María Santísima, supremo objeto de las complacencias divinas

Publicado el 01/12/2021

Las Escrituras, siempre tan sucintas, encierran maravillas que sólo el tiempo y el paulatino trabajo de la gracia en las almas van revelando. En el Evangelio de la Anunciación, por ejemplo, encontramos al ángel San Gabriel aquietando la perturbación de Nuestra Señora con las palabras: “has encontrado gracia ante Dios” (Lc 1, 30). Ahora bien, ¿qué significa esa expresión?

Encontrar gracia ante Dios es, ante todo, ser objeto de las complacencias del Altísimo. Pero, como para Él todo es presente, de las palabras del ángel debemos concluir que ha sido así desde toda la eternidad: la Santísima Virgen estaba, de hecho, incluida en el proyecto de la Encarnación.

¿Qué lugar le correspondió en ese proyecto? El de ser madre, es decir, ser aquella elegida para traer a Dios al mundo. Fue por María que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Se asemejaba de este modo al sacerdocio de la Nueva Ley, el cual, por las palabras de la Consagración, trae al altar a aquel mismo que, por su “fiat”, Nuestra Señora concibió en su seno virginal. Otra analogía la encontramos también en el hecho de que el sacerdote esté constituido “para representar a los hombres en el culto a Dios” (Heb 5, 1), pues la Santísima Virgen, por su papel de madre obtiene para nosotros todo cuanto le pide a Jesús.

La especial predilección de que fue objeto desde la elaboración del plan de la Creación introdujo a Nuestra Señora, por tanto, en el propio Corazón de Dios, des- de donde gobierna maternalmente todo acontecimiento humano. Por su misericordia, es también la perfecta manifestación de la bondad divina, la máxima expresión de su Corazón para nosotros. De este inefable tesoro divino, Ella tiene el poder de concedernos todo lo que le pidamos, tan a menudo sin merecérnoslo.

A esos distintos títulos, entre otros muchos, Nuestra Señora no es únicamente Madre e Hija de la Iglesia, sino también su más perfecto tipo (cf. Lumen gentium, n.o 63). ¿La Iglesia enseña? María también, por su ejemplo y ejerciendo su maternal amparo para con todos los hombres. ¿La Iglesia gobierna? María también, a su manera, ejerciendo su influencia en las almas y encaminándonos a todos hacia Dios y hacia el Cielo. ¿La Iglesia santifica? María también, atendiendo las peticiones que le son hechas y concediendo, como Madre de la Divina Gracia, los beneficios divinos que tanto necesitan sus hijos.

El Cuerpo Místico de Cristo encuentra, por tanto, como “sacramento universal de salvación” (Lumen gentium, n.o 48), un perfecto reflejo en María: si la Iglesia es la Esposa de Cristo, Ella lo es del Espíritu Santo.

Para beneficiarnos de la suprema protección de la Santísima Virgen, basta con que aceptemos el vínculo de amor que Ella desea establecer ardientemente con todos los corazones. Creados por Dios para ir al Cielo, es a través de María que seremos salvados, como enseña San Luis María Grignion de Montfort.

He aquí la única solución para la crisis del mundo: así como Juan el Bautista fue enviado para indicar al Cordero de Dios (cf. Jn 1, 29), ¿no existirán en la tierra almas llamadas a preparar “un pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 17) para el reinado de María?

Tomado de la Revista Heraldos del Evangelio nº 198, enero 2020 , p.5

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