SI ALGUNO QUIERE VENIR EN POS DE MÍ, QUE SE NIEGUE A SÍ MISMO, TOME SU CRUZ Y ME SIGA

Nuestro Señor Jesucristo cargando la Cruz – Catedral de Santa María de Nazaré – Belem do Pará – Brasil
Introducción
En este primer sábado del mes de septiembre, nos reunimos para desagraviar al Inmaculado Corazón de María por las ofensas que recibe de la humanidad pecadora, atendiendo a la petición hecha por la Santísima Virgen a sor Lucía en Fátima. Meditaremos sobre el cuarto misterio doloroso del santo rosario: Jesús con la cruz a cuestas camino del Calvario. Es lo que llamamos viacrucis.
Composición de lugar
Consideremos que el camino que Jesús debía recorrer desde el palacio de Pilatos hasta el monte Calvario era pedregoso y accidentado. Pero lo más terrible no eran las dificultades materiales del trayecto, sino las personas que bordeaban el camino observando aquella conmovedora procesión. Algunos vociferaban y blasfemaban, mientras que otros manifestaban desinterés y desprecio. Pocos, poquísimos, casi nadie, se compadecían del pobre reo… el más inocente de los hombres.
Imaginemos ese enfrentamiento radical entre dos actitudes irreconciliables: la bondad encarnada de Jesucristo, nuestro Señor, y el pecado deliberado de tantos hombres y mujeres que aquel Hombre sufridor venía a redimir y a salvar.
Oración preparatoria
Madre mía, María Santísima, al iniciar esta meditación, te pido que me des la gracia de acompañar con atención cada paso de Tu divino Hijo en este misterio de la subida al monte Calvario con la cruz a cuestas y de unirme a Él con los sufrimientos y las dificultades por las que estoy pasando –que nada son en comparación con lo que padeció Jesús– para completar en mi carne «lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia», según la expresión de san Pablo (Col 1, 24). Amén.
Evangelio
«Tomaron a Jesús y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado “de la Calavera” (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús» (Jn 19, 17-18).
Durante el recorrido de Nuestro Señor rumbo a la inmolación, ocurrieron cosas impresionantes que estos dos versículos del Evangelio de san Juan no llegan a relatar. Meditaremos sobre algunas de ellas en esta reflexión.
I – SUFRIMIENTOS ATROCES
Los terribles padecimientos del viacrucis son el preámbulo de lo que se consumará en la cima del Calvario, un crimen crudelísimo en medio de sufrimientos indecibles. Jesús enfrentó la pasión y la muerte con serenidad, sin titubear ni flaquear, caminando con el paso firme de un guerrero que avanza para el combate. Su comportamiento es admirable… e imitable. En mi caminar diario, debo enfrentar las contrariedades con el ánimo de un soldado valiente, siguiendo el divino ejemplo.
Ante el dolor, Dios mío, ¡cuánta es mi cobardía! Jesús mío, perdóname tanta pereza y tanta falta de generosidad. Quiero reparar, con una conversión sincera, las ofensas que te he hecho durante toda mi vida.
1 – El peso de la cruz y las tres caídas del Señor
Una piadosa creencia nos dice que Jesús, al recibir la cruz, la abrazó y la besó. Después, la cargó sobre sus hombros con amor, sin desfallecer bajo su peso y, finalmente, se dejó clavar en ella. ¡Qué valentía y qué determinación! Cayó al suelo tres veces… y tres veces se puso de pie y continuó su camino. Son tres lecciones de perseverancia.
Sí, nuestra flaqueza no puede servirnos de pretexto para dejar de cumplir el deber, aunque sea penoso. La gracia que Dios nunca niega puede hacer aquello que las fuerzas naturales no consiguen. El ejemplo del Señor en su vía dolorosa nos enseña que debemos dar absolutamente todo a Dios y, después de haberlo dado todo, debemos dar nuestra propia vida.
2.- LA INGRATITUD, EL DESPRECIO Y EL ODIO
Jesús pasó por la tierra haciendo el bien. Nos enseñó una doctrina maravillosa y realizó abundantes milagros: expulsión de demonios, curaciones de ciegos, leprosos, paralíticos… hasta obró resurrecciones. ¡Y cuántos perdones y conversiones! Pues bien, ¿qué encuentra el divino Bienhechor mientras subía al Calvario? Indiferencia, burlas, insultos, desprecio… en el fondo, odio.
Entre la multitud que asistía a esa pasión de dolor inmenso, viendo su cuerpo flagelado y tanta sangre derramada, había personas que habían sido beneficiadas por consejos, curaciones y otros favores espirituales y materiales: un leproso a quien había curado, un ciego a quien había devuelto la vista… Y todos pedían su muerte; los que no llegaban a pedirla formalmente, permanecían insensibles ante tanta tragedia e injusticia.
II – ALMAS SOLIDARIAS
No faltaron almas buenas que se daban cuenta de la enormidad del pecado que se cometía y temían la justicia divina. Eran pocas, pero de mucha valía. La primera de todas ,y muy por encima de cualquier otra, estaba María Santísima, la Madre dolorosa, que con su inocencia y fidelidad compensaba tanta maldad. También estaban las santas mujeres, entre las cuales se encontraban María Magdalena, la pecadora arrepentida, y la Verónica, así como Simón de Cirene. Más tarde, desde la cruz, Jesús acogerá consolado la conversión del ladrón arrepentido y del soldado Longinos que tuvo la impía osadía de herir su sagrado corazón con su lanza.
Y yo, ante los padecimientos de la Iglesia en nuestros días, a la vista de tantos pecados que se cometen y de personas que sufren en el alma y en el cuerpo; conociendo el testimonio de tantos mártires que son asesinados por odio a la fe en diversos lugares, como en Nigeria, por ejemplo, ¿me intereso por ello? ¿Me conmuevo y, si cabe, lo comento con otros? ¿Protesto? ¿Rezo pidiendo fortaleza para ellos y para mí?
1 – EL ENCUENTRO CON SU MADRE
Para la Santísima Virgen, el encuentro con su Hijo fue un momento de indecible amargura. Después de haber visto pasar a los soldados y auxiliares de los verdugos llevando clavos y martillos, divisó entre los dos ladrones a Jesús con la cruz a cuestas. Al ver aquel rostro lívido, aquellos ojos inyectados de sangre, aquellos labios descoloridos y secos, el primer impulso de la pobre Madre fue precipitarse hacia Él con los brazos abiertos; pero los verdugos la apartaron con violencia.
Jesús se detuvo un momento. Sus ojos se encontraron con los de María y, con esta mirada llena de inefable ternura, le hizo comprender que Él sabía lo que pasaba en su corazón y cuán íntima parte tomaba Ella en sus dolores. Embargada por la emoción, María sintió desfallecer. Pero no titubeó un instante y participó con toda la fuerza de su corazón inmaculado en la pasión de su Hijo, llegando a ser corredentora del género humano.
2 – LA AYUDA DEL CIRINEO
Durante el camino, temiendo que Jesús no pudiese llegar hasta la cima del monte, los soldados detuvieron a un hombre que volvía del campo, llamado Simón de Cirene, y le obligaron a llevar la cruz con Jesús. Al ver a aquel Hombre extenuado, cuya mirada moribunda parecía implorar su socorro, Simón no opuso resistencia; en su corazón se encendió la más sincera piedad. Conmovido por aquella situación, levantó por el medio el pesado madero ayudando así al Salvador a continuar su camino. Jesús no olvidó este acto de caridad: hizo del Cirineo un discípulo ferviente y de sus dos hijos, Alejandro y Rufo, apóstoles de la fe.
Aquí debo preguntarme si, por mi egoísmo, descuido el amor al prójimo y la disposición de servir a los demás, practicando las obras de misericordia espirituales y materiales.
3 – EL GESTO DE LA VERÓNICA
El populacho miraba con antipatía o con desprecio a Jesús, conducido al suplicio, cuando, de improviso, una mujer de aspecto distinguido salió precipitadamente de una casa. Sin preocuparse por los soldados que intentaban impedirle el paso, se acercó al Maestro y contempló su semblante desfigurado, cubierto de escupitajos y llagas sangrientas. Tomó entonces el finísimo velo que cubría su propia frente y, con él, enjugó el rostro de la Víctima. ¡Qué santa osadía! Jesús le dio las gracias con una mirada y continuó su camino.
Pero cuál no sería la sorpresa de aquella mujer cuando, al retirar el velo, vio estampado en él algo maravilloso: el divino rostro del Salvador, verdadero retrato del dolor.
¿Qué rey tuvo en sus manos tejido más precioso? ¿Qué general, bandera más augusta? ¿Qué gesto de coraje y de abnegación fue recompensado con favor más extraordinario?
Yo debo imprimir en mi alma el rostro doliente y triunfador del Señor.
III – A EJEMPLO DE JESÚS, CARGUEMOS NUESTRA CRUZ
La cruz, «no el madero que pasó a ser el símbolo de la redención», sino la cruz que cada uno carga: sufrimientos, pruebas, dificultades, el sentir la propia inseguridad… la cruz nos acompaña siempre, a todos, en el camino de la vida. Si no es un dolor moral, será una enfermedad, un problema de relación, un aprieto económico, una humillación…
Si alguno quiere venir en pos de Mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga (Mt 16, 24).
En efecto, la perfección cristiana consiste:
1. En aspirar a la santidad: Si alguno quiere venir en pos de Mí;
2. en dominarse: que se niegue a sí mismo;
3. en padecer: tome su cruz;
4. en comprometerse con Jesucristo: y me siga.
Así nos habla Jesús en nuestro interior: «Toma tu cruz. ¡Sí, tu propia cruz! No la del vecino. Tómala con alegría, abrázala con entusiasmo y llévala en tus hombros con valentía. En mi sabiduría la fabriqué con número, peso y medida especialmente para ti; la cruz, cuyas dimensiones tracé por mi propia mano como fruto del amor infinito que te tengo; la cruz, que es el mejor regalo que puedo hacer a mis elegidos en este mundo».
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia…







