Más que un libro:¡la definición de un ideal!

Publicado el 04/10/2026

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Plinio Corrêa de Oliveira

La idea de escribir R-CR me vino de dos circunstancias. Él fue pensado por mí poco a poco, a partir de los primeros choques con la Revolución.

En el primer embate, una decisión beligerante

Cuando me confronté con la Revolución, el choque fue positivo, como resultado de mi fidelidad contra la infidelidad de los otros: “Ellos son así; ahora bien, yo no soy así”. Segundo: “Solo yo soy así, todos son diferentes; luego, yo estoy solo.” Tercero: “Lucharé para que aquellos a los cuales les sea posible, sean como deben ser, es decir, como soy yo; y aquellos a los cuales eso no les sea posible, sean derrotados. De manera que el mundo sea modelado conforme a este ideal y a este espíritu, que es el del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. ¡Para esto yo doy mi vida!”

Esta fue la secuencia de mi primera toma de actitud y, al mismo tiempo, la definición de un aislamiento que antiguamente no existía. Una cruz de soledad amarga, profunda, que duró setenta años, porque esa lucha comenzó cuando yo tenía diez.

El primer choque fue sentir ese aislamiento no solo gigantesco, sino en lucha. No era solamente una posición: “Yo aquí y ellos allá”. Sino una determinación: “¡Ellos vienen por encima de mí y yo voy por encima de ellos! Y la actitud está tomada para siempre y, con el auxilio de Nuestra Señora, no mudará, por larga que sea la jornada que yo tenga que vivir.” 

Después vino otra etapa: la fase analítica. Yo tenía una noción de cuál era el espíritu, la mentalidad y la esencia de aquello que me diferenciaba de los demás y a los demás de mí.

Yo comprendía muy bien, intuitivamente también, pero con mucha firmeza, mucha decisión, que esa lucha tenía que ser, sobre todo, una polémica, y que su artillería era la argumentación. Sin embargo, no bastaba decir, era necesario probar. Tanto más que ellos no tenían ninguna voluntad de concordar. Y era, por lo tanto, de hecho, solo por medio de argumentos buenos, firmes, claros, incisivos, que yo le disputaría el terreno al adversario. Ese fue, digamos, el pensamiento más remoto que dio inicio a la elaboración de R-CR.

Identificando el unum para la batalla

Por otro lado, a fines de la década de 1950, nosotros éramos aún poco numerosos, nos componíamos de dos, tres o cuatro grupos que se iban juntando con el paso del tiempo y formaban el núcleo inicial de lo que sería, después de algún tiempo, la TFP.

Era, por lo tanto, una especie de pre- TFP, que publicaba el periódico Catolicismo, el cual se mostraba públicamente con una irradiación bastante considerable, ya era leído más o menos en todos los continentes, entendido y apreciado por mucha gente.

Ahora bien, yo comencé a notar que la siguiente cuestión germinaba en el espíritu de muchos de los jóvenes que me acompañaban en esa primera démarche1:

“¿Qué quiere, en último análisis, Catolicismo? ¡Somos contrarios a tantas cosas! ¿Qué une esas cosas diferentes? ¿Por qué nos oponemos a una forma de gobierno, a un tipo de escritorio, a un modo de saludar y a cierta combinación de colores? ¿Qué asegura la cohesión entre esas realidades? ¿Son fobias personales suyas, porque su temperamento no va con eso y debemos ir en esa barca? ¿Ud. cree que hay razones suficientes para que hombres de espíritu bien construido se embarquen en esa pluralidad de antagonismos?”

En efecto, atacábamos toda especie de males, de razones de desorganización, de decadencia, de decrepitud del mundo moderno. Pero, al fin de cuentas, ¿teníamos un punto de unidad para todos esos ataques? El Grupo era una especie de golpe general a todo lo que encontráramos en el camino, golpe desordenado, golpe furioso, golpe realmente animado por la fuerza del amor a Dios y a Nuestra Señora, pero, ¿dado a la derecha y a la izquierda, sin mayor discernimiento?

El Dr. Plinio con los miembros del Grupo después de un retiro en Tieté, en 1958

¿Había un unum en esa batalla? ¿O era un caos, un caos santo? ¿Un caos sagrado, si quisieren, pero un caos? ¿Puede un caos ser santo? ¿Puede un caos ser sagrado? ¿La santidad y el carácter sagrado no son lo contrario del caos?

Era imperiosamente necesario decir a los que estábamos trabajando juntos qué había de común en tantos frentes de combate en los cuales luchábamos continuamente, pero en los cuales no se percibía el nexo de una cosa con la otra: “Somos tal cosa, condenamos tal otra; ¿qué forma el unum de ese movimiento?”

Además, nuestro ostracismo, nuestro exilio, nuestro período de silencio fue más o menos de 1943 a 1959, nada menos que dieciséis años, en los cuales mantuvimos el Grupo obteniendo la adhesión de los que lo componían, en un trabajo de catacumba. Pero, me pareció que era el momento de sacar la cabeza fuera de la catacumba y el primer grito adecuado que podríamos dar era la publicación de R-CR, cuyo tema doctrinario e histórico, de gran envergadura, se nos imponía como una oportunidad de sacar la cabeza fuera del agua. Cuál sería el resultado, tampoco lo sabíamos… Todo el pensamiento ya estaba maduro para lanzar el libro R-CR.

El despuntar de un lance profético

Así, en diciembre de 1958 resolví retirarme de São Paulo –de la vida ya en ese entonces calificada como muy absorbente del Grupo–, durante un número no definido de días, a fin de escribir la obra.

Fui a un hotel de Campinas, localizado cerca de la plaza de la Catedral, que en aquel tiempo era el mejor de la ciudad, para poder hacer allí la redacción. Pocos días después, casi todo el Grupo de la Martim también fue a ese hotel, hospedándose allí durante el período de mi estadía.

Había un salón muy amplio que tomaba, creo yo, todo un piso, con ventanas en dos fachadas diferentes. Mis jóvenes amigos pasaban el día entero en ese salón, ocupando lugares diversos –había varios compartimientos, muchos lugares dónde quedarse y hacia dónde mirar–, jugando unos con otros, riendo, jugando ajedrez y otras cosas, en fin, matando el tiempo como podían.

Yo, por mi parte, me quedaba en un rincón, comenzando a pensar y después a escribir mi trabajo, cuyo nombre me fue facilísimo de encontrar, una vez atinado el elemento dominante: la Revolución.

Revolución era el nombre del mal que nos traía el caos y los desórdenes, desde el Humanismo y el Renacimiento, a través de la Revolución Francesa y de cuántos otros males, hasta los días en que yo escribía. Yo entendía que el mundo entero era sacudido por una sola Revolución. Que todas esas revoluciones, a las cuales los historiadores dan nombres diversos, eran aspectos de una única Revolución; así siendo, debían tener un aspecto, a su vez, de una actitud errada del espíritu humano en un punto fundamental. Una vez que se comprendiera el error fundamental, se comprendería también toda la secuencia de errores que de ahí vendrían. El trabajo estaba prácticamente hecho.

Entonces escribí con cuidado el libro y lo sometí a la revisión de algunos de mis seguidores, por riesgo de distracciones y lapsos. Al final publicamos el número 100 de Catolicismo con R-CR, e, inmediatamente después, el libro que todos conocen. Cuando el libro salió, hice un gran número de dedicatorias para varias personas que yo conocía del ambiente social, universitario y político. Las dejé ya hechas y también la propaganda del libro organizada, con los miembros de la Martim y de la Pará2.

Ellos debían llevar los libros a las librerías, pedir noticias de los periódicos, y esperaríamos el resultado.

Ahora bien, no teníamos ninguna práctica en el asunto y juzgábamos que, llevando un libro a la librería, preguntándole al librero si lo quería vender, y al aceptar él y mostrar interés, de hecho él lo pondría a la vista de los clientes para la venta. Y como mi nombre ya era bastante conocido, me parecía natural que atrajese a cierto número de compradores. Pero no sabía con seguridad –con la campaña de silencio que se hacía a nuestro respecto– cómo se desarrollarían las cosas.

El Dr. Plinio desembarcando del vuelo de Air France, en 1959.

Viaje inesperado en clima de aprensión

Estaba hecha la micro-distribución de R-CR en las principales librerías del centro antiguo de São Paulo –que en aquel tiempo era el único centro de la ciudad–, todo estaba organizado, cuando una circunstancia imprevista me colocó en la contingencia de ir a Europa, aprovechando un pasaje de invitación de cortesía, para la inauguración del vuelo del Caravelle de Air France.

Yo pensé enseguida en hacer contactos, para lo cual no era conveniente gastar dinero; pero siempre valía la pena aprovechar un viaje gratuito, de veinte o cuarenta días, no me acuerdo bien; era un plazo exiguo, el avión me traería de regreso a São Paulo.

Fue un viaje en el cual se inició el tumulto de las pruebas. El avión de lujo era propiamente de París a Roma, no de São Paulo a París. Hasta hoy no sé en qué es diferente el Caravelle de otro avión; entré en él sin siquiera tener curiosidad de saber qué era. Esos pasajes de cortesía son siempre de primera clase, y como el mundo era más civilizado en aquel tiempo de lo que es hoy, la comida era muy buena, los auxiliares de vuelo muy atentos, el trato, muy cortés.

Entré con el avión repleto, y fui colocado como una sardina exprimida entre otros dos pasajeros, que tenían manía de ventilación. No sé qué hay en mi salud porque, aunque en aquel tiempo yo era mucho más joven, el aire acondicionado que cae directo en el rostro me resfría.

Resultado: hice una maniobra para que disminuyesen el aire y no lo conseguí; llegué a París agripadísimo. Estaba acompañado de otro miembro del Grupo, fuimos a ver la Catedral de Notre Dame, cenamos y fui a la cama.

Al día siguiente, toca el timbre:

––¿Qué pasa?

––La Compañía Air France envía un médico para examinarlo, porque el punto terminal de su viaje es Roma, y hay mucha gente que acepta este viaje para quedarse en París y no usa el pasaje hasta el destino final. Si es así, le cobramos el viaje de Brasil hasta aquí. Entonces vine a ver si, de hecho, Ud. está enfermo o no.

Me dejé examinar pacientemente por el médico del hotel. No era difícil, era solo poner un termómetro y ver que yo estaba con fiebre. De hecho, él me tomó la temperatura, estaba con 38 grados y tanto, no era muy grave, pero en todo caso, tenía que permanecer en reposo.

Finalmente, solo estuve mejor el mismo día que se partía a Roma, de manera que casi no vi París. Al llegar a Roma, cené en un buen restaurante y fui a un hotel excelente patrocinado por Air France a disposición de los pasajeros.

Al lado, Aeropuerto de Orly, París, en la década de 1960

Una penosa prueba más

En Roma, me levanto una mañana sin movimiento en las piernas; yo podía moverme, pero con dolores lancinantes. Era una forma de reumatismo, llamada de modo prosaico de lumbago. Tenía de vez en cuando accesos de eso, y pasé casi todos los días de la estadía en Roma acostado en la cama, sin poder ni siquiera moverme de un lado para otro.

Después de dos o tres días, pude salir para hacer algunos contactos. El último día fue el maratón más temible. Dada mi situación en el Movimiento Católico de entonces, me quedaba mal ir a Roma y no hacer una visita al Cardenal Secretario de Estado y al encargado de los asuntos brasileños en la Secretaría de Estado de la Santa Sede, quien era amigo mío, Mons. Valentini3. Ahora bien, este último se había ido de vacaciones a los Apeninos.

Como yo regresaba al día siguiente a Brasil, conseguí un encuentro con el famoso Mons. Casaroli4, posteriormente representante de Pablo VI ante las naciones comunistas. Después embarqué a París, para desde allá tomar un avión de regreso a Rio de Janeiro.

FOTO 14

Boicot completo contra la publicación de R-CR

Cuando el avión llegó, yo estaba ansioso de noticias de la propaganda de R-CR. Me encuentro con tres miembros de nuestro movimiento que habían ido de São Paulo a esperarme en el aeropuerto de Río.

Primeros saludos y primera pregunta: “¿Qué noticias tienen de R-CR?” Uno se mantuvo en silencio, otro tomó una actitud un poco neutral, y el tercero, con mucho tacto y mucha gentileza, dijo: “Mire, hubo un éxito relativo. No tuvo un gran resultado, no llamó la atención; las respuestas y los agradecimientos a sus dedicatorias fueron muy pocos, todo el mundo sacó el cuerpo. Cuando lleguemos a São Paulo conversaremos mejor…”

Llego a São Paulo y ellos me informan las cosas correctamente. ¿Qué había pasado? Todos los periódicos boicotearon, no publicaron ninguna noticia de R-CR; las librerías también boicotearon, algunas se negaban y otras, que decían venderlo, lo dejaban en un rincón, y a uno u otro amigo que pasaba para saber del libro, le decían que no lo tenían.

De manera que era un boicot completo, evidente, lo cual explicaba que tanta gente no hubiese respondido mis dedicatorias.

El resultado fue pilas de R-CR acumuladas y, para el Grupo, una especie de presión contraria: la idea de que no servía de nada hacer propaganda, que el mundo de hoy era hostil, que no valía la pena la publicación, y que el destino de los ultramontanos era vivir trancados dentro de un capullo, sin incomodarse con nada.

Basílica de San Pedro, Vaticano, en la década de 1960

Fue una implosión, cuando yo esperaba una explosión; fue una catástrofe, no había nada más que hacer. Nuestra propaganda, nuestra primera campaña para salir del ostracismo no podía terminar más melancólica de lo que tuvo R-CR.

Días después, fui a Santos a descansar del viaje a Europa… Cuando estaba allá, comenzaron a llegar las primeras noticias de una de las mayores campañas publicitarias contra nosotros que hubo en nuestra historia. ¡Por lo tanto, R-CR salió a la luz bajo el signo de una tempestad tremenda!

Mons. Agostino Casaroli

Con un desarrollo lento, la obra florece

¿R-CR se desarrolló? Muy lentamente. A medida que el movimiento del Catolicismo se fue desarrollando, él también lo fue y, poco a poco, fueron surgiendo otras ediciones, y otras más, y el ave comenzó, por fin, a alzar vuelo.

Además del gran número de ejemplares, lo principal de R-CR fueron dos puntos, uno muy esperado por mí, otro totalmente inesperado.

Lo esperado fue mi certeza de que, al crecer el Grupo, sería indispensable que todos los miembros leyeran R-CR, porque así entenderían mejor el ideal, De lo contrario, parecería un pasticcio5 de tomas de posición sin coordinación y nadie sabría, al final, qué era ese torbellino de condenaciones y de aprobaciones que lanzábamos a cualquier propósito.

Aun así, al inicio, R-CR encontró dificultades, porque los grupos en el exterior no habían nacido en ese tiempo y, como el brasileño es muy intuitivo, no tenían necesidad de leerlo para conocer ese nexo. Ellos no sabían explicitar, pero intuían. Nuestro pueblo no es un gran consumidor de libros; es un pueblo en el cual las farmacias son mucho más numerosas que las librerías…

R-CR comenzó a ser leído cuando el Grupo se desarrolló, y de una canoa pasó a ser un navío. Así, incluso los antiguos que no lo habían leído, se juzgaron en el caso y en la necesidad de hacerlo. Fue entonces cuando R-CR comenzó a hacer en el Grupo todo el beneficio que podía hacer. Hoy, gracias a Nuestra Señora, es conocido como un pilar para nosotros.

El Dr. Plinio en 1989

Difusión inesperada en el sur de Italia

Enteramente inesperado para mí fue el resultado que el libro tuvo en la región del sur de Italia: Palermo, Nápoles, etc. Un editor del norte de Italia, el Sr. Giovanni Cantoni6, lanzó una edición del libro por medio de su editora, Alleanza Cattolica7, y lo difundió por toda Italia. Tuvo una buena repercusión, pero, sobre todo fue muy leído en el sur. Me contaba él que allí, por iniciativa de ellos mismos, era frecuente encontrar en las librerías el libro a la venta.

Hace unos siete u ocho años – vean cuánto tiempo pasó8– fui a una consulta con un médico aquí en São Paulo, que me dijo:

— ¡Oh! ¿Ud. es el Dr. Plinio…? ¡Pero qué gusto en conocerlo!

— ¡Ah! ¡Y yo también a Ud.! Él tenía el nombre de una de esas ciudades del sur de Italia, por lo que percibí que tenía origen italiano. Me dijo:

— ¿Sabe que Ud. es conocidísimo en el sur de Italia? Yo le dije:

— Pero, ¿cómo pudo Ud. tener conocimiento de eso? Me contó:

— Yo estaba viajando en tren rumbo a una ciudad del sur; no estaba leyendo, miraba el paisaje, y un hombre sentado al frente mío comenzó a conversar conmigo, me preguntó de qué país era yo, a lo cual le respondí que era de Brasil. Él me preguntó: “¿Ud. conoce al Prof. Plinio Corrêa de Oliveira?”

Él dijo que no, o que me conocía por el nombre, porque de hecho no nos conocíamos.

— Pues vea, ¡sepa que yo soy un gran admirador de él! Después, paseando por la ciudad de Nápoles, el médico llegó a ver realmente la propaganda de mi libro.

Para ver cómo a veces el resultado nace dentro de una cascada de desastres. Y, por tanto, no podemos perder la confianza dentro del desastre de ningún modo, sea como sea, cueste lo que cueste. Sobre todo, no dejemos de confiar. Confiar, confiar, confiar contra todos los vientos y todas las mareas, porque Nuestra Señora hará que la obra llegue a su puerto.

“¡Feliz el momento en que resolví escribir R-CR!”

¿Cuándo podría yo imaginar, en aquel tiempo, que habría en América del Norte una TFP magnífica y pujante como la que tenemos? ¿Y que saldría una edición en inglés con mucha más salida en los Estados Unidos que en Inglaterra, donde tuvo alguna salida? ¿Cuándo podría yo imaginar que esas ediciones iban a difundirse por América entera, desde Canadá hasta Chile, y así por delante? Todo el movimiento de expansión de la TFP fuera de Brasil se hizo con base en R-CR, porque son pueblos habituados a la lectura, de donde resulta un acto de adhesión consciente, serio, reflexivo: “Yo también pienso así, somos uno, andemos juntos.” Ese es el papel de R-CR.

El Sr. Giovanni Cantoni en visita al Dr. Plinio, en 1972.

Él también me sirvió de punto de partida para otros libros numerosos, porque, en casi todos los otros escritos por mí, se puede encontrar este o aquel reflejo de R-CR. Por lo tanto, en lo que dice respecto a mi colaboración para la obra de conjunto intelectual de la TFP, R-CR es el germen, es la semilla. ¡Feliz el momento en que resolví escribir R-CR!

Un espíritu que será dado por un soplo de la gracia

El espíritu de R-CR en toda su candencia, con todo cuanto tiene de ígneo, de fuego, es un elemento de los más importantes que debemos tener. De tal manera que, en cada miembro del Grupo, en todo cuanto haga, en todo cuanto diga, en todo cuanto sea, reluzcan en él con una intensidad muy grande, tres obras, desiguales, a propósito: La obra angélica, el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, de San Luis Grignion de Montfort. La obra terrena, humana, R-CR, y una tercera indispensable y muy santa, El alma de todo apostolado, de Dom Chautard.

Juntando esas tres obras, se tiene el substratum del espíritu de la Contra-Revolución, donde nos aparecerá claramente que la Contra- Revolución es la solución.

Al lado, edición italiana de Revolución y Contra-Revolución

_______________________

1) Del francés: proceso.

2) Calles de São Paulo donde había sedes del movimiento fundado por el Dr. Plinio.

3) Luigi Valentini.

4) Agostino Casaroli (*1914 – †1998).

5) Del italiano: desorden.

6) Escritor, traductor y apologeta italiano (*1938 – †2020).

7) Asociación de laicos fundada en 1960 por Giovanni Cantoni.

8) Hecho narrado por el Dr. Plinio en abril de 1989.  

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