YO SOY EL PAN DE VIDA. EL QUE VIENE A MÍ NO TENDRÁ HAMBRE, Y EL QUE CREE EN MÍ, NO TENDRÁ SED JAMÁS (JN, 6,35)

Santa Clara defiende la ciudad con el Santísimo Sacramento – Basílica de Santa Clara – Asís – Italia
Introducción
Nos reunimos en un nuevo primer sábado de mes, respondiendo a la petición de la Virgen Santísima de reparar las ofensas cometidas contra su Inmaculado Corazón. Meditaremos sobre el quinto misterio luminoso del rosario: la institución de la Eucaristía como expresión sacramental del misterio pascual. Y pedimos a María, bajo la invocación de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, que derrame sus gracias para hacer esta meditación con fervor y fruto espiritual.
Composición de lugar
Imaginemos a Nuestro Señor, próximo a sufrir su pasión y muerte, gozoso por celebrar la Pascua con sus apóstoles y triste porque se trata de la cena de despedida. Triste, sobre todo, por la traición que uno de los Doce va a consumar y, al mismo tiempo, alegre porque va a instituir la Eucaristía y a permanecer sacramentalmente con nosotros. Están reunidos en el Cenáculo, a pocos pasos del templo. Imaginemos asimismo a la Madre de Jesús, junto con otras santas mujeres, acompañando espiritualmente aquel acontecimiento.
Oración preparatoria
Señor Jesús, te pido que aumentes en mí la devoción a la Eucaristía y el propósito de adorarte en los sagrarios, de comulgar siempre que me sea posible y de participar fielmente en misa los domingos. Muchos te ignoran por completo; otros llegan a profanar la sagrada hostia. ¡Y cuántos tibios te reciben más atentos a las cosas de la tierra que a las del cielo! Que yo no sea de esos, sino tu amigo sincero. Amén.
Evangelio según San Marcos, 14, 12-24 El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?». Él envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la ciudad, os saldrá al paso un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa adonde entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Cuál es la habitación donde voy a comer la Pascua con mis discípulos?”. Os enseñará una habitación grande en el piso de arriba, acondicionada y dispuesta. Preparádnosla allí». Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua. Al atardecer fue Él con los Doce. Mientras estaban a la mesa comiendo dijo Jesús: «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo». Ellos comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno tras otro: «¿Seré yo?». Respondió: «Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito; pero, ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre será entregado!; ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!». Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo». Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos».
I – TOMAD, ESTO ES MI CUERPO; ESTA ES MI SANGRE
A propósito de la institución de la Eucaristía en la última cena, san Alfonso María de Ligorio hace esta reflexión conmovedora: «Cuando los hombres le preparaban azotes, espinas y la cruz para darle muerte cruelísima, entonces quiso nuestro amante Jesús regalarles la más excelsa prenda de amor». En vez de castigarnos por la muerte injusta que le dimos, nos dejó un tesoro de valor infinito: la Eucaristía. Consideremos la inmensa maldad con que dimos muerte a nuestro Salvador y la infinita bondad con que Él, pasando por encima de nuestra malicia, nos ofreció el perdón e instituyó la Eucaristía para permanecer con nosotros.
1 – La Eucaristía es sacrificio
La Eucaristía es el memorial del sacrificio del Calvario: no se limita a recordarlo, sino que lo hace presente y actual sacramentalmente. Cristo murió una sola vez; la celebración eucarística no le hace sufrir ni morir de nuevo. En el altar se hace presente el único sacrificio de la cruz, y sus frutos se aplican a la Iglesia y a los fieles.
2.- LA EUCARISTÍA ES PRESENCIA
El pan y el vino ofrecidos en la misa, en virtud de las palabras de la consagración pronunciadas por el sacerdote, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo: es la transubstanciación. Cristo queda presente de manera verdadera, real y sustancial, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. ¿Está presente como en Belén, en el Tabor o en el Calvario? No de la misma manera: en la Eucaristía está presente sacramentalmente, bajo las especies del pan y del vino, vivo y glorioso, tal como está ahora a la derecha del Padre. Esta presencia divina y gloriosa explica que tantos hombres y mujeres se arrodillen ante el sagrario, la custodia o el altar en actitud reverente y adorante.
3.- LA EUCARISTÍA ES ALIMENTO
La Eucaristía es también alimento. Jesús afirma: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás (Jn 6, 35). Jesús no se quedó sólo para que lo adoremos: se quedó para que lo recibamos como alimento y así nos fortalezca con este divino remedio. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día (Jn 6, 54). San Ignacio de Antioquía llamó al Pan eucarístico «fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte». Para recibir dignamente el Cuerpo de Cristo, examinemos nuestra conciencia. Quien tenga conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la reconciliación antes de acercarse a comulgar. No tardemos, por tanto, en ponernos en paz con Dios para acudir dignamente al banquete eucarístico. Así, la Eucaristía es sacrificio, presencia y alimento. ¡Qué misterio admirable!
II – UNA HABITACIÓN GRANDE, ACONDICIONADA Y DISPUESTA
La cena pascual era una de las celebraciones religiosas más solemnes del pueblo elegido. Conmemoraba la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto: el Señor pasó de largo ante las casas marcadas con la sangre del cordero y condujo a su pueblo hacia la libertad y la tierra prometida. Aquel acontecimiento prefiguraba la redención realizada por Jesucristo. La cena pascual debía prepararse con solemnidad y cuidado: era necesario disponer el cordero y un lugar adecuado para la celebración.
1 – EL CORDERO PASCUAL, PREFIGURACIÓN DEL CORDERO DE DIOS
No se podía ofrecer al Altísimo un animal defectuoso. La ley de Moisés prescribía un cordero sin defecto. También el lugar de la celebración debía ser digno, por la importancia de lo que se conmemoraba. El Evangelio dice: Os enseñará una habitación grande en el piso de arriba, acondicionada y dispuesta. Preparádnosla allí (Mc 14, 15). Si para aquella prefiguración del Cordero de Dios se requería un lugar digno, ¿cuánto más para acoger a Jesucristo, realmente presente en la Eucaristía?
2 – EL ABANDONO, EL DESORDEN Y EL MAL GUSTO NO CABEN
Los templos católicos deben estar a la altura de los misterios que celebran. No se concibe una iglesia o capilla en la que se celebre misa y se reserve el santísimo Sacramento que esté desordenada, descuidada o sucia. No se trata de pompa ni de riqueza, sino de decencia. El templo puede ser sencillo y austero, pero, para albergar el santísimo Sacramento y edificar a los fieles, debe estar lo más cuidado posible. Cuando recibimos en nuestra casa a una visita importante, ¿no procuramos que todo esté lo mejor posible? ¿Y debería ser distinto al acoger al Rey de reyes y Señor de señores?
III – UNO DE VOSOTROS ME VA A ENTREGAR
En el Cenáculo, durante la última cena, junto con la alegría propia de aquella reunión, un dolor lacerante hiere el Sagrado Corazón de Jesús. El Evangelio relata: Mientras estaban a la mesa comiendo dijo Jesús: «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo» (Mc 14, 18). ¡Uno de los Doce! Nada grande ni grave suele suceder de repente. Tanto el progreso como la decadencia espiritual suelen estar precedidos por un proceso. Judas, escogido para ser apóstol, fue alejándose interiormente del Maestro y dejándose dominar por la codicia. San Juan relata: Le contestó Jesús: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado». Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás (Jn 13, 26). Más adelante añade: Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche (Jn 13, 30). Aquí la noche es imagen del pecado y de la muerte.
1.- Judas no pidió perdón…
Si Judas se hubiera arrepentido sinceramente y hubiera pedido perdón a Dios, habría podido alcanzar misericordia. También habría podido acudir a María Santísima para implorar su intercesión. La preciosa Sangre de Jesús, derramada en la Pasión, basta para redimir incluso los pecados más graves. No hay ninguna falta, por grave que sea, que cierre por sí misma las puertas del perdón a quien se arrepiente de verdad. Consideremos también que, según relata santa Margarita María de Alacoque, Nuestro Señor le mostró cuánto le dolían la ingratitud y el desprecio de los hombres y le pidió reparación y correspondencia de amor. Por eso, ante nuestras faltas, no debemos alejarnos de Él, sino volver con confianza, arrepentimiento y amor.
2.- “¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!” (Mt, 26,24)
El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido! (Mt 26, 24). La actitud de Judas, después de haber vivido tan cerca del Señor, de haber presenciado la institución de la Eucaristía —¿llegó incluso a comulgar? — y de haber consumado su traición con un beso en el huerto de los Olivos, constituye la nota discordante de aquella noche maravillosa. Incluso entonces Jesús se dirigió a él llamándolo «amigo» (cf. Mt 26, 50). Esa misma noche, el pan y el vino fueron convertidos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
IV – CONCLUSIÓN
Meditar lo que hemos considerado hará más consciente y fructuosa nuestra adoración al Señor, nuestra participación en la misa y nuestras comuniones sacramentales y espirituales. En la eternidad veremos a Dios tal cual es y seremos plenamente saciados de felicidad en su presencia. Para llegar a esa meta anhelada, en las duras fatigas del camino, nos restaura y vivifica la Eucaristía, pan del camino y pan del cielo. Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, ruega por nosotros. Dios te salve, Reina y Madre de misericordia…







