemos narrado aquí uno de los mil episodios de la lucha de los pontífices romanos contra las herejías, en el que resultan evidentes la crueldad, la falsedad y la intransigencia de los herejes con relación al Papa. Observemos cómo los herejes, con sede en Constantinopla, hicieron contra San Silverio todo lo posible; sin embargo, no lograron nada porque éste se mantuvo firme y fiel.
Notamos una mala fe enorme por parte de estos herejes. Sabían que no podían llevar la violencia más allá de cierto punto porque toda la población se rebelaría contra ellos mismos. Entonces llegaron tan lejos como pudieron, pero el deseo era exterminar al Papa lo antes posible. Alegaron connivencia entre el Pontífice y los godos, acusación simplemente absurda y sin fundamento, que hicieron, sin embargo, para difamarlo y levantar la opinión pública en su contra. Además, una pésima mujer, Teodora, que constantemente imponía arzobispos heréticos en Constantinopla para arrastrar a esa ciudad a la herejía, utilizó la fuerza bruta para alcanzar sus objetivos.
Debemos considerar que la herejía, como pecado, tiene una malicia propia y suprema, porque el pecado contra la Fe es lo peor que existe. Todo hombre que entra en contacto con la Iglesia Católica recibe la gracia suficiente para saber que es la verdadera Iglesia de Dios; si él rechaza esta gracia, niega la verdad conocida como tal y rechaza la más importante de estas verdades, que es exactamente que la Santa Iglesia Católica es la única Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo.
Por tanto, los herejes que tenían la oportunidad de conocer a la Iglesia y de ilustrarse sobre ello, como era el caso de los bizantinos, pero no la aceptaron, quedaron en una posición de mala fe, que es el mal supremo junto al cual su crueldad y falsedad no eran más que corolarios. O sea, está en el espíritu, en la naturaleza de la herejía ser brutal, falsa y conducir al exterminio de los verdaderos católicos.
…y no es vencida con sonrisas, sino con lucha
Así es como debemos considerar a todos los herejes con los que tratamos, siempre que estemos razonablemente seguros de que han tenido suficiente con conocer a la Santa Iglesia Católica.
Basta haber estado en algunas iglesias, haber asistido a ceremonias religiosas, a la liturgia, haber oído los cantos, el órgano, haber hablado con personas piadosas, para determinar en el individuo un principio de fe que debe llevarlo con avidez a instruirse.

San Silverio (detalle) – Palacio Ducal, Venecia
Y hay un rechazo de la fe cuando cualquier especie de hereje o cismático, teniendo oportunidad de frecuentar esos lugares sagrados y habiendo podido tener ese contacto, termina sin instruirse y sin volverse católico.
Entonces entendemos la estupidez que es pretender luchar contra los herejes por medio de dichos ecuménicos, imaginando que personas tan pésimas, simplemente con pequeñas sonrisas y bondades, pueden ser traídas a la fe católica. Ellos reciben la sonrisa permanente, contemplan el espectáculo del amor continuo hacia todos los hombres, la bondad de la Santa Iglesia a la vez tan elevada, tan seria, tan agradable, que es considerada una madre verdaderamente llena de ternura y una maestra llena de sabiduría.
Si se niegan a hacerlo, actúan con mala fe, la cual no se puede vencer con unas cuantas piruetas. Ella necesita ser vencida por medio de serias objeciones, que hagan sentir al hombre el horror de la mala fe en la que se encuentra. Y mediante actitudes que lo desmoralicen ante terceros, para que no pueda resultar nocivo. En una palabra, la Iglesia es militante y la mala fe debe ser vencida en la lucha; es con espíritu de lucha como debemos combatir las herejías.
La única enemistad de la que Dios es autor
Por tanto, entendemos cuánto hay de absurdo en el ecumenismo llevado al extremo, es decir, en el deseo de aplicar métodos de una dulzura estúpida, traicionera, cínica, contra quienes emprenden la demolición de la Santa Iglesia Católica. Es necesario tomar el látigo, a imitación de Nuestro Señor cuando expulsó a los vendedores del templo, usar sus palabras de fuego contra los fariseos hipócritas, tener la espada incandescente
de San Miguel Arcángel, arrojarlos fuera de la Iglesia. Y en el momento oportuno, ser el instrumento del castigo de Dios. Éste es nuestro espíritu de lucha e intransigencia. Estamos en una guerra declarada y la más terrible de todas porque es la guerra entre los “hijos de la serpiente” y los hijos de Nuestra Señora.

Jesús expulsa a los comerciantes del Templo – Catedral de Santa María, Astorga, España
San Luis Grignion de Montfort decía muy bien que nadie destruirá jamás esta enemistad recíproca. La única enemistad que Dios ha hecho es la existente entre los hijos del demonio y los hijos de Nuestra Señora. Y como todo lo que hace el Creador está bien hecho, esta enemistad es perfecta; es decir, llega hasta el extremo del odio sobrenatural que resalta el deseo de salvar a estas almas. Y es de esta enemistad, de este odio sagrado del que nuestra alma necesita llenarse. Odio que debe convertirnos en los Apóstoles de los Últimos Tiempos, en apóstoles audaces, celosos, intransigentes y nunca necios y traidores a la causa que deberían defender. Ésta es la gran lección que se desprende para nosotros de la vida de San Silverio.
(Extraído de conferencia del
19/6/1967)