Plinio Corrêa de Oliveira
Me cabe decir una palabra referente a un hijo de la Santa Iglesia que es hijo mío también. ¿Cómo hacerlo?En lo que se refiere a la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, la enaltezco con desembarazo, derrochando alabanzas como una fuente entrega sus aguas.
Hice alguna vez a alguien algún elogio personal… con una fluencia e ímpetu tan grandes que, literalmente, masacraba a mi madre de cariños, de una manera llena de respeto, claro, pero muy casera, doméstica, personalizada. Después de eso, mis labios poco se abrieron para elogiar, salvo aquello que tuviese conexión con la Santa Iglesia.
Así, en el fondo y en el centro de todos los elogios, la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.
Ahora bien, ¿Cómo enunciar un elogio de varón a varón, indicando un beneplácito concreto sin las efusiones a que invita la delicadeza femenina —tratándose de una madre— y sin aquellas manifestaciones que la grandeza de la Iglesia impone y desata plenamente en el alma? Hago uso de una metáfora.
Imaginen un faro. En determinado punto de su horizonte visual, el mar se suele agitar con brío y el faro tiene que iluminar con su luz esa zona de riesgo. Pasa años así, proyectando su luz y ayudando a los navegantes que hacen esa peligrosa travesía dando importancia y prestando atención a esa luz benéfica. Estos tienen el destino de los prudentes; otros tendrán el destino de los imprudentes.