MEDITACIÓN PARA EL PRIMER SÁBADO del mes de Marzo 2025. 2o Misterio Doloroso – La Flagelación De Nuestro Señor

Publicado el 02/28/2025

No sean en vano los sufrimientos del Redentor

The scourging at the pillar – The passion of Christ scenes – Limoges, 16th century – Hermitage Museum – St Petersburg – Russia

Introducción:

Se acercan los días en que recordaremos, con celebraciones litúrgicas, la Pasión y Muerte de nuestro Divino Redentor. Así, dedicaremos nuestra devoción de la Comunión Reparadora del Primer Sábado de este mes a la contemplación del 2º Misterio Doloroso del Rosario: La Flagelación de Nuestro Señor Jesucristo. Para cumplir su misión redentora y reparar al Padre Eterno por los pecados de la humanidad, el Cordero de Dios se entregó a la inmolación y padeció sufrimientos atroces durante la Pasión. Los castigos más crueles le fueron impuestos por los azotes de los verdugos, que lo hirieron sin piedad.

Composición de lugar:

Hagamos nuestra composición de lugar y veamos con los ojos de la imaginación al Divino Salvador siendo arrastrado por los verdugos hasta el patio del pretorio de Pilato. Allí le despojan de sus ropas y le atan con rarísima crueldad a una columna, exponiendo su cuerpo a los azotes de la flagelación. Contemplemos cómo el Redentor se somete voluntariamente a tales sufrimientos y, con la cabeza inclinada, espera este martirio.

Oración preparatoria:

Oh, Corazón Sapiencial e Inmaculado Corazón de María, ven en socorro de nuestra debilidad humana y ayúdanos a realizar bien esta devoción reparadora, meditando el Misterio doloroso de la Flagelación de tu Divino Hijo. Ruega a Él, verdadero Cordero Pascual que se inmoló por nuestra salvación, que nos conceda las gracias necesarias y abundantes para recoger de este piadoso ejercicio los frutos de arrepentimiento y de cambio de vida que los sufrimientos de Cristo nos impulsan a practicar. Concédenos, oh, Madre, que comprendamos cuánto contribuyeron nuestras faltas y pecados a los atroces tormentos que cayeron sobre Él, y que, por nuestra conversión, la preciosísima Sangre con la que fuimos redimidos no haya sido en vano. Amén.  

San Juan (18, 38-40; 19,1-5) “

18 38 Pilato le dijo: «Y ¿Qué es la verdad?». Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo: «Yo no encuentro en él ninguna culpa.  Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?». 40 volvieron a gritar: «A ese no, a Barrabás». El tal Barrabás era un bandido.” “19 1 Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar.  Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; 3 y, acercándose a él, le decían: «¡Salve, rey de los judíos!». Y le daban bofetadas. 4 Pilato salió otra vez afuera y les dijo: «Mirad, os lo saco afuera para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa».  Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: «He aquí al hombre».”

I –LA FLAGELACIÓN

Entremos en el pretorio de Pilato, convertido en horrendo teatro de las
ignominias y dolores de Jesús, y consideremos cuán injusto, infame y cruel fue el suplicio que allí sufrió el Salvador del mundo.

1- Castigo reservado para los esclavos

 Cuando Pilato vio que los judíos seguían gritando contra Jesús, lo condenó injustamente a ser azotado. Este juez injusto pensó que con este trato bárbaro despertaría la compasión de sus enemigos y lo salvaría de la muerte. Se trataba de una flagelación, un castigo reservado únicamente a los esclavos. Nuestro amantísimo Redentor, dice san Bernardo, no sólo quiso tomar la forma de esclavo, sometiéndose a la voluntad de otro, sino la de mal esclavo, para ser castigado con azotes y pagar así la pena que merecía el hombre hecho esclavo del pecado.

“¡Un Dios azotado! “Es más chocante que un Dios sufra el golpe más
insignificante, que todos los hombres y todos los ángeles sean destruidos y aniquilados”, exclama san Alfonso María de Ligorio. Y con el mismo santo debemos exclamar: “¡Oh Hijo de Dios, oh gran amante de mi alma! ¿Cómo pudiste, Señor de infinita majestad, amar tanto un objeto tan vil e ingrato como yo, sometiéndote a tantos dolores para librarme del castigo que merezco?”

2- Cristo quiso someterse a crueles azotes

Según revelaciones privadas, al llegar al lugar de la flagelación, Jesús mismo se quitó la ropa por orden de los verdugos, abrazó la columna y entregó sus manos para que las ataran.

Él aceptó ese sufrimiento y quiso someterse a él, para cumplir su misión redentora. Con la cabeza inclinada y mirando a la tierra, Nuestro Señor esperaba el horrendo tormento. Y he aquí que los bárbaros, como perros rabiosos, se lanzan con sus látigos contra el cordero inocente. Le cubren todo el cuerpo con golpes y azotes, sin que ni siquiera su sagrada cabeza y su bello rostro escapen.

La sangre divina fluye por todos lados y empapa los azotes, las manos de los verdugos, la columna y la tierra. Las heridas siguen a las heridas, los golpes siguen a otros golpes y las fracturas siguen a las fracturas. Los latigazos no sólo cubrieron todo su cuerpo con heridas, sino que también arrancaron trozos de carne, destrozándolo por completo.

Cornelio a Lapide dice que, en este tormento, Jesucristo debía morir naturalmente; sin embargo, quiso, con su virtud divina, conservar la vida, para sufrir dolores aún mayores por amor a nosotros.  

3- Heridos por nuestros pecados, especialmente la impureza

Ante tantos y tan terribles castigos, nos preguntamos por qué el Padre permitió que su Hijo los sufriera. «Yo le he castigado por la iniquidad de mi pueblo» (Is 53,8), responderá el Señor, a través de labios del profeta Isaías. Y añade San Alfonso: «Es como si también Dios dijera: Yo sé que mi Hijo es inocente; pero ya que él se ofreció para satisfacer mi justicia por todos los pecados de los hombres, es justo que lo abandone a la ira de sus enemigos”.

Sí, para pagar por nuestros crímenes y especialmente por los pecados de lujuria e impureza, el Señor quiso que su carne purísima fuera desgarrada. ¿Quién no exclamará con San Bernardo: “¡Oh incomprensible caridad del Hijo de Dios para con los hombres!”

Ah, mi Señor flagelado, te doy gracias por tan gran amor y me arrepiento de haberme unido, con mis pecados, a tus verdugos. Detesto, oh Jesús mío, todos aquellos placeres depravados que tanto dolor te han causado.

Debo aprovechar este momento y, por las oraciones de María Santísima, pedir a Jesús que me perdone por mis faltas y miserias, por mis pecados que le hicieron sufrir tanto y por los cuales soportó tantos castigos.

Que no permita que volvamos a ofenderle y desagradarle, sino que, al contrario, nos conceda la gracia y la fuerza para perseverar en el camino de la virtud y de la santidad.  

II – “ECCE HOMO” – ¡HE AQUÍ EL HOMBRE!

El tormento de la flagelación fue uno de los más crueles que sufrió el
Redentor durante su Pasión, pues fueron muchos los verdugos que lo azotaron, y el número de azotes era mucho mayor que el que un ser humano podía soportar.

1- Esperaban que Jesús muriera azotado

De hecho, temiendo que Pilato soltara al Señor después de azotarlo, como ya lo había dicho cuando afirmó: «Lo castigaré y lo dejaré en libertad», los fariseos y los sumos sacerdotes tramaron quitarle la vida a Jesús azotándolo.

Por eso, afirman San Buenaventura y varios autores santos, los verdugos
escogieron los instrumentos más bárbaros para el suplicio de la flagelación, de modo que los golpes, dados con asombrosa brutalidad, arrancaron pedazos de la carne bendita del Salvador y dejaron al descubierto sus costillas y muchos de sus huesos.

2- Incluso aquellos que lo odiaban fueron conmovidos

No sólo de las revelaciones privadas y de los escritos de los santos, sino de las mismas Escrituras, se deduce cuán inhumana fue la flagelación de Jesucristo. En efecto, después del castigo, Pilato lo mostró al pueblo, diciendo: «He aquí el hombre». ¿Y por qué lo mostró de esa manera? San Alfonso responde: “Porque nuestro Salvador fue reducido a una figura tan digna de compasión, que con sólo presentarlo al pueblo pensó que podría mover a compasión incluso a sus enemigos, induciéndolos a no exigir más su muerte”.

Y añade el santo: “¿Por qué, cuando Jesús subió al Calvario, las mujeres judías lo acompañaron con lágrimas y lamentaciones”? (Lc 23,27).

¿Quizás porque estas mujeres lo amaban y lo consideraban inocente? No, las mujeres comúnmente siguen los sentimientos de sus maridos y por ello, ellas tenían a Jesús como reo.

La razón fue que Jesús, después de la flagelación, presentó un aspecto tan lastimoso y deplorable que conmovió hasta las lágrimas incluso a los que lo odiaban.  

3- Pero el Salvador tenía que morir en la Cruz

Sin embargo, el holocausto de Cristo debía consumarse en la cima del
Calvario.

Así, pues, viendo que Nuestro Señor había perdido casi toda su sangre
durante la flagelación y que estaba tan falto de fuerzas que apenas podía tenerse en pie, cayendo más de una vez debajo de la cruz a lo largo del camino, los verdugos se vieron obligados a obligar al Cireneo a llevar el madero, ya que querían a Nuestro Señor vivo en el Calvario y clavado en su instrumento de martirio, para que su nombre fuera una infamia para siempre.

“Destruyámoslo de la tierra de los vivientes, y no haya más memoria de su nombre”, según la predicción del profeta (Jer 11,19).

Ah, Señor, mi gratitud es profunda al saber que Tú mantienes por mí el mismo amor que tenías por mí en el momento de tu pasión. Pero ¡cuán grande es mi dolor al pensar que he ofendido a un Dios tan bueno! Por los méritos de tu flagelación, por las lágrimas de tu Dolorosa Madre, oh, Jesús mío, te pido perdón. Me arrepiento de haberte ofendido. Dame la gracia de amarte siempre desde ahora en adelante.

III – NO SEA EN VANO LA SANGRE DERRAMADO POR CRISTO

En el Misterio de la Flagelación, como en los demás Misterios Dolorosos, Nuestro Señor Jesucristo se presenta a nosotros como víctima pura e inocente para expiar la deformación producida en el hombre por el pecado. Su Pasión nos da una idea de la gravedad de nuestros pecados, que costaron al Hombre por excelencia, modelo de todo el orden de la creación, un holocausto tan atroz.

¡Cuánto debemos tener esto presente cuando el diablo nos tienta o nuestras inclinaciones nos llevan al mal! Al final, cuando cedemos a las tentaciones y a nuestros defectos, cuando finalmente pecamos, abofeteamos a Jesús, tal como lo hicieron sus crueles verdugos.

Y no olvidemos esta otra verdad: “Si así hacen cuando el árbol está verde, ¿Qué pasará cuando esté seco?” (Lc 23,31).

Habiendo sido la justicia de Dios sobre el Inocente, quien puso el peso de nuestros crímenes sobre sus hombros, ¿Qué será de nosotros si no nos arrepentimos de nuestras faltas y emprendemos el camino de la enemistad con Dios?  

 1 – Nuestro examen de conciencia

Este es el momento de, recordando la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, tomar un serio propósito de enmendar nuestra vida, dejando atrás todos los caprichos, todas las desviaciones, para transformar nuestra existencia en un acto de reparación por todo lo que sufrió Jesús.

Tengamos un verdadero arrepentimiento de nuestras faltas, todo hecho con espíritu sobrenatural, hasta el punto de pedir con corazón sincero el horror al pecado y el amor a la virtud.

Que pueda ofrecerme enteramente a abrazar una vida de virtud, de pureza, de humildad, de obediencia, en una palabra, de santidad, y que pueda hacer compañía a la Madre de Jesús, al pie de la Cruz.

2- Justicia y misericordia juntas en la Cruz

Al mismo tiempo, no podemos olvidar que la justicia y la misericordia se
abrazan y se besan en el altar en el que se ofrece la Víctima Divina. Así, la cruz no es sólo trono de justicia, sino también de misericordia y de bondad.

Dios bien podría habernos privado para siempre de la participación en la gracia divina a causa del pecado, como lo hizo con los ángeles rebeldes. Sin embargo, invirtió la situación, enviando a su propio Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que lleno de compasión, tomó un Cuerpo doliente, con vistas al martirio, para reparar los pecados del hombre y abrirle las puertas del Cielo, transformándose en víctima de la justicia divina.

¡Sólo un Dios es capaz de esto! Ninguna criatura tendría la fuerza para llegar a tal extremo.

Así, la vida divina quedó a nuestro alcance y hoy, nosotros, bautizados que vivimos en gracia de Dios, tenemos en el alma la semilla de la visión beatífica y nos preparamos para la felicidad eterna.

3- Que los dolores de Cristo no se nos escapen

La frase del salmista bien podría aplicarse a Nuestro Señor: “¿Cuál es la utilidad de mi sangre?” (Sl 30, 10).

Esta pregunta resuena no sólo en la Pasión, sino en nuestros días: ¿Para qué sirve la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo en el siglo XXI? ¿Qué utilidad tiene para mí esta sangre?

¡Esta Sangre preciosísima derramada hasta agotarse por mí! Digámosle, pues, con San Bernardo: “¡Oh, mi desgarrado Señor, ¡a qué estado te han reducido nuestras iniquidades! ¡Oh, buen Jesús, hemos pecado y tú has sido castigado! Sea eternamente bendita tu inmensa caridad y seas amado como mereces por todos los pecadores y especialmente por mí, que te he despreciado más que a los demás. ¡Oh, que yo no pierda tanto dolor y tanta sangre!”  

Conclusión

Al concluir esta meditación, volvámonos una vez más a nuestra Madre Inmaculada, Corredentora del género humano, que acompañó con indescriptible solicitud y maternal cuidado los dolores y tormentos sufridos por su Divino Hijo a lo largo de la Pasión.

Pidámosle, con firmes intenciones de arrepentimiento y dolor de nuestros pecados, que nos transforme de pecadores en santos, de hijos ingratos en discípulos perfectos del Redentor que dio hasta la última gota de sangre para salvarnos.

Oremos a nuestra Madre celestial para que nos ayude a reparar, mediante una vida de virtudes y buenas obras, todo el mal que hemos hecho en el pasado y que pudo ser causa del dolor de Jesús durante la flagelación, así como de los sufrimientos que soportó hasta el “consummatum est” en la cima del Calvario.

Que Ella tenga compasión de nosotros y nos obtenga la gracia de aliviar los dolores del Señor con nuestras disposiciones virtuosas y santas durante la Semana Santa que se acerca. Así sea.

Dios te salve, Reina y Madre…  

Referencias bibliográficas

Basado en:

Santo Afonso Maria de Ligório, A Paixão de Nosso Senhor Jesus Cristo,
Piedosas e edificantes meditações sobre os sofrimentos de Jesus, edição PDF de Fl. Castro, abril 2002.
Mons. João Clá Dias, O inédito sobre os Evangelhos, Libreria Editrice Vaticana, 2013, vol. VII.

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