Meditación Primer Sábado de septiembre 2021. LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO

Publicado el 09/03/2021

Lección de humildad y de amor a la Cruz 

Introducción: 

Hagamos nuestra devoción del Primer Sábado, meditando hoy el 4º Misterio Gozoso: La Presentación de Jesús en el Templo y la Purificación de María Santísima. Aún recién nacido, Nuestro Señor es ofrecido al Padre Eterno por las manos de María, en nombre de todo el género humano, por la remisión de nuestros pecados.

Entre todos los sacrificios realizados en el templo de Jerusalén, este fue sin duda el más agradable a Dios. En la misma ocasión, Nuestra Señora supo que participaría de la misión redentora de su Hijo, al serle anunciado que una espada de dolor traspasaría su Inmaculado Corazón.

Composición de lugar:

Imaginemos a Nuestra Señora, acompañada de San José, llevando el Niño Jesús en los brazos y entrando en el Templo de Jerusalén. San José lleva consigo una cesta donde están dos tórtolas. El santo matrimonio atraviesa las amplias construcciones del templo entre altas y robustas columnas, hasta llegar al lugar donde un anciano sacerdote – el santo Simeón – los espera para recibir en sus brazos al pequeño Redentor y presentarlo a Dios.

Oración preparatoria: 

Oh, Madre nuestra, Reina de Fátima, meditaremos ahora el misterio de la Presentación de Vuestro Divino Hijo y de vuestra Purificación en el Templo, y os pedimos: iluminad nuestras inteligencias y abrasad nuestras voluntades para que, por vuestra intercesión, podamos recoger todos los frutos espirituales que esta meditación nos ofrece. Alcanzadnos de vuestro Divino Hijo las gracias necesarias para que tengamos los mismos sentimientos de obediencia, humildad y amor a Dios que llenaron vuestra alma en el momento en que lo presentasteis en el Templo. Obtenednos, oh Madre, una perfecta conformidad con la voluntad del Altísimo, delante de los sacrificios que Él dispusiere en nuestro camino rumbo al Cielo.  ¡Así sea!

San Lucas (2, 22-35)

 “22 Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, 23 de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», 24 y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». 25 Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. 26 Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. 27 Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, 28 Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: 29 «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. 30 Porque mis ojos han visto a tu Salvador, 31 a quien has presentado ante todos los pueblos: 32 luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». 33 Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. 34 Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción 35 —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».”

I – El sacrificio más agradable a Dios 

Habiendo llegado el tiempo en que María Santísima, según la Ley, debía ir al Templo para su purificación y para presentar a su Hijo Jesús al Padre Divino, sin demora, acompañada de San José, se puso en camino. El santo Patriarca lleva las dos tórtolas para la ofrenda y María lleva a su Hijo, el Cordero de Dios, para ofrecerlo al Altísimo, preludio del gran sacrificio que este Hijo realizaría un día en la Cruz.

1- Ofrecimiento por la salvación del mundo

Contemplemos cómo María entra en el Templo y, en nombre de todo el género humano, hace la oblación de su Hijo, diciendo a Dios: “He aquí, oh Eterno Padre, a vuestro amado unigénito, que es vuestro y también mi hijo. Yo lo ofrezco como víctima de vuestra divina justicia, a fin de reconciliaros con los pecadores. Aceptadlo, oh, Dios de misericordia y compadeceos de nuestras miserias. Por el amor de este Cordero inmaculado, recibid a los hombres en vuestra gracia”.

A la ofrenda de María se unía también la del propio Jesús que, a su vez, dijo al Señor: “Heme aquí, oh mi Padre. Os consagro toda mi vida. Vos me enviasteis al mundo para redimir a la humanidad con mi sangre. He aquí mi sangre y todo mi ser. Me ofrezco todo a Vos por la salvación del mundo”.

2- Sacrificio de valor infinito 

El Templo de Jerusalén, en toda su gloria, jamás había acogido a alguien más importante: ¡el proprio Creador Niño, en los brazos de su Madre, para ser ofrecido al Padre! A pesar de ser un bebé, Jesús tiene pleno uso de razón y, por lo tanto, grande fue su emoción al cruzar el portal de aquel edificio sagrado.

Emoción tanto mayor cuanto su corazón sagrado ya ardía en deseo de ofrecerse como víctima expiatoria, para la remisión de nuestros pecados.

Nunca sacrificio alguno fue tan agradable a Dios como el que entonces le hizo su querido Hijo, desde Niño ya víctima y sacerdote. Si todos los hombres y todos los ángeles hubiesen sacrificado su propia existencia, esa ofrenda sumada seguramente no sería tan agradable a Dios como fue la de Jesucristo, puesto que, en aquella única ofrenda, el Padre Eterno recibió una gloria infinita y una infinita satisfacción.

3- Aplicación a nuestra vida concreta

Aquí tenemos una primera lección a ser sacada de este misterio de gozo: si Jesucristo ofreció por nuestro amor su vida al Padre, es de justicia que también nosotros ofrezcamos la nuestra y todo nuestro ser. Es lo que Jesús desea de nosotros, conforme se lo indicó a Santa Ángela de Foligno, cuando le dijo: “Yo me ofrecí a mí mismo por ti, a fin de que tú te ofrezcas toda a mí”.

Ofrezcamos entonces a Dios, por los ruegos de María Santísima, nuestro deseo de ser santos, renunciando a nuestros apegos terrenos y a nuestras malas inclinaciones, combatiendo nuestros defectos y debilidades. Pidamos a Nuestra Señora que nos alcance la gracia de presentar a Dios un corazón contrito, humillado y purificado.

II – El ejemplo del santo Simeón

La ofrenda del Niño Jesús al Padre Eterno se hizo oficial cuando Simeón, representante del pueblo judío, tomó a Cristo en sus brazos para entregarlo al Padre.

1- Dios se alegra con los corazones humildes

Delante de esta escena inmortalizada en el Evangelio, comenta un santo autor que Nuestro Señor Jesucristo no solo se ofreció aquí como ofrenda al Padre Eterno, sino que también, por las manos de la Virgen, es entregado hoy en los brazos de la Iglesia y de todas las almas fieles, cuyo ministro era San Simeón, que representa a la persona de la Iglesia. María nos dio lo mejor que poseía, que era este celestial tesoro, para nuestro remedio. Y nos lo entrega por los brazos del santo Simeón, hombre humilde y temeroso del Señor, que esperaba ansioso la salvación de Israel.

Aprendamos, pues, en la escuela del Niño Jesús, cómo a Dios, siendo tan elevado, le agradan los corazones humildes en el Cielo y en la Tierra.

2- Imitemos al santo Simeón 

Así como fue dada a Simeón la promesa de ver el Verbo Encarnado, también a nosotros nos fue hecha la promesa de ver a Jesús. Para que tal cosa suceda, es necesario imitar a Simeón, ser justo, temer a Dios y esperar contra toda esperanza en medio de nuestros sufrimientos y pruebas.

Sin embargo, nosotros recibimos más que el profeta Simeón, pues en el momento de la Comunión nuestra unión con Cristo es mucho más íntima que el encuentro que tuvo el santo sacerdote con Él en el Templo de Jerusalén. Consideremos entonces, ¿cómo han sido nuestras Comuniones?, ¿con qué frecuencia nos aproximamos a Jesús Eucarístico y con qué disposiciones de alma lo recibimos?

Que Simeón nos obtenga la gracia de comulgar diariamente como él mismo hubiera tenido el gusto de hacerlo.

III – María, nuestra Corredentora

 El Misterio de la Presentación nos hace ver también que, desde los primeros momentos de su vida terrena, Jesús asocia a María al sacrificio redentor que iría a cumplir. Esta participación en la obra de la Redención fue comunicada a Nuestra Señora por las palabras de Simeón.

1- La Madre unida al destino del Hijo

Según el anciano Simeón, el Mesías cumpliría su misión por medio del sufrimiento, y la Madre quedaba misteriosamente asociada al dolor de su Hijo. Simeón bendijo a los dos y dijo a María: “Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones”.  A la luz de estas palabras, Nuestra Señora comprendió que Jesús era el verdadero Cordero que redimiría a los hombres de sus pecados y que Ella, como Madre, estaría unida estrechamente a la misión redentora de su Hijo.

2- Amemos las cruces que nos son enviadas por Dios

Nuestra Señora es la Corredentora del género humano y sabía todo lo que debería sufrir – en unión con su Divino Hijo – por la salvación del mundo. Ella es la Reina de los Mártires y, desde la Anunciación, sufriría con Cristo, por Cristo y en Cristo.

He aquí otra gran lección que Nuestra Señora nos ofrece en este 4º Misterio Gozoso, invitándonos a ser dóciles a la voluntad de Dios cuando el sacrificio golpeare nuestra puerta o cuando los dolores fueren permitidos por la Providencia a lo largo de nuestra vida. Amemos las cruces que nos caben, uniéndonos a Jesús y a María en esta grandiosa escena de la Presentación.

 Conclusión 

Finalizando esta meditación, volvamos nuestra mirada una vez más hacia la Virgen Santísima de Fátima, cuyo Inmaculado Corazón deseamos reparar con nuestra devoción del Primer Sábado. Pidámosle a Ella, que ofreció a su Hijo Jesús en el Templo por nuestra salvación, que presente a Dios también el alma de cada uno de nosotros, con nuestros buenos propósitos de enmienda de vida y de santificación. Que Ella alcance del Sagrado Corazón de Jesús gracias muy especiales para que seamos purificados de todas nuestras faltas e imperfecciones, para que nos conformemos siempre con su divina voluntad en relación con cada uno de nosotros, volviéndonos así dignos de adorarlo y contemplarlo por toda la eternidad, junto con Ella y el glorioso San José.

Así sea.

Dios te salve, Reina y Madre…

Referencias bibliográficas

 Basado en:

             San Alfonso de Ligorio, Meditações, volumen I, Editora Herder e Cia., Friburgo, Alemania, 1922.

             Mons. João Clá Dias, Comentário ao Evangelho da Festa da Apresentação, in O Inédito sobre os Evangelhos, volumen 7, pp. 32-41.

 

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