CREZCAMOS EN LA DEVOCIÓN A MARÍA SANTÍSIMA,
ESPOSA DEL DIVINO ESPÍRITU SANTO

Introducción
Hemos venido en gran número siguiendo el llamamiento de la Virgen, que así habló a sor Lucía: «Mira, hija mía, mi corazón, cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que, durante cinco meses, en el primer sábado se confiesen, reciban la sagrada comunión, recen el rosario y me hagan quince minutos de compañía, meditando en los quince misterios del rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas».
Vamos a meditar sobre el tercer misterio glorioso del rosario: la venida del Espíritu Santo sobre María y los apóstoles y aprovecharemos para hacer una catequesis sobre el Espíritu Santo. Nuestra reflexión será una meditación instructiva..
Composición de lugar
El Cenáculo era una espaciosa casa situada cerca del templo de Jerusalén, hoy desaparecido. En el Cenáculo, Jesús celebró la Pascua por última vez con los apóstoles, ocasión en la que instituyó la Eucaristía. Fue también en ese lugar donde el Espíritu Santo se derramó en abundancia sobre María, los apóstoles, algunos discípulos y santas mujeres que estaban en oración. Mientras la Madre de Jesús rezaba inflamada de fe, confianza y amor, aquel pequeño puñado de fieles que constituía la Iglesia naciente estaba temeroso y abatido. Pero las cosas iban a cambiar radicalmente.
Oración preparatoria
Virgen Madre, esposa del divino Espíritu Santo, te pido que enciendas de fervor mi mente y mi corazón para hacer esta meditación con fruto para mi crecimiento espiritual. Pido que cesen las blasfemias e ingratitudes que ofenden tu Inmaculado Corazón y que se establezca cuanto antes en la tierra tu reino bendito. Amén.
Hechos de los Apóstoles 2, 1-8
Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.
Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?».
I – PENTECOSTÉS, AURORA DE LA IGLESIA MILITANTE
Transformados en un instante por aquella efusión milagrosa del Espíritu Paráclito, los apóstoles comenzaron inmediatamente a expresar en diversas lenguas los pensamientos que el Espíritu divino les sugería.
Por todas partes se oían preguntas como ésta: «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?». A lo que san Pedro, el jefe del colegio apostólico, respondía: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro». Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: «Salvaos de esta generación perversa». Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas. La Iglesia de Jerusalén quedaba así establecida y millares de voces iban a anunciar a todas las naciones el nombre de Jesús.
1 – Los Apóstoles se transforman
Tras la pasión y muerte del Maestro, los apóstoles habían pasado por el miedo, el desconcierto y la inseguridad. Pero, al recibir el Espíritu Santo, se transformaron repentinamente en valientes evangelizadores, conquistando para Jesucristo miles de almas y diversos pueblos. Al final de sus vidas, muchos de ellos tuvieron la gloria del martirio. Esta transformación se produjo por el poder del Espíritu Santo. Pero debemos considerar que, en su origen, está también la mediación de la Virgen, que los reunió, los instruyó y les obtuvo el don de su Divino Esposo.
2.- EL ESPÍRITU SANTO GUÍA A LA IGLESIA
A lo largo de dos mil años, frente a enemigos externos e internos de todo tipo, la barca de Pedro, la Iglesia católica, ha producido frutos de santidad y sabiduría, como atestiguan incontables testimonios, monumentos y documentos. Todo ello, a pesar de los numerosos fallos humanos de los propios católicos, eclesiásticos o laicos. Si las puertas del infierno no prevalecen contra la Iglesia, es por la asistencia continua del Espíritu Santo, que la mantiene siempre joven, íntegra y sin mancha.
3.- EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN
La confirmación «perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés». Este sacramento lleva a plenitud la gracia bautismal: introduce más profundamente al bautizado en la filiación divina, lo une más firmemente a Cristo, aumenta en él los dones del Espíritu Santo, hace más perfecto su vínculo con la Iglesia y le concede una fuerza especial para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdadero testigo de Cristo. De ahí la imagen tradicional del confirmado como soldado de Cristo.
Que los padres de familia no descuiden el deber de procurar que sus hijos reciban la confirmación. En este mundo lleno de peligros, los jóvenes están muchas veces indefensos por carecer de la fortaleza que viene del Espíritu Santo y sin la cual pueden sucumbir.
II – EL ESPÍRITU SANTO NO ES SUFICIENTEMENTE CONOCIDO
No nos resulta fácil imaginar la Persona del Espíritu Santo, al que se suele llamar el gran desconocido. Hay un solo Dios y en Él existen tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta verdad fue revelada por Jesús en el evangelio. Las tres Personas son iguales y distintas: ¡misterio admirable! Al Padre se le atribuye la creación; al Hijo, la redención; y al Espíritu Santo, la santificación.
El Espíritu Santo no es una potencia impersonal, una energía o algo etéreo, sino una Persona, con un obrar específico y un carácter propio. La Escritura le atribuye acciones personales, al igual que al Padre y al Hijo. Los ámbitos en los que actúa el Espíritu Santo son las almas de las personas y la historia del mundo.
La capacidad de distinguir entre la verdad y el error es una de las primeras y principales manifestaciones de su actuación. El Espíritu Santo es quien hace posible que la verdad sobre Dios, el hombre y su destino llegue hasta nuestros días sin alteraciones y perdure hasta el fin del mundo. La Persona y la acción del Espíritu Santo constituyen un misterio que se acoge desde la fe.
1 – SÍMBOLOS DEL ESPÍRITU SANTO
Al Espíritu Santo se le representa de diferentes formas. Agua: el simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el bautismo y es signo sacramental del nuevo nacimiento. Unción: la unción con óleo es también significativa del Espíritu Santo y, en la confirmación, constituye un signo sacramental. Fuego: simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu. Nube y luz: el Espíritu Santo desciende sobre la Virgen María y la cubre «con su sombra»; en la Transfiguración aparece en la nube, y en la Ascensión la nube oculta a Jesús a los ojos de los discípulos. Sello: es un símbolo cercano al de la unción e indica el carácter indeleble de la unción del Espíritu; la confirmación imprime carácter. La mano: mediante la imposición de manos de los apóstoles se da el Espíritu Santo, signo que la Iglesia conserva en sus epíclesis sacramentales. La paloma: en el bautismo de Jesús, el Espíritu Santo desciende en forma de paloma y se posa sobre Él.
2 – DONES DEL ESPÍRITU SANTO
Ciencia: es el don del Espíritu Santo que ilumina nuestro conocimiento y sostiene la fe recibida en el bautismo. Consejo: ayuda a decidir con acierto y a aconsejar a los demás conforme a la voluntad de Dios. Fortaleza: sostiene al fiel en la perseverancia y le comunica fuerza sobrenatural. Inteligencia: ayuda a comprender más profundamente las verdades de la fe y nos conduce hacia la contemplación. Piedad: dispone el corazón del cristiano a vivir con fervor la fe y a cumplir el bien. Sabiduría: nos permite apreciar las realidades y la obra divina a la luz de Dios. Temor de Dios: nos libra del orgullo al hacernos reconocer que todo lo debemos a la misericordia divina. Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.
3 – FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO
Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad.
Los pecados contra el Espíritu Santo. Santo Tomás de Aquino enumera seis especies de pecado contra el Espíritu Santo:
Desesperación: rechazar la misericordia divina hasta pensar que el propio mal no puede ser perdonado.
Presunción: pensar que se puede alcanzar la gloria sin méritos y el perdón sin arrepentimiento.
Impugnación de la verdad conocida: combatir una verdad de fe conocida para pecar con mayor libertad.
Envidia de la gracia fraterna: envidiar el crecimiento de la gracia de Dios en el prójimo y en el mundo.
Obstinación: reiterar el propósito de aferrarse al pecado.
Impenitencia: mantener el propósito de no arrepentirse.
Atención: Dios quiere perdonar, pero el pecador puede cerrarse al perdón. Dios no nos salva a la fuerza…
III – RESOLUCIONES
Proponemos tres:
1) Devoción a María Santísima, esposa del Espíritu Santo.
2) Invocar cada día al Espíritu Santo, por ejemplo, al despertarse y antes de dormir.
3) Promover que reciban el sacramento de la confirmación las personas que, en nuestras familias y comunidades, aún no lo han recibido. Preguntar, animar y orientar.
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia…







