
La tensión se apodera de la sala de control de operaciones de la NASA. Por primera vez, ¡el hombre está a punto de dar la vuelta a la Luna! ¿Se ajustarán los cálculos a la realidad? ¿Habrá entrado correctamente la nave espacial en la órbita lunar o se habrá perdido irremediablemente en el espacio? En esos momentos se encuentra incomunicada detrás del satélite rocoso, y sólo después de unos angustiosos cincuenta minutos los operadores volverán a oír las voces de la tripulación.
Afortunadamente, logran restablecer contacto. Para alivio de todos, los astronautas están sanos y salvos.
No obstante, las emociones del día aún no habían acabado. Al término de aquella víspera de Navidad de 1968, William Anders, uno de los miembros de la misión, se puso en contacto con la base de la NASA en Houston: «Nos estamos acercando al amanecer lunar y la tripulación del Apollo 8 desearía enviarles un mensaje». El silencio reinó en la sala.
Unos instantes después, las radios repetían la voz del astronauta: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas» (Gén 1, 1-2). Mientras transcurría la lectura del primer capítulo del Génesis, varias personas en la sala de control no contuvieron su emoción. Científicos y astrónomos apenas podían creer lo que estaban escuchando.
Las misiones Apolo continuaron y al año siguiente el hombre pisaría la Luna. Un hito que marcaría la historia de la humanidad, una enorme meta sería alcanzada.
Estos y otros hechos similares pueden suscitar en nosotros una interrogante razonable: ¿qué fuerza es la responsable de impulsar a los seres humanos a invertir en esfuerzos tan grandes? Al fin y al cabo, ¿sólo un millar de datos científicos justificaría la desmesurada tarea de llevar personas al espacio sideral?

Sala de control de operaciones de la NASA en el momento en que los tripulantes del Apolo 8 presenciaron el amanecer lunar; en el destacado fotografía tomada desde la nave espacial
En realidad, parece que en el hombre existe una duda continua e intrigante que se presenta cada vez que levanta los ojos para contemplar un cielo estrellado…
Cuestiones que han acompañado a la humanidad
Desde tiempos remotos, la humanidad debate sobre el origen de los astros, las fuerzas que los mueven, las leyes a las que están sujetos.
En la antigua Grecia, nos encontramos con una amplia variedad de teorías filosóficas que buscaban respuestas a esas interrogantes de las formas más diversas. Aristóteles, el célebre pensador del siglo iv a. C., afirmaba que los hombres, «comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo, maravillándose en un primer momento ante lo que comúnmente causa extrañeza y después, al progresar poco a poco, sintiéndose perplejos también ante cosas de mayor importancia, por ejemplo, ante las peculiaridades de la luna, y las del sol y los astros, y ante el origen del Todo».1 Con los primitivos recursos de que disponían entonces los estudiosos, la mitología acababa siendo, en la mayoría de los casos, la solución más viable para explicar cuestiones tan intrincadas.
Pero los siglos pasaron y la ciencia progresó. Como resultado, surgieron nuevas técnicas de observación de los astros. Por supuesto, los avances fueron lentos: el telescopio, una de las principales formas de recopilar información astronómica, no apareció hasta 1609, con Galileo Galilei.2 Aunque se tratara de una mera luneta, era un paso indispensable.
Sin embargo, había un gran obstáculo: las dificultades para archivar la información obtenida con tanto esfuerzo. Galileo y sus contemporáneos registraban sus observaciones en simples bocetos, pero reproducir a escala exacta los resultados de un estudio sobre distancias astronómicas nunca fue una tarea fácil. Este método tan precario perduraría aún cerca de dos siglos.
Tan sólo con la llegada de la fotografía pudo la astronomía avanzar a pasos agigantados.
De la invención de la fotografía hasta la actualidad
En 1840, el químico estadounidense John William Draper tomó la primera fotografía exitosa de la Luna. Cuarenta años después, su hijo, Henry Draper, registró una imagen de la nebulosa de Orión.3 Los estudios espaciales comenzaron, poco a poco, a presentar una precisión sorprendente.
A medida que la ciencia se desarrollaba, nuevos elementos se sumaban a su arsenal. La evolución tecnológica permitió un vertiginoso perfeccionamiento de los telescopios, hasta el punto de que actualmente es posible determinar las dimensiones, la distancia, la temperatura y la composición de los astros, así como realizar el análisis de las diversas gamas del espectro electromagnético, es decir, además de la pequeña porción de luz visible al ojo humano, también son captadas frecuencias de ondas de radio, microondas, radiación infrarroja y ultravioleta, rayos X y rayos gamma.4

«Galileo Galilei muestra al dux de Venecia cómo usar el telescopio», de Giuseppe Bertini – Villa Andrea Ponti, Varese (Italia)
Con la aparición de tantos cuadros inéditos, a principios del siglo xx una teoría polémica sobre el origen del universo adquirió argumentos más fundamentados.
El origen del universo
Aunque es un tema tan difundido como debatido, pocos saben explicar lo que realmente afirma la teoría del big bang.
El término fue utilizado con sentido peyorativo en un programa de radio de la BBC titulado The Nature of Things, por sir Fred Hoyle, un astrónomo británico opositor de esa teoría, en 1949. Desde entonces, el apodo empezó a ser utilizado para referirse a la teoría del universo en expansión.
Esa tesis científica buscaba explicar el comienzo del universo, es decir, la aparición, en un momento determinado, de toda la materia y la energía existentes. Se fue perfilando en las primeras décadas del siglo pasado, gracias a una serie de descubrimientos, entre ellos: la teoría de la relatividad de Albert Einstein; las ecuaciones cosmológicas de Alexander Friedmann, que aplican la teoría de la relatividad general a la cosmología; y la explicitud de Mons. Georges Lemaître de que el desplazamiento hacia el rojo observado en el espectro de las nebulosas se debía a la expansión del universo. En 1931, este sacerdote católico fue el primero en proponer que el universo había comenzado con la explosión de un átomo primigenio.5
En 1965, otro hecho dio mayor credibilidad a la tesis: los científicos Arno Penzias y Robert Wilson descubrieron accidentalmente la existencia de radiación procedente de todas las direcciones del cielo. Se trataba del cosmic microwave background,6 la radiación más antigua del universo y distribuida por él con asombrosa regularidad.7 Ahora bien, esa distribución universal de una energía común es considerada un residuo de la radiación emitida en una explosión inicial, el «sobrante» de la radiación del propio Big Bang.
Además hay una serie de leyes físicas y cálculos matemáticos que corroboran esa teoría, de modo que hoy en día se presenta como un paradigma científico en lo que respecta al origen del universo. Sin embargo, éste sigue siendo un misterio, y su verdadera perspectiva continúa fuera de nuestro alcance.
Un misterio divino
Cuanto más exploramos el universo, más evidente se vuelve nuestra pequeñez e ignorancia. Incluso después de tantos siglos de investigación y con los increíbles avances tecnológicos de nuestro tiempo, quedan muchos fenómenos que la ciencia no sabe explicar. Puede llevarnos muy lejos, pero nuestra aspiración aún pide algo más. La verdad es que nunca nos conformaremos sólo con ir «muy lejos»; lo que realmente queremos es comprender los principios y las causas primeras de las realidades que nos rodean. En el fondo, queremos abrazar el infinito.

La creación de los astros – Catedral de Bayona, Francia
Esta dramática realidad fue muy bien expresada por el científico Robert Jastrow, fundador y director del Goddard Institute for Space Studies de la NASA: «En este momento parece como si la ciencia nunca fuera a desvelar el misterio de la creación. Para el científico que ha vivido según su fe en el poder de la razón, la historia termina como una pesadilla».8 Sin embargo, abierto a la verdad de la existencia de Dios, el perplejo científico puede encontrar la respuesta adecuada a sus preguntas: «Ha escalado las montañas de la ignorancia; está a punto de conquistar la cima más alta; mientras se impulsa hacia la última roca, es recibido por un grupo de teólogos que llevan siglos sentados allí».9
De hecho, la única respuesta a las dudas que rodean los misterios de la creación se encuentra en el propio Creador, porque, como nos recordaba Benedicto XVI, «no son los elementos del cosmos, las leyes de la materia, lo que en definitiva gobierna el mundo y el hombre, sino que es un Dios personal quien gobierna las estrellas, es decir, el universo […]. Por encima de todo, hay una voluntad personal, hay un Espíritu que en Jesús se ha revelado como Amor».10
Querido lector, el estudio de los astros es ante todo una invitación a amar con mayor intensidad a aquel que dispuso todas las cosas con perfecto orden y majestuosa armonía. Si, al contemplar las bellezas del universo, sabemos ascender al Sumo Artífice que las creó, nunca nos sorprenderá la reprensión contenida en el Libro de la Sabiduría: «Si fueron capaces de saber tanto que pudieron escudriñar el universo, ¿Cómo no encontraron antes a su Señor?» (13, 9).
Notas
1 Aristóteles. Metafísica. Madrid: Gredos, 1994, p. 76.
2 Cf. Rector, Travis Arthur; Arcand, Kimberly; Watzke, Megan. Coloring the Universe. An Insider’s Look at Making Spectacular Images of Space. Fairbanks: University of Alaska, 2015, p. 52.
3 Cf. Idem, ibidem.
4 Cf. Idem, p. 148.
5 Cf. Caballero Baza, EP, Eduardo Miguel. La teologia dell’interpretare il Big Bang secondo l’approccio del Prof. Paul Haffner. Tesis de Licenciatura en Teología – Pontificia Universidad Gregoriana: Roma, 2009, p. 37.
6 Del inglés: fondo cósmico de microondas.
7 Cf. Caballero Baza, op. cit., pp. 38-39.
8 Jastrow, Robert. God and the Astronomers. New York-London: W. W. Norton & Company, 1978, p. 116.
9 Idem, ibidem.
10 Benedicto XVI. Spe salvi, n.º 5.







