HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO
Introducción
Ponemos a los pies de María Santísima esta meditación sobre el tercer misterio luminoso: El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión. Lo hacemos con espíritu de reparación y de súplica: de reparación, por los pecados con que se ofende a su Inmaculado Corazón, y de súplica, paraque el Reino de María, profetizado por Ella en Fátima, sea cuanto antes una realidad social en todo el mundo.
Composición de lugar
Imaginemos a un joven o a una joven que quiere dar pasos generosos en su vida cristiana y que no sabe bien qué será mejor: la vida consagrada, el celibato en el mundo o la vida matrimonial. Sopesa cuánta responsabilidad comporta cualquiera de esas opciones y sabe que de su fidelidad dependerá la salvación o la condenación de su alma. Y desea que su vida sea una preparación para el encuentro con Dios, una
antesala del cielo.
Reza fervorosamente por esa intención ante el Santísimo Sacramento reservado en el sagrario, desviando de vez en cuando su atención hacia una imagen de la Virgen que está al alcance de su vista. ¡Es un momento importante en su vida! Desea —quizá sin darse cuenta explícitamente— obtener la plena ciudadanía en el Reino de Dios.
Oración preparatoria
Por la intimísima relación de este misterio luminoso con la oración que nos enseñó Jesús, recemos ahora: Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Evangelio
[Jesús] dijo a sus discípulos: «Por eso os digo: No os inquietéis por la vida, qué vais a comer; ni por el cuerpo, con qué os vais a vestir, pues la vida es más que el alimento y el cuerpo más que el vestido. Fijaos en los cuervos: ni siembran ni cosechan, no tienen despensa ni granero, y Dios los alimenta; ¡cuánto más valéis vosotros que los pájaros! ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? Por tanto, si no podéis lo más pequeño, ¿por qué inquietaros por lo demás?
Fijaos cómo crecen los lirios, no se fatigan ni hilan; pues os digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! Y vosotros no andéis buscando qué vais a comer o qué vais a beber, ni estéis preocupados. La gente del mundo se afana por todas esas cosas, pero vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de ellas. Buscad más bien su reino, y lo demás se os dará por añadidura» (Lc 12, 22-31).
I – TENEMOS UN DESTINO ETERNO
Nuestra condición humana se compone de materia y espíritu. Es decir, el hombre es una síntesis de la creación, un pequeño microcosmos, con elementos minerales, vida vegetal y vida animal; y el alma espiritual hace a la persona semejante a los ángeles, puros espíritus. Esa maravilla somos cada uno de nosotros, hechos a imagen y semejanza de Dios (Gén 1, 26).
Además, hemos sido redimidos por la Sangre preciosa de Nuestro Señor Jesucristo, que, habiendo subido al cielo para prepararnos un lugar (Jn 14, 2) y para enviarnos el Espíritu Santo (Jn 15, 26), nos dejó a su Madre como madre (Jn 19, 27) en esta tierra de exilio. ¡Somos ciudadanos del cielo!
1 – Jerarquía en nuestras obligaciones
Ese compuesto de alma y cuerpo que somos pide de nuestra parte una respuesta jerarquizada, es decir, bien graduada, para atender a los deberes que hay que cumplir para con Dios y para con el prójimo, priorizando los asuntos relacionados con la vida del alma y con la vida eterna.
Prestamos atención —y es natural que así sea— a todo lo que se refiere al cuerpo: comer, dormir, ir al médico si es necesario, etc. ¿Y la vida del alma? Si no la sostenemos, esa vida se marchita, sobrevive a duras penas o, sencillamente, muere.
El sustento del alma es la oración, son los sacramentos, son las buenas obras.
¿Asumimos esos deberes?
3.- EL BAUTISMO NOS COMPROMETE
En el bautismo nos comprometemos a configurarnos con Cristo y a renunciar al demonio, a sus pompas y a sus obras, por nosotros mismos —si el bautizando es adulto— o por boca de los padres y padrinos, si se trata de un bebé. Es un compromiso para vivir cristianamente. Si así procedemos, seremos ciudadanos del Reino. Si no obramos así, quedaremos, aunque nuestra vida natural pueda estar sana… como cadáveres. La imagen choca, es solo aproximada… ¡pero es real! Seremos como cuerpos sin alma.
II – EL REINO DE DIOS Y LA CONVERSIÓN
Pero, en definitiva, ¿qué es el reino de Dios? El reino de Dios es un concepto central y recurrente en la predicación del Señor durante su vida pública. Con frecuencia vemos esa expresión en los evangelios; san Mateo suele expresarla con las palabras «reino de los cielos». Ambas realidades se equivalen.
Ese reino es algo a la vez presente y futuro: presente y en continuo progreso, en espera de un futuro que será la posesión total de la felicidad en el cielo. Es, además, interno e invisible, es decir, el reino de la gracia en las almas. Será también social y visible, en la medida en que coincida con la Iglesia fundada por Cristo, que da las pautas para su establecimiento: en las almas, en las familias, en la sociedad.
1 – LA CONVERSIÓN: O ES UN PROPÓSITO O NO ES TAL
Es famosa la frase de Shakespeare en su obra Hamlet: «To be or not to be, that is the question — Ser o no ser, esa es la cuestión». Pues bien, parafraseando al poeta inglés, podemos decir: «La conversión o es permanente o no es conversión, esa es la cuestión». Porque, si somos católicos, debemos ser cada día mejores en el cumplimiento de nuestros compromisos bautismales… o nuestra vida cristiana no será lo que debe ser.
Hay quienes piensan erróneamente que, con solo haber sido bautizados e ir de vez en cuando a misa, ya no necesitan conversión. Eso no es así. La conversión implica, en primer lugar, el estado de gracia, que es la amistad con Dios. Implica, asimismo, el propósito cotidiano de alcanzar la santidad, de ser santos. No se trata de pretender entrar en el catálogo de santos canonizados, sino de conquistar el cielo, de alcanzar la salvación eterna, ni más ni menos. «Ser o no ser santos, esa es la cuestión» …
2 – OTRAS CITAS EVANGÉLICAS SOBRE EL REINO
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos (Mt 4, 17).
Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él (Mc 10, 14-15).
Los fariseos le preguntaron: «¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?». Él les contestó: «El reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: “Está aquí” o “Está allí”, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros» (Lc 17, 20-21).
En verdad, en verdad te digo: El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu (Jn 3, 5-6).
Estas nociones sobre el reino, reveladas por cada uno de los cuatro evangelistas, resumen en su esencia lo que el Señor quiso decirnos al hablarnos del reino: 1) que está cerca y que, incluso, ya está en medio de nosotros; 2) que es de los que son sencillos como los niños; 3) que no llega estruendosamente, sino que es, ante todo, algo interior; y 4) que implica un nuevo nacimiento de la persona por obra de la gracia.
CONCLUSIÓN
¿Quién ha visto alguna vez morir de hambre a un ave del cielo o marchitarse una flor en plena primavera, antes de que concluya su ciclo normal de vida? Dios cuida de su creación, ¡y cuida especialmente del hombre! ¿Cómo no va Dios a velar por quienes creó, por quienes redimió y a quienes espera recibir en el cielo? Con razón exclama el Señor: ¡Cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! (Lc 12, 28).
Sin embargo, aunque estemos amparados por la Providencia, siempre debemos orar y pedir por nuestras necesidades. Ahí están las siete peticiones del padrenuestro, que recogen todo lo que se debe pedir en una oración bien hecha.
Se ha dicho con razón que las bienaventuranzas son la carta magna del reino de Dios —bienaventurados los pobres de espíritu, los puros de corazón, los misericordiosos, etc.—. Puede decirse que el padrenuestro es el preámbulo del reino de Dios, pues enseña lo que un ciudadano del reino debe pedir y obtener para sí y para el prójimo. Y debe pedirlo en ese orden: en primer lugar, santificado sea tu nombre y, por último, líbranos del mal.
El reino de Dios, lejos de ser una utopía como algunos lo presentan, es el ideal más realista y necesario. Ser heraldos del Evangelio es ser heraldos del reino de Dios. Seámoslo, pues, cada uno en el puesto que Dios nos ha asignado en la sociedad. Amén.
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia…







